La huida

La huida

Aquella tarde de domingo tocaba conocer, de nuevo, al último ligue-pareja de Guillermo. Se habían conocido por Internet y por lo visto, aunque al principio no buscaban nada en concreto, no hacía mucho que habían iniciado una relación. Guillermo, aunque no lo parecía, era bastante inseguro, con lo que nuestra opinión (sobre todo la de Raquel) acerca de sus parejas le importaba demasiado.

Al poco de llegar al bareto donde habíamos quedado, llegó Guillermo acompañado de un chico alto, y bastante guapo, al que reconocí al instante: Felipe.

A Felipe yo lo conocía desde pequeño, pues los dos veraneábamos en los mismos apartamentos de un pueblo costero cercano a la ciudad. Es más, sus padres eran íntimos amigos de los padres de un amigo mío de veraneo, y el apartamento que ellos ocupaban estaba puerta con puerta con el de otro amigo de la pandilla.

Amigos no éramos, igual ni siquiera habíamos hablado nunca, pero los dos nos habíamos visto crecer desde nanos. Y desde muy pequeños, todos teníamos claro en la playa que era gay. Tenía una pluma que no podía disimularla nunca. Era evidente desde siempre.  Y no sólo por la forma de hablar, sino también por los movimientos de cadera que hacía cuando caminaba.

Por eso nos sorprendimos todos cuando hacía poco más de un año, Felipe anunció que se casaba. Es más, el amigo que mencioné antes llegó a ir a su boda puesto que la amistad entre sus padres era de hacía ya bastantes años. Y por lo que me comentó, incluso los propios invitados al enlace dudaban de la hombría del consorte, comentando entre corrillos que la novia había pegado un braguetazo de los buenos (la familia de él era bastante conocida).

Imaginaos mi cara entonces cuando vi llegar a Guillermo con ese Felipe. Si mi cara en ese momento fue de sorpresa, la suya en cambio fue de angustia bastante mal disimulada.

Yo tan pronto me presentaron le comenté si no se acordaba de mí, que si la playa, que si sus padres, que si mi amigo…, pero él, negándolo, intentaba ocultar algo que era evidente: que nos conocíamos bien.

Al final, viendo que sabía muchas cosas de su familia (nombre de padres, hermanas, trabajo…) alegó que podía ser que nos conociésemos, pero que él era bastante poco fisonomista y que no se solía quedar con la cara de la gente.

Durante la charla, él se mantuvo bastante al margen, y era evidente que la situación le  incomodaba.  Al poco, alegando que tenía cosas que hacer, se marchó, momento en que aproveché para poner en antecedentes a Guillermo y Raquel  y explicar así cuál había sido mi sorpresa al encontrarme con Felipe.

Guillermo, por su parte, nos  comentó que desde hacía meses  ambos mantenían una relación online, cuanto todavía él estaba casado.

Por un exceso de confianza o lo que fuese, se ve que Felipe no solía cerrar el portátil cuando se ausentaba de casa, y en una de esas, su mujer se había enterado de todo. Encontrar además ciertas carpetas con fotos y vídeos de películas gay, tampoco ayudaron demasiado.

Así pues, su mujer le puso de patitas en la calle y habían iniciado ya los trámites de divorcio. Divorcio que no parecía que fuese a ser demasiado amistoso ya que ella, se había casado “muy enamorada” y no se esperaba algo así.

(¿En serio? ¿De verdad hay mujeres que se casan con hombres que tienen pluma y piensan que son realmenten heterosexuales? Yo de esto haría un estudio porque conozco varios casos y nunca lo he entendido, pero bueno)

Guillermo, además, nos comentó que como el chico no quería decir de momento a su familia cuáles habían sido los motivos reales de su separación, lo estaba acogiendo en su casa, al menos hasta que las cosas se calmasen un poco.

Esa estancia duró varios meses durante los cuales, siempre que quedábamos, Felipe (que reconoció que, evidentemente, me conocía) nunca se presentaba. Es más, llegaba a preguntar si yo iba a ir, para no ir él, situación absurda como pocas.

Guillermo por lo visto le explicaba que si tenía miedo por si yo fuese a decir algo, es que no  me conocía, porque no iba conmigo joderle la vida a nadie. Y más cuando ni yo mismo había salido del armario en todos los ámbitos. Pero hablar con Felipe de estos temas era por lo visto como darse contra un muro porque no había forma de que lo entendiese.

Incluso llegó el caso de que cuando yo iba a su casa a cenar, Felipe optaba por irse a dar una vuelta por la calle, o cenar fuera, para no tener que coincidir conmigo.

Estos miedos y muchas más cosas (el chaval por lo visto empezó a ir a un psicólogo porque la situación le desbordaba) hicieron que pronto Guillermo se hartase de él. Otra cosa no, pero paciencia tampoco ha tenido nunca (ni paciencia ni empatía) con lo que cuando Guillermo se cansaba de alguien, poco ya se podía hacer.

Finalmente, cansado de los miedos y movidas de Felipe la relación entre ambos naufragó totalmente, “invitándole” a que saliese de su casa y se buscase la vida.

No creo que tardase mucho en encontrar donde vivir (por pelas no sería), pero la fragilidad mental que por lo visto tenía en esos momentos hizo que en cierta forma, me diese algo de lástima su situación.

Al verano siguiente, en los apartamentos, la gente ya sabía que se había separado de su mujer y el comentario más oído era que “estaba claro que ese matrimonio no iba a durar”. Supongo que el estar siempre en boca de todos, no tiene que ser plato de gusto, y el aspecto de Felipe (bastante más demacrado) demostraba que no lo estaba pasando demasiado bien.

Me lo llegué a encontrar a solas incluso una tarde, y aunque intenté acercarme a él para mantener una conversación, su movimiento repentino de cara, intentando evitarme, demostraba que no iba a haber forma humana de tener ninguna clase de acercamiento.

Tuve claro entonces que contra un miedo tan irracional como ése (¿que contase su secreto?), poco se podía hacer, aunque tampoco creo que la huida fuese una opción válida para solucionar sus problemas.

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Caída libre

Caída libre

Hace unos cuantos post, en concreto en el titulado Arma letal, otro bloguero amigo, Christian, (recomiendo que leáis su blog), me hizo un comentario hablándome de una película de temática gay llamada Caída libre (en alemán Freier Fall).

Hasta hace unos días no la pude ver y me gustaría hacer hoy una reseña de la misma, por si a alguno le puede interesar.

Dirigida por Stephan Lacant, está protagonizada por Hanno Coffler, en el papel de Marc, y por Max Riemelt, en el papel de Kay (por cierto que este último es también conocido por salir en la serie de los hermanos Wachowski, Sense 8, en el personaje de Wolfgang Bogdanow).

La película se centra en una relación entre Marc, casado, supuestamente hetero, y apunto de tener un hijo, y un compañero gay de formación/trabajo, que es Kay.

La historia en sí misma no es nada que no se haya visto ya en otras películas de este género. Me viene a la mente otra película (más bien telefilme) que emitieron hace años en las televisiones autonómicas y que se llamaba “Otra ciudad” que trataba de un tema parecido. O por ejemplo, otra película más conocida, “Krampack” que aunque variaba un poco el tema al ser jovencitos en el despertar sexual, la base del hilo argumental (que no el tono) era similar.

El hecho que la hace un poco diferente es que tanto Marc como Kay son policías. Y de antidisturbios además. Un entorno supermachorro, vamos.

Y si sabéis los que seguís este blog el morbo que me ha dado siempre el rollo policía (y uniformes en general) os podéis imaginar que la película me gustó bastante.

Realmente no es que salgan mucho vestidos de policía, más bien poco. Bueno, realmente nada, porque sólo salen con el uniforme de antidisturbios cuando están en la furgoneta y en las escenas que están en la Academia, que corren con camisetas que pone “polizei” y ya está.

Pero el hecho de estar ante una película en la que se supone que ambos protagonistas son policías, ya fue suficiente para estar toda la noche viéndola con la polla morcillona en mis pantalones (soy un enfermo, lo sé).

Y eso que los actores no enseñan casi nada. Salvo unas escenas de duchas comunitarias (que quedan bien en cualquier película), poco más.

Además la película en sí es bastante dramática. Sobre todo está centrada en  las comeduras de tarro mentales que sufre Marc continuamente, al no saber si mantener su relación de pareja o asumir que puede que no sea tan hetero como  pensaba.

Aparte de estos dos protagonistas, también sale bastante la mujer de Marc, Bettina (Katharina Schüttle) que hace el papel de la típica esposa, cornuda, que no parece enterarse de qué va la película hasta el final de la misma, y que cuando se entera, tiene una reacción como mínimo sorprendente (aunque conozco casos en la vida real bastante similares).

También aborda de pasada el tema de la homofobia en un entorno tan a priori hetero en el que se desarrolla  la película (Academia de policías) en el que a pesar del acoso y derribo que sufre Kay (con agresiones incluidas) el apoyo de sus compañeros muchas veces brilla por su ausencia.

De la película me gustaron sobre todo dos escenas. La primera, aquella en la que le “roban” un beso a Marc,  y la segunda la escena en la que ya se morrean en mitad del bosque con pajote (rápido) incluido (sólo se intuye), y la reacción posterior de Marc muy del estilo de arrepentimiento en plan  “queyosoymuymacho”, que logra recrear bastante bien la lucha interna en su cabeza.

La película fue estrenada en el Festival de Cine de Berlín, de 2003, y no me consta que se llevase ningún premio ni nada (tampoco la película se prestaba a mucho más).

Una última cosa, si la vais a ver, no la confundáis con otra película supercutre llamada también “Caída libre” y protagonizada por Malcolm McDowell en horas muy bajas. Yo me equivoqué y a mitad película me di cuenta de que ni salían policías gays ni nada, pero ya la terminé de ver, perdiendo tontamente 90 minutos de mi vida. Así que mejor la buscáis en alemán y con subtítulos que es como la vi yo.

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La noche de los muertos vivientes

La noche de los muertos vivientes

La otra noche, después de ver una película porno se me ocurrió buscar el nombre del actor que me había puesto perraco y para sorpresa mía descubrí que se había suicidado hacía ya unos años.

Se me ocurrió entonces buscar el nombre de otros actores que conocía (soy muy fan de alguno) y para mi horror descubrí que la mayoría o habían muerto ya, o se habían retirado por haber pillado el VIH.

Os pongo aquí varios ejemplos de los muchos que encontré:

adam faust
Adam Faust

Adam Faust: Fue al primero que busqué en Internet y por eso es con quien empiezo esta lista. Me encantaba el culazo que tenía. Solía hacer tanto de activo como de pasivo. De los pocos actores porno pelirrojos.

Murió a los 38 años de edad en Nueva York. No me queda claro si se suicidó por ingesta masiva de fármacos o fue una muerte accidental por sobredosis.

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Wilfred Knight

Wilfred Knight: Moreno velludete que también me gustaba bastante. Un zamarro de casi dos metros de alto y 90 kilos de peso al que también había visto como empotrador o poniendo el culo en numerosas películas.

Por lo visto su suicidio fue por amor, ya que una semana antes alguien muy próximo a él también lo había hecho (marido, novio o un amigo según la web que se mire). Se tomó una buena tanda de somníferos y una botella de vino para hacer el trago menos amargo.

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Arpad Miklos

Arpad Miklos: Un maduro que me encantó desde siempre. Un armario empotrado de dos puertas que me proporcionó una gran cantidad de pajas. Siempre pensé que con ese apellido era griego pero realmente era húngaro.

En cine desde hacía más de diez años, decidió suicidarse a los 45 años de edad. Por lo visto ejercía últimamente como chapero para sufragarse el consumo de drogas. También con rumores de haber contraído VIH.

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Eric  Rhodes

Eric Rhodes:  Este actor de pectorales y brazos hiperdesarrollados me hacía siempre gracia porque a la hora de follar se le enrojecían las mejillas como si se estuviese ruborizando, lo cual le daba un morbo añadido.

Murió mientras dormía de un ataque cardíaco. Tanto ciclo seguramente le acabó pasando factura. Tenía 30 años.

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Roman Ragazzi

Roman Ragazzi: Este actor, de aspecto latino (moreno de pelo en pecho), no es que fuese realmente guapo, pero era bastante cerdo follando y esas cosas en las pelis siempre me han gustado.

Se suicidó a los 38 años de edad sin que se conozca el motivo. Y más cuando por lo visto ya se había retirado del porno y pretendía iniciar una nueva vida alejado de los focos.

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Josh Weston

Josh Weston: A este actor le había visto yo en innumerables películas desde muy joven. Me sorprendía porque era superblanquito de piel. Para mayor contraste lo solían poner con negros que se lo solían follar por todos lados.

Murió a los 39 años de edad por complicaciones derivadas del VIH, del que era portador desde hacía muchos años.

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Sean  (…)

Sean (a secas): Jovencísimo actor y nueva estrella emergente. Heterosexual confeso sólo hacía películas gay porque le pagaban más y mejor, y estaba “abierto a nuevas experiencias” (o eso decía).

En este caso, fue el abuso de drogas lo que acabó con la vida de un actor con un gran futuro a los 22 años de edad.

Este es sólo un breve listado de actores que conocía y seguía en muchas películas y que ahora descubro que ya no están entre nosotros.

Sí que es verdad que muchos diréis que esto no es algo exclusivo del porno y que actores de todo tipo ponen fin a sus días antes de hora. Y es cierto. Pero en proporción está claro que en el mundo del porno se dan muchos más casos de muerte trágica.

Así que a partir de ahora, cuando veáis una peli pensar que esos que veis tan lozanos haciendo el kamasutra en la pantalla, la mayoría estarán ya criando malvas. Y vale que en películas clásicas tipo “Ben-Hur” (muy de esta época) o “Casablanca” la mayoría de actores ya habrán muerto, pero con ellos no te sueles pajear al ver una escena y con los otros sí, y quieras que no, esas cosas como que dan muy mal rollo…

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El Guardaespaldas

El Guardaespaldas

La primera vez que me quedé enganchado de la espalda mi jefe me dijo una frase que fue premonitoria “si es la primera vez que te pasa, te va a pasar siempre”. Yo cuando me lo dijo me acordé de él y de toda su familia, pero la verdad es que el hombre tenía razón, y desde entonces, la zona lumbar me suele dar problemas de vez en cuando.

Esa primera vez, aunque empecé muy bien con relajantes musculares y la típica bolsa de agua caliente que lograron soltarme el músculo, al final no resultó suficiente por lo que un compañero de curro me habló de un Fisioterapeuta al que solía ir su mujer y que era bastante bueno. Me dio su teléfono, llamé y dos días después me planté en la consulta.

Sentado en la sala de espera, me sorprendió observar que sólo hubieran tías como pacientes, pero cuando finalmente me llamaron para entrar y vi al Fisio, entendí cuál era el motivo.

El hombre, treinteañero iba vestido con una camisa blanca con cuello de pico, típicas de los médicos, de manga corta, por lo que dejaba a la vista unos brazos, con algo de vello, bastante musculosos. De cara, el pelo cortado al uno, barbita arreglada de pocos días, y unos ojos oscuros que hipnotizaban.

Llevaba unos vaqueros, que le marcaban un paquete (y un culo, cuando se dio la vuelta), que no hacían sino rematar el conjunto de chulazo buenorro hipermorboso.

Nada más verme, se presentó, me preguntó si era mi primera vez, y después de comentarle brevemente el motivo de la visita, me dijo que me desnudase. Bueno, para ser exactos, me dijo que me quitase la parte de arriba y que me desabrochase la bragueta, me bajase un poco el pantalón y me tumbase sobre la camilla.

Cuando me tumbé, el hombre empezó a masajear la zona lumbar, y al ver que le molestaba el vaquero, me dijo que me lo tenía que bajar un poco más. Incorporé un poco las caderas y noté como mi pantalón y gayumbos descendían hasta mitad de culo, quedándome un poco cortado por la situación.

El hombre me comentó que la zona a tratar tenía que estar despejada, sobre todo por los linimentos y cremas que iba a usar para descontracturar la zona. Empezó a masajear suavemente, y después a apretar un poco más, notando enseguida como el calor penetraba en mi cuerpo. Bueno, el calor  y el calentón que me estaba dando tener medio culo al aire delante de un tío tremendo que no dejaba de magrearme la zona. Aparte, cada vez que elevaba la cabeza de la camilla para hablarle (el chico me daba conversación mientras me masajeaba) me topaba con su paquete a dos milímetros de mi cara, rematando todavía más el morbo de la situación.

Llegó un momento en que entre los refregones y todo lo demás, noté como mi polla empezó a crecer de tal forma que la sentía aprisionada contra la camilla, con lo que sin querer, empecé a poner el culete cada vez más en pompa. El Fisio lo notó y creyendo que se debía a que el dolor lumbar me bajaba hacia el muslo, me comentó que pudiera ser que me estuviese afectando a algún tipo de nervio, por lo que comenzó todavía más a centrarse en la parte superior del glúteo.

Con el masaje ya en la zona alta de mi culo, la polla empezó a soltar líquido preseminal (soy de los que lubrica pronto). Mientras, yo intentaba mantener una conversación coherente con el hombre, evitando cualquier balbuceo o sinsentido que pudiera demostrar el calentón que, sin querer, llevaba ya encima.

En ese momento álgido, al hombre, no se le  ocurrió otra cosa que decirme que me diese la vuelta. Yo recuerdo que, de una forma automática sólo pregunté “¿ahora?”, a lo que él asintió, indicándome que tenia que hacerme un estiramiento lateral que haría que los músculos se me relajasen del todo.

Cuando me giré no sé si tenía mas preocupación porque el liquido hubiese manchado los vaqueros o por el bulto que iba a marcar. Me giré totalmente avergonzado, y aunque por suerte mi humedad no llegó a traspasar, el bulto de mi paquete era más que evidente.

Encima, para la postura que tenía que hacerme, (estirarme un brazo y una pierna cada una hacia un lado, como si me retorciese), el hombre apoyó su pecho contra mi entrepierna, para así poder alargar sus manos hacia  mis extremidades. Yo cuando noté su cuerpo sobre mi pecho, noté de nuevo como otra gota de líquido volvió a salir, sobre todo al darme cuenta de que de tanto movimiento los pelillos del pubis quedaban a la vista, sumándose al morbo que ya llevaba acumulado.

Una vez terminó, me dijo que me volviese a tumbar boca abajo que me iba a poner una especie de estufa en mi zona lumbar, y dejarme solo para que me relajase. De tanto movimiento de frente y de espaldas, los vaqueros ya se me habían bajado casi del todo, con lo que el chaval, me los subió y ajustó porque me dijo que al final, entre risas,  “iba a acabar sobre la camilla en bolas”.

Una vez terminó, me vestí, le pagué y me dijo que tenía que volver cada semana durante ese mes, y luego cada quince días otro mes más, para hacerme un seguimiento.

Me acuerdo que esa tarde cuando volví a casa, entre en Internet preguntando si alguno había ido alguna vez a un Fisioterapeuta o algo así y habían pasado por una situación similar y había de todo, desde quienes me dijeron que no era normal que dejase medio culo al aire, hasta otros que decían que había algunos que incluso te daban el masaje totalmente en bolas (estos evidentemente, eran masajistas de otro tipo).

Seguí yendo regularmente a su consulta, e incluso a día de hoy cuando vuelvo a engancharme de la espalda, acudo a él más pronto que tarde.

Nunca pasó nada mas, pues siempre los masajes eran de ese tipo, bastante profesionales por otro lado,  y aunque no me excité tanto como esa primera vez, si que es verdad que siempre mi polla ha reaccionado en mayor o menor medida.

Esto me ayudó a descubrir el morbo que puede producir un masaje bien hecho en el cuerpo, morbo que pude aprovechar (esta vez sí) en otras quedadas que tuve posteriormente y que me ayudaron a cumplir la fantasía que ese día pasó por mi cabeza.

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Sobreviviré

Sobreviviré

Cuando retomé el contacto con mi amiga Raquel, ella ya llevaba años saliendo por el ambiente.

Guillermo y ella se conocieron en el primer trabajo que tuvieron ambos y desde entonces se hicieron inseparables. Fue a raíz de ese momento cuando ella conoció el mundillo gay y empezó a acompañarlo a él por el ambiente, primero por curiosidad, y luego ya porque disfrutaba en todo ese entorno.

Cuando Guillermo conoció a César y se hicieron novios, el grupo fue abriéndose e incorporando a gente que entraba y salía del mismo. Fue tiempo después cuando yo me incorporé a ese grupo.

Sin embargo, a diferencia de ellos, yo seguía saliendo de fiesta también con mis amigos heteros, por lo que mi vida social no giraba únicamente alrededor del ambiente. Raquel, en cambio, ya era para entonces una mariliendre a tiempo completo. Por eso me sorprendía tanto cuando, a veces, cuando estaba de bajón, decía que estaba harta de estar sola.

Pero ¿como iba  a conseguir novio saliendo siempre por el ambiente?

Esos días de bajón, Raquel me hablaba de noches en las que había salido con Guillermo y compañía y al final ella terminaba en la barra, en plan alcohólica, mientras todos los tíos se enrollaban unos con otros. Al final se volvía sola a su casa y muchas veces, llorando.

Ella, de todos modos,me decía que a veces había ligado por allí, que no todo el mundo era gay, pero yo, que por entonces tenía una mente bastante cuadriculada, decía que si iban por el ambiente, eran gay, no había otra, y es que no me cabía otra posibilidad.

Por eso me sorprendió tanto el día que ligó ante mis propios ojos en la discoteca a la que solíamos ir.

Julián era un chico algo mayor que nosotros por aquella época, y que justamente esa noche habían sacado de casa a la fuerza una pareja de amigos suyos gays. Era hetero, llevaba divorciado seis meses y sus amigos habían decidido que ya era hora de que saliera a conocer gente (y lo llevaban a un sitio de ambiente…)

Guillermo conocía de vista a uno de la pareja y fue a raíz de ahí cuando Raquel y Julián se conocieron, y parecieron gustarse. Tanto, que al poco empezaron una relación.

A mí de primeras el chico me parecía majo, pero me hacía sospechar de él el lugar donde se habían conocido. Por lo visto, él se consideraba gay friendly, pero a mí me hacia pensar si realmente no sería gay a secas.

Recuerdo que estas cosas las hablé con Guillermo en su momento y el me decía que “Julián realmente era gay, pero que él mismo todavía no lo sabía”, y era una frase que, aunque me hacía mucha gracia, me sabía mal por mi amiga Raquel.

Sin embargo, a pesar de las sospechas, su relación parecía ir muy bien. Incluso me llegaron a dar ciertos celos, porque Julián había conseguido apartarla a ella un poco de nosotros, lo que hacía que nos sintiéramos en cierta forma huérfanos. Si antes cualquier problema, sólo hacía falta descolgar el teléfono para hablar con ella, ahora, teniendo ella novio, la cosa cambiaba.

De ahí que las dudas que he comentado que teníamos sobre Julián, hicieran plantearme si nacían de un pensamiento racional o de esa parte de nosotros que deseaba que Raquel volviese a ser la mariliendre de manual que siempre estaba a nuestro lado.

Pronto la relación entre ellos empezó a fallar. Y es que por lo visto, aunque desde fuera todo parecía ir viento en popa, de puertas para adentro la situación no era la misma.

Y es que no había sexo entre ellos.

Llevaban ya casi tres meses de relación y parecía que la relación no había sido aún “consumada”. Por lo que Raquel contaba, por culpa de Julián que le ponía mil excusas para no hacerlo. Al principio, porque tenía muy reciente lo de su ex (hombre, habían pasado ya seis meses, pero bueno). Luego porque no quería ir tan rápido en la relación (si hubiese sido alguien muy religioso podía colar, pero no era el caso). Otro día porque había bebido mucho (yo bebía más que él, pero supongo que a cada uno le afecta de una forma), hasta llegar al temido y muy conocido “hoy no, que me duele la cabeza”.

Así que imaginad cómo podría estar Raquel, que llevaba media vida sin novio y que ahora en esos tres meses, seguía sin comerse una polla rosca. Según ella tenía el dedo índice desecho y es que, aunque lo había intentado todo, no había forma de calentar a ese hombre de ninguna forma.

Claro, cuando oímos eso, Guillermo y yo nos miramos con cara de “ya lo decía yo”, pero tampoco quisimos echar más leña al fuego, e intentamos animarla diciendo que mejor era que lo hablase con él, tranquilamente, para ver hacía dónde quería que fuese esa relación, porque con el calentón que llevaba, ella no iba a poder seguir así mucho tiempo.

Así que al final lo hablaron y pudo confirmar lo que los demás ya sospechábamos, y era que se había dado cuenta “gracias a ella” (que hay que ser cruel para decir algo así), que igual no era tan hetero como pensaba, y que tal vez su relación con su pareja no había funcionado tampoco por el mismo motivo.

Por supuesto cortaron en ese mismo momento y Raquel se hundió en la miseria. Sobre todo por algo que ya me dijo al poco de salir yo con ella del armario, y es que estaba harta de atraer siempre a gays.

Cayó en una minidepresión durante un tiempo, pero al salir, ella volvió otra vez a sus salidas por el ambiente y a seguir como si nada de aquello hubiese pasado.

Yo me ofrecí a salir con ella de vez en cuando por sitios de no ambiente, pero ella se negaba diciendo que quien la conociese, tendría que quererla como ella era y que esas salidas formaban ya parte de su vida.

Por supuesto, por si os cabe alguna duda, Raquel a día de hoy sigue soltera, y aunque de normal es superfeliz, sigue teniendo los bajones que tiene cíclicamente maldiciendose por su mala suerte por no tener pareja.

Egoístamente, los demás seguimos teniendo a una amiga para toda la vida.

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La cortina de humo

La cortina de humo

Nunca he estado interesado demasiado en la política pero sí que es verdad que procuro siempre estar atento a lo que pasa en todos los ámbitos, y la política, nos guste o no, es uno de ellos.

(Tranquilos, que no voy a entrar en polémicas de ningún tipo).

Lo vengo a decir porque quieras que no, cuando uno es un personaje público y lleva una doble vida, igual debería ir con cuidado sobre qué es lo que hace por Internet si no quiere que se sepa.

Esto lo digo porque la persona de la que os voy a hablar hoy, tuvo la suerte de contactar con alguien que es bastante discreto (yo), porque si llega a dar con otro que le hubiese querido complicar la vida, se la hubiera complicado, y mucho.

Así que permitidme que por esta vez sea bastante difuso y no dé nombres, edad, ni nada que pueda comprometer a la persona en cuestión.

Realmente, no recuerdo con exactitud en qué lugar le conocí (si chat, si Cam4, si Gaydar…), pues el primer recuerdo que tengo de él ya fue de su rabazo, haciéndonos una paja mutua por la cam del Messenger.

Y digo rabazo porque este fue el segundo de los tres tíos pollones con los que he estado en mi vida (del primero ya os hablé aquí). Este hombre, por decirlo finamente, era totalmente un caballo. Su polla relajada ya llamaba la atención, pero ver después ese trozo de carne cómo crecía, era una visión que impresionaba.

Como ya he comentado alguna vez, yo no solía poner la cara mientras me pajeaba por Internet, pero sí que es verdad que muchas veces dejaba ver sin querer, un poco más de mí de lo que quisiera. A este hombre le pasó igual, y en el momento de correrse, la cam le jugó una mala pasada, dejándome ver sus labios. Sólo ese detalle, unido también a su voz que me resultaba conocida, hizo que tuviera claro quién era, por lo que le pregunté si me acababa de pajear con un político, concejal del Ayuntamiento para más señas.

Y claro, su primera reacción fue quitar la cam. Para tranquilizarle, le comenté que no pasaba nada, que yo era de fiar, y que no pensaba decir nada a nadie si le preocupaba eso. Él al principio no lo acabó de ver claro, pero como siempre suelo dar bastante confianza (soy bastante transparente en ese sentido), al final aceptó volver a poner la cam mientras se fumaba un cigarrillo a cara descubierta.

Básicamente nuestra amistad partió de ahí, a golpe de pajotes de cam, hasta que un día, por morbo (en cierta forma era como estar con un famoso) le comenté si le apetecía que nos conociéramos. Él, aunque primero se mostró reacio, no tardó mucho en decirme que sí.

Cuando fui a su casa, me sorprendió ver que quien más nervioso estaba de los dos era él. Me comentó que se había separado recientemente, que tenía una hija pequeña de su matrimonio, y que aunque tenía claro desde hacía tiempo que le atraían los tíos, realmente nunca antes había estado con ninguno.

Lo que sí tenía claro era que él quería ser el activo, que de momento lo de pasivo no le llamaba la atención. Teniendo la ventaja de que yo era versátil, por esa parte no iba a haber ningún problema.

Esa primera vez fue en el mismo comedor donde estábamos, le dije que se sentase porque realmente quería ver si esa polla que había visto ya por Internet era tal cual se veía, y al bajarle los pantalones, pude ver que el bultaco que marcaba así lo demostraba.

Cuando ya le quité los calzoncillos, el pedazo de carne saltó como un resorte sobre mi cara, impregnándome ya de su líquido preseminal la mejilla. Los huevos, además, iban en proporción con su polla, por lo que el conjunto que tenía ante mí era espectacular.

El miembro en erección le medía exactamente 21.5 cm (medidas que pude comprobar yo mismo, regla en mano). Y claro, viendo el tremendo miembro que tenía este hombre,  me vino a la mente enseguida mi última experiencia con un pollón similar, de la que no guardaba demasiado buen recuerdo.

Sin embargo, por suerte para ambos, este hombre sí que sabía bien lo que tenía entre las piernas y cómo usarlo. Incluso tenía preparado un kit completo para la ocasión, con su lubricante, vaselina, y condones XXL para facilitar la penetración y que el disfrute fuese completo.

Ese día en concreto, del comedor no salimos. Me folló en el sofá a cuatro patas y después sobre la mesa del comedor, y de verdad que lo pasé de puta madre. Si de normal suelo echar corridas bastante abundantes, esa noche fue tal la cantidad que solté mientras me follaba que pensé que me licuaba.

Al acabar, hubo algo que me descolocó por completo y es que se puso a llorar sobre mí como un niño. Me dijo que eran muchos años queriendo disfrutar con un hombre de esa forma, y que en ese momento, gracias a mí,  era la persona más feliz del mundo.

Por supuesto que esa no fue la única vez que nos vimos, claro. Durante un tiempo. quedamos para follar varias veces y digamos que bautizamos todos los rincones de su casa. De hecho, y no sé muy bien porqué, lo hicimos en todos los sitios posibles menos en su cama. Incluso lo llegamos a hacer en la habitación que tenía para su hija (iba a su casa fines de semana alternos) rodeados de muñequitos de Hello Kitty.

Al final acabó por lo de siempre, y es que uno de los dos acabó enamorándose del otro (y no fui yo).

Le dije que el sexo con él era una pasada, que su polla me encantaba, y que me lo pasaba genial con él también, pero que con las circunstancias que él tenía yo no podía iniciar una relación (y más con una hija pequeña -no me veía yo de padre postizo-), así que, sintiéndolo mucho, si él quería algo mas, lo mejor entonces era dejarlo.

Él me dijo que respetaba mi decisión, y me pidió que siguiésemos follando como si nada me hubiese dicho, pero eso para mí ya no era posible. Al final, seguir así, como si nada, le hubiese hecho más daño, por lo que conscientemente fui enfriando la relación poco a poco, hasta que al final dejamos de vernos.

Al finalizar aquella legislatura, dejó el cargo público que tenía y no volvió a presentarse en las listas. Incluso tiempo después acabó dejando la política totalmente debido a “motivos personales”.

Supongo que a partir de entonces pudo vivir su sexualidad libremente, dentro del anonimato que tanto ansiaba.

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El jardinero fiel

El jardinero fiel

Mi segunda pareja se llamaba Bruno, y era, como el título indica, jardinero. Bueno, estudiante de jardinería más bien, porque el chaval era bastante más jovencito que yo.

Así como generalmente la gente con la que contactaba era de mi misma edad, o mayor, en el caso de Bruno fue al contrario. Yo contaría por entonces con 28-29 años ya, y él acababa de cumplir los 20.

Nos conocimos también por el chat y gracias sobre todo a que él mintió con su edad (me dijo que tenía 25) porque sino, seguramente ni hubiésemos llegado a quedar.

Bruno vivía de forma independiente en un piso de su abuela. Yo por aquél entonces aún vivía en casa de mis padres, con lo que fue en su casa donde nos conocimos por primera vez. Y nos conocimos follando, claro.

Yo cuando le vi ya me imaginé que había mentido con la edad porque realmente se le veía demasiado crío, pero me dio morbo follarme a alguien así, no voy a negarlo. Encima él era bastante pasivete, y a mí, por tanto, con él me salía la vena “empotradora” que saco a relucir de vez en cuando.

Fue al acabar el polvo cuando me comentó su verdadera edad (esto no es la primera vez que me lo hacen, por cierto) pero como total era un polvo y lo había disfrutado mucho, me dio un poco igual.

Sin embargo, quién lo iba a decir, la relación entre nosotros fue poco a poco a más, quedando varias veces hasta que nos dimos cuenta de que algo estaba surgiendo entre nosotros.

Poco tiempo después, ya empecé a conocer a sus amigos, y él a los míos, señal ya clara de que entre nosotros ya no había sólo sexo.

Con los suyos, nada mas conocerlos, yo me sentí bastante desubicado. Sinceramente, me sentía mayor entre ellos. Más mayor de lo que realmente era. Las conversaciones y el modo de vida de ellos (estudiantes la mayoría) chocaba demasiado con los míos, y era evidente el conflicto intergeneracional.

En el sentido contrario, con mis amigos, aunque al principio bien (mejor de lo que esperaba) al poco ya empezaron a surgir frases en plan: “asaltacunas”, “niñero” “dale el biberón” (esto con doble sentido) y cosas así que sin querer, empezaron a hacer mella en nuestra relación.

Además, a mi amigo Quique le entraron como medio celos de nuestra relación, cosa que a mí me alegró mucho, pero me hizo pensar que si realmente me gustaba estar con alguien como Quique no sabía entonces qué estaba haciendo yo con alguien como Bruno.

Por otro lado, a Bruno le gustaba que yo mantuviese esa actitud de “dominante” que tenía en la cama, también en la vida diaria, y eso a mí, no me salía demasiado. Y si me salía, era forzado. A mí en el día a día me gustaba para mí a una pareja con la que pudiese compartir la vida de igual a igual, y esa sensación un poco de padre con hijo (salvando las distancias) me estaba empezando a pasar factura.

En el sexo, mientras, de puta madre. El tenía un cuerpecito delgadito que me volvía loco. Y a pesar de que por regla general no me suelen gustar más jóvenes a él le había cogido el punto desde el primer momento. Ahí sí me salía la vena machorra que tanto le gustaba y a él podía “usarlo” como me viniese en gana para disfrute de ambos. A veces incluso le decía que era como un muñeco hinchable en la cama, que se dejaba hacer de todo, y sólo con verle reir con aquello ya se me caía la baba (de la boca, no seáis mal pensados).

Pero como he dicho muchas veces por aquí, cuando lo único que funciona bien a dos personas es el sexo y lo demás empieza a tambalearse, empiezan mis comidas de tarro, porque a mí a la larga me aburre la situación.

A diferencia de lo que ocurrió con mi primer ex (Lorenzo), esta vez no me callé mis movidas mentales y las hablé con él en todo momento. En este caso, él notaba también lo mismo que yo, que la cosa como pareja no estaba funcionando como a los dos nos gustaría, y que tarde o temprano la situación tendría un final. Y nos dimos un tiempo. Un tiempo, al menos, en que hablamos de intentar vernos menos entre nosotros, para saber si nuestra pareja tenía o no futuro.

Como remate a esta situación pasó algo que marcaría el tiempo de descuento entre nosotros. Él se fue a una especie de viaje fin de curso con la Escuela de Jardinería, y a mi se me fue la cabeza y me puse en el móvil la app del Bender (Wapo ahora) como ya os conté en el post de Infiel.

Quedé con un chaval (mayor que yo) pero no llegó a pasar nada porque me volvió la conciencia a tiempo. Cuando volvió Bruno, aunque no le hablé de lo que había pasado realmente, sí le comenté que llegados a ese punto yo creía que lo mejor era no alargar más la situación.

Aún así, nos dimos una segunda oportunidad, un tiempo más en el que ver si realmente queríamos eso, y aunque los primeros días parecieron funcionar bien, la brecha que había entre los dos (básicamente por la edad) siguió haciéndose más grande.

Finalmente cortamos, de mutuo acuerdo y sin dramas de ningún tipo, a los nueve meses de iniciar la relación (exactamente el mismo tiempo que con mi primera pareja).

Lo más curioso es que después de cortar, volvimos a follar (a petición suya, eso sí). Y ese día, siendo el último, le metí una follada de esas antológicas y difíciles de olvidar, para que me recordase siempre.

Y bueno, creo que como método de despedida cuando se acaba una relación no está mal ¿no?

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