La cena de los idiotas

La cena de los idiotas

Sabía que tenía que hablar con mi pareja, pero no encontraba el modo.

Por ser demasiado cotilla, me había enterado (y de una forma muy visual) de que igual estábamos los dos intentando iniciar algo sobre unas cenizas (todavía humeantes) de una relación anterior.

Mi cabeza entre unas cosas y otras era un hervidero, así que cuanto antes hablase y aclarase mis dudas, mucho mejor sería para los dos.

Le devolví la tarrina de DVD’s que había cogido de su casa con la esperanza de que fuese él mismo quien se diese cuenta de que en su interior estaba el disco XXX, por lo que lo coloqué a la vista, encima de todos los demás.

Nada más verlo, su rostro cambió de semblante. Fue cuando se dió cuenta de que me había llevado justamente ESA tarrina de peliculas, y que igual yo podría haber tenido cierta curiosidad…

En un principio le comenté que había visto el DVD y que me extrañó que tuviese una contraseña. “Cosas personales”, me dijo.

Seguí preguntándole sobre si era algo de su trabajo, tipo archivos confidenciales o algo así, y me comentó (oh, casualidad) que era justamente eso, temas de contabilidad y nóminas de sus trabajadores.

“¿Y a eso le pones XXX?”, le pregunté yo, ya algo mosqueado porque no soporto que me tomen el pelo en mi propia cara (y si es tu pareja quien lo hace todavía peor)

Cuando aún me respondió “Cada uno le pone el nombre que quiere”, ya no pude soportar más. Le dije que lo había visto todo. Que había visto sus fotos y sus vídeos sexuales. Que su pareja estaba bastante bien desnudo. Y que por las fechas, al parecer, no hacía tanto de todo aquello.

Su primera reacción fue de enfado. Cuando, yo, ya venido arriba incluso le dije cómo había conseguido hackear ese archivo, su siguiente reacción fue ya de un cabreo descomunal. Su enfado no era sólo por haber sacado a la luz algo muy personal suyo, sino también por cómo lo había hecho (y reconozco que llevaba razón).

Fue una tarde de bastantes reproches, malas caras y medias verdades. Sólo conseguí que me asegurara que no había compaginado ambas relaciones y que no quería hablar conmigo de nada de su vida anterior. Que yo no tenía porqué pedirle explicaciones de ningún tipo por algo que había averiguado saltándome toda la confianza que él podía tener en mí.

Dicho de otro modo que el fin no justificaba los medios que yo había empleado.

Toda esta conversación pasó horas antes de una cena en la que yo iba a conocer a sus amigos, con lo que el camino de su casa hasta la casa de un colega suyo donde íbamos a cenar fue lo más parecido a un velatorio.

Ir sin ganas a una cena es lo peor que puedes hacer, porque ya vas como predispuesto a que salga mal, pero si además, el anfitrión nada más conocerte te dice, sin venir a cuento, “Qué haces, puta?” ya no sabes dónde meterte.

Y es que el anfitrión resultó ser el típico gracioso, sin gracia. El que se cree el alma de la fiesta gracias a que un grupo de palmeros le ríen todas y cada una de sus giipolleces. A mí, con ese saludo inicial, digamos que ya me “ganó” para el resto de la noche…

Si ya esa presentación me pareció de traca, cuando fue llegando la gente, a mí me dieron ganas de salir corriendo. Y es que cada uno que me presentaba, no se quedaba contento sin hacer una comparación con el ex de mi pareja. Por lo visto todos lo conocían a él bastante, y en lugar de apoyar a mi novio, se ve que encima aún habían tomado parte por su ex.

Cuando una pareja se rompe, yo entiendo que mantener los amigos comunes pueda ser complicado. Quien más, quien menos, e independientemente de a quien conoces primero, puede tener más feeling con uno o con otro, con lo que es complicado mantener una amistad con las dos partes, cuando ya no son pareja. Hasta ahí lo puedo entender, pero que eso lo manifiesten con la cara o con gestos, por ahí ya no.

Y es que no hubo ninguno que no dijese algo: Que si el otro era más simpático, que si el otro era más alto, que si tenía un trabajo mas interesante, que si tal que si cual. Algunas cosas tuvieron la deferencia de no decirlas delante de mí (por suerte lo que escuché de que el otro era más guapo, no lo dijeron en mi cara), pero el resto de frases sí, y sin cortarse además.

La cena, encima fue con los típicos comentarios de cuartos oscuros, con su mariliendre de manual allí presente y todos los tópicos habituales, que a mí me suelen “encantar” en este tipo de reuniones (como ya sabéis si me seguís en el blog).

Yo con M. encima, estando medio cabreado, no hablé demasiado en toda la noche, y me tocó a mi lado otro chaval, de esos que ya se te atragantan nada más conocerlos. Este chico, para ya rematar la velada, se pasó toda la noche hablándome en femenino, a pesar de decirle más de una vez que no me molaba nada de eso. A él parecía que sí, y como los demás aun le reían la ocurrencia así estuvo hasta que a la hora de los postres, ya conseguí cambiar de sitio y ponerme en la otra punta.

“Qué antipático”, fue lo último que, encima, aún tuve que escucharle (al menos eso sí lo dijo en masculino).

Creo que fue de las noches más incómodas que he pasado nunca, y cuando ya M. se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando, con un gesto me hizo ver que ya nos íbamos a largar de allí.

Mi cara al salir de la casa era un poema. Si ya la tarde había sido mala por el cabreo de ambos, la noche todavía había salido peor. Y encima él, por ir a su bola, no se había enterado ni de la mitad de lo que había pasado.

Me fui tan cabreado de ahí por todo, que pagué con él todos los platos rotos. Le dije que igual lo mejor era no seguir en esa relación, que de verdad no sabía si estaba preparado en esos momentos para estar con alguien.Y que si el problema era yo, que no quería amargarle la vida a nadie. Y me fui.

No fue hasta dos días después cuando volvió a llamarme. Sólo quería hablar conmigo.

Quedamos a tomar un café y fue cuando me explicó que los amigos de la cena, eran más amigos de su novio que suyos. Que por eso me habían tratado de esa forma. Que fue su ex quien de un día para otro había decidido acabar con la relación, pero tanto él como M. habían dicho que fue algo de los dos, cuando no había sido así.

Que los primeros días, no me podía negar que seguía enamorado de su ex ya que varios años de relación no se pueden acabar de un plumazo. Que la noche que quedamos, sólo buscaba un polvo, algo de vidilla sexual que le hiciese olvidar su ruptura, pero que al conocerme había visto en mí algo más. Que no tenía previsto enamorarse de nuevo tan pronto, pero que es lo que le estaba pasando y que, ni una visita al psicólogo le hubiese podido ayudar tanto como yo lo estaba haciendo en esos momentos.

Aún así, si yo no quería seguir con él por lo que fuese, que lo entendía, pero que no cortase por desconfianza, o por compararme con otros, y menos por una cena o por amigos idiotas que todos tenemos.

Yo solo pude decir que sentía haber sido tan cotilla. Que tenía razón en enfadarse por haberle descubierto intimidades, y más de esa forma. Y que con amigos con los que él tenía era casi mejor no tener enemigos.

Eso sí, sólo le pedí una cosa, que lo pasado, pasado estaba. Y que a partir de entonces empezábamos de cero, sin mentiras, y sin muertos en el armario.

Y añadí algo más. Y es que viendo el morbo que me había dado verlo en acción, yo también quería protagonizar vídeos como aquellos, por lo que esa misma noche nos pusimos a la obra.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

(Y que tengáis un feliz 2017)

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La noche de Halloween

La noche de Halloween

Aunque mi relación con M. ya había empezado, todavía tardaría bastante en hablarlo con mis amigos. Además, al inicio nuestra relación se basó sobre todo en el sexo (quedábamos para follar directamente), así que tampoco era necesario, aún, hablar de eso con nadie.

Aparte de esto, desde lo que comenté en Breakdown, mi amistad con el grupo gay ya no es lo que era. A ver, con mi amiga Raquel sí que seguía quedando habitualmente, pero así en plan grupo, juntos, ya no tanto.

Sólo cuando había alguna celebración importante es cuando nos volvíamos a reunir todos.

Una de esas quedadas fue por estas fechas, en las que Guillermo nos invitó a su casa para cenar y celebrar Halloween.

Ya he contado alguna vez que cuando Guillermo montaba algo lo montaba a la grande, y está vez no iba a ser una excepción, así que mandó editar unas invitaciones, personalizadas para cada uno, para invitarnos a su fiesta.

Yo con Halloween, hasta entonces, tenía una relación de amor-odio. Me ha pasado siempre eso con las fiestas foráneas. No es que tenga nada en contra porque sí, pero me ha reventado siempre lo de echar por tierra todo lo nuestro y abrazar enseguida cualquier novedad de fuera por tonta que sea.

Así, por ejemplo, en Navidad nunca me ha gustado Papá Noel, Santa claus o como queráis llamarlo. Yo siempre he celebrado los Reyes Magos y lo seguiré haciendo toda mi vida. Y, desde otro punto de vista, la fiesta de San Juan en verano, con sus saltos de olas, hogueras, deseos y demás siempre me ha parecido una auténtica chorrada.

Con Halloween me pasaba tres cuartos de lo mismo, sólo que a mi Yo friki sí que le gustaba todo eso, igual que le gusta el cine de terror y pasar miedo sin ningún motivo.

Así que me disfrace más o menos (iba de Drácula, con su capa y todo) y allí que nos plantamos Raquel y yo,  ella con vestido rojo en plan diablesa-putilla.

Nada más llegar a su casa ya sorprendía ver que la puerta de entrada estaba totalmente cubierta de telarañas, incluso con sus arañas colgando.

Cuando entrabas dentro, te recibia Guillermo vestido como el mayordomo de la familia Addams y te daba la bienvenida a su casa.

Por cierto que su casa no era demasiado grande pero esa noche en concreto le sacó un partido increíble. Y es que donde empezaba el pasillo había colgado decenas de bolsas de basura por las paredes y el techo, creando una especie de pasaje del terror que dividía el corredor en cuatro zonas. Allí habían maniquíes descuartizados, ratas de goma, fotos de carteles de películas de terror, calabazas y toda la parafernalia típica.

Luego ya llegabas al comedor. Ese comedor que normalmente estaba llena de muebles y que esa vez, no preguntéis como, estaba únicamente ocupado por una mesa enorme cubierta por sábanas y candelabros con velas que iluminaban tenuemente la habitación.

Y con esa mínima luz cenamos en esa ocasión.

Nosotros habíamos llegado tarde, todo un clásico en nosotros, así que directamente nos sentamos a comer con el resto de gente, que entre que estaban disfrazados y la poca luz que había no consigo ya ni recordar quien había esa noche.

Porque además, para crear mas ambiente, a Guillermo se le ocurrió poner en bucle un audio de chirridos, gritos y sonidos de sierra mecánica que creaban un ambiente muy acorde pero que nos impedía escucharnos unos a otros.

Pero eso no fue todo, porque la cena también estaba ambientada en todo ese submundo: ensalada de la muerte con setas venenosas, ojos sangrientos (huevos duros) con dedos amputados (minifrankfurts),  hamburguesa con tripas de rana (menestra de verduras) y conjuros sangrientos (sirope de fresa) como postre.

Al final no sabíamos muy bien ni lo que cenamos ni de lo que hablamos ni los que éramos, pero la verdad es que fue una de las noches más divertidas que he pasado nunca y a partir de ahí le cogí mucho más gusto a celebrar esta fiesta.

De hecho creo que desde entonces, siempre que se acerca está época, busco alguna actividad relacionada con el miedo o terror y la verdad es que lo disfruto mucho.

(Sin olvidar ir también al cementerio con la familia y ver alguna tumba que da pánico por sí sola…)

Aún así, me niego a lo de “Trick or treat” de los niños, que hasta eso ha llegado también por aquí. Así que si algún día llaman a mi puerta, pueden dejarse los dedos en el timbre que no pienso abrir, y más con esa traducción cutre al castellano, en plan “truco o trato”, que no tiene ningún sentido.

Y es que hay cosas por las que no paso.

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The kings of summer

The kings of summer

Ahora que el verano está entrando en su recta final es cuando suelo acordarme de aquellos veranos cuando era (más) joven y las vacaciones duraban tres meses completos.

Uno de aquellos veranos de los que mejor recuerdo tengo fue cuando tenía 16 años y viví mi primer, y único, “amor de verano”.

Desde bien pequeño, yo solía siempre veranear en los mismos apartamentos de un pueblo costero, con lo que año tras año solía coincidir con la misma gente.

Entre mi grupo de amigos había un chico madrileño con el que siempre me llevé muy bien, y ese verano en concreto vino un amigo y vecino suyo de Madrid para pasar los últimos días de sus vacaciones.

El chaval se llamaba Jesús, y era un año mayor que nosotros. Muy rubio y con ojos oscuros, me pareció muy guapete desde el primer momento, con lo que me colgué inmediatamente de él.

El chaval iba estar desde el viernes hasta el lunes por la mañana que es cuando se iría de vuelta a Madrid con mi amigo y su familia.

De ese viernes la verdad es que tengo pocos recuerdos, pero de ese sábado en concreto, y mira que han pasado años, sigo recordando todo lo que ocurrió como si no hubiera pasado el tiempo.

Recuerdo que amaneció nublado así que decidimos irnos a pescar al río, porque cuando estaba el tiempo así era cuando, en teoría, más fácil era que picaran.

Fuimos en el coche de un amigo (que ya era mayor de edad) y allí nos plantamos a pasar la mañana, que amenazaba con ponerse a llover de un momento a otro.

Estando allí, llegaron otros chavales de nuestra misma zona con los que nos llevabamos bastante mal. Empezamos pronto a picarnos unos a otros, en plan niñatos, que a pesar de la edad era lo que seguíamos siendo por aquella epoca.

En un momento dado, Jesús se levantó y ni corto ni perezoso se bajó el bañador para hacerles un calvo a los otros chavales, que estaban situados en la orilla de enfrente. Yo me quedé flipado, claro, porque aparte al tenerlo a lado le pude ver bien el pedazo culo que tenía el chaval. No contento con eso, y animado por la situación, aún se dio la vuelta, les enseñó la polla y comenzó a hacer movimientos de cadera como si se los estuviese zumbando a todos…

Mi amigo, partido de risa pero también un poco avergonzado, dijo que Jesús era así, y que cuando lo conociera un poco más, me daría cuenta de que estaba loco perdido.  A mí la verdad es que me encantó, y si me gustaba desde antes, a partir de ese momento y viendo lo que tenía entre las piernas (no calzaba mal, no), todavía mucho más.

Después de aquello, el tiempo nublado ya se convirtió en lluvioso y cogiendo los bártulos, nos fuimos hacia el coche intentando volver a casa antes de que la tormenta nos alcanzase.

Pero la tormenta nos alcanzó de lleno. Tanto que entre unas cosas y otras, cuando el amigo que iba en coche nos dejó en casa, íbamos como sopas. Como sus padres no estaban, decidí entonces quedarme un rato más con ellos y esperar a que pasase la tempestad.

Nada mas llegar, mi amigo nos dejó toallas y nos pusimos a secarnos un poco. Yo me quité la camiseta, y mientras mi amigo se fue al baño, Jesús se despelotó totalmente delante de mí, dándome la espalda, mientras buscaba unos calzoncillos que ponerse.

Una vez los encontró, se giró hacia a mi para ponérselos mientras me alcanzaba a mí otros limpios con la idea de que yo hiciese lo mismo. Evidentemente yo me despeloté también, cara a él, resultando este como uno de los momentos más morbosos en esa mi incipiente sexualidad.

Una vez secos, ya salió mi amigo, y mientras nos tomábamos un refresco esperamos que dejase de llover.

Esa noche nos fuimos a cenar por ahí, los dos amigos madrileños y mi otro amigo valenciano. En esa época todavía no estbamos en plan ligoteo a saco, aunque sí nos ibamos a la zona de copas, sólo por cotillerar un poco y reirnos de la gente y del postureo que siempre ha habido en esos sitios (eso ya ocurría hace años)

Ya en la cena, mi amigo no dejó de decirme que le había caído muy bien a Jesús, que nuestro otro amigo no tanto, y que no había dejado de hablarle de mí en toda la tarde.

Yo, en mi inocencia, recuerdo que llegué a pensar si esa amistad igual significaba algo más, y que igual lo que yo estaba sintiendo, también lo estaba sintiendo él igualmente.

Esa noche, ya de vuelta decidimos tumbarnos en la playa de noche hasta que a alguno se le ocurrió la genial idea de desnudarse y bañarse en la playa. Yo en aquella época aún era bastante vergonzoso y me bañé en calzoncillos, siendo otra vez Jesús el único que se atrevió a bañarse en bolas, dejando otra imagen en mi mente que tardaría mucho tiempo en borrar

De vuelta a casa recuerdo que pensé que ese chaval me gustaba mucho, de una forma que no había sentido nunca antes…

El domingo fue un día playero total y era ya evidente que entre Jesús y yo había surgido un colegueo total. Tanto que los demás tenían como “celos” pues pasamos todo el día haciendo el chorra juntos.

Esa noche, que iba a ser la última, incluso dormí en su casa, en una cama supletoria pues iba a ser la última hasta el verano siguiente.

Y ahí también le volví a ver desnudo por todos lados (el chico no tenía ningún problema con eso) dejando imágenes en mi cabeza difíciles de borrar.

Al día siguiente ya fue la despedida, muy triste para mí, a pesar de haberle conocido sólo dos días antes.

En aquella época, durante el invierno, nos solíamos escribir los amigos, y con el madrileño era bastante habitual hacerlo. Sin embargo ese año también empecé a recibi cartas de Jesús, con lo cual ese “amor de verano” traspasó la estación inicial.

Poco a poco esos escritos se empezaron a espaciar en el tiempo.

Al verano siguiente, él también vino a Valencia, está vez al inicio del verano. Sin embargo, todo había cambiado.

Aunque seguíamos congeniando en muchas cosas,  se notaba que él había madurado mucho más que yo. Para colmo, tuve que aguantarme al ver como se enrollaba con dos guiris en mi cara la primera vez que salimos por la noche…

Era evidente que Jesús no era gay, nunca lo había sido, y simplemente yo me había montado una película en la cabeza que no se correspondía con la realidad.

Aun así, echando la vista atrás, recuerdo con una sonrisa todo lo que viví con aquel chaval durante ese fin de semana.

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Psicosis

Psicosis

Aunque me había dicho a mí mismo que no iba a volver a intentar ligar con un tío en bastante tiempo, supongo que en el fondo eso no me lo creía ni yo, y a la mínima oportunidad que me salía de quedar con alguien (no para sexo), la aprovechaba.

En este caso, el chico era alguien con quien hablaba de vez en cuando por Internet y aunque parecía que nos caíamos bien, ninguno de los dos había hecho nada por conocernos.

Alberto, que así se llamaba, era por aquel entonces lo que se llama ahora “parado de larga duración”, en una época en la que estar en el paro no era algo tan habitual como lo es ahora.

Por suerte, hacía unos días que había encontrado trabajo en una radio local, y siendo que la emisora estaba cerca de mi trabajo, decidimos que una tarde al salir del curro podíamos quedar para tomar algo. Para estar mejor comunicados y saber a qué hora nos venía mejor a los dos, decidimos entonces intercambiar los teléfonos, siendo este el primer error cometido por mi parte…

La tarde señalada, intercambiamos algunos mensajes, y quedamos en vernos en un bar cercano, alrededor de las siete que es cuando yo salía de trabajar.

Ya cuando le vi llegar, me pareció que a ese chaval algo le pasaba. No sé explicar muy bien qué era (mirada perdida, aspecto en general, forma de hablar..) pero algo me decía que ese chico no estaba bien del todo. La conversación no tardó en confirmarme que estaba en lo cierto.

Resulta que le habían contratado como comercial de la radio, con el típico contrato abusivo en el que únicamente iba a cobrar por objetivos. Su trabajo consistía pues en intentar que empresas de varios sectores viesen atractiva la propuesta de hacerse publicidad en la emisora, para lo cual tenía que ir “a puerta fría”, es decir, sin una base de clientes previa.

Sin embargo, ése había sido ya su último día de trabajo (y eso que le habían contratado hacía tres días…), y es que él por lo que me comentaba no estaba dispuesto a asumir lo que le pedían.

De hecho, lo más curioso es que él comentaba como que había aceptado el trabajo, pensando como en una oportunidad que le daban para poder dirigir un programa de radio, y después, más pronto que tarde, “ser presidente de la emisora” y que viendo que eso no se lo iban a permitir, había decidido que lo mejor era despedirse (o le habían despedido, porque es un dato que no me dejó claro).

Al principio me hizo gracia y todo, pensando que lo estaba diciendo de broma (el chaval tampoco había estudiado ni periodismo ni nada) pero al darme cuenta de que lo decía muy en serio, comencé a pensar que estaba quedando con alguien al que le estaba fallando la cabeza.

Pasó después a hablarme de anteriores relaciones, y me dijo que sólo había estado con uno, pero ya hacía años, y que su relación había acabado bastante mal, con denuncias y todo. De su familia me dijo que prefería no hablarme  (“ojalá estuviesen muertos” fue lo único que me soltó) y de amigos me comentó que no era una persona de demasiadas amistades.

Todo esto lo contaba alternando risas sin venir a cuento, con episodios como de bajones, demostrando una inestabilidad que no presagiaba nada bueno.

En el momento en que me habló como quien no quiere la cosa, de las voces que de vez de en cuando oía en su cabeza, pensé que igual era el momento de dar por terminada aquella cita.

Le comenté que me iba a ir ya para casa, que se me hacía tarde, y él insistió en que me acompañaba en la misma dirección porque le venía bien para coger el metro de vuelta. Como lo único que yo quería era largarme, le dije que bien, que podíamos ir en la misma dirección, siendo éste mi segundo error cometido esa misma tarde…

Durante el trayecto hacia mi casa, Alberto alternaba cosas con sentido con otras que no lo tenían (manías persecutorias, conspiraciones…), haciéndome pensar cómo no me había dado cuenta de algo de todo esto en las charlas que mantenía con él por Internet.

Al llegar a casa, me despedí de él y subí algo agobiado por la extraña cita que había tenido esa tarde.

Conecté el ordenador y busqué en el historial las conversaciones que había tenido con él, por si a toro visto, veía algo que me podía haberme hecho sospechar, pero sólo pude comprobar que habían sido conversaciones muy superficiales y de bastante poca duración, con lo que igual el error había sido ése.

Abrí el correo y le mandé un mail explicándole que tuviera suerte en la vida, pero que no era el tipo de chaval que me gustaba, siendo éste mi último error de la tarde.

A la mañana siguiente tenía escrito un correo larguísimo (como de 30 o 40 líneas) en el que me explicaba que yo era como todos con los que se había cruzado en su vida, que por eso él no tenía amigos, que llevaba con una Psiquiatra desde hace años que le atiborraba a medicación, y me venía a decir como que yo le había dado la puntilla para suicidarse….

Acojonado se me ocurrió llamarle por tranquilizarlo y creo que fue peor el remedio que la enfermedad. Fue entonces cuando pasó a amenazarme con que volviésemos “a ser amigos” o  iría a mi casa o a mi trabajo para arruinarme la vida, porque tenía poco que perder y que igual le daba una cosa que otra.

Intenté de alguna forma razonar con él, pero viendo que no había forma humana, terminé la conversación diciéndole que no siguiese por ahí o llamaría a la policía, pero todo eso no hizo sino alentarlo todavía más en mi contra.

Al final terminamos la conversación de malos modos y en los días siguientes comenzó a alternar los mensajes, con los correos y las llamadas perdidas.

Era levantarme por las mañanas y tener el buzón lleno, y ver como 15 llamadas y mensajes que alternaban el “perdóname” con el “voy a ir a por ti”.

Pensé en pedir ayuda a familia, o amigos, pero entre que por un lado me sabía mal porque el chaval evidentemente necesitaba ayuda, y por otro, me veía incapaz de contar a nadie lo ocurrido, intenté esperar a ver si de algún modo u otro su acoso terminaba.

Por suerte todo esto no duró no más de 4 o 5 días pero fueron días en los que tuve miedo incluso de salir de casa o del curro porque imaginaba que en cualquier momento podía aparecer por cualquier lado.

Desconozco qué pasó realmente con el chaval. A veces pienso si terminó realmente quitándose del medio o simplemente la medicación que decía tomar le hizo efecto en algún momento.

Sólo espero que fuese esto último y que pudiese encauzar sus problemas, por su propio bien y el de los demás.

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Breakdown

Breakdown

Si cuando empecé en el mundillo del ambiente, todo me llamaba la atención por esa curiosidad inicial cuando te acercas a algo desconocido, con el paso del tiempo, esa sensación fue desapareciendo hasta quedar en su lugar una apatía más que evidente.

El quedar todos los fines de semana para hacer lo mismo, conocer gente que no tenía demasiado en común conmigo, y con la que a lo sumo llegaría a uno o dos polvos, hizo que empezase a cuestionarme si valía la pena perder mi tiempo en algo así.

(Sí , de quedar para follar, también se cansa uno)

Está claro que lo pasaba bien con mi grupete de amigos, pero el ir a la zona de ambiente siempre era por si conseguía ligar con alguien afín, y estaba claro que me sentía mucho más cómodo intentando ligar a través del chat que en persona.

Si querías, como yo, llegar a algo más con alguien (pareja, vamos), tenía ya claro que no iba a encontrarlo en una discoteca gay, por mucho que lo intentara, porque realmente tampoco a mí me iba mucho ese mundo.

Mi grupo de amigos (MaríaRaquel, Guillermo, Quique …) se había ido formando poco a poco. Me sentía agusto entre ellos siendo lo que era (gay) y por inercia,  o porque me sentía cómodo siguiendo a la manada, hice todo lo posible por adaptarme, pero llegó un día en que aquello dejo de funcionar.

El momento en el que me di cuenta en que hasta aquí habíamos llegado fue a raíz de la monumental bronca que hubo en mi casa y de la que ya os hablé en su día.

Digamos que ese fue el inicio de un camino del que no hubo vuelta atrás.

Incluso Quique, a raiz de aquel momento, y por sus movidas propias, comenzó también a separarse de mí y por tanto de todos nosotros.

Al grupo, tocado, le afectó bastante todo aquello quedando reducido a digamos el núcleo más inicial, que era el formado por Raquel, Guillermo y yo.

A partir de entonces, ya nada fue igual.

Y es que no era lo mismo irse de fiesta con un grupo amplio que únicamente con Raquel y Guillermo, que enseguida ligaba. A mí, como siempre, me costaba algo más, y muchas veces, por no dejar sola a Raquel, ya ni me lo planteaba.

Todos esos cambios, más el notar que ya te hacías, en cierta forma, “mayor” (no es igual como te tomas las cosas con veinte años que con treinta), fueron modificando mi forma de ver la vida.

En esa espiral de pensamientos, Guillermo organizó una fiesta por su 30 cumpleaños.

Guillermo, como en todo en la vida, no tenía medida. Si organizaba una cena, ponía comida para un regimiento. Si era un viaje, era un crucero por todo lo alto. Y si era una fiesta de cumpleaños, era la mega fiesta.

Así que invitó a ex-ligues, con sus rolletes nuevos, con amigos de amigos. Y cada uno llevando a su propia mariliendre (que en estas fiestas, viste mucho, claro). Total que allí se reunió todo lo que se puede ver en una discoteca gay, pero en escasos 70 metros cuadrados.

Raquel, que ya llegó un poco tocada, se sintió mal al poco de llegar (creo que no probó ni la cena) así que me quedé prácticamente sólo rodeado de un montón de gente a la que no conocía prácticamente de nada.

Guillermo, era evidente que no iba a estar demasiado pendiente de mí en toda la noche, pues estaba en plan anfitrión, saludando a todo el mundo como si fuese el embajador de las fiestas de Ferrero Rocher. Además que lo hacía de tal forma que pensarías que eran amigos de toda la vida, cuando realmente él amistades tenía pocas, aunque sí muchas ganas de aparentar.

Y es que en eso se basaba todo, en la “apariencia”.

Para intentar socializar un poco, me puse a beber (como hacía siempre), y fue cuando, mirando alrededor, empecé a decirme a mí mismo: Pablo, realmente tú encajas? has encajado alguna vez en todo este tiempo en este mundillo? y cada vez tenía más clara una respuesta…

Por allí estaba el típico de la ceja depilada, la musculoca, la mariliendre de manual, el guaperas, el grupete que van siempre en pack de tres, los superreinvidicativos del orgullo monotemáticos,  los plumeras, dos drags queen y demás fauna con la que yo tenía poco en común más allá de que a todos nos iban los nabos. Guillermo realmente tampoco es que perteneciera a ningún grupo en particular (guaperas sí, pero poco más) pero él por por “ser el más guay” era capaz de vender a su madre con tal de adaptarse a su entorno.

Yo no. Yo cada vez tenía más claro que jamás me iba a sentir agusto en ese ambiente. Más bien al contrario, porque era cuando más distinto me sentía.

En una discoteca esa sensación, aunque estaba, como que se difuminaba más (también bebía mucho más) pero el hecho de estar todos concentrados en un sitio tan pequeño, hizo que esa sensación aumentase exponencialmente.

No era la primera vez que me sentía así (de hecho lo he contado por aquí muchas veces) pero ese día, tal vez por encontrarme solo aunque rodeado de gente, algo en mi interior dijo basta. Asumí entonces que yo ni era ni iba a ser un “gay al uso” por mucho que lo intentara. Que jamás iba a encajar en mi entorno.

De hecho, es curioso pero en mi vida virtual digamos que era mucho más yo que en la “real” pues ahí sí dejaba claro que realmente “no me gustaba la gente que hiciese de ser gay el centro de su vida” y sin querer, me estaba dando cuenta de que me estaba convirtiendo en alguien que yo mismo rechazaba.

Así que decidí dar a mi vida un giro de 180 grados, y apartarme de todo ese ambiente por un tiempo indefinido.

Seguí quedando con ellos, porque su amistad no la iba a perder (en la actualidad seguimos siendo amigos), pero ya no volví por el ambiente, siendo las quedadas con ellos mucho más tranquilas.

Para follar, seguía teniendo el chat y ya está porque eso era ya a lo único que aspiraba. Incluso me dije a mí mismo que tenía que estar preparado para estar solo el resto de mi vida y que era algo a lo que tendría que empezar a acostumbrarme. Si en todos estos años sólo había podido tener dos relaciones de 9 meses cada una, era porque era demasiado raruno para encajar con alguien, por lo que eso iba a seguir siendo así en un futuro.

Tenía, por tanto, que aprender a vivir sin la necesidad acuciante de conocer a otra persona, puesto que a partir de entonces tampoco iba a hacer nada por conseguirlo.

Con el tiempo me di cuenta de que uno no puede planificar las cosas hasta ese extremo y que cuando menos te lo esperas, la vida te lleva por otro lado.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

Cita a ciegas

Cita a ciegas

LLegó un momento en que empecé a plantearme si el follar sin más ni más me llenaba o realmente yo lo que buscaba era encontrar una pareja que me durase algo más que unos pocos meses.

El hecho de que mis amigos (heteros) ya tuviesen parejas de años, y empezasen ya a invitarme a sus bodas, todavía hacía que tuviese más ganas de encontrar a alguien con quien compartir mi vida.

Fue ese estado de “desesperación” temporal lo que me llevó a aceptar una cita a ciegas que me propusieron.

Con mi amigo el murciano, del que os hablé aquí, seguía teniendo más o menos contacto por Internet, y todas estas cuestiones se las contaba habitualmente. Él, aparte de conmigo, llevaba un tiempo en el que hablaba también con otro valenciano por el chat, y no se le ocurrió otra cosa que organizarnos a ambos una cita para ver si congeniábamos.

Por lo que me comentó, él había cortado hacía poco tiempo con su novio, con lo que estaba abierto a conocer a gente nueva, y yo acepté porque tampoco perdía nada en el intento.

Recuerdo que como era la época del msn aún (¿o era ya Skype?) nos unió a la conversación a los tres en plan party line y acordamos vernos en la playa el fin de semana, ya que ya empezaba a hacer muy buen tiempo y a los dos nos apetecía ya tirarnos en la arena.

Ese mismo sábado, allí que me fui con mi toalla y equipo de baño al completo para verme con el “desconocido”. Para reconocernos, quedamos en la posta sanitaria de la cruz roja que había cerca del paseo marítimo y nos dijimos el color de la toalla que llevaríamos (ya que por la foto que nos habíamos visto del msn no iba a ser suficiente para identificarnos).

A los cinco minutos de llegar, apareció el chaval y ya me di cuenta de lo poco que íbamos a tener en común. El tío llevaba mechas rubias que es algo que en un tío ya de por sí me echa un poco para atrás. Iba vestido con camiseta de tirantes negra con un par de tallas menos a la suya para  así marcar musculitos (que los tenía) y un slip amarillo chillón o fardahuevos que es como yo solía llamar al invento. Como remate, un dragón supercantoso asomaba tatuado sobre su hombro izquierdo.

Era lo que yo suelo llamar un “machofucker”, que para follar, igual muy bien, pero esa cita, en teoría no era para eso.

Aún así, tampoco quería prejuzgarle por su aspecto, ni dejar en mal lugar a mi amigo el murciano, así que intenté tener mente abierta  y conocerle un poco mejor.

Sin embargo, tumbados ya en la arena y hablando un poco de todo me percaté pronto de que con ese tío sólo iba a haber un tema de conversación: su ex. Y no es por nada, pero quedar con alguien y que no deje de hablar de su expareja, aparte de inoportuno puede resultar un coñazo de los grandes.

El tío me comentó que había cortado recientemente después de cinco años de pareja, y comenzó pronto a hablarme de cómo era su exnovio, y cómo era la familia de su exnovio, y también de qué raza era el perro de su exnovio… LLegó un momento en que sabía mas de la vida de su ex que de la suya propia. Yo trataba de cambiar de conversación en todo momento pero ya se las apañaba él para darle la vuelta a lo que hablaba para acabar hablando de su expareja de nuevo.

Me comentó que se habían llegado a “casar” (en una época en la que aún no habían bodas entre gays en España ni siquiera se había planteado aún su existencia), por lo que muchas veces se refería a él como su “ex-marido”, que recuerdo que fue la primera vez que oí a un tío decir eso y me chocaba un poco.

También llegó a hablarme de detalles que igual no eran del todo necesarios, pero que al menos le daba cierta vidilla a la conversación. Y es que por lo visto eran una pareja bastante abierta. Tanto que habían hecho bastantes orgías, tríos, incluso jueguecitos de glory holes, y cosas así. Me comentó cosas que entonces (bastante inocente aún según para qué), me sorprendían mucho, como que quedaban con tíos a oscuras para que pasasen directamente a su cuarto para follar sin hablarse. O que a veces uno se escondía en las cortinas para ver cómo su pareja follaba con otros sin que lo supiera.

Por cierto que por todo eso, me resultó bastante curioso el hecho de que su ruptura fuese por cuernos. Y es que por lo visto había pillado una conversación que daba a entender que su pareja había repetido a escondidas con uno con el que habían quedado los dos, y se pilló un cabreo tremendo que acabó por romper su relación. (Que yo pensaba que una pareja tan abierta los cuernos no afectaban tanto, pero se ve que sí).

Total que al final como yo ya no tenía demasiado interés en conocer más cosas de su expareja, ni veía que él tuviese tampoco interés ninguno en mí (yo creo que ni me preguntó a qué me dedicaba o qué hacia en mi vida. Para mí que ni siquiera fue capaz de recordar cómo me llamaba), hice al poco como que me habían mandado un sms superimportante (excusa muy original ¿verdad?), y me largué más pronto que tarde.

Por supuesto que no volvimos a quedar, y ya le dije al murciano que nunca más me organizase ninguna cita a ciegas, y más con alguien con quien no pegaba ni con cola.

Así que volví al folleteo promiscuo para, hasta que volviese a encontrar a la pareja de mis sueños, pasar el rato como mejor se me daba por aquel entonces.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

Independence Day

Independence Day

Y llegó un momento en el que, por fin, me independicé de mis padres.

Cuando me di cuenta de que en la época en la que estaba viviendo, no iba a conseguir a corto plazo un trabajo fijo de esos de toda la vida, pensé que con lo que cobraba, y los ahorros que tenía (en plan hormiguita) ya era el momento de iniciar una nueva vida alejado de la protección familiar.

Una vez me instalé definitivamente, como buen soltero, lo primero en lo que pensé fue en celebrar con los colegas todo tipo de fiestas, cenas, comidas (o incluso meriendas), por lo que durante los primeros meses hice de anfitrión prácticamente todos los fines de semana.

Monté tantos saraos que ya se encargaron los vecinos de darme un toque de atención en una reunión de la finca (había mucha gente mayor en el edificio), con lo que al final tuve que aflojar un poco en ese sentido.

Encima, como ya he contado alguna vez, yo no era de los de juntar a grupos de amigos a la vez (amigos que tenía comprobado que no pegaban unos con otros), por lo que un fin de semana organizaba la cosa para mis amigos heteros, otra para mis amigos frikis, otra para compañeros de curro, etc.

Hasta que llegó el turno a mis amigos gays/filogays.

Como sabéis, el grupo en esa época era ya bastante abierto, aunque el núcleo principal seguía siendo Guillermo (en ese momento creo recordar que soltero, cosa poco habitual en él), Raquel, Quique, y María con su novio (de Atapuerca, como muy bien definió en su día un amigo del blog).

Con este hombre, Víctor, la verdad es que quedábamos bastante poco. A mí realmente nunca me cayó bien. Era el típico que sabía de todo y te discutía de todo aunque no tuviera ni puñetera idea de nada. Era un don nadie venido a más, y yo con esa gente nunca he congeniado demasiado. A los demás, tampoco les caía bien, pero como era el novio de María, pues había que tragar muchas veces. Lo peor es que ella, cegada por ¿amor? a la mínima enseguida lo defendía, con lo que la relación entre el grupo y ellos cada vez era más distante.

Pero claro, era una noche de fiesta en mi casa, inauguración, y se prestaba a invitar a todos mis amigos, y ella, en mayor o menor medida, todavía lo seguía siendo.

La cena fue más o menos bien hasta que Víctor comenzó a hacer sus comentarios homófobos, supuestamente graciosos, con los que sólo se reía el mismo. Le advertimos entonces que no siguiese por ahí, sobre todo yo, recordándole que esta vez estaba en mi terreno, con lo que no pensaba pasarle muchas más de ese tipo.

Incluso miraba de vez en cuando a María, como avisándole para que controlase un poco a su novio, pero su respuesta siempre era la misma en esos casos: “ya sabes cómo es…”

Pero llegamos a los postres, y luego chupitos y copas, y con el alcohol, ya la situación empezó a degenerar.

El tío estaba ya subidito en todos los sentidos, y parecía que estaba dispuesto a tener gresca con todo el mundo esa noche.

De Quique empezó a comentar que si no follaba se le iba a caer a pedazos, o algo así, que hizo que yo quedase bastante mal delante de él, pues era algo que sólo podía haber contado yo al resto.

De Raquel dijo que siendo una mariliendre de libro, se iba a quedar al final como la típica solterona vieja rodeada de gatos.

De Guillermo que era un degenerado que al final pillaría alguna enfermedad…

Tuvimos ya bastantes enganchones por todo eso que no hacía presagiar un buen final de fiesta. Todo se precipitó cuando sacó un cigarro y empezó a hacerse un porro en mi cara (sí, encima era porrero, lo tenía todo).

La casa era nueva y de momento no había permitido a nadie que fumase en su interior. Sí que permitía que lo hiciesen en el balcón, claro, pero este tío se creía especial, superior al resto, y él iba a hacer lo que le “saliese de la polla” (textualmente).

Ahí ya me tocó los huevos. Supongo que algo en mi interior hizo “clic” y pensé que para chulo, mi pirulo (como decía aquél), así que ni corto ni perezoso, cogí el canuto que se estaba haciendo, se lo rompí en su cara y le dije que ya podía marcharse de mi casa, que me tenía muy harto.

Al ver que me había encarado con él (algo a lo que no estaba acostumbrado), le entró un siroco tal que se abalanzó hacia mí como un loco dispuesto a partirme la cara. Yo, en lugar de echarme atrás, todavía me vine más arriba (y eso que él era un armario ropero que hubiese tenido todas las de ganar) con lo que ambos nos enganchamos del cuello de la camisa dispuestos a darnos.

Suerte que se levantaron todos a la vez, haciendo todo lo posible por separarnos, y que nos calmásemos. Su novia se puso histérica intentando calmar a la bestia parda que tenía por novio. Quique se puso enmedio dispuesto a defenderme (un gesto que siempre que veo le agradezco), Guillermo intentando sujetar a Víctor y Raquel alucinando en colores.

Al final no nos dimos de hostias por poco. Victor y María se fueron de allí de inmediato y ésa fue la ultima vez que los vimos. Después de aquella noche nadie del grupo retomó el contacto con ninguno de los dos

Sí que es cierto que María me llamó un par de días después, cuando todos estábamos más calmados, disculpándose por él. Le comenté si es que su novio no era mayorcito para pedir disculpas por sí mismo que tenía que hacerlo ella, y como siempre, en lugar de reconocer el despropósito, me dijo que también yo tenia que disculparme por mi actitud…Le pregunté entonces si eso era lo único que tenía que decirme, y como su respuesta fue afirmativa esa fue la última conversación que tuve con ella.

Con el tiempo me enteré de que no sólo se rompió la amistad con nosotros, sino que con otras personas (amigos e incluso familiares) también tuvo, antes o después, trifulcas similares debido a la actitud agresiva de su novio.

Lo último que hemos sabido de ellos es que se casaron y tuvieron varios hijos (que espero que no hereden el gen recesivo de Atapuerca que todavía mantiene su padre).

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