Del revés

Del revés

Pues a lo tonto han pasado ya dos años desde que recuperé (muy a mi pesar) mi soltería.

Echando la vista atrás, aunque lo peor ya pasó durante los primeros meses, he de reconocer que después de este tiempo, me ha quedado un poso de amargura del que me es difícil deshacerme. Y esa amargura, en cierta forma se ha plasmado también en los posts.

Son bastantes personas las que me han hecho llegar que este blog ya no es lo que era, cosa bastante normal puesto que, como yo mismo respondo, yo tampoco soy el que era.

A nivel sentimental, mi corazón está bastante cerrado y así pienso yo que seguirá durante bastante tiempo (y digo bastante tiempo porque decir “para los restos” igual queda un poco radical). No sé si realmente es miedo a que me vuelvan a hacer daño o que soy muy consciente de que hay trenes que únicamente pasan una vez en la vida. Eso yo lo tengo bastante claro y no hay nada (ni nadie) que pueda hacerme cambiar de opinión. Al menos a día de hoy.

A nivel sexual, pues no digo lo que está cerrado pero os podéis hacer una idea también. De hecho, actualmente ni entro a chats, ni tengo ya apps de folleteo, ni nada. Me borré ya hace unos meses y ahí sigo, desaparecido del mundo. Mis últimas experiencias, contadas por aquí ,no resultaron del todo satisfactorias, así que decidí cortar por lo sano.

Tengo un amigo que dice que estoy entrando voluntariamente en una vida monacal y que sarna con gusto no pica, pero que eso no puede ser sano. Yo le digo que mientras tenga porno a mano y mi mano derecha, poco más me hará falta, a lo que me suele contestar que ya puestos, y siguiendo mi trayectoria,  solicite ya la castración química…

A nivel laboral, en un principio, como ya conté por aquí, me volqué en el trabajo como si no hubiera un mañana. Hice más horas que horas, total para nada, puesto que esas cosas pocas veces se agradecen. Más bien al contrario puesto que por eso (y por otros motivos) se creó una rencilla estúpida entre compañeros desembocando en un mal rollo laboral que todavía continúa.

Por todo esto, digamos que mi carácter ha cambiado bastante y supongo que todo eso se refleja también en mi forma de escribir.

Soy una persona que no suele expresar sus preocupaciones y por eso me gusta de vez en cuando escribir por aquí y soltar todo lo que llevo dentro. Como he dicho alguna vez, me relaja mucho y me siento cómodo escribiendo. Sin embargo, esta vía de escape no es suficiente muchas veces, y llega un momento en el que el cuerpo te dice basta.

En mi caso este primer aviso me sucedió durante las pasadas Navidades. Ingresado en el hospital fueron muchas las cosas que se me pasaron por la cabeza, pero sobre todo, me dije a mí mismo que tenía que cambiar. Las cosas que a mí me pasan, ni son más ni menos que las del común de los mortales. Mi problema es cómo me las tomo yo.

Así que como propósito de año nuevo me he propuesto cambiar, porque la vida es sólo una y cuando se va, se va.

En teoría, cambiando de actitud, la vida te trae cosas buenas (o eso dicen), pero esas cosas no creo que sean así de fáciles, y siempre he pensado que era algo más de superchería que otras cosas. Sin embargo, leyendo sobre el tema, me he enterado de que la cosa tiene más de ciencia de lo que yo me pensaba puesto que según cómo te tomes las cosas se activan ciertas zonas del cerebro que de otro modo no lo harían.

Y para empezar a aplicarlo ahora mismo, he de reconocer que de algo malo siempre se puede sacar algo positivo, y esos días en el hospital, me hicieron ver que aparte de mi familia, tengo muchos amigos que se preocupan por mí más de lo que yo mismo me imaginaba.

A ver si esto lo puedo aplicar a mi día a día y a finales de 2019 os cuento cómo me ha ido.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

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Rain Man

Rain Man

Ahora que ya estamos metidos en el horario de invierno, y dejando un poco atrás el debate sobre cambio de hora sí, cambio de hora no (hasta el año que viene que volvamos con la misma cantinela), quería contaros lo que me parece a mí este cambio:

Una soberana mierda.

¿Pero es necesario? Pues entiendo que sí. Por lo menos en la zona de Europa en la que vivimos (junto con Portugal, en el extremo más occidental). Y es que si no lo hiciésemos, llegaríamos a Diciembre y no amanecería hasta bien entrada la jornada laboral con todos los inconvenientes que eso generaría.

Entonces, si lo veo necesario, ¿por qué no me gusta?

Pues porque está asociado a una temporada que no me gusta nada, la de Otoño/Invierno que, para mí, es la peor época del calendario.

A mí que se haga de noche a media tarde es algo que me afecta, lo llevo mal, pero que encima empiece la época del mal tiempo, bajada de temperaturas y demás, todavía lo llevo peor.

En general a mí,  estos meses que vienen por delante me cabrean un montón. Se me pone un mal carácter y una mala leche que encima acabo pagándolo con todo el mundo.  Y si a eso encima le unes temporada de lluvias, todavía es peor.

Porque esa es otra, a mí que llueva tampoco me gusta nada.  Y yo entiendo que es necesaria, y más en la zona en la que vivo, que escasea, pero es que no puedo con ella. Me deprime mucho.

Estos días que estamos teniendo por aquí, en los que amanece nublado, llueve, para, vuelve a llover, se abre el cielo y cae el diluvio universal y vuelta a empezar me están minando la moral cosa mala.

Pensaréis que soy un exagerado, y que no debería quejarme por eso, cuando además ésta es una zona de bastante sequía, pero es que no puedo, en serio.

Esto no es nuevo, realmente a mí que se me ponga mal carácter cuando llueve es algo que me ha pasado siempre, aunque supongo que con los años estas cosas se agravan más.

De hecho, hoy que ha llovido por la mañana y habían amenazado con agua durante todo el día (aunque no ha sido así), me he quedado en casa, amuermado en el sofá, y sin hacer mucho más. Y es que aún no me he quitado el bajón que llevo desde el viernes, cuando parecía que se abría el cielo sobre nosotros.

Hace unos años, en un trabajo coincidí con una compañera a la que le pasaba exactamente lo mismo que a mí y descubrimos que lo nuestro tenía incluso una definición “científica” (no es tan raro, ahora a todo le ponen etiquetas) y era la “meteorosensibilidad” -término bastante abierto, por otro lado, puesto que ahí entran también las personas a las que les duelen las cicatrices cuando llueve, pero bueno-.

Pues bien, según parece, hasta un 30% de la población se ve afectada por estos cambios de tiempo en mayor o menor medida, aunque el “mal de muchos consuelo de tontos” nunca me ha ayudado demasiado.

En mi caso, lo de la lluvia, entiendo que es por la falta de luz solar y la cosa tiene su lógica. Pero no acabo de entender que esto me pase también estando en casa, con las cortinas echadas. Porque es que yo es oír que llueve y ya me da el bajón. O incluso que me avise el móvil de que mañana va a llover, que a los efectos es lo mismo. De hecho llegué a preguntarle a mi madre si de nano tuve algún trauma con la lluvia, el agua, o algo parecido pero la verdad es que no se acordaba de nada.

Pues nada habrá que aguantarse y ya está. No me queda otra.

Menos mal que en mi caso, por dónde vivo, la cosa no dura mucho, porque por aquí ni el invierno es demasiado duro ni la época de lluvias dura demasiado (aunque cuando cae, cae con ganas).

Si llego a vivir por el norte de España o Londres, por ejemplo, no me quiero ni imaginar el carácter que tendría…

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Regresión

Regresión

Estos últimos días, que he estado un poco bajo de moral (de ahí el pequeño parón en la publicación del blog), me ha venido a la mente otra etapa de mi vida en la que por otras circunstancias también tuve una especie de crisis existencial.

Los motivos entonces fueron totalmente opuestos a los de ahora.

Por un lado tenía varios trabajos a la vez, incluido fines de semana, que estaban empezando a pasarme factura físicamente. Por otro lado, el hecho de encadenar una pareja sexual tras otra, ya empezaba a afectarme anímicamente, pues siempre buscaba algo más en esas citas. Así que un sábado que tenía libre tras quince días seguidos de trabajo, entré en una espiral de comeduras de tarro que acabaron conmigo en Urgencias debido a una brutal taquicardia.

Allí tras hacerme varias pruebas llegaron a la conclusión de que había tenido una crisis de ansiedad de las gordas, por lo que siguiendo el protocolo, me derivaron al psicólogo.

Ahora mismo no sé como estará la situación en la Seguridad Social, pero por aquél entonces, previo a psicología, tenía que valorarte primero el psiquiatra, y ahí que me planté unos días después.

El hombre, muy agradable, empezó a hacerme varias preguntas. Me preguntó por el trabajo, y al comentarle mi pluriempleo, me recomendó que me centrase en uno solo pues mi cuerpo ya me había dado un primer aviso. Luego me preguntó por mi vida afectiva y cuando le dije que era gay pero sin pareja, me entró un bajonazo, por lo que, no sé si equivocadamente o no, focalizó todo en mi homosexualidad.

Una media hora después, me dijo que mi problema no era psiquiátrico (aunque me recetó unas pastillas por si volvía a tener otra crisis) y me remitió a la psicóloga del centro, porque me dijo que hablar con ella me vendría bien.

El día de la visita, y siguiendo norma habitual en mi vida, estaba la psicóloga y cuatro estudiantes en prácticas. Si de por sí ya es algo cortante hablar de tu vida privada ante un desconocido, imaginad lo que es ante cinco.

Supongo que el psiquiatra al derivarme días antes ya le había advertido de que era gay, porque desde el minuto uno comenzó a preguntarme sobre ese tema.

Me preguntó si había tenido experiencias con hombres, y si era así, con cuantos. A mí me sorprendió la pregunta, pero la contesté claro, y al ver la cara de sorpresa de la psicóloga y de los estudiantes, me concretó la pregunta, diciendo que se refería a novios, y no a experiencias sexuales.

Una vez aclarado ese detalle, y tras unas preguntas de corte similar, me comentó que no veía en mí problemas de identidad sexual, así que quiso saber entonces cuánta gente era consciente de mi situación. Le comenté que algunos amigos sí, y otros no, que dependía del entorno en el que me moviera.

Me preguntó entonces por mi familia, si ellos lo sabían. Le dije que no, y que de momento no era algo que entrase en mis planes. Fue a partir de ahí cuando empezaron una especie de reproches que no me gustaron nada. Me vino a decir como que para unas cosas (sexo) era lo suficientemente hombre, pero para confesarle estas cosas a mis seres queridos, no, y fue algo que me molestó bastante.

Al final, por suerte, llegamos al fin de la sesión, de la que salí más cabreado que había entrado.

Dos semanas después, más por inercia que por otra cosa, volví. En esta segunda sesión (también con público) comenzó a  cuestionarme que mi problema era entonces mi vida como gay en sociedad.

Sí que me hizo ver que yo no consideraba que encajase del todo en este mundilllo (cosa que ya sabía) y me dijo que posiblemente el independizarme sólo, me había podido provocar una especie de bajón anímico pues me hubiese gustado compartir con alguien ese momento. Y puede que tuviese razón.

Sin embargo, hacia el final de la charla volvió a recaer en reproches, diciéndome que lo que tenía que hacer era decirlo a todo mi entorno, comenzando de nuevo por la familia. A mí basta que me fuercen a hacer una cosa, para que yo haga justo la contraria, con lo que acabamos discutiendo de nuevo como en la sesión anterior, y con serias dudas sobre si volver o no a la siguiente.

Unos días después, la psicóloga cambió la fecha de la siguiente visita, y en lugar de llamarme al móvil para avisarme, no se le ocurrió otra cosa que llamar al fijo (de mis padres) con lo que podéis imaginar su reacción al recibir una llamada del departamento de “Salud mental”…

Para calmarles, les comenté que el motivo de ir al psicólogo era por mi estrés laboral, y que no había porqué preocuparse. Aun así, pensando que algo más había, “encargaron” a mi hermana que hablase conmigo

Y hablamos. Y yo no sé si en realidad fue por lo que me dijo la psicóloga o qué (igual fue eso lo que pretendía, al sacarme de quicio), pero le acabé confesando a mi hermana que era homosexual.

Su reacción fue primero  de sorpresa. Y de curiosidad después. Pero en líneas generales fue una reacción bastante positiva.

Después de aquello, los días siguientes, sí que fue un tema recurrente de conversación entre nosotros hasta que poco a poco, pasada la novedad, se fue diluyendo.

Finalmente, un día me dijo que “igual es que no había encontrado una chica que me gustase”, y ahí nuestras conversaciones sobre este tema, terminaron.

A día de hoy, nunca más se ha vuelto a hablar del tema con mi hermana, y sigue siendo igual de tabú como lo era hasta ese momento. Igual que con el resto de mi familia.

Supongo que de la reacción de mi hermana no tiene en ningún modo la culpa la psicóloga, pero debido a lo insatisfactorio del resultado en general, nunca me he vuelto a fiar de la psicología como método eficaz de ayuda.

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