Toy Story

Toy Story

Si a este post tuviera que ponerle un subtítulo, sería “Madre mía cómo ha cambiado el cuento”. Y es que voy a hablar hoy de otro tipo de juguetes, digamos más para adultos.

Desde que me fui del casa del masajista que no dejaba de pensar que si yo había disfrutado, el tener que trabajar de algo así, sobando a tios unos detrás de otro, tenía que ser una pasada, así que me pillé un bote de aceite de masajes por si alguno me dejaba que se lo diese en plan amateur.

Muy pronto di con uno que por lo que me dijo en el chat, tenía los mismos morbos que yo. Empecé a contarle qué era lo que quería hacerle cuando le viese, y ya sólo hablando de eso nos pusimos cachondísimos los dos.

Quedamos a la media hora, en su casa, un adosado que estaba a las afueras de la ciudad. No tenía muy claro qué puerta era, así que cuando ya estaba en su calle, le mandé un mensajito para que me contestase. Me escribió el número de su puerta y lo más curioso fue lo que me puso a continuación:”Entras y subes”.

Me acerqué al portal y efecticamente la puerta estaba abierta. A mi derecha una escalera y subiendo tres habitaciones. Llegúe arriba y cuando me acostumbré a la oscuridad, vi que en la de mi izquierda estaba el tío tumbado boca abajo en la cama con unos slips blancos marcando culete.

Recuerdo que le comenté que si llegaba a ser un ladrón o un asesino, él mismo me lo habría puesto a huevo, pero me dijo que le había dado bastante confianza (un clásico en mi vida) y que además le molaban las sorpresas.

Me desnudé totalmente y comencé poco a poco a untarle el cuerpo con el aceite. Lo curioso es que como no lo había probado antes, no imaginaba lo escurridizo que era el líquido y poco a poco empecé a pringarle toda la cama.

Le comenté que igual era mejor poner una toalla o algo debajo, pero el tío ya había empezado a ponerse cachondo perdido y no entraba a razones, así que yo seguí a lo mío sin preocuparme ya de nada.

Llegué a la parte de su culete con los masajes y lo primero que hice fue tirarle el aceite por encima. Al ser los calzoncillos blancos, enseguida caló y empezó a trasparentarle toda la raja del culo con lo que la visión fue tremenda. Empecé a esparcírselo bien hasta que no pude más y de un tirón le quité los gayumbos colocándose él en una posición que pedía guerra claramente.

Aún quise aguantar un poco mas el tema masajes y le seguí toqueteando por las piernas hasta que llegué a los tobillos. Desde abajo, la posición del tío, brillando con el aceite, entreabierto de piernas, con los huevos y la polla asomando y el culete cada vez más en pompa era para haberle hecho varias fotos seguidas.

Al final ya dejé el aceite en el suelo y empecé a restregarme con él como si no hubiera un mañana. Mientras, le mordía la oreja que aún le ponía más cachondo de lo que ya estaba. Fui bajando hasta que le hice una comida de culo (que por cierto lo tenía totalmente rasurado) de esas antológicas.

El tío ya mas que caliente estaba hirviendo. Se le notaba por los gemidos y sobre todo por los movimientos de cadera que hacía. Incluso me apretaba la cabeza contra su culo para que no parase lo que estaba haciendo.

Así hasta que en un momento dado, se dio la vuelta boca arriba y comenzó a pajearse cara a mí. Me dijo que me levantase y me acercase a los cajones de la cómoda que tenía enfrente y sacase lo que había en el tercer cajón. Abrí sin saber muy bien qué me encontraría y fue cuando vi sus juguetitos.

Había dos consoladores, uno grande, negro, con aspecto y textura de polla real, y otro más pequeño, tipo misil, con un botón rojo en la parte trasera. Cogí ambos y me dirigí a la cama pensando en lo que iba a dar de sí la cita.

Le puse un poco de aceite al pequeño del botón rojo y rápidamente se lo metí al tío por el culo. El, automáticamente giró la ruedecita del botón rojo y aquello le empezó a vibrar.

Aunque yo esos consoladores. o similares, ya los conocía de la época en que trabajé en el SexShop (y no es algo que me llamase la atención especialmente) jamás los había visto usar a nadie tan de cerca y ver como disfrutaba de aquello el tío fue increíble.

Encima el consolador se ve que tenía como varias posiciones y en cuanto descubrí eso, empecé a aumentar la velocidad poco a poco, metiéndoselo y sacándoselo sin dejar de mirar la cara de placer del tío. Cuando llegué a la máxima velocidad llegó un momento en que el chaval comenzó a poner los ojos tan en blanco que tuve que parar, porque pensé que se me iba a quedar catatónico en cualquier momento.

En ese momento que se lo saqué, el tío no perdió comba, y fue cuando aprovechó para decirme que era momento de meterle el otro.

Yo, como soy muy bien mandao, lo unté bien de aceite y le comencé a meter el pedazo enorme de polla negra para adentro. Lo que mas me alucinó fue la facilidad con la que entraban tantos y tantos centímetros seguidos. Igual le estaba llegando ya al esófago, pero yo no podía parar de darle, hipnotizado como estaba por el espectáculo.

Él se notaba que no podía mas. Su cuerpo, entre el aceite, el sudor y los movimientos de cadera que pegaba a cada rato, estaba ya al límite y os juro que pensé que en cualquier momento se me quedaba muerto ahí mismo. Le dije que se corriese ya (estaba pajeándose pero cuando estaba apunto, el tío cabrón aun paraba y todo), y a los pocos segundos empezó a eyacular a borbotones sobre su cuerpo.

Fue ver eso y con solo tocármela un minuto yo hice lo mismo pues el morbo que me había dado toda la situación había sido bestial.

Después de acabar, pequeña charla, la ducha y para casa.

Con este chico aun quedé un par de veces más, e incluso me llegó a regalar un juguetito de los suyos (uno nuevo, no penséis mal), para que yo disfrutase también de la fiesta.

Y he de reconocer que la verdad es que “consolar” consuelan bastante, y en las épocas de soledad que todos tenemos alguna vez, cumplen su cometido muy pero que muy bien.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

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Un final feliz

Un final feliz

Desde que fui al fisioterapeuta y salí medio “armado” de aquella sesión, con tantos refregones y toqueteos, que me rondaba por la cabeza dar con algún masajista que aparte de dejarme la espalda en su sitio, me acabase con un final feliz.

Dado que estaba en una etapa en mi vida en la que tenía claro que lo único que buscaba de un tío era ya placer sexual, me dio por buscar entonces en milanuncios o alguna página similar (no recuerdo exactamente a través de cuál fue).

El anuncio que me llamó la atención fue curiosamente uno que no dejaba claro el tipo de masajes que daba. En realidad se anunciaba como quiromasajista para todo tipo de dolencias tales como dolor de espalda, lumbalgias o contracturas, pero también indicaba que daba masajes relajantes. Y específicaba que masajeaba piernas y glúteos.

Igual no iba a acabar la sesión con un final como el que yo había pensado, pero el hecho de que me masajeasen bien el culo, me daba ya morbo por sí solo.

Llamé, me dijo dónde tenía la consulta, y quedamos esa misma tarde alrededor de las seis.

Nada más entrar (domicilio particular) me llamó la atención lo profesional que parecía, lo cual en ese momento, no sé si me gustaba o no (no tenía claro que tipo de “atención” me iba a prestar).

Me pasó a una habitación acondicionada al efecto, en la que aparte de la camilla, había multitud de aceites en una estantería. La habitación, olía a incienso o algo así, pues tenía una varita encendida sobre una mesilla. De fondo, música ambiente tipo chill-out.

Me dijo que depende del masaje era un precio u otro. Me comentó que el completo era desnudo, y evidentemente escogí ese.

Lo curioso es que no sólo se refería a que yo me desnudase, sino que él también se quedó como dios lo trajo al mundo.

Me tumbé sobre la camilla y comenzó a esparcir varios aceites en mi cuerpo. Algunos estaban calientes al contacto con la piel y otros más fríos, con lo que el contraste me provocaba varias reacciones.

Empezó por los pies, y luego fue subiendo. Tobillos, muslos…hasta llegar al culo.

En esa zona me abrió un poco las piernas, y noté como dejaba correr un poco de aceite entre mis nalgas. Empezó primero con un suave magreo, hasta que empecé a notar como sus dedos masajeaban suavemente la zona del ano.

Cuando llegó a esa parte dí un pequeño respingo, lo suficiente para girarme y ver que por cómo tenía él la polla en esos momentos, el masaje a él también le estaba excitando.

El siguió un rato en esa zona y luego fue subiendo a la zona de la espalda y hombros, donde también estuvo un rato largo pues me comentó que esa zona la tenía bastante contracturada (lo cual era cierto).

Una vez terminado, me dijo que me podía dar la vuelta, que también me iba a dar un masaje por delante.

Cuando me giré, podéis imaginar cómo tenía el mástil del barco, que iba viento en popa y a toda vela…

Encima el líquido preseminal salía ya a sus anchas, pues los magreos recibidos lo habían propulsado a base de bien.

El masajista al verme la polla, me preguntó, en plan irónico, si lo estaba pasando bien, a lo que yo contesté que sí, y que por lo que veía también él lo estaba disfrutando.

Me comentó entonces que no me podía ni imaginar cómo eran los tíos que iban a su consulta y que para uno que estaba bien, era normal que él también se estuviese animando de esa forma.

Tras esa breve conversación, el tío comenzó de nuevo el masaje, primero por lo pies, y luego subiendo lentamente.

De las piernas, esta vez, pasó al pecho y abdominales, que es un sitio donde no me habían dado nunca un masaje, la verdad.

También me masajeó el cráneo desde atrás.

(Os recuerdo que el masajista iba en bolas, con lo que en ese masaje craneal, tenía sus huevos y polla a escasos centímetros de mi cara).

Y finalmente pasó a hacerme un masaje en la polla.

Primero echó otro tipo de aceite (olía a coco, de eso me acordaré siempre) en la zona de mis huevos e ingles.

Pasó las manos muy suavemente…sin dejar de mirarme a la cara mientras lo hacía.

Luego el aceite lo esparció por todo el tronco de la polla y con mucha tranquilidad comenzó a hacerme una paja como no me habían hecho en la vida.

Al estar tan embadurnado de aceite, sus manos se movían con toda facilidad, desde la punta del glande hasta la base, y cada vez iba aumentando el ritmo.

De normal, para correrme, siempre he tenido que ser yo quien me lo haga, pero en esa situación, con un morbo acentuado por todo el masaje anterior, el tío en bolas a mi lado, la música, el incienso y la situación en general, yo estaba ya apunto de explotar.

Tanto que le avisé, que no iba a tardar en correrme, y él me dijo que lo hiciese, que quería que disfrutase del “masaje”.

Al instante, noté que me venían los primeros espasmos y comencé a correrme.

Ya he comentado alguna vez que yo soy bastante lechero, pero si el morbo es mayúsculo, no sólo tiro cantidad sino que encima suelto varios trallazos, y en esa ocasión fue así.

El primer perdigonazo fue directo hacia arriba, llegándole hasta el pecho al masajista.

Al ver que yo lanzaba mucho, al tío no se le ocurrió entonces otra cosa que enfocar la polla hacia a mí, para evitar que le siguiese llenando. Sin embargo, el segundo trallazo no acabó donde él esperaba, sino sobre unas cortinas que estaban a mi espalda y que tapaban la ventana de la habitación.

Al ver el peligro que tenía mi rabo, me lo volvió a girar de nuevo, con lo que el tercer lanzamiento fue a parar a la pared de mi izquierda, que encima, al ser de un color oscuro todavía hacía que resaltase más el “gotelé”.

Ya el cuarto, agotándome las reservas, cayó sobre la camilla y el suelo. Y el quinto únicamente sobre mi pierna.

Una vez recuperado (tardé unos segundos en recuperar las fuerzas) vi el estropicio de habitación que le había dejado en un momento, y me entró un ataque de vergüenza que para qué.

El dijo que no pasaba nada, que se limpiaba todo y ya estaba, pero algo molesto sí se le veía (sobre todo por la cortina, que parecía buena y se la había dejado bonita…).

Finalmente le pagué lo que habíamos señalado y me fui bastante contento, pues he de reconocer que salí mucho más feliz de como había entrado.

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El Señor de los anillos

El Señor de los anillos

Lo que voy a contar hoy es de las historias más extrañas que me pasó con un tío. No le pongo nombre porque ni siquiera lo recuerdo. Le conocí en un pub a las tantas de la mañana, en mi época de zorreo particular. Nos pegamos las típicas miraditas previas, luego algo de charla, y poco después nos fuimos para su casa.

A mi el tío me había sorprendido nada más verlo por el pedazo de paquete que marcaba. En aquel momento no supe adivinar si lo que le marcaba era el pantalón en sí, que le venía amarrado, o realmente es que era todo suyo. Pero vamos, llamar la atención la llamaba.

Vivía no muy lejos de donde nos habíamos conocido, así que en poco más de diez minutos, ya estábamos subiendo hasta su piso (era un tercero sin ascensor).

Nada más entrar en su casa, sí que me sorprendió que no empezamos a morrearnos (algo bastante habitual las veces que ligaba de forma tan rápida), y sólo me dijo que tenía algo que me iba a soprender.

Simplemente cogió una silla que tenía, la puso en medio de la habitación (comedor-cocina todo junto) y me pidió que me sentara.

A mí la verdad es que entre el alcohol y el rollo así en plan sorpresa que quería darle, la situación ya me hizo bastante gracia, y le pregunté si me iba a hacer un streptease y me había puesto en el palco vip para verlo mejor.

El tío me dijo que simplemente me sentaba ahí para que estuviese atento a lo que quería enseñarme.

El hombre (que realmente no era ningún jovencito, puesto que me sacaba ya unos años) se puso entonces delante de mí a una altura en la que su paquete se quedaba totalmente a la altura de mi cara, y empezó a desnudarse, quitándose primero la camiseta.

Aunque yo intentaba mirarle el cuerpo de arriba abajo, a poco que me daba cuenta me recreaba mirándole el pedazo de bulto que marcaba en sus pantalones. Si en el pub aquello me había parecido grande, a esa distancia ya era escandaloso, y como las manos siempre van al pan, intenté magrearle el bultaco, a lo cual se negó.

Me dijo entonces que tuviese calma, que quería calentarme primero para que luego la sorpresa fuera mayor.

Sí que me dejó tocarle el culo a dos manos, y acercar mi cara a su entrepierna, para notar como le iba creciendo cada vez más. A esas alturas, yo mismo iba empalmado como un mono, aprisionándome mi propia erección en el vaquero que llevaba.

(Intenté desnudarme un par de veces, pero a eso también se negó, diciendo que no era el momento todavía).

Finalmente, después de un rato largo de “calentamiento”, fue cuando se bajó con una mano los pantalones y calzoncillos mientras con la otra intentaba tapar algo de carne que ya se le desparramaba por los laterales.

Una vez desnudo del todo, se quitó la mano, y a la voz de “es toda tuya” me enseñó lo que él básicamente llamaba su “obra de arte”.

Lo primero que me llamó la atención fue unos enormes anillos plateados que llevaba sujetándose los huevos y la polla. Realmente no sé decir si eran dos anillos superpuestos, o uno sólo doble, pero le aprisionaban por un lado el pedazo de polla  y por otra los gigantescos huevos que le colgaban.

Los huevos eran como los del caballo de Espartero. Hinchadísimos de un forma que no era normal. No parecían naturales. Realmente ni siquiera parecían dos testículos, pues estaban tan inflamados que era como un único huevo de un tamaño que no había visto nunca. Al tocarlos, incluso, se podían notar el peso sobre mi mano. (Tanto que incluso me dio la sensación de como cuando estás sopesando un melón en el mercado).

Y luego estaba la polla, que tenía un aspecto tan extraño que sorprendía. No es que fuera gorda, es que era gordísima. Pero también con un aspecto que no parecía natural. De hecho era como si le hubiese atacado un enjambre de avispas. (Para que os hagáis una idea, la propia piel del prepucio era como de un dedo de ancho y no estoy exagerando…)

Claro yo cuando vi todo eso, es que no supe ni qué decir. A ver, morbo daba, pero por otro lado…era extraño en conjunto. Yo le tocaba los huevos, le magreaba el rabo, lo miraba, me pegaba en la cara como si fuese una manguera…pero no daba crédito a lo que tenía entre mis manos.

Yo sólo decía que qué pasada, que qué barbaridad que como tenía eso ahí y la verdad es que llegó un momento que me entró la risa floja y todo porque me parecía de coña que alguien pudiese vivir con eso.

A él mi sonrisa, mis comentarios y todo lo demás era evidente que no le estaban haciendo ninguna gracia. Yo, al ver su cara, me di cuenta de que igual me estaba pasando (también es que había bebido) e intenté suavizar mis comentarios. Me vino a la mente entonces que igual lo que tenía el hombre era una enfermedad, porque me sonaba haber leído algo sobre la “elefantiasis”(aumento de partes del cuerpo) con lo cual todavía me agobié un poco más.

Le pregunté directamente si lo que tenía era una enfermedad, que si era eso me perdonase, que no tenía intención de reirme de defectos ajenos. Si hasta entonces su cara reflejaba que estaba algo molesto, de ahí pasó a cabreado en un segundo.

Se subió los calzoncillos y el pantalón y me dijo que no, que no tenía ninguna enfermedad y que si no me gustaba lo que tenía, ya me podía ir de su casa.

Yo la verdad es que no sabía qué decir, y le dije que no, que realmente me gustaba, que no pasaba nada.

Pero ya no hubo nada que hacer, me dijo que me tenía que marchar, que le “había costado” mucho tener esa polla y esos huevos, para que viniese cualquiera a descojonarse en su cara.

Yo en ese momento no entendí nada de a qué se refería con lo que le había costado, pero como tampoco quería discutir ni decirle nada más, me fui de allí sin entender demasiado.

No fue hasta cierto tiempo después cuando hablando con un médico amigo me habló de gente que le molaba meterse inyecciones de agua salina en los huevos y la polla hasta tal punto que llegan a tener un aspecto amorfo. Incluso vi fotos de a qué se refería con lo de “amorfo” y fue cuando me vino a la mente la historia que he reflejado hoy.

Supongo que esta gente le gusta que le admiren la barbaridad a la que pueden llegar con esa especie de fetichismo, pero yo no acabé de pillarle el punto y supongo que por eso este hombre se sintió tan  decepcionado con mi actitud en aquel momento.

Así que si un día veis por la calle a alguien con un paquete considerable, desconfiad, que igual no es tan natural todo como podéis pensar.

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El Oso

El Oso

Así como con otros ligues me acuerdo perfectamente del lugar, modo o momento en que los conocí, de éste en concreto del que os voy a hablar hoy no recuerdo casi nada.

La primera imagen que tengo ya fue en el comedor de su casa, frente a la televisión y él buscando entre sus vídeos para ponerme uno del programa “Saber y Ganar”.

Por si lo desconocéis, este es un programa cultural que se emite en la 2 de TVE y que ha sido actualidad recientemente pues su longevo presentador (Jordi Hurtado, el inmortal) ha cogido la baja por primera vez tras 19 años consecutivos en antena.

Pues bien, en este programa, por lo visto participó el chaval con el que había quedado y como le dije que nunca había visto el programa, se prestó a ponerme sus cintas (todavía estamos en la época del VHS) para mostrarse y compartir sus cinco minutos de fama (bueno, fueron bastantes más, porque por lo visto había participado durante varios programas consecutivos).

A mí, la verdad es que me daba un poco igual verlo participando en el concurso, porque yo había ido a lo que había ido, pero por no resultar borde, y viendo la ilusión que tenía él comentándome cosas de su pasado televisivo, actúe como si me interesara (igual tenía que haber estado un poco más contento, porque al menos era un tío culto, no un concursante de Gran Hermano o Mujeres Hombres y Viceversa…).

Total que cuando ya llevábamos tres concursos seguidos (más de una hora escuchando sus batallitas), y viendo que la cosa no pintaba demasiado bien, le dije que me iba ya porque sino se me iba a hacer demasiado tarde.

Supongo que en ese momento pilló mi indirecta y me dijo que le perdonase, que es que se emocionaba mucho recordando sus momentos televisivos pero que yo le molaba y que fuésemos a su habitación.

El chaval, era así como regordete pero sin pasarse, moreno, con barba y cara de bonachón. Aspecto muy de buena persona, vamos. No era un adonis (ni yo lo soy), pero tenía su puntito.

Aunque era por la tarde, ya estaba anocheciendo, y al tener las persianas casi bajadas, entramos en su habitación como en penumbra. En esos casos, aunque poco a poco los ojos se van acostumbrando a la oscuridad, el tacto cobra una mayor importancia.

Empezamos a morrearnos y como es costumbre en mí, las manos fueron directamente al culete, y empecé a meterle mano. El culo era firme, durito y por lo que toqué bastante velludete. Le abrí el pantalón y ayudado por mis piernas (yo estaba debajo de él), le bajé totalmente los pantalones y calzoncillos, notando ya sobre mí la erección de su polla. Sus piernas, fuertes, como de caballo percherón, eran también muy peludas.

Él mientras me quitaba la camiseta, y me besaba la boca, comenzó también a mordisquearme los pezones (que es algo que me gusta mucho hacer y que me hagan).

Yo, como ya le había desnudado de cintura para abajo, probé a meterle mano por debajo de la camiseta para tocarle la espalda y noté entonces como si tuviese la piel como acolchada, como con otra camiseta de terciopelo debajo. Hasta que me dí cuenta de que lo que estaba tocando era también pelo.

Que un tío el pectoral lo tenga velludete, me encanta. Que sus piernas sean peludas, me gusta. Que el culete también, bueno. Pero notar toda la espalda como si fuese una alfombra, es algo que no me gusta nada.

Le quité la camiseta del todo, la vista ya se me había acostumbrando a ver en esas condiciones, y vi como, para colmo, por los hombros asomaba como un peinado afro en toda regla. No había duda, estaba con un oso. Y encima el tripón que caía sobre mí, lo confirmaba aún más.

Yo hasta ese momento iba también tieso pero fue tocarle y verle esa zona cuando mi erección…simplemente desapareció.

Había estado con muchos tíos peludetes (y de hecho los prefiero) pero esa barbaridad de pelo no la había visto nunca en un tío.

Él se incorporó al notar mi reacción y me preguntó que qué me pasaba, si era que no me gustaba o algo así.

Yo, como siempre, no me gusta herir a la gente de forma gratuita y le comenté que no era por él, que era por mí, que no estaba seguro de lo que iba a hacer (o alguna cosa así solté).

No fue mi mejor respuesta pero estaba claro que el tío no me gustaba y viendo el estado de relajación de mi polla, poco iba yo a poder hacer para remediarlo. Así que le comenté que lo sentía mucho pero que me iba a ir.

Como su cara de cabreo iba a más, me acordé de aquélla vez que quedé con un tío y me arrepentí en el último instante porque yo tenía pareja, así que le comenté eso mismo, pensando que la reacción iba a ser al menos como la de aquella vez, pero nada más lejos de la realidad.

El tío, como buen oso, sacó enseguida las garras y empezó a insultarme, diciéndome que si yo iba de calientapollas por la vida, que a él nadie le dejaba tirado de esa forma, y que no estaba para perder el tiempo con gilipolleces. Que íbamos a follar sí o sí.

Yo a las buenas, soy bueno, pero a las malas, no tanto, así que le dije que él sí que me había hecho perder el tiempo a mí con el coñazo de vídeos que me había hecho tragar, y que encima, a la hora de follar, podía haber avisado antes que era un oso y que no a todos nos gustan tanto los “animales ” como para follar con ellos…

A partir de ahí empezamos a decirnos burradas los dos, a grito pelado. Mientras, empecé a vestirme lo más rápidamente posible, ya con unas ganas de salir de allí por patas que ni os imagináis.

Aún en el rellano, el tío siguió insultándome sin importarle los más mínimo los vecinos, con lo que cuando llegó por fin el ascensor, pude respirar aliviado.

Como es de esperar, nunca más le volví a ver, quedando esta experiencia como la más “salvaje” con un tío que he tenido nunca.

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Cita a ciegas

Cita a ciegas

LLegó un momento en que empecé a plantearme si el follar sin más ni más me llenaba o realmente yo lo que buscaba era encontrar una pareja que me durase algo más que unos pocos meses.

El hecho de que mis amigos (heteros) ya tuviesen parejas de años, y empezasen ya a invitarme a sus bodas, todavía hacía que tuviese más ganas de encontrar a alguien con quien compartir mi vida.

Fue ese estado de “desesperación” temporal lo que me llevó a aceptar una cita a ciegas que me propusieron.

Con mi amigo el murciano, del que os hablé aquí, seguía teniendo más o menos contacto por Internet, y todas estas cuestiones se las contaba habitualmente. Él, aparte de conmigo, llevaba un tiempo en el que hablaba también con otro valenciano por el chat, y no se le ocurrió otra cosa que organizarnos a ambos una cita para ver si congeniábamos.

Por lo que me comentó, él había cortado hacía poco tiempo con su novio, con lo que estaba abierto a conocer a gente nueva, y yo acepté porque tampoco perdía nada en el intento.

Recuerdo que como era la época del msn aún (¿o era ya Skype?) nos unió a la conversación a los tres en plan party line y acordamos vernos en la playa el fin de semana, ya que ya empezaba a hacer muy buen tiempo y a los dos nos apetecía ya tirarnos en la arena.

Ese mismo sábado, allí que me fui con mi toalla y equipo de baño al completo para verme con el “desconocido”. Para reconocernos, quedamos en la posta sanitaria de la cruz roja que había cerca del paseo marítimo y nos dijimos el color de la toalla que llevaríamos (ya que por la foto que nos habíamos visto del msn no iba a ser suficiente para identificarnos).

A los cinco minutos de llegar, apareció el chaval y ya me di cuenta de lo poco que íbamos a tener en común. El tío llevaba mechas rubias que es algo que en un tío ya de por sí me echa un poco para atrás. Iba vestido con camiseta de tirantes negra con un par de tallas menos a la suya para  así marcar musculitos (que los tenía) y un slip amarillo chillón o fardahuevos que es como yo solía llamar al invento. Como remate, un dragón supercantoso asomaba tatuado sobre su hombro izquierdo.

Era lo que yo suelo llamar un “machofucker”, que para follar, igual muy bien, pero esa cita, en teoría no era para eso.

Aún así, tampoco quería prejuzgarle por su aspecto, ni dejar en mal lugar a mi amigo el murciano, así que intenté tener mente abierta  y conocerle un poco mejor.

Sin embargo, tumbados ya en la arena y hablando un poco de todo me percaté pronto de que con ese tío sólo iba a haber un tema de conversación: su ex. Y no es por nada, pero quedar con alguien y que no deje de hablar de su expareja, aparte de inoportuno puede resultar un coñazo de los grandes.

El tío me comentó que había cortado recientemente después de cinco años de pareja, y comenzó pronto a hablarme de cómo era su exnovio, y cómo era la familia de su exnovio, y también de qué raza era el perro de su exnovio… LLegó un momento en que sabía mas de la vida de su ex que de la suya propia. Yo trataba de cambiar de conversación en todo momento pero ya se las apañaba él para darle la vuelta a lo que hablaba para acabar hablando de su expareja de nuevo.

Me comentó que se habían llegado a “casar” (en una época en la que aún no habían bodas entre gays en España ni siquiera se había planteado aún su existencia), por lo que muchas veces se refería a él como su “ex-marido”, que recuerdo que fue la primera vez que oí a un tío decir eso y me chocaba un poco.

También llegó a hablarme de detalles que igual no eran del todo necesarios, pero que al menos le daba cierta vidilla a la conversación. Y es que por lo visto eran una pareja bastante abierta. Tanto que habían hecho bastantes orgías, tríos, incluso jueguecitos de glory holes, y cosas así. Me comentó cosas que entonces (bastante inocente aún según para qué), me sorprendían mucho, como que quedaban con tíos a oscuras para que pasasen directamente a su cuarto para follar sin hablarse. O que a veces uno se escondía en las cortinas para ver cómo su pareja follaba con otros sin que lo supiera.

Por cierto que por todo eso, me resultó bastante curioso el hecho de que su ruptura fuese por cuernos. Y es que por lo visto había pillado una conversación que daba a entender que su pareja había repetido a escondidas con uno con el que habían quedado los dos, y se pilló un cabreo tremendo que acabó por romper su relación. (Que yo pensaba que una pareja tan abierta los cuernos no afectaban tanto, pero se ve que sí).

Total que al final como yo ya no tenía demasiado interés en conocer más cosas de su expareja, ni veía que él tuviese tampoco interés ninguno en mí (yo creo que ni me preguntó a qué me dedicaba o qué hacia en mi vida. Para mí que ni siquiera fue capaz de recordar cómo me llamaba), hice al poco como que me habían mandado un sms superimportante (excusa muy original ¿verdad?), y me largué más pronto que tarde.

Por supuesto que no volvimos a quedar, y ya le dije al murciano que nunca más me organizase ninguna cita a ciegas, y más con alguien con quien no pegaba ni con cola.

Así que volví al folleteo promiscuo para, hasta que volviese a encontrar a la pareja de mis sueños, pasar el rato como mejor se me daba por aquel entonces.

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Boca a boca

Boca a boca

La primera vez que descubrí el morbo que me daba el juego de voces a través del teléfono fue por medio de algo bastante inocente. Bueno, no tan inocente, me explico.

En la época previa a Internet, redes sociales y todo lo demás, una de las pocas formas de contacto que había sin moverte de casa era a través de las páginas de contacto de los periódicos.

Yo por aquel entonces no sé muy bien qué edad tendría, pienso que todavía adolescente, y una vez que me quedé solo en casa, me armé de valor y llamé a uno de esos teléfono que se anunciaban en plan “Hombre, 20 años, vicioso. Hago lo que quieras”.

Nada mas descolgar el teléfono oí una voz de mujer que se presentó y me preguntó que qué buscaba exactamente. Yo, al oir una voz femenina no supe cómo reaccionar y colgué el teléfono pensando que me había equivocado al marcar.

El hecho es que no me había equivocado y pegando un repaso al resto de anuncios de la página me fijé que el mismo número se repetía para “experimentado de 35 años”, “rubia tetona de 19” o “morena calentorra de 27 años”. Es decir, era un teléfono de una agencia de contactos en el que tendrían en plantilla tanto hombres, como mujeres.

Pasados cinco minutos, volví a llamar. Esta vez sí se puso un hombre con una voz calentorra que me gustó desde el minuto uno. Me preguntó si era el que había llamado antes, si era tímido, y si quería estar con alguno de ellos. Que lo pasaríamos bien y mil cosa más. Yo sólo comenté que era novato y me dijo que no me preocupase, que él me podría enseñar todo lo que sabía..

En ese momento me entró un ataque de vergüenza y colgué el teléfono con un empalme que ya me hacía daño dentro de los vaqueros. Unas simples palabras con una voz masculina habían conseguido excitarme como nunca hasta ese momento, cosa que aproveché para hacerme una buena paja.

Me di cuenta en ese instante que un simple teléfono sería otro de mis objetos sexuales preferidos.

Años después, por casualidades de la vida, comencé a trabajar de teleoperador. El trabajo en sí me pareció un coñazo y la empresa era lo más parecido a una secta que había conocido nunca, pero el tema de escuchar a la gente cuando te llamaba, muchas veces, me ponía. Había voces y voces, claro, pero como encima te salía en pantalla la edad del que te llamaba en ese momento, muchas veces no podía evitar imaginarme cómo era la persona que estaba al otro lado. Seguramente no acertaría en nada, pero la imaginación en estos casos, funciona y de qué manera.

Además, en el sentido contrario, por la puntuación que te daban los clientes en la típica encuesta post-llamada y en las valoraciones que te hacían los jefes en las escuchas, yo siempre era uno de los mejores valorados por dos motivos: empatía o cercanía con el cliente y sobre todo por mi voz. Una voz, que aunque a mi nunca me ha gustado (algo normal), a otras personas por lo visto sí gustaba.

Tanto era así, que por ejemplo, en la época del videoclub porno, era yo el encargado de llamar y “amenazar” a los clientes que no habían devuelto las películas a tiempo porque mi voz acojonaba, ponía un tono de poli malo que a mis compañeros les flipaba bastante.

Así que era cuestión de tiempo que un día entrase al chat y me fijase en un canal llamado “sexo telefónico” , al que durante un tiempo de mi vida le saqué mucho partido.

En ese canal había mucho fetichista que le molaban los juegos de rol. Es decir, tíos que si les llamabas se harían pasar por mujeres, que les iba el rollo padre/hijo (figurado), que les gustaba montarse fantasías o recrear historias inventadas.

Yo lo único que quería era hacerme una paja “acompañado” y listo.

Generalmente la gente con la que contactaba era de otra ciudad por motivos evidentes. La mecánica era más simple que el funcionamiento de un botijo: Te describías más o menos físicamente (a mí me interesaba más que nada la edad del otro), te dabas el teléfono y comenzabas a hablar, soltando todo tipo de cerdadas para calentarte mutuamente.

Lo divertido para mí era, a partir de pocos datos, imaginarte a la otra persona. Yo muchas veces estaba seguro de que la otra persona mentía (todos con pollones, todos supercachas, todos impresionantes), pero si la voz era morbosa, el resto me daba igual.

Al teléfono a mí me gustaba mandar, ser yo el activo y calentar al que estuviese al otro lado de la línea telefónica. Y por lo visto, funcionaba.

Yo empezaba la conversación preguntando cómo iba vestido,  y después insinuaba que se fuesen desnudando poco a poco, hasta quedarse en bolas.

Después le decía que imaginase, que me ponía detrás de él, rozándole con mi cuerpo que en ese momento ya estaba ardiendo. Que le abría las piernas lentamente hasta que le empezaba a restregar mi polla por el culo. Que mientras le mordisqueaba el cuello, y le inclinaba sobre la mesa del comedor donde le iba a follar a saco.

A veces me ponía incluso más cerdo que en persona diciéndoles todo esto y si el otro entraba al trapo y empezaba a gemir, sabía que la cosa iba bien.

El final, claramente era conseguir que el otro se corriese. Y lo hacían, vaya si lo hacían, o por lo menos algunos lo simulaban muy bien. El que no fingía era yo, y siempre solía terminar mis conversaciones eyaculando, exhausto con el teléfono en la mano y la corrida sobre mi cuerpo.

Los teléfonos generalmente después se borraban (si es que no habíamos hecho la llamada con número oculto) y nunca más volvíamos a tener contacto.

Esto yo no sé ni cuantas veces lo he hecho en mi vida, e incluso durante una época lo llegué a preferir antes que el sexo de verdad.

Para mí era el paradigma total de “sexo seguro”, evidentemente, y además era algo superdiscreto y que te evitaba muchos malos rollos posteriores.

Pero esa época, por suerte o por desgracia, ya pasó y aunque ya no practico sexo telefónico, cada vez que escucho a ciegas la voz de un tío no dejo de imaginar cómo sería escucharle excitado.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

El pequeño ruiseñor

El pequeño ruiseñor

Si me seguís de vez en cuando, os habréis dado cuenta de que a mí el rollo papaíto me ha gustado siempre, así que el morbillo de estar, de vez en cuando, con algún hetero curioso, tenía su punto.

Con el que os voy a hablar hoy contacté por mi chat de siempre, y después de intercambiar un poco las impresiones de cada uno y pasarnos foto (esta vez sólo de cara), me planté en su casa.

Generalmente los tíos casados preferían quedar fuera de su casa, por motivos evidentes, pero aprovechando que su mujer y su hija (pequeña) iban a estar fuera todo el fin de semana, me invitó directamente a su domicilio con la excusa de estar más cómodos.

El chaval no es que fuera especialmente guapo, pero tenía un puntito atractivo que me gustaba, y era su barbita (aún no habíamos llegado a la época de la sobreexplotación hipster de la barba actual).

Nos tomamos una copa antes de romper un poco el hielo (momento que aprovechó para explicarme que eso sólo lo hacía de uvas a peras -“porque no era marica”-), y después nos fuimos ya a su cama.

Reconozco que empezar a enrollarte rodeado de fotos del tío con el que estás y su mujer por todos lados, aunque tiene su morbo, da un poco de mal rollo (por lo menos a mí, por colaborar en cuernos ajenos), pero como siempre, al empezar a enrollarnos, la sangre comenzó a dejar de regar mi cerebro.

Mi empalme ya empezó a ser evidente y teniendo al tío morreándome encima de mí, comencé a meterle mano al culete, toqueteando unas nalgas bastante firmes. Mientras, poco a poco, ambos empezamos a desnudarnos.

Al final nos quedamos ambos en calzoncillos, momento en que me dí cuenta de que aunque mi empalme era evidente, el suyo, en cambio, brillaba por su ausencia. Le comenté si estaba agusto, si yo le molaba y él me dijo que sí en todo momento, y me parecía sincero, con lo que algo en concreto no me cuadraba en la situación.

Y fue en el momento de desnudarle totalmente cuando encontré el motivo.

Siempre había oído hablar de los micropenes, pero hasta que no te cruzas con uno no te haces una idea real de a qué se refiere esa definición. Aquello, que realmente estaba empalmado, no sería más grande que mi dedo pulgar. De hecho, sus huevos abultaban más que la polla, con lo que el aspecto en sí era más parecido a tres testículos, o un apéndice, que a un miembro viril en erección.

Lo curioso es que él no parecía preocupado por su situación. El tío en ningún momento me comentó “mira, me pasa esto…” o “espero que no te sorprenda…” o algo así. No. Para él era como una situación supernormal, así que para no herir sus sentimientos, intenté actuar como si tal cosa.

De hecho comencé a comerle los huevos, que es algo que me gusta bastante, pegándole de vez en cuando a su pollita algún lametón que otro (porque otra cosa no podía hacer con eso), y él parecía disfrutarlo mucho.

Lo que no entiendo es cómo pensando en todo aquello, no se me bajó a mí la erección, porque he de reconoceros que en ese momento, no tenía la cabeza en ese lugar, evidentemente.

Y es que, mientras, no dejaba de pensar en su mujer, en su pobre mujer. E incluso que no entendía cómo podía haber tenido una hija, porque esa polla difícilmente le entraría a su mujer unos pocos centímetros. Igual cuando eyaculaba, soltaba el chorro a mucha distancia, y la habría embarazado así, porque de otro modo yo lo veía complicado.

Por suerte, pronto me dijo que quería chupármela para que yo también disfrutara, cosa que agradecí en ese momento, ya que mi mente había comenzado a divagar por sí sola.

Hubo un momento gracioso y fue cuando me comentó que él no me quería penetrar, que no le molaba eso con un tío. Y lo dijo tan convencido, que es lo que mas me sorprendía de todo, cuando era evidente que no es que no le molase, es que realmente no sé como me lo podría haber hecho.

Al final de tanto movimiento y roce, llegó el momento de la eyaculación, que la mía fue menos caudalosa que otras veces (motivo evidente), y la suya tampoco es que fuese nada del otro mundo, volviendo a confirmar que no sé cómo había podido embarazar de forma natural a su mujer (a su pobre mujer).

Antes de irme, abrazados los dos en la cama, tuvimos una breve conversación:

– No has comentado nada.

Yo, haciéndome el tonto, pregunté:

– ¿Comentado algo sobre qué?

– Siempre lo he tenido así, pero bueno, se agradece que no hayas hecho comentarios.

Intentando quitarle hierro al asunto, sólo le dije que no pasaba nada pero que podía habérmelo advertido antes, así no me hubiese llevado la sorpresa.

Entonces él, sin un ápice de vergüenza me soltó:

– Es que en mi época los ombligos los hacían que cicatrizasen hacia afuera, y por eso tiene ese aspecto tan raro…

¿¿El ombligo?? Mirándole la polla ni siquiera había reparado en su ombligo, que sí, que lo tenía hacia afuera y no era muy bonito que digamos, pero como para fijarse en algo así…

En serio que con ese hombre no entendí nada. Vale que está bien no tener complejos de ningún tipo y tampoco iba a ser yo quien le provocase un trauma, pero yo creo que tanto si es por encima de la media como si es por debajo, la gente debería advertir de lo que tiene, ¿no creéis?

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