Gremlins

Gremlins

No fue hasta el día siguiente, lunes, cuando me di cuenta de que había vuelto acompañado de mi fin de semana en Barcelona.

Ya me había parecido extraño las molestias que tenía en el pubis durante todo el día, pero lo achaqué a que había estrenado unos calzoncillos nuevos y mi hipersensibilidad habitual a según qué tejidos. Pero cuando esas molestias pasaron a un picor en toda regla pensé que algo mal iba por allí abajo.

LLegué a casa después del curro y lo primero que hice fue desnudarme y empezar a mirarme por si veía algo fuera de lo normal. Me percaté primero de las marcas rojizas que ya tenía en la piel de haberme pasado las últimas horas rascándome como si fuera un perro sarnoso. Al momento vi un punto negro enganchado a un pelo, estiré de él y lo dejé sobre el mármol blanco de la pila del baño. Me quedé fijamente mirando hasta que vi cómo avanzaba lentamente con pequeños pasos como si fuese un minúsculo cangrejo.

Volví a mirarme el pubis y vi que, como imaginaba, ése no era el único ejemplar de su especie: Tenía anidada toda una familia entre la pelambrera.

El agobio que me entró en ese momento es difícil de explicar.

Lo primero que se me ocurrió fue mirar en Internet por confirmar que lo que tenía eran ladillas y no otra cosa. Y no había duda, lo eran.

Aparte de tener que ver miles de fotos a cual más desagradable (infestaciones, con heridas sangrientas, y bicharracos ampliados al microscopio que parecían Godzillas), leí lo que se tenía que hacer para eliminarlos:

“…existen cremas, champús y lociones que contienen hexacloruro de benceno gamma o permetrina y que son eficaces si se usan correctamente. Aunque el parásito vive poco tiempo separado del cuerpo, es conveniente cambiar sábanas, toallas y ropas para evitar la reinfestación. Es recomendable encerrar en bolsas aisladas toda la ropa y lavarla a altas temperaturas -superior a 40ª-“

Una vez buscada la solución, lo siguiente fue llamar a Yago para explicarle lo que me había contagiado. El también se sorprendió porque a él ni le picaba nada ni se había descubierto nada.

Como yo seguía sin recordar lo que había pasado la noche de marras, le pregunté si es que habíamos estado con más gente sin saberlo, que no me lo ocultase porque ahora ya no tenía remedio.

Me aseguró que no, que por quién le tomaba (se cabreó incluso), y que igual era cosa mía y yo ya los llevaba de antes…

Nos recriminamos de todo, fruto del nerviosismo del momento y porque para ambos, era la primera infección de tipo sexual que teníamos.

Sí que me comentó que él un santito no era (ya lo sabía), y que en esa misma cama donde habíamos estado, había hecho tríos, e incluso orgías, y no hacía demasiado tiempo.

Le aconsejé lo que había leído, que lavase la ropa a temperatura elevada y que comprase un producto específico contra la “pediculosis”, que era el nombre técnico de la infestación que teníamos.

Tras la conversación con Yago, quedaba la parte más vergonzosa para mí, que era ir a una farmacia a comprar el antídoto. Y más despues de la surrealista experiencia que había tenido al comprar lubricante. Para evitar males mayores, decidí acudir a otra.

Lo primero que pregunté a la chica que me atendió es que quería un producto que llevase permetrina en altas cantidades, sin especificarle nada más.

Al instante me trajo un champú y una loción para que eligiese, añadiendo que “era la época habitual, y que era algo mucho más común de lo que la gente pensaba”.

Me sorprendió la tranquilidad con lo que lo comentó la mujer, y decidí comprar ambos productos para  cortar por lo sano.

Áún cuando lo envolvía, añadió otra frase que todavía me sorprendió más: “…y los niños con lo revoltosos que son, que enseguida están juntos,  pues es lo que pasa…”

Mi cara ya era un poema, porque básicamente no entendía a qué venía un comentario así (pensé si me había visto cara de pedófilo o algo…) así que nada más salir leí el prospecto y fue cuando me di cuenta de que el mismo producto servía tanto para los piojos (pelo de la cabeza), como para las ladillas (pelo púbico), con lo que respiré aliviado.

Durante la siguiente semana estuve lavándome con el champú lo que era el pubis y lo que no lo era, porque me obsesioné tanto con los bichitos, que acabé usándolo por todo el cuerpo como si fuese un gel.  Aparte me depilé los huevos, el pubis y parte de las piernas, y ya después me aplicaba la loción en spray (era como una colonia).

Los calzoncillos y ropa de cama también los metí en la lavadora a una temperatura alta, para así acabar con los posibles huevos que podían haber dejado.

Yago por su parte, aparte de comprarse la loción, se depiló absolutamente todo el cuerpo (y eso que el hombre era bastante osito). No contento con eso se ve que no entendió bien lo que le comenté, y se metió en una bañera con agua medio hirviendo, que por poco se escalda vivo (según me comentó, estuvo días con leche hidratante para calmarse la piel).

Durante un tiempo, Yago y yo estuvimos bastante mosqueados, ya que cada uno echaba la culpa al otro de lo que había sucedido (yo estaba convencido de que yo no era, porque hacía un tiempo que estaba en el dique seco). Incluso llegamos a plantearnos si podría haber sido en el baño de algún pub, en el vestuario de su gimnasio o en mi piscina… en fin, mil cosas.

Por suerte, la relación entre nosotros mejoró  e incluso volvimos a vernos tiempo después, otra vez en Barcelona (aunque he de confesar que un poco acojonado por si volvía otra vez con compañeros indeseables, pero no fue el caso).

Meses después Yago encontró pareja, un chaval también separado como él, y con un crío pequeño, con lo que enseguida se sintieron identificados el uno con el otro.

Si de algo aprendí de todo esto, es que por mucho cuidado que tengas (condones), o te metes en un convento de ursulinas, o tarde o temprano, si tienes una vida sexual más o menos activa, puedes encontrarte con sorpresas no deseadas.

Por suerte, la cosa quedó en una simple anécdota, aunque he de reconocer que desde entonces cada vez que en la playa veo un cangrejo, me recorre un hormigueo por todo el cuerpo…

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Vicky Cristina Barcelona

Vicky  Cristina Barcelona

Generalmente, cuando me masturbaba con algún desconocido por cam, una vez terminada la paja, no volvíamos a tener contacto. Sin embargo, en el caso de Yago, fue distinto. Ya incluso la primera vez que lo hicimos, hablamos más de lo habitual, y lo que en principio iba a ser sólo un desahogo, acabó siendo una buena amistad.

Yago era gallego, y aunque tenía sólo dos o tres años más que yo, estaba casado y con una hija a punto de entrar en la adolescencia. Las primeras veces que hablamos no me pareció que dicha situación le provocase ningún problema, pero con el tiempo, una vez cogimos confianza, me di cuenta de que dicha apreciación no era del todo cierta.

Este chico se había casado muy joven, con 19 años recién cumplidos, cuando su novia se quedó embarazada. Por lo que me contaba, no tuvo otro remedio y por aquél momento no se planteó ni su sexualidad ni nada por el estilo. Era algo que tenía que hacer y punto. Pero pasados ya los años, se empezó a dar cuenta del error que había cometido y ahora se encontraba en una encrucijada de la que no sabía muy bien cómo salir.

Lo que sí tenía claro es que no pensaba ponerle los cuernos a su mujer, más allá de lo que hacía de vez en cuando por cam. Ése, para mí era un gesto que le honraba, porque pocos hombres (tal y como había conocido) eran capaces de autolimitarse tanto por respeto a la otra persona.

Sin embargo, toda la situación empezó a desbordarle hasta el punto de que había pensado en “quitarse de enmedio”. Yago tenía pensado incluso la forma de hacerlo y por lo visto lo tenía todo bastante planificado

Días antes, para avisarnos cuando estábamos en Internet, nos habíamos dado los teléfonos y aunque no nos habíamos llamado nunca, ese día lo hice. Tardó en contestar y cuando lo hizo, lo hizo llorando. La verdad es que escuchar a alguien llorar a cientos de kilómetros, te da una sensación de impotencia que no había sentido nunca, así que hice todo lo posible por calmarlo y que viera que esa no podía ser una opción, que al menos pensase en su hija. Al final se consiguió tranquilizar y durante los siguientes días alternamos las llamadas y las conversaciones por Internet.

Finalmente decidió confesarle todo a su mujer y plantearle la separación. Un divorcio que iba a ser de todo menos fácil. A partir de ese momento nuestras conversaciones comenzaron a distanciarse en el tiempo. Por horarios de mi trabajo encima tampoco me conectaba tanto como antes, por lo que entre unas cosas y otras, con los meses, acabamos perdiendo prácticamente el contacto.

Debió pasar casi un año cuando nos volvimos a encontrar sin saberlo en el chat. Él me dijo que vivía en Barcelona e incluso me dio otro nombre distinto al suyo, pero cuando me pasó su contacto de MSN ya supe que era Yago.

Ambos nos alegramos mucho al reencontrarnos. Él, porque me dijo que siempre iba a estar agradecido por aquella llamada que le ayudó tanto al salir del pozo, y yo porque con él siempre tuve una conexión especial.

Me dijo que tras el divorcio (tremendo) con su mujer, le habían ofrecido un ascenso en su empresa y aunque ello conllevaba un cambio de ciudad, no se lo había pensado ni dos veces. Por lo que me comentaba, estaba como un chiquillo con zapatos nuevos. En tema hombres, ya no era virgen y por lo visto estaba tratando de recuperar el tiempo perdido.

Nuestra amistad parecía intacta, volvimos a retomar incluso nuestras conversaciones telefónicas hasta que un día me dijo que quería conocerme, y que me invitaba a Barcelona un fin de semana.

Ese mismo sábado me planté en la ciudad condal. En nuestras conversaciones, le había comentado alguna vez lo mucho que me molaba ver a un tío con camisa blanca, así que cuando llegué a la estación no me sorprendió verlo así vestido. Y me gustó. Nos abrazamos y me acompañó hasta su casa, que estaba a poco más de dos manzanas.

Una vez instalado, me enseñó fotos de su hija y su ex, con quien seguía llevándose bastante mal. Me dijo que lo que se le hacía más duro sobre todo era estar alejado de su hija, pero que las circunstancias venían como venían y no se arrepentía para nada del paso dado.

Me comentó el planning que me tenía organizado y antes de salir por la puerta, me pegó un morreo a traición que, lo que son las cosas, hizo que ambos nos relajásemos a partir de ese momento. Nos gustábamos los dos y eso se notaba, así que el fin de semana prometía.

Me hizo visita cultural completa: Ramblas, la Barceloneta, visita a la Sagrada Familia, Parque Güell… y ya por la noche, salimos de fiesta por la zona gay de la ciudad.

Esa noche yo bebí. Bebí bastante. Hasta el punto de empezar a morrearnos apoyados en la barra del primer bar al que entramos. Que vale, que era de ambiente, pero yo no solía darme el lote en público, por timidez más que nada. Supongo que el estar en una ciudad ajena, me desinhibí totalmente, haciendo que me diese igual todo.

En la discoteca en la que estuvimos, pasó tres cuartos de lo mismo, sólo que ahí encima, empezamos a meternos mano los dos, sobre todo él que no dejó de magrearme el culo mientras bailábamos y así estuvo durante un buen rato. Finalmente, cuando el calentón nos oprimía el pantalón de una forma descarada, nos fuimos ya para su casa sin dejar de morrearnos por la calle.

El último recuerdo que tengo de esa noche fue llegando al portal de su casa.

La siguiente imagen ya fue al día siguiente, despertarme en su cama, junto a él, ambos desnudos.

De lo que pasó esa noche no guardo ningún recuerdo. Ninguno. Yo esas cosas las había visto en películas y siempre pensé que por mucho que bebieses, algún recuerdo tendrías que tener. Hasta que me pasó a mí.

Por lo que me dijo, fue una buena noche, y por los condones usados que habían en el suelo, así debió de haber sido. De lo que sí me acuerdo es de la resaca que teníamos ambos esa mañana. Nos fuimos a la ducha y ahí nos dimos un biberón mañanero que al menos me espabiló bastante.

Ese día nos fuimos a Sitges (más gay no podía ser todo), y después de pasar un rato por la playa y comer, nos volvimos para recoger mis cosas y acercarme al tren.

Nos despedimos en la estación, dándonos un pico delante de todos que aunque me dio algo de vergüenza, me supo a gloria.

En el viaje de vuelta, traté de recordar los buenos momentos vividos, sin saber que, sin darme cuenta, estaba volviendo acompañado a Valencia…

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Volver a empezar

Volver a empezar

Como complemento al post que escribí hace unas semanas en el que hacía un repaso a los trágicos finales de algunos actores porno, hoy, y recogiendo la propuesta que me hizo un colega bloguero (un-angel -un cachondo-), os presento la otra cara de la misma moneda.

En este caso, son actores que un buen día decidieron poner punto final a sus carreras e iniciar otra profesión alejada de las cámaras y el folleteo.

Algunos que he encontrado, son los siguientes:

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Colton Ford

Colton Ford: Me sorprende de este actor que aunque pensaba que lo había visto en muchas películas, en realidad sólo trabajó en 10 filmes entre los años 2001 a 2004. Las canas le daban un toque bastante atractivo.

Se retiró del cine en 2004 y protagonizó su propia película documental “Naked Fame” (gracias, David), donde relataba su salida del cine porno para dedicarse al mundo de la música. Tiene tres álbumes en el mercado Tug of War (2008), Under The Covers (2009) y The Way I Am (2013).  En la actualidad tiene 53 años muy bien llevados.

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Blake Harper

Blake Harper: Pareja durante bastante tiempo de Colton Ford, con el que trabajó en algunas escenas. Bastante guapo, hacía tanto de activo como de pasivo. Tenía unas cicatrices en la mano bastante curiosas.

Al igual que su pareja por entonces, se retiró del cine en el año 2004, tal y como relata en el documental arriba mencionado. Con el tiempo regresó a Canadá (nació en Ontario) donde retomó su profesión de enfermero en un hospital privado. A día de hoy tiene 47 años.

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Tom Katt

Tom Katt: Culturista de pelo en pecho, empezó en el porno en el año 1992 haciendo películas heterosexuales. Luego pasó a bisexuales y finalmente películas gay. Versátil en el sentido amplio de la palabra.

Se retiró en el año 2006 para convertirse en pastor protestante al “sentir la llamada de Dios”. En la actualidad, ahí sigue. Ha estado casado con una mujer, aunque se divorciaron finalmente. Tiene 46 años.

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Jake Genesis

Jake Genesis: En el año 2012 entra en el porno y en apenas 8 meses se convierte en un pornstar con todas las letras. Tenía una mirada distraída (se le iba un poco un ojo), pero con muy buen cuerpo.

Se retiró en el año 2013 de la noche a la mañana. Cerró su página personal, su twitter y facebook y en su lugar puso una carta de despedida, sintiendo que lo que había hecho en los últimos meses no le llenaba en absoluto y aconsejando a los jóvenes que estudien antes de dedicarse a ese mundo. Fue policía, repito POLICÍA, desde el año 2010 a 2012 y por lo visto volvió al cuerpo (ufff).

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Collin O’Neal

Collin O’Neal: Actor que aunque tuvo una carrera no muy larga, creo que me he visto todas sus películas. Prototipo de tío que me gusta: Versátil, con buen culete y guapo de cara (y con barbita).

Comenzó curiosamente en televisión como reportero amateur de la CNN, luego hizo porno y cuando acabó la carrera de Magisterio, comenzó a dar clases como profesor sustituto en un Instituto de Miami en el año 2010.  En el año 2011 se conoce su pasado porno y lo despiden. Gana el juicio y desde 2012 volvió a su labor como profesor. Tiene 40 años.

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Logan McCree

Logan McCree: Ejemplo, para mi gusto, de que demasiados tatuajes en el cuerpo, estropean el conjunto. Muy atractivo en general, nunca acabé de disfrutar de sus películas pues no parecía estar desnudo (con tanto tattoo).

Caso curioso el de este chico. Mientras hacía porno, fue pareja de otro actor (Vinnie D’Angelo) durante 5 años. Antes, había sido DJ en Alemania y entrenador en el ejército. Tras la ruptura con su novio, duda de su sexualidad y conoce a una maquilladora con la que forma pareja y se aleja del porno en 2013. En la actualidad, es masajista, peluquero y artista. Se considera “sexual” a secas y actúa ya sólo esporádicamente, como un hobby más que otra cosa. Tiene 37 años y sigue tatuándose cada centímetro de su cuerpo.

Ni qué decir tiene que me ha costado más hacer este post que el de los “muertos vivientes”, y el motivo es porque no hay tantos casos de actores porno que den un giro tan radical a sus carreras.

Más habitual suele ser que cuando ya no se ven capacitados para actuar, se dediquen a dirigir o producir películas, ya que al fin y al cabo, si ya tienen un nombre, pueden seguir usándolo para promocionar sus proyectos.

Al menos el post me ha servido para darme cuenta de que tampoco soy tan gafe como creía, y es que estos actores, que también me gustaban mucho, por lo menos sé que siguen vivitos y coleando.

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Boca a boca

Boca a boca

La primera vez que descubrí el morbo que me daba el juego de voces a través del teléfono fue por medio de algo bastante inocente. Bueno, no tan inocente, me explico.

En la época previa a Internet, redes sociales y todo lo demás, una de las pocas formas de contacto que había sin moverte de casa era a través de las páginas de contacto de los periódicos.

Yo por aquel entonces no sé muy bien qué edad tendría, pienso que todavía adolescente, y una vez que me quedé solo en casa, me armé de valor y llamé a uno de esos teléfono que se anunciaban en plan “Hombre, 20 años, vicioso. Hago lo que quieras”.

Nada mas descolgar el teléfono oí una voz de mujer que se presentó y me preguntó que qué buscaba exactamente. Yo, al oir una voz femenina no supe cómo reaccionar y colgué el teléfono pensando que me había equivocado al marcar.

El hecho es que no me había equivocado y pegando un repaso al resto de anuncios de la página me fijé que el mismo número se repetía para “experimentado de 35 años”, “rubia tetona de 19” o “morena calentorra de 27 años”. Es decir, era un teléfono de una agencia de contactos en el que tendrían en plantilla tanto hombres, como mujeres.

Pasados cinco minutos, volví a llamar. Esta vez sí se puso un hombre con una voz calentorra que me gustó desde el minuto uno. Me preguntó si era el que había llamado antes, si era tímido, y si quería estar con alguno de ellos. Que lo pasaríamos bien y mil cosa más. Yo sólo comenté que era novato y me dijo que no me preocupase, que él me podría enseñar todo lo que sabía..

En ese momento me entró un ataque de vergüenza y colgué el teléfono con un empalme que ya me hacía daño dentro de los vaqueros. Unas simples palabras con una voz masculina habían conseguido excitarme como nunca hasta ese momento, cosa que aproveché para hacerme una buena paja.

Me di cuenta en ese instante que un simple teléfono sería otro de mis objetos sexuales preferidos.

Años después, por casualidades de la vida, comencé a trabajar de teleoperador. El trabajo en sí me pareció un coñazo y la empresa era lo más parecido a una secta que había conocido nunca, pero el tema de escuchar a la gente cuando te llamaba, muchas veces, me ponía. Había voces y voces, claro, pero como encima te salía en pantalla la edad del que te llamaba en ese momento, muchas veces no podía evitar imaginarme cómo era la persona que estaba al otro lado. Seguramente no acertaría en nada, pero la imaginación en estos casos, funciona y de qué manera.

Además, en el sentido contrario, por la puntuación que te daban los clientes en la típica encuesta post-llamada y en las valoraciones que te hacían los jefes en las escuchas, yo siempre era uno de los mejores valorados por dos motivos: empatía o cercanía con el cliente y sobre todo por mi voz. Una voz, que aunque a mi nunca me ha gustado (algo normal), a otras personas por lo visto sí gustaba.

Tanto era así, que por ejemplo, en la época del videoclub porno, era yo el encargado de llamar y “amenazar” a los clientes que no habían devuelto las películas a tiempo porque mi voz acojonaba, ponía un tono de poli malo que a mis compañeros les flipaba bastante.

Así que era cuestión de tiempo que un día entrase al chat y me fijase en un canal llamado “sexo telefónico” , al que durante un tiempo de mi vida le saqué mucho partido.

En ese canal había mucho fetichista que le molaban los juegos de rol. Es decir, tíos que si les llamabas se harían pasar por mujeres, que les iba el rollo padre/hijo (figurado), que les gustaba montarse fantasías o recrear historias inventadas.

Yo lo único que quería era hacerme una paja “acompañado” y listo.

Generalmente la gente con la que contactaba era de otra ciudad por motivos evidentes. La mecánica era más simple que el funcionamiento de un botijo: Te describías más o menos físicamente (a mí me interesaba más que nada la edad del otro), te dabas el teléfono y comenzabas a hablar, soltando todo tipo de cerdadas para calentarte mutuamente.

Lo divertido para mí era, a partir de pocos datos, imaginarte a la otra persona. Yo muchas veces estaba seguro de que la otra persona mentía (todos con pollones, todos supercachas, todos impresionantes), pero si la voz era morbosa, el resto me daba igual.

Al teléfono a mí me gustaba mandar, ser yo el activo y calentar al que estuviese al otro lado de la línea telefónica. Y por lo visto, funcionaba.

Yo empezaba la conversación preguntando cómo iba vestido,  y después insinuaba que se fuesen desnudando poco a poco, hasta quedarse en bolas.

Después le decía que imaginase, que me ponía detrás de él, rozándole con mi cuerpo que en ese momento ya estaba ardiendo. Que le abría las piernas lentamente hasta que le empezaba a restregar mi polla por el culo. Que mientras le mordisqueaba el cuello, y le inclinaba sobre la mesa del comedor donde le iba a follar a saco.

A veces me ponía incluso más cerdo que en persona diciéndoles todo esto y si el otro entraba al trapo y empezaba a gemir, sabía que la cosa iba bien.

El final, claramente era conseguir que el otro se corriese. Y lo hacían, vaya si lo hacían, o por lo menos algunos lo simulaban muy bien. El que no fingía era yo, y siempre solía terminar mis conversaciones eyaculando, exhausto con el teléfono en la mano y la corrida sobre mi cuerpo.

Los teléfonos generalmente después se borraban (si es que no habíamos hecho la llamada con número oculto) y nunca más volvíamos a tener contacto.

Esto yo no sé ni cuantas veces lo he hecho en mi vida, e incluso durante una época lo llegué a preferir antes que el sexo de verdad.

Para mí era el paradigma total de “sexo seguro”, evidentemente, y además era algo superdiscreto y que te evitaba muchos malos rollos posteriores.

Pero esa época, por suerte o por desgracia, ya pasó y aunque ya no practico sexo telefónico, cada vez que escucho a ciegas la voz de un tío no dejo de imaginar cómo sería escucharle excitado.

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Independence Day

Independence Day

Y llegó un momento en el que, por fin, me independicé de mis padres.

Cuando me di cuenta de que en la época en la que estaba viviendo, no iba a conseguir a corto plazo un trabajo fijo de esos de toda la vida, pensé que con lo que cobraba, y los ahorros que tenía (en plan hormiguita) ya era el momento de iniciar una nueva vida alejado de la protección familiar.

Una vez me instalé definitivamente, como buen soltero, lo primero en lo que pensé fue en celebrar con los colegas todo tipo de fiestas, cenas, comidas (o incluso meriendas), por lo que durante los primeros meses hice de anfitrión prácticamente todos los fines de semana.

Monté tantos saraos que ya se encargaron los vecinos de darme un toque de atención en una reunión de la finca (había mucha gente mayor en el edificio), con lo que al final tuve que aflojar un poco en ese sentido.

Encima, como ya he contado alguna vez, yo no era de los de juntar a grupos de amigos a la vez (amigos que tenía comprobado que no pegaban unos con otros), por lo que un fin de semana organizaba la cosa para mis amigos heteros, otra para mis amigos frikis, otra para compañeros de curro, etc.

Hasta que llegó el turno a mis amigos gays/filogays.

Como sabéis, el grupo en esa época era ya bastante abierto, aunque el núcleo principal seguía siendo Guillermo (en ese momento creo recordar que soltero, cosa poco habitual en él), Raquel, Quique, y María con su novio (de Atapuerca, como muy bien definió en su día un amigo del blog).

Con este hombre, Víctor, la verdad es que quedábamos bastante poco. A mí realmente nunca me cayó bien. Era el típico que sabía de todo y te discutía de todo aunque no tuviera ni puñetera idea de nada. Era un don nadie venido a más, y yo con esa gente nunca he congeniado demasiado. A los demás, tampoco les caía bien, pero como era el novio de María, pues había que tragar muchas veces. Lo peor es que ella, cegada por ¿amor? a la mínima enseguida lo defendía, con lo que la relación entre el grupo y ellos cada vez era más distante.

Pero claro, era una noche de fiesta en mi casa, inauguración, y se prestaba a invitar a todos mis amigos, y ella, en mayor o menor medida, todavía lo seguía siendo.

La cena fue más o menos bien hasta que Víctor comenzó a hacer sus comentarios homófobos, supuestamente graciosos, con los que sólo se reía el mismo. Le advertimos entonces que no siguiese por ahí, sobre todo yo, recordándole que esta vez estaba en mi terreno, con lo que no pensaba pasarle muchas más de ese tipo.

Incluso miraba de vez en cuando a María, como avisándole para que controlase un poco a su novio, pero su respuesta siempre era la misma en esos casos: “ya sabes cómo es…”

Pero llegamos a los postres, y luego chupitos y copas, y con el alcohol, ya la situación empezó a degenerar.

El tío estaba ya subidito en todos los sentidos, y parecía que estaba dispuesto a tener gresca con todo el mundo esa noche.

De Quique empezó a comentar que si no follaba se le iba a caer a pedazos, o algo así, que hizo que yo quedase bastante mal delante de él, pues era algo que sólo podía haber contado yo al resto.

De Raquel dijo que siendo una mariliendre de libro, se iba a quedar al final como la típica solterona vieja rodeada de gatos.

De Guillermo que era un degenerado que al final pillaría alguna enfermedad…

Tuvimos ya bastantes enganchones por todo eso que no hacía presagiar un buen final de fiesta. Todo se precipitó cuando sacó un cigarro y empezó a hacerse un porro en mi cara (sí, encima era porrero, lo tenía todo).

La casa era nueva y de momento no había permitido a nadie que fumase en su interior. Sí que permitía que lo hiciesen en el balcón, claro, pero este tío se creía especial, superior al resto, y él iba a hacer lo que le “saliese de la polla” (textualmente).

Ahí ya me tocó los huevos. Supongo que algo en mi interior hizo “clic” y pensé que para chulo, mi pirulo (como decía aquél), así que ni corto ni perezoso, cogí el canuto que se estaba haciendo, se lo rompí en su cara y le dije que ya podía marcharse de mi casa, que me tenía muy harto.

Al ver que me había encarado con él (algo a lo que no estaba acostumbrado), le entró un siroco tal que se abalanzó hacia mí como un loco dispuesto a partirme la cara. Yo, en lugar de echarme atrás, todavía me vine más arriba (y eso que él era un armario ropero que hubiese tenido todas las de ganar) con lo que ambos nos enganchamos del cuello de la camisa dispuestos a darnos.

Suerte que se levantaron todos a la vez, haciendo todo lo posible por separarnos, y que nos calmásemos. Su novia se puso histérica intentando calmar a la bestia parda que tenía por novio. Quique se puso enmedio dispuesto a defenderme (un gesto que siempre que veo le agradezco), Guillermo intentando sujetar a Víctor y Raquel alucinando en colores.

Al final no nos dimos de hostias por poco. Victor y María se fueron de allí de inmediato y ésa fue la ultima vez que los vimos. Después de aquella noche nadie del grupo retomó el contacto con ninguno de los dos

Sí que es cierto que María me llamó un par de días después, cuando todos estábamos más calmados, disculpándose por él. Le comenté si es que su novio no era mayorcito para pedir disculpas por sí mismo que tenía que hacerlo ella, y como siempre, en lugar de reconocer el despropósito, me dijo que también yo tenia que disculparme por mi actitud…Le pregunté entonces si eso era lo único que tenía que decirme, y como su respuesta fue afirmativa esa fue la última conversación que tuve con ella.

Con el tiempo me enteré de que no sólo se rompió la amistad con nosotros, sino que con otras personas (amigos e incluso familiares) también tuvo, antes o después, trifulcas similares debido a la actitud agresiva de su novio.

Lo último que hemos sabido de ellos es que se casaron y tuvieron varios hijos (que espero que no hereden el gen recesivo de Atapuerca que todavía mantiene su padre).

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El pequeño ruiseñor

El pequeño ruiseñor

Si me seguís de vez en cuando, os habréis dado cuenta de que a mí el rollo papaíto me ha gustado siempre, así que el morbillo de estar, de vez en cuando, con algún hetero curioso, tenía su punto.

Con el que os voy a hablar hoy contacté por mi chat de siempre, y después de intercambiar un poco las impresiones de cada uno y pasarnos foto (esta vez sólo de cara), me planté en su casa.

Generalmente los tíos casados preferían quedar fuera de su casa, por motivos evidentes, pero aprovechando que su mujer y su hija (pequeña) iban a estar fuera todo el fin de semana, me invitó directamente a su domicilio con la excusa de estar más cómodos.

El chaval no es que fuera especialmente guapo, pero tenía un puntito atractivo que me gustaba, y era su barbita (aún no habíamos llegado a la época de la sobreexplotación hipster de la barba actual).

Nos tomamos una copa antes de romper un poco el hielo (momento que aprovechó para explicarme que eso sólo lo hacía de uvas a peras -“porque no era marica”-), y después nos fuimos ya a su cama.

Reconozco que empezar a enrollarte rodeado de fotos del tío con el que estás y su mujer por todos lados, aunque tiene su morbo, da un poco de mal rollo (por lo menos a mí, por colaborar en cuernos ajenos), pero como siempre, al empezar a enrollarnos, la sangre comenzó a dejar de regar mi cerebro.

Mi empalme ya empezó a ser evidente y teniendo al tío morreándome encima de mí, comencé a meterle mano al culete, toqueteando unas nalgas bastante firmes. Mientras, poco a poco, ambos empezamos a desnudarnos.

Al final nos quedamos ambos en calzoncillos, momento en que me dí cuenta de que aunque mi empalme era evidente, el suyo, en cambio, brillaba por su ausencia. Le comenté si estaba agusto, si yo le molaba y él me dijo que sí en todo momento, y me parecía sincero, con lo que algo en concreto no me cuadraba en la situación.

Y fue en el momento de desnudarle totalmente cuando encontré el motivo.

Siempre había oído hablar de los micropenes, pero hasta que no te cruzas con uno no te haces una idea real de a qué se refiere esa definición. Aquello, que realmente estaba empalmado, no sería más grande que mi dedo pulgar. De hecho, sus huevos abultaban más que la polla, con lo que el aspecto en sí era más parecido a tres testículos, o un apéndice, que a un miembro viril en erección.

Lo curioso es que él no parecía preocupado por su situación. El tío en ningún momento me comentó “mira, me pasa esto…” o “espero que no te sorprenda…” o algo así. No. Para él era como una situación supernormal, así que para no herir sus sentimientos, intenté actuar como si tal cosa.

De hecho comencé a comerle los huevos, que es algo que me gusta bastante, pegándole de vez en cuando a su pollita algún lametón que otro (porque otra cosa no podía hacer con eso), y él parecía disfrutarlo mucho.

Lo que no entiendo es cómo pensando en todo aquello, no se me bajó a mí la erección, porque he de reconoceros que en ese momento, no tenía la cabeza en ese lugar, evidentemente.

Y es que, mientras, no dejaba de pensar en su mujer, en su pobre mujer. E incluso que no entendía cómo podía haber tenido una hija, porque esa polla difícilmente le entraría a su mujer unos pocos centímetros. Igual cuando eyaculaba, soltaba el chorro a mucha distancia, y la habría embarazado así, porque de otro modo yo lo veía complicado.

Por suerte, pronto me dijo que quería chupármela para que yo también disfrutara, cosa que agradecí en ese momento, ya que mi mente había comenzado a divagar por sí sola.

Hubo un momento gracioso y fue cuando me comentó que él no me quería penetrar, que no le molaba eso con un tío. Y lo dijo tan convencido, que es lo que mas me sorprendía de todo, cuando era evidente que no es que no le molase, es que realmente no sé como me lo podría haber hecho.

Al final de tanto movimiento y roce, llegó el momento de la eyaculación, que la mía fue menos caudalosa que otras veces (motivo evidente), y la suya tampoco es que fuese nada del otro mundo, volviendo a confirmar que no sé cómo había podido embarazar de forma natural a su mujer (a su pobre mujer).

Antes de irme, abrazados los dos en la cama, tuvimos una breve conversación:

– No has comentado nada.

Yo, haciéndome el tonto, pregunté:

– ¿Comentado algo sobre qué?

– Siempre lo he tenido así, pero bueno, se agradece que no hayas hecho comentarios.

Intentando quitarle hierro al asunto, sólo le dije que no pasaba nada pero que podía habérmelo advertido antes, así no me hubiese llevado la sorpresa.

Entonces él, sin un ápice de vergüenza me soltó:

– Es que en mi época los ombligos los hacían que cicatrizasen hacia afuera, y por eso tiene ese aspecto tan raro…

¿¿El ombligo?? Mirándole la polla ni siquiera había reparado en su ombligo, que sí, que lo tenía hacia afuera y no era muy bonito que digamos, pero como para fijarse en algo así…

En serio que con ese hombre no entendí nada. Vale que está bien no tener complejos de ningún tipo y tampoco iba a ser yo quien le provocase un trauma, pero yo creo que tanto si es por encima de la media como si es por debajo, la gente debería advertir de lo que tiene, ¿no creéis?

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