Rencor

Rencor

Reconozco que uno de mis peores defectos es que soy bastante rencoroso. Soy de las personas que aunque perdona, nunca olvida. Como que me queda un resentimiento que es difícil de eliminar.
Esto viene a cuento porque a raíz de mi ruptura, cuando más me hizo falta tirar de amistades (en teoría, un apoyo en los momentos de bajón), hubo dos personas que me decepcionaron bastante.
Una era una amistad de las de hace años, y otra una nueva amistad de la que esperaba mucho más. Ingenuo que es uno.
El primero fue Quique, del que os he hablado en el blog muchas veces.
Aunque siempre  fue una persona que aparecía y desaparecía de mi vida, cuando me hizo falta siempre estuvo ahí. Y cuando quedábamos, era como si no hubiese pasado el tiempo entre nosotros.
Él fue una de las primeras personas que supo de mi nueva situación de soltero. No penséis mal que no se lo dije con la idea de iniciar nada sexual o sentimental con él (tengo bastante claro que no le atraigo). Además, lo que más me hacía falta en ese momento era una charla, un abrazo, y poco más.
Así que le propuse quedar a los pocos días.
Me dijo que ese mismo domingo iba a participar en una carrera popular y que podíamos quedar a almorzar después. Que además le hacía ilusión que alguien le fuese a esperar en la meta.

Y allí me planté.
La verdad es que con la de gente que había corriendo, pensé que no le iba a ver pasar, pero en una curva se apartó el mogollón de gente  y le vi (marcando paquete en mallas, por cierto).
Me acerqué a la meta, esperando entonces volverle a ver y ya no hubo forma.
Le llamé por teléfono y me dijo que estaba recogiendo las cosas (se ve que daban una bolsa con merchandising a los participantes) y que nos veríamos mejor en la esquina de la misma avenida donde estábamos. Y ahí esperé durante largos minutos que se convirtieron en más de media hora. Impaciente ya, volví a llamarle. Para mi sorpresa, me colgó. Volví a insistir y otra vez cortar la comunicación fue su única respuesta. Le mandé entonces varios mensajes. Mensajes que leía pero no contestaba. Finalmente cansado, y dolido, me marché del lugar no sin antes escribirle un último whatsapp mandándole a la mierda.

Quique nunca me explicó los motivos de aquello porque ni ese día ni los posteriores se dignó en contestarme.
Meses después, apareció de nuevo en mi móvil. Me preguntó si quedábamos para tomar algo. Como si tal cosa. Como si nada hubiera pasado. Yo sólo le respondí una frase: No tienes vergüenza ni la conoces. No contestó y acabé borrando su teléfono de mi agenda.

Estas Navidades me lo volví a encontrar por la ciudad. Le pregunté entonces si no creía que me debía alguna explicación. Sólo me dijo que no me rayase, y que no fuera tan rencoroso que eso no me iba a llevar a ningún lado. Que tenía prisa y que ya me llamaría para tomar algo un día de estos.

Por supuesto ni me llamó ni espero que lo haga.

La otra persona que me decepcionó fue un bloguero al que conocí gracias a mi primera etapa en este mundillo.
Fue uno de los primeros en comentar en mis entradas. También de los primeros que me escribió un mail y gracias a eso, empezamos una especie de relación de amistad epistolar . La verdad es que congeniamos desde el principio y fue de los pocos que sabían de mis historias antes de que las contase por aquí. Él supo de primera mano mi crisis previa con mi ex, y en esos momentos, quieras que no, me sirvió de un gran apoyo.
Cuando la crisis ya fue total, también fue uno de los primeros que conoció de mi ruptura. A partir de ese momento, no sé muy bien el motivo, pero la relación telefónica, por mail, y por whatsapp, fue a menos.
Otra vez lo mismo, cuando más me hacía falta un desahogo, un apoyo, la situación fue a la inversa. Sí que es verdad que tampoco podía pedir peras al olmo. Vivíamos en ciudades distintas y tampoco era una amistad en el sentido estricto de la palabra…pero aún así, me sentó mal.
Meses después, por casualidad, me salió la ocasión de pasar un día en su ciudad. Dudé en si avisarle o no. Realmente la amistad ya se había enfriado bastante y no sé si venía ya a cuento vernos. Pero, coincidencias de la vida, unos días antes, me mandó un whatsapp, y aproveché y le dije que iba a ir el sábado a su ciudad, y que me apetecía conocerle.
Me dijo que sí, que le parecía perfecto, salvo que tenía unas cosas que hacer ese mismo día. Pero que iba a intentar solucionarlas para poder vernos aunque fuesen sólo un par de horas. Que él también quería conocerme.
Ese sábado, una vez terminé lo que había ido a hacer, le mandé un mensaje. Su respuesta, bastante escueta, fue: “Aún estoy liado. Ya te diré”.
Pero no me dijo nada. Pasaron los minutos, y las horas. Y no me contestó más.
Pensé en escribirle, en llamarle, pero…para qué.
Me volví de allí por la noche, sin haber recibido explicación de ningún tipo.
También lo borré de mis contactos, por cabreo, y pensé de nuevo en lo ingenuo que soy muchas veces.
Supongo que, como cuando me enamoro, me doy demasiado a las personas, con un resultado que a veces, no es el esperado.
Hace unos días me escribió de nuevo, por error, confundiéndome (encima) con otra persona. Tras recordarle quién era, me dijo que no entendía qué había pasado conmigo, y aún tuvo el valor de decirme que desaparecí sin decirle nada…
Mi única respuesta fue decirle que si de verdad no era capaz de entender el motivo de mi ausencia no hacía falta ni que siguiéramos la conversación. Y eso fue lo que hicimos.

Tal vez os parezca demasiado radical por actuar así. Puede, no lo discuto.  Pero no me molestó el hecho de que no quedasen, sino más bien el hecho de que no explicasen los motivos. Las cosas se hablan, pero lo de dejarlo pasar, lo de “no pasa nada” o “tampoco es para tanto” son frases que nunca han ido conmigo.

Supongo que, como en todo, en la amistad la confianza es un muy buen punto de partida, pero la decepción, el sentir que alguien te falla cuando tú los has dado todo, es un punto y final bastante difícil de solucionar.

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El asesinato de Gianni Versace

El asesinato de Gianni Versace

En este blog, aparte de mi vida, también he hablado de vez en cuando de películas, de las que por cierto suelo hacer críticas bastantes destructivas muchas veces. Hoy quería hablaros de una serie, en concreto de “El asesinato de Gianni Versace”, o lo que es lo mismo, la segunda temporada de American Crime Story.

Esta serie, estrenada este mismo año en EEUU y que Antena 3 la compró para nuestro país, se estrenó el domingo pasado con una muy buena audiencia (un 15,6 % de media en sus primeros tres capítulos emitidos del tirón).

Antena 3 llevaba ya varias semanas, yo creo que incluso meses, anunciando a todas horas la serie en cuestión. A mí me llamaba la atención sobre todo por las ganas de ver a nuestra Penélope Cruz transformada en una Donatella Versace con esa melena suya rubio platino característica. También por ver a Ricky Martin hacer de novio de Gianni Versace. Además, siendo la segunda temporada de la serie de American Crime Story, en la que la primera se dedicó íntegramente al “presunto” asesinato cometido por  OJ Simpson (que no he visto aún pero que tengo pendiente desde hace tiempo), pues aún me daban mas ganas de verla.

Sin embargo, siendo que el domingo pasado cayó de pleno en medio de la “semana” fallera (fiesta mayor en Valencia), no fue hasta hace dos días cuando por fin pude ver la serie con tranquilidad.

He de avisar, primero,  que no soy muy de engancharme a las series. Bueno, miento, no soy muy de engancharme a tanta serie como parece la moda ahora. Conozco a gente que tiene HBO, Netflix y Movistar+ y lo único que hacen es ver series, del tirón, una detrás de otra. Ni películas ni nada, sólo series. Que no se yo como no mezclan unas tramas con las otras, pero bueno.

Sin embargo, el primer capítulo de ésta, ya me enganchó. Fueron sólo los diez minutos del principio, antes incluso de salir los títulos de crédito, en las que sólo con los movimientos de cámara, la música, y las imágenes de los instantes previos al crimen, ya me dejaron sentado en el sofá.

La serie está contada en forma de flashbacks saltando continuamente entre la búsqueda del asesino, Andrew Cunnanan,  los instantes previos y posteriores al crimen, así como los sucesos anteriores que le  llevaron a cometer el asesinato.  Y es que una cosa que desconocía es que en realidad el asesinato de Gianni fue el quinto crimen de un asesino en serie, y que el FBI ya le venía persiguiendo desde hacía tiempo.

Así, por ejemplo, el tercer capítulo de la temporada (último emitido el domingo pasado) se dedicó íntegramente a la reconstrucción de uno de los anteriores crímenes de Andrew. Ese capítulo, por si solo, ya daría para una película independiente de terror, porque la verdad es que impresionaba el grado de sadismo al que pudo llegar el asesino.

Aparte de la trama en sí, lo que también me gustó de la serie fue la ambientación de la época en que se enmarcaba. Ahora que gusta tanto el efecto nostalgia, sobre todo de los años 80 (Stranger Things), recordar ahora los 90 con esta serie también tiene su punto. De hecho, uno de los platos fuertes, fue recordar cómo se trataba el tema de la homosexualidad en la sociedad de la época (no tan abierta como ahora).

Los actores principales, quitando los anteriormente mencionados Penélope Cruz y el cantante Ricky Martin (a quien se le ve desnudo, por cierto) son bastante desconocidos.  El que más me gustó fue, por motivos obvios (qúe buen culo),  el actor Darren Criss, que hace el papel del asesino, y que ya había salido en la serie Glee, del mismo productor.

Y es que la serie está producida  por el gran  Ryan Murphy (quien también se encargó de dirigir el primer capítulo, y se nota). Por si no sabéis quien es, Ryan es el responsable de, aparte de la mencionada Glee (musical cafre ambientado en un instituto típico americano),  de American Horror Story, que ya van por la séptima temporada, de la que sólo he visto la primera y me encantó (otra serie de tantas pendientes de ver), y de otra serie de la que soy fan, Scream Queens, que sólo tuvo dos temporadas, y de la que ya os hablaré otro día.

Por último, añadir que en nuestro país fue sobre todo recordado este crimen por el tema de la detención del hijo de Andrés Pajares (Andrés Burguera – ¿qué habrá sido de él?-), a quien confundieron con el asesino y cuya situación, por cierto,  queda reflejada en uno de los capítulos ya emitidos.

Si no vistéis la serie y aún queréis engancharos, que sepáis que aún estáis a tiempo: esta misma noche de domingo emiten otra tanda de capítulos, dejando los tres últimos para el próximo martes (cosas de la contraprogamación de Antena 3).

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La extraña pareja

La extraña pareja

Una vez ya asumida mi “soltería”, la primera zona de mi cuerpo que se reactivó fue la situada de cintura para abajo.

Mientras que mi cerebro seguía analizando los motivos, y mi corazón seguía con un hueco difícil de llenar, mi rabo comenzó a tener vida propia, por lo que decidí darme una alegría (que ya necesitaba).

Me instalé una app  de ligoteo (folleteo) y tras ponerme un poco al día en su funcionamiento, opté por enseñar toda la carne posible (en un mercado así ¿qué se  puede enseñar sino?).

Los primeros que me entraron fueron una pareja de mediana edad.

Mis experiencias con tríos nunca habían sido demasiado memorables, y ya que iba a volver a mis andanzas sexuales después de tanto tiempo, pensé que igual era buena idea intentar quitarme esa espinita y matar así dos pájaros de un tiro (nunca mejor dicho).

Tras la típica conversación simple-calentorra, me dijeron su dirección y hacia allí que me fui sin pensar en nada más.

Llegué a la casa y llamé al telefonillo. Mientras subía en el ascensor no dejé de pensar en el nerviosismo que me estaba entrando por no saber qué me iba a encontrar allí arriba, sensación, por cierto, que hacía mucho tiempo que no experimentaba.

Cuando llegué al piso, lo primero que me sorprendió  fue que ya en el rellano me recibió uno de los dos totalmente desnudo y con la polla a media asta.

Entré y solo me dio tiempo a decir “joder, vaya recibimiento”, momento en que aprovechó el otro de la pareja a meterme su rabo en la boca, sin decirme ni buenas siquiera…

En la vida me habían hecho algo así, sin mediar palabra, y se notaba que estos iban a ir a saco desde el minuto uno. Me hicieron agachar y mientras yo le comía la polla al número 2, el número 1 empezó a preguntarme si quería algo para beber, o comer…

La situación era cómica por motivos obvios pero hasta que su pareja no le acabó diciendo “¿cállate pesado, no ves que ya está comiendo?” el otro no paró de ofrecerme cosas de su nevera.

Yo estaba que me ahogaba con el pedazo de tranca del tío,  y me estaba dando bastante morbo, no puedo negarlo (y eso que ese rollo tan sumiso mío lo desconocía  hasta ese momento…)

Cuando el nº1 vio que yo iba a estar ocupado un buen rato se agachó entonces para chuparme a mí  también la polla puesto que a esas alturas de la película ya me la había sacado yo del pantalón.

Así estuvimos no sé ni cuanto tiempo (me comenzó a doler la mandíbula) hasta que decidieron que pasáramos a su habitación para estar más cómodos. (De camino, por el pasillo, ambos me fueron desnudando).

Al llegar al cuarto, lo primero que me llamó la atención fue el pedazo de mega-cama enorme que ocupaba prácticamente toda la sala. Lo segundo, fue que no había persianas y las cortinas estaban totalmente abiertas, por los que los de la finca de enfrente iban a tener una visión cojonuda.

Les pregunte si no iban a cerrar y me contestaron que no, que el espectáculo iba a ser gratuito. Yo como tengo un puntito exhibicionista bastante acusado no puse peros, claro, así que el nº 2 se tumbó en la cama, yo seguí chupando y el novio se puso entonces a comerme el culete (disfruto mucho con eso).

Así estuvimos tiempo, escuchando también al nº 2 diciéndome una cantidad de guarradas que ni en las pelis porno que suelo ver. De golpe, en lugar de la lengua del colega nº 1, empecé a notar algo duro que me rebotaba entre las nalgas. Me incorporé de inmediato,  diciéndole que  si pensaba metérmela sin condón, se olvidase, porque eso no iba a pasar. Me negó la mayor y yo volví a mis quehaceres domésticos (chupar polla, vamos).

Al minuto, de nuevo, el nº 1 comenzó a golpearme con el rabo buscando un agujero por donde meterla (esta vez ayudándose de un dedo).  Me incorporé de nuevo, ahora ya,  cabreado.

No me estaba gustando nada la situación (el nº 1 tampoco me atraía demasiado, la verdad), así que dije que si iba a seguir así yo me largaba y punto, porque a pelo no iba a follar. Enseguida me dijeron que no, y tras una pequeña bronca del nº 2 a su pareja, ambos se agacharon, esta vez en plan putitas, y comenzaron a comérmela por turnos.

La escena era tan morbosa, conmigo frente a un ventanal abierto de par en par, de pie con estos dos chupándomela a salivazos mientras me magreban el culo y los huevos, que no aguanté demasiado y acabé corriéndome directamente sobre ellos.

Un poco avergonzado, les dije que sentía haberme corrido tan pronto y que me iba a ir, pero se negaron, y es que era ahora (después de lo que es habitual) cuando a ellos les gustaba conocer a las personas con las que follaban.

Estuvimos hablando un rato y fue ahí cuando me di cuenta de la extraña pareja con la que había estado.

Y es que lo primero que me dijeron es que tenían esa cama gigante porque hasta hacía bien poco habían sido un trío. Pero un trío formal, en un plano sentimental. Que habían vivido los tres juntos durante unos quince años hasta que habían decidido romper (al menos una pata de la relación).

Pero si eso me había parecido original, por lo no habitual, lo siguiente sí que me dejó ojiplático.

Y es que el nº 2 había estado casado (con mujer) durante bastantes años. Que hasta ahí, vale. Pero lo sorprendente era el hecho de que tuviera un hijo del cual desconocía su existencia hasta hacía un año (su madre, embarazada de él, se lo ocultó cuando éste la dejó por un hombre, trasladándose poco después a Argentina). Además, ese hijo había aparecido en su vida, no por casualidad, sino en el momento en que se dio cuenta de que era gay, igual que su padre. Sin embargo el hijo volvió acompañado, casado con una mujer, que aceptaba la sexualidad de su marido de mil amores…

Por si eso no fuera poco, por lo visto, la madre del chico se había vuelto a casar con un terrateniente millonario que les había puesto en la calle (vivían todos juntos) cuando se enteró de la homosexualidad de su hijastro.

Yo a esas alturas ya estaba flipando. Toda la historia era propia de Almodóvar en sus mejores tiempos, pero la verdad es que me fueron enseñando álbumes de fotos, y he de reconocer que el padre y el hijo eran como dos gotas de agua (no se podía negar su parentesco, la verdad).

Ademas, por su profesión (trabajaban en el mundo del cine/teatro/televisión como productores o algo así) me empezaron también a enseñar fotos de ellos con famosos, ya que por lo visto estaban muy bien considerados en ese mundillo, y se habían hecho un nombre a lo largo de los años.

Al final acabé cenando con ellos, en bolas los tres, mientras me comentaban miles de anécdotas. A los postres volvimos a ponernos tiesos y acabaron follando ellos dos sobre la mesa mientras yo me pajeaba como un mono disfrutando del momento.

Fue una quedada por lo menos curiosa, y además me sorprendió que, pasado el calentón inicial, ambos fueran unos tíos muy cultos, educados y agradables, nada que ver como cuando se ponían calentorros, que se transformaban (sobre todo el nº 2) en verdaderos pornostars.

Solo al final, volviendo a casa, fue cuando pensé si de verdad lo de follar sin sentimientos me llenaba como antes. Imagino que la sangre volvió a regar mi cerebro y el agujero del corazón quedó de nuevo, abierto.

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Olvídate de mí

Olvídate de mí

Los primeros días desde que M. me dejó los pasé realmente mal. Como encima no acababa de entender los motivos concretos que habían precipitado la situación, la tortura todavía era mayor.

Pasaba de pensar que era fuerte y que iba a poder superar esa situación, a pensar que era el ser mas desgraciado sobre la faz de la tierra y que la vida ya no tenía ningún sentido. Mientras, la sensación de soledad que la ruptura me había dejado me acompañaba las 24 horas del día.

Durante esa primera fase, y con el móvil encima todo el tiempo, no sé ni la de veces que estuve tentado de escribirle preguntándole los motivos del desenlace, o si la ruptura iba a ser definitiva esta vez. En realidad, intentaba inventarme alguna excusa para poder reiniciar algún tipo de contacto con él, si bien, en el fondo, sabía ya que todo había acabado entre nosotros.

Las semanas siguientes las pasé concentrado sobre todo en el trabajo. Durante ese tiempo creo que hice más horas extra que en toda mi vida, para alegría de mis jefes, por supuesto. Lo único que intentaba era que así pasase el tiempo lo más rápido posible.

Y llegar agotado a casa.

Y no pensar.

Pero eso era complicado y al final, siempre en algún momento del día se me pasaba por la cabeza todo lo bueno que habia pasado con M. Porque esa es otra, la memoria es muy puta en esas ocasiones y sólo recuerda la parte buena de la situación, haciéndome olvidar todo lo malo (que también) había pasado con él.

Curioso es igualmente el intentar escuchar música para distraerte en ese estado. Yo sabía que ninguna canción hablaba de mi, ni de nosotros, pero ya hacía mi mente todo lo posible (ay, ese subconsciente), para asociarlo con lo que me había pasado.

Canciones como “Dueles” de  Jesse y Joy,  “Miel en la nevera” del gran Tino Casal o “Procuro Olvidarte” ponían música y letra a lo que era por entonces mi existencia.

Y el tiempo seguía pasando, de una forma más lenta de lo normal.

Yo nunca he sido muy de ir a psicólogos para superar mis problemas (ya comenté mi mala experiencia por aquí), pero sí se me ocurrió mirar esta vez en páginas web de autoayuda por ver si aplicando alguna técnica de superación personal, podía comenzar a salir de ese pozo del que de momento no encontraba el fondo.

De todas las que leí (no hablar con él ni de él, hacer deporte, eliminar pensamientos negativos…), el primero que apliqué fue el de borrar de mi teléfono el número de móvil de M, porque aún habiendo pasado ya bastante tiempo, lo seguía teniendo agregado como contacto.

Y es que era como si al borrarlo, fuera a eliminar también cualquier resquicio o esperanza de que lo nuestro no fuese un adiós definitivo.

Pero ese paso era necesario, y al final, lo borré. Y funcionó.

Aunque los días se me seguían haciendo largos, poco a poco (muy poco a poco de hecho), comencé a asumir lo que había pasado, que nada de aquello volvería y que tenía que mirar más hacia el futuro en lugar de hacia el pasado.

Hacer deporte también me ayudó. Retomé la natación (que había abandonado durante todo ese tiempo), y el efecto endorfina, comenzó a hacer el resto.

Lo que no hice fue aplicar el dicho de “la mancha de mora con otra roja se borra”. Mis ganas de conocer a otra persona que me hiciese olvidarle, seguían bajo mínimos. NI sexual (de momento) ni de forma afectiva tenía ganas de reiniciar nada con nadie. Uno se conoce bastante a sí mismo, y para aplicar esa técnica, todavía no estaba preparado.

Sin embargo, y cuando parecía que comenzaba a remontar el vuelo, me dio entonces por pensar que igual mi ex ya había conocido a alguien y que igual ese había sido el motivo de la ruptura. Y si me había puesto los cuernos? Y si eso pudiese explicarlo todo? Y si…?

(supongo que en el fondo, buscaba algún motivo para odiarle…)

Fue entonces cuando pedí hora en el Centro Médico al que solía acudir periódicamente para hacerme las pruebas serológicas en mi época de pendoneo. Me iba a quedar más tranquilo (yo es que pienso en cuernos y me entran mis miedos, es algo automático) y además era como poner mi marcador sexual de nuevo a 0 para la época que, tarde o temprano, pudiese venir.

Pedí cita y cuando acudí, la doctora me recordó, a pesar de haber pasado tantos años desde la última vez. Aquella fue al comienzo de mi relación con M, cuando decidimos, de mutuo acuerdo, tener relaciones apeleras entre nosotros, para lo que necesitabamos estar seguros de nosotros mismos

Fue entonces, con las preguntas de rigor (“Cuantas relaciones sexuales ha tenido en los últimos tres meses?”, “y en los últimos seis meses”?) cuando se percató de que mi relación se había ido a pique.

Y cuando me dijo “lástima, haciais buena pareja”, algo en mi interior se resquebrajó de golpe y allí mismo, delante de la doctora, me derrumbé.

Curioso que en esos meses, había intentado no llorar ante nadie. Ni ante amigos, ni por supuesto familiares. De puertas afuera yo era un tipo fuerte, siempre intentando hacer sonreir a los demás, aunque el funeral fuese por dentro. Sólo en mi casa, en privado, y por las noches, me permitía hundirme. Cuando nadie me viera.

Y sin embargo, allí, delante de la doctora, en su consulta, no pude más.

Terminé abrazado con la doctora y cuando me recompuse, como pude, le comenté que quería quedarme tranquilo y que intentaba buscar algún motivo, que me negaba a admitir que todo hubiera acabado, sin más motivos que los que ya sabía…

La doctora solo me dijo que a veces no hay más motivos, que las cosas acaban, y que torturarse por eso no me iba a solucionar nada. Y que romper cosas, cabrearse o llorar ayudaba, pero guardárselo para uno mismo, no.

Me comentó también que las pruebas me las iba a hacer porque me conocía y porque sabía que lo necesitaba para empezar de nuevo.

Por supuesto la prueba salió negativa, pero ese papel me ayudó a cerrar toda una etapa a la que ponía entonces un punto y final.

(O eso pensaba yo…)

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Call me by your name

Call me by your name

No sólo de pan vive el hombre, ni este blog de mis historias.

Como ya hice alguna vez en mi anterior etapa, voy a comentaros hoy una película (de temática) que está ahora mismo en cartelera.

“Call me by your name” es una película dirigida por Luca Guadagnino, escrita por James Ivory, adaptación de una novela de André Aciman, y protagonizada por Armie Hammer y Timothée Chalamet, en el que creo que es su primer papel como protagonista en cine.

La primera vez que oí hablar de esta película fue en Twitter donde todo el mundo que la había visto la ponía por las nubes. A mí, las películas de temática ya he comentado alguna vez que no me atraen demasiado porque muchas veces las veo cortadas por el mismo patrón. En este caso, al leer por encima el argumento también pensé en lo mismo, puesto que esas de “despertar al sexo en la juventud” es algo ya visto mil veces en la pantalla.

Aún así le di una oportunidad por el único motivo que me interesaba y era por la ambientación, en el norte de Italia,  en pleno verano y con una cuidada fotografía (por lo poco que había visto en el tráiler).

No sé si os lo he dicho alguna vez, pero para mí la mejor época del año es siempre el verano (primavera también, pero menos), y no sólo porque es la época de vacaciones por excelencia, sino por el propio tiempo, la luz, el calor, el sol y la alegría de vivir que siempre me da esa estación del año (justo lo contrario que el invierno).

De ese modo películas como por ejemplo “Magia a la luz de la luna”, de Woody Allen, “El talento de Mr. Ripley ” y “Las dos caras de Enero” ambas, adaptaciones de novelas de Patricia Highsmith, o incluso el musical “Mamma Mía” me llevaron al cine más por su fotografía que por las películas en sí mismas (aunque después todas me gustaron, por cierto).

Por ese motivo principal fue, por tanto, por lo que decidí acercarme a ver la de “Call me by your name”.

Y he de decir que no me equivoqué.

No me equivoqué, digo, en saber que los paisajes me iban a encantar, porque lo que es la historia en sí,  no me transmitió absolutamente nada. Bueno, algo de aburrimiento sí que me transmitió para qué engañarnos.

Y es que en ningún momento me metí en la historia que contaban.

Para empezar, la elección de los actores a mí me chirría bastante.

A Armie Hammer yo lo conocía única y exclusivamente por “El jinete pálido” cuyo principio y final es de lo más espectacular que he visto en una película de vaqueros, pero del resto de la película ni me acuerdo de lo pesada que resultaba. Sabía que había salido en otras pelis (“La Red Social”, por ejemplo) pero no era alguien a quien le siguiera la pista.

Como actor no es gran cosa (o yo, por lo menos,  no lo veo), pero sí , es muy guapo, y alto, y elegante, y eso viste mucho en pantalla.

Al otro chaval, Timothée, el jovencito,  no lo conocía y para mí ha sido un verdadero descubrimiento. De hecho, su actuación es lo único que salvaría de toda la película, porque representa a la perfección esa inocencia juvenil de los años de la pubertad.

El problema para mí viene con la edad de ambos actores. Según he leído, Armie que tiene 31 años (aunque aparenta más)  hace en la película como si fuese un estudiante de postgrado de edad indeterminada, mientras que Timothée, que tiene en realidad 22 años, hace el papel de un chaval de 17 (que son los que aparenta).   Y esa diferencia es lo que a mí me hizo la historia como menos creíble, más que nada porque al primero no me lo creí en su papel de estudiante y a partir de ahí ya todo fue cuesta abajo.

Pero ya no sólo por la edad, y esta es mi otra crítica, sino por la historia en sí, porque vamos a ver (alerta, spoiler): llega el ayudante de la Universidad del  padre a pasar un verano con la familia, y el padre no hace más que intentar un acercamiento de su hijo con el señor este (que no es un señor, vale, pero a mí me lo parecía). Pero ¿para qué? ¿para que lo saque a pasear por ahí y no se aburra?  Y aunque eso tenga un pase (pongamos que me creo a Armie Hammer en su papel) la historia de amor ¿qué sentido tiene? Es  que a mí me pareció totalmente forzada, mal resuelta y sin nada de originalidad. ¿No deberían haber habido algunas señales antes de que se diesen el primer beso? por lo menos para el espectador, digo yo, porque yo no las vi por ningún lado.

Pienso que igual se me ha endurecido el corazón y ya todo lo que suene a pastelón y amor verdadero me produce urticaria. No digo yo que no, que todo puede ser. Pero sinceramente, es que no entiendo todo el hype formado por esta película, la verdad.

También pienso que igual todo ese boom entre el mundillo gay ha sido por el chavalín , que es guapete (y se le ve el culo) y ya digo que es lo mejor de la película (su actuación, no el culo), pero a mí no me puso nada.  Como a mí no me gustan tan a-medio-hacer, pues igual me dejó la película tan frío, ya no sé.

O igual es simplemente cosa del marketing, y de la cuota gay,  que obliga a que cada año para la carrera en los premios tenga que ir alguna película de temática (el año pasado fue “Moonlight”, de la que hoy ya no se acuerda ni el tato.)

En los próximos Oscar está nominada a mejor película, mejor actor protagonista (Timothée, claro), mejor guión adaptado y mejor canción original.

Igual no se lleva nada o se los lleva todos, pero a mí igualmente me daría una cosa que otra.

Sé que ésta no ha sido una crítica demasiado constructiva, así que podéis decirme lo que pensáis vosotros sobre la película, porque me espero cualquier cosa.

Os dejo el tráiler.

 

Volver

Volver

Un año es demasiado tiempo. Y un año y un mes, todavía más.

Lo digo porque ése es el tiempo que ha pasado desde que dejé el blog. Y también es el tiempo que ha pasado desde que mi relación con M. se fuera al garete.
Durante todo este tiempo han sido un montón de veces las que quise volver por aquí, pero no pude. Con una autoestima bajo mínimos, había cosas que se me hacían cuesta arriba. Y retomar el blog era una de ellas. Así que siempre que veía una razón para volver, me decía a mí mismo otras tantas para no hacerlo.

Sin embargo sabía, que tarde o temprano volvería. Y lo tenía claro por algo muy simple: y es que cualquier situación cotidiana, en mi cabeza quedaba registrada bajo un nombre de película. Archivada para “cuando retomase el blog”. Y ese día, tal vez, ha llegado.

En su momento empezar este blog me sirvió para mucho más de lo que me había imaginado. Ordené mis ideas, mis historias, y al expresarlas, me sirvió en cierto modo como terapia. Espero que en esta nueva temporada (ni que fuese una serie de TV…) también me ayude en el mismo sentido.

Sí he de reconocer que otro motivo para mi regreso ha sido el incesante goteo de mensajes de ánimo y apoyo que he recibido de gente que no me conocía de nada. O eso pensaba yo (erróneamente). Y es que no podía ni imaginar el vínculo invisible que se establece, gracias a esto, con las personas que están al otro lado de la pantalla.

Mails que me decían por ejemplo que si conmigo “habían reído, amado o temido” con el de mi ruptura “habían llorado”. Y que por eso me escribían, para animarme y devolverme los que les aportaba a ellos, para hacerme ver que estaban conmigo.

O que me animaban a dejar de hablar de mi ex durante un tiempo “para ir dejando de pensar en él”. Y que me ofrecían, desinteresadamente su amistad porque entendían lo que era “la desesperación y miedo a la soledad”.

También comentarios que me escribieron muchos por aquí, en mi último post, pero también en los meses posteriores, en los que no escribía absolutamente nada.

O por Twitter, preguntándome, meses y meses después de haber cerrado el chiringuito, si algún día volvería al blog.

Por cierto, fue en esa misma red social donde hice una encuesta preguntando si debía retomar mi actividad bloguera en este 2018 y ganó el SÍ por la mínima (que la otra opción más votada fuera “Escribías un blog?” es lo de menos…).

Lo que no tengo claro, también lo digo, es si continuar en esta nueva etapa el orden cronológico que siempre seguí escribiendo. Más que nada porque recordar esos años en pareja, aún me sacuden por dentro (…tiritas para este corazón partío…). Supongo que saltaré para adelante y para atrás, comentando mi vida actual, o tiraré de flashbacks, que es un recurso, como el blog, muy cinematográfico también.

Sí que quería, para acabar el post, y para poner además un poco en antecedentes, hablar de los actores secundarios del blog, que son parte de mis amigos y conocidos  (y de los que por cierto algunos me habéis preguntado).

Así, centrándonos un poco, la situación actual de todos ellos es la siguiente:

  • Raquel: Seguimos siendo muy buenos amigos, los mejores. Es madre de una niña. Tras muchos bandazos en su vida, y reinventada miles de veces,  ahora se considera vegana, animalista y feminista. Mañana, no lo sé.
  • Quique: Desaparecido en combate. A los pocos días de acabar mi relación con M. la de amistad con Quique también se fue al traste. Mi paciencia tuvo un límite y llegó un momento en que se desbordó. Nos hemos seguido viendo, muy a mi pesar, porque es de las personas con las que más me suelo encontrar por mi ciudad.
  • Guillermo: Tras su ultima ruptura, con denuncias mutuas, dinero de por medio, celos y cuernos – mutuos también – juró que nunca mas se iba a liar con nadie. Desde entonces ha tenido cuatro parejas más.
  • María: La última noticia que tengo de ella es que, casada con el hombre de Atapuerca,  con dos niños y un perro, se ha convertido en una perfecta madre de familia y amada esposa. (Curioso que esa relación suya por la que nunca dimos un duro, sea ahora la mas estable y tradicional)
  • M.: Durante seis meses tras la ruptura no supe nada de él. Durante los siguientes seis meses, sí.  A día de hoy, ningún contacto.
  • Yo: Pues con un año más sobre mis espaldas desde la última vez que escribí (la madurez es lo que tiene) sigo con mis ocurrencias, mis inseguridades, mis alegrías y mis penas, que espero ir desgranando por aquí poco a poco. Si queréis seguirlas de nuevo, ya sabéis por donde estoy.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

 

Fin

Fin

Hoy hace dos meses desde que publiqué el post de Siete años en el Tibet dedicado a M., mi pareja, el día de su cumpleaños.

Dos meses desde que hice el ridículo mayor del siglo al abrir completamente mi corazón en el post más personal escrito por mí hasta la fecha.

Ya en el comentario que M. dedicó a mi post tenía que haber sospechado algo:

“Cuando descubrí el blog de Pablo y leí sus historias me pregunté: habrá abierto un blog porque echa de menos su vida anterior de aventuras y folleteo? :-)) Pero, aunque a nadie le amarga un dulce, cuando estás a gusto con tu pareja te das cuenta de todo lo que puedes llegar a sentir, a gozar aun con las cosas más simples y cotidianas, las aventuras que vives y todas las que puedes vivir si has tenido la suerte de amar y ser correspondido. Seguramente no habrá nada que lo supere. M.”

Un comentario muy bonito, sí, pero a su vez muy frío. Demasiado frío para lo que yo había escrito en ese post (o igual soy yo, que ahora lo veo con otros ojos).

“Timidez”- pensé -. “Vergüenza” – me dijo él -.

Pero no, esa frialdad estaba ahí, a la vista de todos, y no supe darme cuenta a tiempo.

A principios de esta semana, M. cortó conmigo.

Podría adornarlo ahora mismo. Decir “M. y yo lo hemos dejado” o “nos hemos dado un tiempo”, pero eso sería engañarme a mí mismo y engañaros a vosotros.

M. me ha dejado. Así, tal cual.

¿El motivo?

“Hace tiempo que dejé de quererte”.

Cuando alguien a quien sigues queriendo (porque mi problema ahora mismo es que le sigo queriendo) te suelta algo así, sin paños calientes, en frío, duele. Duele mucho. Sobre todo si, como me pasa a mí, es algo que no te esperas. Porque por muchos problemas y altibajos por los que últimamente había pasado nuestra relación, era algo que, ahora mismo, no me esperaba.

Es curioso que hace pocos días quedé con mi amigo Quique, del que os he hablado por aquí más de una vez, y me dijo algo que me sorprendió por lo inesperado. Me comentó que lo que yo sentía por M. realmente no era amor sino dependencia y que incluso él consideraba que M. no estaba enamorado de mí, sino que simplemente se dejaba querer y poco más.

A mí, ese comentario, si os soy sincero, me molestó un poco, y pensé que quién era él para hacerme un comentario así.

Igual simplemente era un amigo que lo único que quería era abrirle los ojos a alguien que se empeñaba en mantenerlos cerrados.

El año pasado M. ya me dijo algo similar a lo de que ya no me quería. Y lo dejamos. Pero sólo por unos días, los suficientes para que él, arrepentido, me dijese que no pensaba en serio lo que me había dicho, y que había sido fruto de una bronca que habíamos tenido los dos.

Y yo le creí. Y volvimos.

Igual lo único que quise entonces fue creerle y hacer como si aquél comentario nunca hubiese existido.

Igual ya entonces era dependencia.

Tal vez por eso ahora estoy tan mal.

“Hace tiempo que dejé de quererte”

Desde que me lo dijo, creo que no soy persona, o al menos, no soy la persona que era hasta hace una semana.

Me despierto porque hay que despertar; trabajo porque hay que trabajar y me alimento porque hay que alimentarse.

Dormir también debería hacerlo, pero de momento, no puedo.

Saber que más de siete años se han ido al traste con esa frase hace mucho daño. Más que por lo pasado, por el futuro que yo pensaba junto a él, pero que sé que ya no existirá.

Ver como todos tus sueños, esperanzas y proyectos desaparecen, hechos pedazos, te hacen plantearte el sentido de la vida, si es que la ha tenido alguna vez.

Ahora si miro hacia el futuro sólo veo desesperanza, frustración y miedo. Miedo a la soledad. Un miedo que hacía tiempo que no sentía.

Si habéis seguido mi blog desde el principio, os habréis dado cuenta de cómo había ansiado siempre tener pareja (más allá de los polvos esporádicos). O mejor dicho, cómo ansiaba una pareja como la que hasta ahora formaba con M.

Vale que nos diferenciaban muchas cosas, pero siempre pensé que en el fondo eso era lo especial de nuestra relación.

“Hace tiempo que dejé de quererte”

Está claro que me equivocaba.

Ahora ya da igual. Realmente es que todo me da igual.

Si hasta ahora venía contando como hilo conductor del blog lo que era mi vida, tener que hablaros ahora de estos últimos años vividos junto a él (tenía muchas anécdotas que quería contar), me provocaría un sufrimiento innecesario, con lo que no creo que sea capaz de continuar.

Y sinceramente, y disculpadme que sea tan honesto, esto es lo que menos me preocupa ahora mismo.

Si el año pasado fue de los más extraños de mi vida por muchas circunstancias (fue como vivir en una montaña rusa constante), no parece que 2017 haya empezado demasiado bien.

Veremos cómo sigue.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com