La red social

La red social

Me abrí cuenta en Twitter por una recomendación que me hizo en su día Adrián, el malagueño autor del blog gracias al cual me metí en todo esto.

Hacía muchos años que había tenido cuenta en Facebook, como supongo que todo el mundo, aunque no tardé mucho en borrarla puesto que no conseguí engancharme lo más mínimo. Instagram ya me pilló mayor y nunca entendí la necesidad de colgar fotos retocadas a la espera de los likes de tus seguidores. Así que con Twitter pensé que me iba a pasar tres cuartos de lo mismo, aunque he de reconocer que desde el principio me pareció mucho más interesante.

La idea de abrirme la cuenta  fue para publicitar este blog a través de redes sociales,  aunque pronto me dijo el malagueño que también, como a él, me serviría para ligar (y follar) con mis seguidores.  Sin embargo, ni buscaba eso cuando tenía pareja (evidentemente) ni ahora que no la tengo he tenido la más mínima tentación de usar esa red en ese sentido.

Sí que es cierto que algunos me han entrado, mandándome DM’s (mensajes directos por privado) con esa intención, supongo que debido a los posts subidos de tono que cuelgo de vez en cuando. De hecho hay un tío en concreto que  a la mínima me tira la caña a ver si pico, aunque de momento con resultado infructuoso (aunque no deja de intentarlo).

Entre que el sexo cada vez ocupa un lugar menos importante en mi vida y que siempre he escrito esto de forma anónima, nunca he tenido intención de conocer a nadie por medio de esa red social.

Sin embargo, yo conversación siempre he dado a todos los que me han hablado, y poco a poco esa cerrazón mía inicial, incluso a conocer gente, ha ido cambiando con el tiempo.

Hace poco, por ejemplo, uno con el que suelo interactuar retwiteando  o comentando tweets, comenzó a hablarme por DM y me pareció desde el principio un buen tío. Tanto que un día, de mucho insistirme en quedar, y sabiendo dónde me lo podía encontrar a una hora en concreto decidí pasar por ahí para al menos saludarle, y aunque su cara fue un poema (no sabía quién era yo, evidentemente),  al menos sirvió para abrirme un poco en ese sentido.

Gracias a eso, hace unas semanas, un madrileño con el que también he coincidido alguna vez me propuso quedar para tomar algo aprovechando que estaba en mi ciudad. Con este en concreto,  más allá de enseñarme fotos guarras (he de reconocer que yo también le envié alguna mía) poca conversación más habíamos tenido, salvo la de servirle un poco de desahogo cuando veía que pasaban de él sus posibles ligues. De hecho cuando llegué al sitio en concreto le comenté justo eso, que salvo lo comentado arriba, igual íbamos a tener poco de qué hablar. Pero no fue así. Y no fue así porque el madrileño era el típico que hablaba por los codos, tanto que no me dejó prácticamente opción a mí de comentar nada. Me habló de todo, de su familia (está casado) de su búsqueda de chavales para follar y de lo que estaba disfrutando conociendo tíos de un sitio y de otro a través, él sí,  de redes sociales.

En un momento dado, y siendo ya tarde, le comenté que me iba a ir para casa, pues tenía que madrugar al día siguiente, pero me dijo que me esperase un poco que también había quedado con otro amigo valenciano y así mataba dos pájaros de un tiro. Yo me quedé por educación más que nada, puesto que ya estaba cansado y además su interés por chavales jóvenes (demasiado jóvenes, para mi gusto) me estaba ya dando ciertos reparos…

En ésas estábamos cuando llegó su amigo y se unió a nosotros. El chaval -de mi quinta-me pareció bastante agradable y con él por lo menos pude tener una conversación normal y corriente, no sólo centrada en los folleteos varios que me estaba contando el otro. Pronto me di cuenta de que iba a tener algo más de feeling con su amigo, y más cuando en un momento de la charla le dije quién era yo en Twitter pues con un “Ostras, el bloguero” me demostró que, al menos, había alguien con quien había funcionado lo de publicitar el blog a través de la red social.

A partir de ahí la charla fue todavía más fluida, momento en que el madrileño aprovechó para darse a la bebida, cosa que no hizo sino soltarle aún más la lengua, manteniéndose en su línea de hablar de sexo, folleteo y demás variantes.

Al final se nos hicieron las tantas y su amigo y yo dijimos de acabar ya la noche, pues al día siguiente había que madrugar, y más el madrileño que había venido exclusivamente por trabajo, aunque de los tres era quien menos ganas tenía de irse a la cama.

Como curiosidad, al día siguiente el madrileño amaneció con la cuenta suspendida (puedo imaginar el motivo que habrá usado Twitter… si bien no estoy seguro), por lo que con él he perdido totalmente el contacto. Sin embargo, con su amigo he seguido hablando por privados y hemos comentado incluso la posibilidad de quedar algún que otro día.

Por cierto que hablando y hablando, este twittero también resultó ser amigo del chico de quien os hablé al principio, a quien sólo saludé en la calle, y con el que también tengo pendiente de quedar a tomar algo un día de estos.

Y es que si el mundo es un pañuelo, me da a mí que Twitter todavía lo es más…

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Durmiendo con su enemigo

Durmiendo con su enemigo

Ahora que está la Semana Santa a la vuelta de la esquina me ha venido a la mente uno de los múltiples viajes que hice cuando tenía novio.

Este en concreto fue al poco de empezar nuestra relación.

Queríamos ir a Cartagena, a conocer la ciudad y ver un poco las procesiones, y aprovechando el viaje, hacer noche allí. Mi ex se lo comentó entonces a un amigo, Juan,  y éste decidió venirse con nosotros.

Este amigo en concreto conocía a mi ex desde hacía años. Se conocieron con la idea de pegar un polvo pero a mi ex no le atrajo nada, así que simplemente quedaron como amigos. Esta situación en concreto es algo que no he entendido nunca, lo de crear una amistad a partir de ese punto en concreto, porque bajo mi punto de vista uno de los dos (el rechazado) siempre va a sustentar esa amistad en unas ganas (escondidas) de que algún día pase algo. Al conocer a Juan, la forma que tenía de relacionarse con mi ex no hizo sino confirmar lo que pensaba.

Por eso no me pareció nada bien que él quisiese venir un fin de semana con nosotros, por muy amigos que fuesen. A mí no se me ocurriría ir de carabina con una pareja, y más cuando la pareja está al comienzo de la relación, pero a él pareció darle un poco igual.

Para rematar todavía más la situación, no había otras habitaciones disponibles en el hotel (era bastante pequeño, en temporada alta y reservamos a última hora) con lo que la única posibilidad que nos dieron era la de añadir una cama supletoria a nuestra habitación. Yo pensé entonces que Juan diría que no en esas circunstancias, pero contra todo pronóstico ni eso le detuvo y aceptó venirse con nosotros.

Yo entre que estaba algo molesto y tampoco es que Juan me cayese demasiado bien, decidí entonces aprovechar la situación, pues lo de compartir la habitación con él y mi pareja comenzó a resultarme algo morboso…

El día lo pasamos muy bien aunque Juan no paraba de tirar chinitas como para intentar demostrar que él siempre había estado con mi ex tanto en los buenos como en los malos momentos (mientras que yo acababa de llegar a su vida…).

Mi ex, encima,  en lugar de pararle los pies, parecía que aún le hacía gracia saber que yo me ponía celoso por el tema, con lo que aún le seguía todavía más la corriente a su colega, que no sé qué expectativas tendría, aunque dejaba claro que él y yo amigos no íbamos a ser nunca.

Así pasamos el día hasta que llegamos a la habitación.

La cama supletoria estaba al lado de la de mi ex, aunque un poco separada. Mientras, las nuestras, estaban juntas como formando una sóla de matrimonio.

El cuarto de baño estaba, como en casi todos los hoteles, entrando a mano derecha, y en el pasillo que daba a la habitación había un espejo de cuerpo entero, con lo que la visión del baño desde la cama de Juan, era completa.

El primero en ducharse fue Juan, y cuando acabó entré yo, aunque le dije a mi ex que para ahorrar agua y tiempo, se metiese también conmigo.

Allí estuvimos “jugando” un poco bajo la ducha y al salir, aprovechando que del vaho se había empañado todo el baño, abrí la puerta lo suficiente para que Juan nos pudiese ver desde el espejo.

Estuvimos ahí morreándonos como Dios nos trajo al mundo y totalmente empalmados, hasta que mi ex se dio cuenta de lo que pretendía (vio la puerta y el espejo) y paró en seco no sin antes descojonarse de la situación y llamarme “cabronazo” con una amplia sonrisa.

Él salió del baño y yo me quedé un rato secándome con la toalla frente al espejo, pues a mí en concreto sí me daba morbo que Juan pudiese estar mirando.

Sin embargo, cuando salí a la habitación, igualmente desnudo, me sorprendió ver que Juan estaba dormido, o al menos se lo hacía, aunque eso sí, con el cuerpo girado hacia la zona donde estaba el espejo del pasillo.

Mi ex me hizo gesto de que no hiciese ruido, para no despertarle, y nos acostamos.

Pero el calentón que me había entrado a mí no era ni medio normal, así que empecé a hacerle arrumacos a mi ex a ver si lo ponía a tono. Y lo puse, vaya que si lo puse.

Tanto que comenzamos a morrearnos sin importarnos que su amigo durmiese a escasos centímetros. En un minuto los dos estábamos desnudos y aunque en principio nos cubrían las  sábanas, el calor interno hizo pronto que nos destapásemos. Nos comenzamos a comer las pollas, por turnos, de rodillas sobre la cama y magreándonos como si estuviésemos solos en la habitación…hasta el momento en el que Juan se giró y siguió “durmiendo” cara a nosotros.

En ese instante, nosotros, tiesos como íbamos, nos quedamos completamente en silencio y mirando a ver si él hacía algún gesto que delatase que en realidad estaba despierto. Más bien al contrario, comenzó a emitir sonidos como para hacer ver que en realidad estaba soñando, con lo que decidimos seguir a lo nuestro.

La situación estaba siendo tan morbosa que en el momento en que nos pusimos a hacer el 69 ambos no pudimos más y nos corrimos en la boca del otro, con unos gemidos sordos que evitaron que la situación se nos fuese todavía más de las manos.

Juan en ese momento se giró de vuelta a la pared, y siguió durmiendo como si nada hubiese pasado.

Mi ex siempre pensó que él realmente estaba dormido, y que no vio nada, pero yo a día de hoy aún tengo la duda, razonable, de que vio absolutamente todo pero no se atrevió a decir nada por miedo a quedarse sin ver el espectáculo que le estábamos dando.

Es algo que nunca podré saber ya, pero como experiencia fue una de las más morbosas de mi vida.

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Amigos con derechos

Amigos con derechos

Es curioso que de los amigos con los que tengo más confianza recuerdo poco del momento en que nos conocimos.

A ver, recuerdo más o menos el lugar o la época, pero no soy capaz de recordar el momento inicial en el que comenzó esa amistad.

Me ha pasado siempre, y la última vez, y de las más curiosas, es con un nuevo amigo que me he echado de unos meses a esta parte.

Sé que nos conocimos en un chat gay, y de madrugada, un día que volví a casa más cachondo de lo habitual y entré a Internet para “desahogarme” un poco.

No sé ni quién entró a quién, ni de qué hablamos ni nada más. El  único recuerdo que tengo es que no sé muy bien porqué empezamos a mandarnos fotos guarras por el móvil. Fotos guarras nuestras, quiero aclarar, cuando no es algo que yo suela hacer, y menos con un desconocido. Pero este tío desde el primer momento, y no sé muy bien porqué, me dio muchísima confianza.

Al día siguiente (la noche anterior acabó en paja, of course),  y una vez borrado el número de móvil de este tío (no pensé que volviéramos a hablar) me sorprendió recibir un mensaje suyo. Me dijo que lo había pasado muy bien y sin saber cómo comenzamos a escribirnos desde entonces.

El chico es andaluz, y si seguís mi blog, es algo que ya de por sí me gusta mucho. De mi misma edad y soltero, tiene pareja si bien no convive con  él  puesto que el novio es de Murcia. Trabaja para el Ayuntamiento de su ciudad y como tiene las tardes libres se ha buscado un sinfín de ocupaciones (a cual más friki) que le mantiene ocupado la mayor parte del día.

Nudista de siempre, en casa suele ir en bolas y no tiene ningún reparo en mandarme fotos desnudo prácticamente todos los días. Lo curioso es que no sé si por la confianza que me da, por el buen rollo o por lo que sea, pero el hecho es que él también debe tener un arsenal de fotos mías como Dios me trajo al mundo…

Y no solo de mí, sino que de todos sus amigos tiene fotos así, y lo ve como algo supernormal, sean sus amigos heteros o gays. Que yo recuerde, a amigos míos sí he visto en bolas a más de uno, pero fotos de ellos, pues como que no, y nunca se me ocurriría pedirles algunas bajo ningún concepto. Él, al contrario y en serio que no me extraña porque con la labia que tiene puede conseguir eso y mucho más.

De ahí pasamos a conocernos por cam y aparte de cibersexo (que también), en estos meses hemos hecho de todo: Desde ayudarme a acelerar el portátil, recomendarme películas anime (es un experto),  aconsejarme aplicaciones del móvil o enseñarme a tener un huertecito urbano. Como yo le digo, es un poco como tener hilo directo con el Youtuber del momento, que igual te sirve para un roto que para un descosido.

Y por el móvil lo mismo, empezamos con lo que he dicho con fotos y demás, y ahora es que hablamos de todo, por WhatsApp y por teléfono, a diario,  como si fuésemos amigos de toda la vida.

De hecho, ahora mismo, creo que incluso puede que tenga más confianza con él que con amigos míos “reales” y es algo que me sorprende mucho.

Sí que es cierto que algo ha ayudado en todo esto y es que cuando llego a casa después de trabajar, ver a la familia o amigos, y veo que estoy solo, tengo a alguien en el móvil con quien puedo seguir hablando como si fuese un compañero de piso. De hecho llegamos incluso a darnos las buenas noches al acostarnos y los buenos días al despertar. Como si viviéramos juntos, vamos.

Ya hemos hablado de conocernos en persona alguna vez. Prisa no tenemos ninguno de los dos. Vivimos lejos y tenemos cada uno nuestra vida montada. El tiene pareja, así que interés sexual por mí no tiene ninguno, pero yo tampoco por él, a pesar de todo lo que hayamos hecho online. Una cosa es en plan virtual y otra en plan real, y teniendo pareja ninguno de los dos piensa en ir más allá.

Tal vez nos hayamos abierto los dos mutuamente por un asunto de necesidad. O de soledad, quien sabe. Pero es curioso cómo esas personas de las que no esperabas nada, puede convertirse en un apoyo para los buenos y malos momentos.

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El sexto sentido

El sexto sentido

Hace un par de días me echaron las cartas.

Pude elegir entre que me leyeran las líneas de la mano o que me echaran el Tarot y opté por esto último, más que nada por lo visual que me ha resultado siempre esa baraja.

He de decir que no creo especialmente en estas historias. Siempre he pensado que muchas veces se usa más la intuición que otra cosa, pero he de reconocer que en algunas de las cosas que me dijo, acertó bastante.

A nivel laboral me dijo que estoy en una etapa de tranquilidad y que veía que en un futuro próximo iría la cosa igual o mejor, de lo cual me alegré bastante. De un posible lío con mi jefe, no mencionó nada, así que supongo que la cosa se quedará como está (cachis…)

A nivel de salud no me vio nada grave lo cual también es una buena noticia ahora y siempre. Y más después de mis últimos problemillas de salud que me tuvieron unos días apartado de todo.

Fue a nivel personal cuando me definió por encima y es en lo que más se aproximó a mi realidad. Yo supongo que viendo la edad que tengo (cuarentón ya) y que no tenía anillo de casado, ayudó bastante a su adivinación, pero me sorprendió la forma en que habló de mi situación actual.

Me dijo que me veía estancado en la vida. Que aunque ansiaba un cambio a mejor, yo mismo me ponía trabas para que eso no sucediera. Que yo era mi peor enemigo ahora mismo. Que mi actitud de tirar la toalla no me iba a beneficiar en nada, y que yo mismo lo sabía.

Que si quería tener pareja, necesitaba abrirme. Conocer primero a otra gente, abrir mi círculo de amigos y probar experiencias nuevas,  y que lo otro ya vendría rodado, pero que yo mismo me negaba todo eso.

Y que todo venía provocado por un asunto del pasado.

Por supuesto yo uní cabos en todo momento y entendí a la perfección de lo que hablaba. Supongo que esto funciona así, que te dicen cosas generales, algo con lo que igual todos nos identificamos y es tu subconsciente quien ya se encarga de darle una explicación a todo lo que te dicen. Es decir, entender lo que realmente te interesa.

Realmente no sé ahora nada más que no supiese hace dos días, pero sí me hizo pensar si es verdad lo de que no quiero abrirme más…

Si echo mi vista atrás, conservo amigos de todas las etapas de mi vida por las que he pasado (colegio, universidad, primeros trabajos, estancia en el extranjero…), así que no creo que eso sea del todo cierto. Sí que es verdad, en cambio, que últimamente me cuesta mucho más conocer a otras personas, y si tengo la posibilidad de intentarlo… me echo atrás.

En estos últimos años las únicas personas nuevas a las que he conocido son un chico hetero curioso con el que tengo muy buena relación (más virtual ya que otra cosa) y un excompañero al que conocí hace años y con el que he retomado la amistad.

(Bueno, y también con un chico que conocí por casualidad, al que no conozco en persona -vivimos lejos- y del que os hablaré otro día).

También es verdad que con los años, cuesta mucho más hacer amistades nuevas (en eso los críos tienen mucha más facilidad), con lo que supongo que no es algo que me pase a mí solamente.

De todos modos, de amigos no me puedo quejar (tengo muy buenos), pero sí de lo de no tener pareja.  Supongo que, como me dijo, para eso también debería de abrirme a la gente pero a día de hoy no estoy ni medio dispuesto.

Tal vez tenga razón y yo sea mi peor enemigo.

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Philadelphia

Philadelphia

Si todo me hubiese ido mas o menos normal estas últimas semanas, este post lo habría publicado el mismo uno de diciembre, pero como la vida propone y Dios dispone, lo cuelgo hoy que es cuando he podido acabarlo.

La vez que el VIH más me tocó de cerca, a parte de por mis paranoias más o menos recurrentes (y no sólo a esta enfermedad, sino a cualquier otra -es lo que tiene ser hipocondriaco-) fue hace ya muchos años y a raíz de un reportaje de televisión.

Recuerdo que estaba con mi amiga María en su casa, y en eso que empezaron con un reportaje sobre la gripe. Que si  virus para arriba que si virus para abajo cuando de pronto hablaron, sin venir mucho a cuento, de otro tipo de enfermedades. Entre ellas, trataron el SIDA, así como de pasada y metiendo el miedo en el cuerpo. Hablo de una época en la que los documentales sobre ese tipo de enfermedades eran bastante catastrofistas. Epocas en la que cuando alguien había superado determinados años siendo VIH positivo sin desarrollar la enfermedad, se hablaba como si fuera un verdadero milagro.

Aquello lo vi, recuerdo, no mucho después de haber salido del armario por todo lo alto, por lo que al acabar el reportaje le comenté a mi amiga el miedo que tenía a pillar algo así, y lo traumática que fue mi primera experiencia por ese miedo absurdo. Al acabar de desahogarme, me dijo que ella conocía a alguien que tenía VIH, para añadir después que a esa persona yo también la conocía. La primera persona que se me pasó por la cabeza al oir aquello fue su pareja, su novio (al que no tragaba).  Se lo pregunté directamente y me soltó un “pues no, de qué vas” que demostraba que  mucha gracia no le había hecho la pregunta.  Pensé a continuación en nuestra amiga común, Raquel, pues era una época suya de despendole total y pensé si podía haber sido ella la “afectada”. Tampoco era ella, tranquilo, me dijo.

Al final me rendí, pues aunque dije un par de nombre más, no era ninguno de ellos ni por aproximación. Finalmente, soltó la bomba cuando me dijo que quien tenía VIH era Guillermo.

Recuerdo que me costó reaccionar. En ningún momento pensé que pudiera ser él, porque pensé que le conocía bien. Como que “no le pegaba” y además teniendo una pareja más o menos estable en ese momento (aunque para él, “estabilidad” era estar un mes con el mismo)

Explicándolo ahora, y conforme el pensamiento actual, me doy cuenta de los prejuicios que tenía yo por entonces. Bueno, yo y la sociedad en general, aunque eso no me exime a mí de culpa. Pero era así, me chocaba que alguien con pareja como tenía Guillermo por entonces fuese VIH positivo. Veía más probable que alguien que tenía pinta de putero (el novio de María),  o que estaba despendolada (Raquel en aquella época) tuviese más papeletas que Guillermo. Prejuicios, prejuicios y más prejuicios…

Le pregunté a María entonces si la pareja de Guillermo, César, también lo era, y me dijo que no. Que por lo visto Guillermo lo había pillado de un rollo anterior que había tenido pero que su pareja lo sabía y no le preocupaba. Que Guillermo nunca lo había ocultado, y que a César le daba un poco igual pues lo quería demasiado (pena que luego acabaran como acabaran).

Por lo visto, Raquel fue la primera que se enteró de su enfermedad, cosa lógica pues ellos eran amigos desde hacía muchos años. Luego ya se lo fue contando al resto de amigos a medida que los iba conociendo. Bueno, a todos menos a mí.

Quedamos en que yo no le diría a Guilermo cómo me había enterado y que iba a seguir actuando de forma normal con él. Y eso intenté. Pero pronto empecé a emparanoiarme. Así, por ejemplo, cuando iba a cenar a su casa salía lo peor de mí. ¿Y si me cortaba con algún cuchillo? ¿Y si me volvía dar algún pico como hacía de vez en cuando? ¿y sí…?

“Y SÍ” otra vez esas dos malditas palabras…

Inconscientemente, me separé tambien un poco de él. Ahora que lo escribo siento hasta vergüenza (no es la primera vez que me pasa cuando he escrito algun post de los colgados) pero, repito, y aunque no sirva de total justificación…era otra época.

Así fue hasta que un día, en el chat, alguien que me djio que lo conocía empezó a ponerlo verde, diciendo que era un salido que tenía lo que se merecía, que si tal que si cual. Ahí no lo pude evitar y empecé a defenderle como a poca gente había defendido en mi vida. Me daba igual su pasado sexual. Antes que nada, era amigo mío y además muy buen tío. Y nadie podia decir de nadie ninguna salvajada de ese tipo.

Esa conversacion me sirvió como excusa para hablar con Raquel, y decirle que me habian dicho eso de él, y preguntarle si era verdad sin tener que delatar a María. Me lo confirmó, claro. Y me dijo también que nunca me lo había contado porque conociéndome, con lo hipocondrias que era, no sería bueno para ninguna de las dos partes. Que no había necesidad. Y tenía razón. Raquel me conocía bien y sabía lo que podía pasarme, lo que de hecho me estaba pasando.

Raquel fue la que le dijo a Guillermo que yo lo sabía, y que bueno, si quería hablar comigo. Y lo hablamos, y me explicó muchas cosas de la enfermedad que yo mismo desconocía,  Y que el principal obstáculo era ése, la desinformación y los prejuicios. Y que una cosa llevaba a la otra.

Por suerte, esos prejuicios han ido desapareciendo con el tiempo. El último, el de que el  VIH deje de ser un motivo de exclusión para conseguir un empleo público, equiparándola a otras enfermedades como la diabetes por ejemplo.

Sin embargo, pienso yo que falta todavía mucha más información. O más accesible. Y para muestra, un botón.  El año pasado cuando estaba en la playa con el chico medio delincuente del que os hablé, me comentó de pasada que tomaba PrEP.  Que no usaba condones porque tomaba PrEP. Por si no lo sabéis esas siglas significan Profilaxis preexposición y lo que supone es tomar un medicamente a diario para evitar que puedas contagiarte. Algo así como la píldora de las mujeres para evitar quedarse embarazadas. Pero eso no es la panacea, y no sirve tampoco para evitar contraer otras enfermedades de transmisión sexual.

¿Eso la gente lo sabe? Y suerte aún que este tomase algo, porque si entras en las  apps de contacto cada vez hay más gente que busca tener sexo “a pelo” como si no pasase nada. Y por desgracia, pasa. Y aunque el VIH es ya más como una enfermedad crónica que otra cosa, no está de más que la gente vuelva a tener un poco de cabeza. Vamos, digo yo.

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50 primeras citas

50 primeras citas

Pensando estos días en mis últimas quedadas con tíos, me estoy dando cuenta de que hay un denominador común en todas ellas, y es el “miedo” a segundas y posteriores citas. Se le puede llamar “miedo” o respeto, intranquilidad o lo que sea, pero es algo que empieza a preocuparme.

Hace años (creo que no demasiados) cuando quedaba con alguien, pensaba en el presente y poco más. Sí que es verdad que aunque fuese únicamente para follar, sí que analizaba en dos segundos mis posibilidades de pareja (sentimental que es uno), pero si surgía la posibilidad de repetir la cita, y el tío  me molaba, no me lo pensaba ni dos veces.

Ahora la situación es bastante distinta. Aunque cuando me surge la oportunidad quedo sin demasiados problemas, la negatividad se ha apoderado de mí. A todo el mundo le veo alguna pega, con lo que cuando me ha salido la posibilidad de repetir la quedada, mi primera respuesta siempre ha sido decir que no

He pasado de enamorarme a las primeras de cambio a que se me endurezca el corazón como una piedra. Siempre me digo a mí mismo que el tío no vale la pena, que realmente no me gustó tanto cuando quedé con él, que es muy alto, que es muy bajo, que es muy gordo o que es muy flaco.

Por rechazar he rechazado a gente que vivía lejos de mi casa, o al contrario, por el solo hecho de ser vecinos.

A gente que era mas joven que yo, sólo por tener dos o tres años menos, o a gente que era mayor por el hecho de sacarme cinco (cuando mi ex me sacaba más…).

Recuerdo que antes, cuando recibía un mensaje del tío con el que había quedado, me daba un subidón de alegría increíble. Pensar “pues le he gustado de veras”, me subía el ego, y me hacía coger con más ganas una segunda cita que no tardaba en llegar.

Ahora es todo lo contrario. Y no sólo me pasa con los tíos con los que he quedado para un polvo y adiós, sino que me pasa con cualquier tío con el que he quedado incluso para tomar un café.

Con estos es más complicado todavía porque encima yo nunca sé qué contestar al siguiente mensaje, cuando te sueltan  un “pues me has caído muy bien”. Porque contestar “pues a mí no me has interesado nada” me parece un poco brusco (aunque sea la verdad).

Quizás el problema sea la comparación.

Porque a pesar del tiempo que ha pasado, yo sigo comparando a todo el mundo que conozco con quien vosotros sabéis… Y en todas las comparaciones todos salen perdiendo.

Igual, como me dice un amigo, lo que me pasa es que estoy idealizando una relación que hace mucho que terminó. Demasiado ya para estar todavía así. Igual mi problema es como cuando alguien muere, que mientras no lo deje marchar de mi cabeza, poco podré hacer.

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The Company Men

The Company Men

Una de las cosas que más echas en falta cuando cambias de ciudad es a los amigos. El hecho de poder salir por ahí con colegas, pasa  a cero durante las primeras semanas, con lo que la sensación de desapego todavía se hace mayor.

Por suerte se puede decir que siempre he sido bastante sociable, con lo que en esas circunstancias, las ganas de conocer gente nueva se amplió considerablemente.

Igual por eso desde el principio hice tan buenas migas con mi nuevo compañero de trabajo.

Por eso y porque siendo la mayoría de compañeros unos señores de cierta edad (algunos ya al borde de la jubilación) el que me pusieran con alguien de mi quinta facilitó mucho las cosas.

Cuando me lo presentaron me pareció un chico guapete, sin más, y me preocupé más de si era o no buen tío que de otra cosa. Con el tiempo, la relación profesional fue pasando a un segundo plano, comenzando una relación ya de compañeros y finalmente de amistad.

Nos acostumbramos entonces a salir a tomar unas cervezas fuera del trabajo, ir a ver alguna película,  tumbarnos en la playa, o a cualquier cosa que se nos ocurriese.
También conocí a amigos suyos, y al final esa sensación de desarraigo se fue mitigando.
Era un buen tío y los dos congeniamos bastante.

Sí me llamaba la atención que a pesar de ser un chaval de cierta edad (treinta y tantos entonces), no tuviese novia ni hablase de chicas. Yo tampoco hablaba demasiado de tías, más que nada porque por aquel entonces lo que tenía era novio,  y era algo que en ningún momento se me ocurrió comentar.  Ni tampoco preguntárselo a él.

Las veces que cambiaba de trabajo sí me proponía que a las primeras de cambio diría que soy gay, y ya está. Pero luego ni encontraba el momento, ni la ocasión, ni nada que justificase que yo me abriese así a las primeras de cambio. Sin embargo, tampoco después encontraba el momento ni el lugar.

En este caso sí estuve un par de veces apunto de comentárselo a él. Más que nada porque sospechaba que él también lo era. Pero como así estaban bien las cosas, y por aquel entonces yo no buscaba nada más, lo dejé pasar.

Tanto lo dejé pasar que llegó un momento en que yo finalmente pude volverme a mi ciudad, pues mi etapa en el “extranjero” había llegado a su fin.

El ultimo día, recuerdo que nos hicimos unas cervezas de despedida y me confesó que me iba a echar mucho de menos en el trabajo, tanto a nivel profesional como personal. Su despedida me tocó bastante la fibra e incluso me hizo pensar que, tal vez, mis sospechas no estuviesen mal encaminadas.

Durante los siguientes meses la verdad es que mantuvimos el contacto gracias sobre todo a las nueves tecnologías, tipo whatssap, que hacen que por lo menos cualquier despedida no sea del todo definitiva.

Pues bien, hace unos meses, ese compañero de trabajo se incorporó a un nuevo puesto de trabajo, y esta vez, lo que son las cosas, ese puesto está en mi ciudad.

En este tiempo nos hemos vuelto a ver, cada vez de forma más asidua. Hemos retomado nuestros momentos de cervezas,  nuestras frikadas,  y nos hemos dado cuenta de que aquella amistad continúa intacta. Como si el tiempo no hubiese pasado.

Él sigue soltero, igual que cuando nos conocimos, solo que esta vez yo también estoy soltero y sin compromiso.

Sin embargo, como entonces ni yo le he comentado nada a él de mi sexualidad, ni por supuesto él a mí.

Que él esté soltero no tiene porqué significar matemáticamente que sea gay, eso está claro, pero hay ciertas cosas que me hacen pensar que sí lo es (¿sexto sentido?), pero la verdad es que sigo sin tenerlo del todo claro.

Hay un dicho que es bastante esclarecedor (y bestia como él solo) que dice más o menos que “más de 30 años y soltero, maricón o putero” y bueno, mucha pinta de puteros no tenemos ninguno de los dos…

Podría arriesgarme (y que sea lo que Dios quiera), pero hay dos posibles situaciones que me tiran para atrás: que sea hetero y al meter la pata, nuestra amistad quede afectada, o que sea gay y yo no le atraiga lo más mínimo (cosa de lo más lógica por otra parte).

De momento, casi que prefiero quedarme como estoy, como amigos y con esa tensión sexual no resuelta (por mi parte) que al menos da cierta vidilla a mi (por momentos) aburrida vida.

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