La Trastienda

La Trastienda

No hace mucho, un sábado por la mañana,  recibí un mensaje del Wapo en el que con el típico “qué cerca sales” un tío me entró con ganas de cachondeo. Esa charla,  bastante divertida, acabó derivando en si tenía huevos o no de ir a llevarle  un café  a su trabajo (una floristería) puesto que no había podido desayunar en condiciones. A mí basta que me digan “a que no eres capaz” para hacer algo (en eso soy bastante inmaduro), así que compré un cafetito en un bar y hacia su trabajo que me fui.

Cuando llegué, el tío alucinó porque pensó que no iba a ser capaz de llevarle el café prometido. Antes de ir ya nos habíamos mandado fotos y yo le había dicho cómo iba vestido, para así evitar confusiones. Estuvimos charlando un poco hasta que me dijo que pasase a su trastienda.

Un poco de charla entre nosotros y ambos nos dimos cuenta de que había algo de tensión sexual y que no íbamos a tardar demasiado en resolver.

Al poco empezamos a comernos las bocas, y el empalme fue casi instantáneo. El problema era que siendo un establecimiento abierto al público, la gente entraba a cada rato por lo que mucho, mucho no podíamos hacer…o eso pensaba yo.

Cada vez que entraba alguien, un sonido como de pájaro nos avisaba en la trastienda por lo que él se adecentaba un poco y salía como si nada. El tema es que la cosa se fue calentando y cada vez que salía, la hinchazón de su paquete era cada vez mayor por lo que intentaba con la camiseta tapar lo que podía. A mí la verdad es que el hecho de que entrase gente a cada rato empezó a darme morbo así que intenté sacarle partido a la situación, con lo que empecé a desnudarme poco a poco. Cada vez que el volvía de atender al público yo iba cada vez más desnudo hasta que acabé totalmente en bolas y él ya subiéndose por las paredes.

Entraba, nos enrollábamos y el salía al mostrador ya como podía. En una de tantas, en la que él se llegó a quedar desnudo de cintura para abajo,  tardó tanto en arreglarse y salir (su polla no bajaba) que ya empecé a darme cuenta de que la situación se nos estaba yendo de las manos, por lo que pisé el freno. Para enfriar un poco la situación, mientras él atendía fuera decidí vestirme de nuevo…y menos mal que lo hice. Cinco minutos después llegó su hermana a hablar con él y entró en la trastienda donde se encontró conmigo.

La cara del tío al entrar era un poema, aunque al verme ya vestido se relajó un poco. Me presentó como un amigo que había ido de visita y yo saludé cordialmente, diciendo que ya me iba para evitar una situación incómoda y posibles malos rollos. Nada más salir del local me escribió un mensaje diciendo que por favor no me fuese muy lejos, que su hermana estaría poco tiempo. Y así fue, unos 15 minutos después me dijo que volviese y acabásemos lo que habíamos empezado. Y eso hicimos.

Por fin cerró el local y en la trastienda dimos rienda suelta al calentón que llevábamos acumulado.  El sofá y la silla que tenía nos dio mucho más juego del que pensábamos y la corrida de ambos fue de campeonato (por cierto que me alegró dar con otro igual o más lechero que yo, que ya es).

Cuando acabamos, le ayudé a cerrar la tienda y hablamos un rato, de mi vida y sobre todo de la suya, con una situación familiar, bastante más complicada.El chico era dueño a partes iguales con su mujer de la floristería.  Sí, de él y su mujer. Yo me quedé en ese momento un poco helado,  y me percaté de que no llevaba anillo de casado, aunque tampoco eso significaba mucho. Me confesó que aunque su matrimonio estaba ya roto, y en vías de divorcio, como socios del negocio seguían tan normales y por motivos económicos a ambos les interesaba que siguiese siendo así. También por esos motivos, seguían compartiendo domicilio conyugal. Estaba claro que con este tío lo único que tendría sería sexo y en ese momento me pareció bien.

Días después me escribió de nuevo. Quería ver si podíamos quedar de nuevo en su tienda para repetir lo mismo. Y lo repetimos. Sin embargo, una experiencia nueva tiene su morbo la primera vez, la segunda… pues ya no tanto.

Aún intentó que hubiese una tercera vez, pero a mí ya no me apeteció. Supongo que se quedaría bastante chafado por el mensaje que le envié, dejándole claro que no siempre iba a estar a su disposición (“cuando dejo de estar caliente, vuelvo a ser persona”), así que la cosa ya quedó en nada.

Él pareja no buscaba, supongo que lo único tener un follamigo para quedar de vez en cuando, y yo pensé que para eso mejor era tener a alguien con una situación bastante menos complicada que la suya.

Bueno, eso pensé yo o eso me dije a mí mismo, puesto que de nuevo pensar en iniciar algo con alguien (sea ese algo lo que fuese) me había empezado a poner nervioso…

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Estación Central de Brasil

Estación Central de Brasil

La época estival que ahora está acabando es la época del año en la que más activo estoy sexualmente. Bueno,  mejor dicho, con ganas estoy todo el año pero es durante esta época en la que esas ganas se materializan más. Yo supongo que se junta no sólo las ganas, sino también el calor, y esa desinhibición propia de estos meses, que hace que todos (creo yo) liguemos más.

Al principio del verano, estando en la playa un domingo por la mañana recibí un mensaje por mi app de ligoteo de cabecera. Generalmente lo que entra más por los ojos es la foto que ponga el otro en el perfil, pero en este caso la fotografía (un primer plano de su boca) tampoco es que llamase demasiado la atención. Lo que sí tenía el chico era labia, porque empezamos una conversación con bastante facilidad. Tanto que al poco ya me estaba invitando a ir por donde él vivía para tomarnos algo. Y fui.

Generalmente antes de quedar con alguien se pide foto de cara (o de cuerpo) para ver antes lo que te vas a encontrar después, pero en este caso ni el la pidió ni yo a él tampoco. En eso estaba pensando cuando llegué al lugar donde habíamos quedado y mientras le estaba escribiendo vi un tio apoyado en un árbol que me miró, mientras él también escribía por el móvil. El hombre en cuestión iba vestido por su peor enemigo, con el pelo color azul pálido, y varios piercings en las orejas. También llevaba un barrigón de campeonato y la camiseta a duras penas podía taparle el ombligo. Cuando vi tal imagen, y pensé que podía ser mi cita, me dije a mí mismo que era mejor tomar las de Villadiego y de una forma educada soltar alguna excusa. Eso  me disponía a hacer cuando recibí un mensaje en el  que el tío me decía que me estaba esperando en su casa y que cuando estuviese cerca le avisase. Respiré tranquilo al darme cuenta de que me había equivocado de persona.

Llegué a su portal y para evitar una posible situación incómoda, dado el tío que me había encontrado en la calle, le dije que mejor bajase y nos fuésemos a tomar algo. Cuando bajó respiré, aliviado, porque el chico estaba bastante bien. Con barbita recortada, moreno, y de aspecto en general bastante agradable.

Hablamos y nos tomamos una cervecita y enseguida note por el acento que no era de por aquí. Me dijo que realmente era brasileño y automáticamente me vino a la mente el otro brasileño con el que estuve hace años y del que os hablé aquí.

Subimos a su casa y en contra de lo que pudiera parecer, no fue un aquí te pillo y aquí te mato. El hombre tenía conversación. Me comentó que había venido hace 25 años desde su pueblo natal en Brasil a completar sus estudios de ingeniería. En Brasil había trabajado incluso en algo de temas ferroviarios, pero sin embargo, una vez la crisis empezó en España, tuvo que dejar aparcada su profesión y dedicarse a lo que hacía ahora, organizar eventos de todo tipo (reciclarse o morir, supongo). El hombre me pareció majo, incluso me invitó a comer. No fue hasta llegar al postre cuando empezamos a enrollarnos.

Sí que me gustó que el tío, encima, era bastante limpio y antes de ir a más, pasamos los dos por la ducha. Ahí nos enjabonamos por todos lados  (todos todos) y nos empezamos a magrear y sobarnos de arriba abajo.

Lo que más llamaba la atención, como buen brasileño, era el pedazo de culo que se gastaba. Dos brasileños con los que he estado y los dos con culazo, con lo que no creo que sea casualidad la fama que tienen en el resto del mundo.

Encima al tío, como a mí, le gustaba besar. Del baño pasamos al comedor, al sofá, donde seguimos enrollándonos, y de ahí a la cama. El tío me daba morbo, yo por lo que parecía también a él, y los dos íbamos calientes como una plancha, así que la jornada resultó perfecta.

Después de las pajas de ambos (porque no llegamos a follar) aún estuvimos un rato de charla desnuditos en la cama, el boca abajo y yo sobándole el culete.  Al final, que a lo tonto se nos iba a juntar la comida con la cena, decidí irme, no sin antes intercambiarnos los teléfonos, por si acaso.

Días después, estando en casa, recibí un mensaje de él diciendo que estaba por mi barrio (le había dicho donde vivía) y que acababa de salir del trabajo, por lo que le apetecía una “ducha, un helado y un abrazo”.

Fue recibir el mensaje y no sé muy bien porqué, me entró un agobio a las primeras de cambio. Era un miércoles, había tenido un mal día en el curro y lo que más me apetecía era cenar algo rápido y acostarme, con lo que su mensaje me descolocó un poco.

No tenía ningunas ganas de quedar con él. El polvete había estado bien, pero no sé si lo que el quería era repetir la quedada sexual o esa segunda cita es que quería algo más. En mi cabeza se empezaron a agolpar un montón de sentimientos encontrados que acabaron por hacerme escribir lo siguiente “no tengo helados en casa y es tarde, mañana madrugo ,así que lo siento pero no”.

Su mensaje fue simplemente un “ok, perdona si te ha molestado”, que me hizo sentir bastante mal.

Tiempo después, me volvió a escribir, pero justamente esos días yo estaba fuera, de vacaciones, con lo que, encima, yo creo que pensó que le estaba dando largas de nuevo, así que aún quedé peor. Me contestó con otro mensaje que denotaba que esa vez el molesto era él.

Aun intenté escribirle yo, tiempo después, y fue él quien me dijo que estaba fuera, con un mensaje supercortante que me hizo ver que alargar esta situación ya no tenía demasiado sentido.

Era la primera vez en bastante tiempo que alguien intentaba quedar conmigo  para una segunda cita y sin embargo, yo eché por la borda esa oportunidad, no sé si voluntaria o involuntariamente.

Lo peor de todo es que en este verano, no ha sido la única vez que me ha pasado.

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The Company Men

The Company Men

Una de las cosas que más echas en falta cuando cambias de ciudad es a los amigos. El hecho de poder salir por ahí con colegas, pasa  a cero durante las primeras semanas, con lo que la sensación de desapego todavía se hace mayor.

Por suerte se puede decir que siempre he sido bastante sociable, con lo que en esas circunstancias, las ganas de conocer gente nueva se amplió considerablemente.

Igual por eso desde el principio hice tan buenas migas con mi nuevo compañero de trabajo.

Por eso y porque siendo la mayoría de compañeros unos señores de cierta edad (algunos ya al borde de la jubilación) el que me pusieran con alguien de mi quinta facilitó mucho las cosas.

Cuando me lo presentaron me pareció un chico guapete, sin más, y me preocupé más de si era o no buen tío que de otra cosa. Con el tiempo, la relación profesional fue pasando a un segundo plano, comenzando una relación ya de compañeros y finalmente de amistad.

Nos acostumbramos entonces a salir a tomar unas cervezas fuera del trabajo, ir a ver alguna película,  tumbarnos en la playa, o a cualquier cosa que se nos ocurriese.
También conocí a amigos suyos, y al final esa sensación de desarraigo se fue mitigando.
Era un buen tío y los dos congeniamos bastante.

Sí me llamaba la atención que a pesar de ser un chaval de cierta edad (treinta y tantos entonces), no tuviese novia ni hablase de chicas. Yo tampoco hablaba demasiado de tías, más que nada porque por aquel entonces lo que tenía era novio,  y era algo que en ningún momento se me ocurrió comentar.  Ni tampoco preguntárselo a él.

Las veces que cambiaba de trabajo sí me proponía que a las primeras de cambio diría que soy gay, y ya está. Pero luego ni encontraba el momento, ni la ocasión, ni nada que justificase que yo me abriese así a las primeras de cambio. Sin embargo, tampoco después encontraba el momento ni el lugar.

En este caso sí estuve un par de veces apunto de comentárselo a él. Más que nada porque sospechaba que él también lo era. Pero como así estaban bien las cosas, y por aquel entonces yo no buscaba nada más, lo dejé pasar.

Tanto lo dejé pasar que llegó un momento en que yo finalmente pude volverme a mi ciudad, pues mi etapa en el “extranjero” había llegado a su fin.

El ultimo día, recuerdo que nos hicimos unas cervezas de despedida y me confesó que me iba a echar mucho de menos en el trabajo, tanto a nivel profesional como personal. Su despedida me tocó bastante la fibra e incluso me hizo pensar que, tal vez, mis sospechas no estuviesen mal encaminadas.

Durante los siguientes meses la verdad es que mantuvimos el contacto gracias sobre todo a las nueves tecnologías, tipo whatssap, que hacen que por lo menos cualquier despedida no sea del todo definitiva.

Pues bien, hace unos meses, ese compañero de trabajo se incorporó a un nuevo puesto de trabajo, y esta vez, lo que son las cosas, ese puesto está en mi ciudad.

En este tiempo nos hemos vuelto a ver, cada vez de forma más asidua. Hemos retomado nuestros momentos de cervezas,  nuestras frikadas,  y nos hemos dado cuenta de que aquella amistad continúa intacta. Como si el tiempo no hubiese pasado.

Él sigue soltero, igual que cuando nos conocimos, solo que esta vez yo también estoy soltero y sin compromiso.

Sin embargo, como entonces ni yo le he comentado nada a él de mi sexualidad, ni por supuesto él a mí.

Que él esté soltero no tiene porqué significar matemáticamente que sea gay, eso está claro, pero hay ciertas cosas que me hacen pensar que sí lo es (¿sexto sentido?), pero la verdad es que sigo sin tenerlo del todo claro.

Hay un dicho que es bastante esclarecedor (y bestia como él solo) que dice más o menos que “más de 30 años y soltero, maricón o putero” y bueno, mucha pinta de puteros no tenemos ninguno de los dos…

Podría arriesgarme (y que sea lo que Dios quiera), pero hay dos posibles situaciones que me tiran para atrás: que sea hetero y al meter la pata, nuestra amistad quede afectada, o que sea gay y yo no le atraiga lo más mínimo (cosa de lo más lógica por otra parte).

De momento, casi que prefiero quedarme como estoy, como amigos y con esa tensión sexual no resuelta (por mi parte) que al menos da cierta vidilla a mi (por momentos) aburrida vida.

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Hellbent

Hellbent

Uno de los problemas de las películas de temática es que la mayoría de veces tratan temas de amor, en el que las parejas sufren. Que si no han salido del armario y lo pasan mal, que si son amores entre hombres casados y han de permanecer ocultos, que si hay diferencia de edad y por eso, también, sufren…Total, que la mayoría son unos dramas.

Quizás por eso, no me suelen gustar demasiado las películas de temática. Más que nada porque así en general, y en el cine en particular, ni me gustan los dramones ni las pelis de amor.

Por eso me sorprendió gratamente dar hace poco con una página de Internet con películas gays de terror. Y no hablo de una o dos películas sino que hay bastantes para elegir. De momento 129 para ser exactos.

La primera que me dio por ver fue una de un prolífico director llamado David deCoteau. Viendo que tenía muchas y de todo tipo, me dio por elegir una llamada “Beastly Boz” (por la carátula más que nada) y fue un verdadero error.

Esta película es un esperpento de principio a fin. Enfocada tipo película de arte y ensayo lo único que tiene es a chicos cachas enseñando torso y poco más. Con unos diálogos casi testimoniales, el argumento en sí es lo de menos, porque hacía mucho que no me aburría tanto con una película.

Por suerte, y descartando el resto de películas de este autor, del que no pienso ver más, se me ocurrió intentarlo con otra llamada “Hellbent” (gracias a que en los comentarios de la página la recomendaban), y menuda sorpresa me llevé.

Si os gusta las películas tipo Slasher (asesino en serie) ésta es una muy buena elección. También es verdad que yo tengo debilidad por las películas rodadas en tiempo real,  supongo que porque de pequeño me marcó la película “¡Jo, qué noche!” (1985) de Martin Scorsese.

En esta película por tanto todo sucede en el tiempo que dura la película (84 minutos) y durante la noche de Halloween en el West Holllywood, donde un asesino en serie parece que va cargándose a los tíos del lugar sin un motivo aparente.

El  protagonista, Eddie, he de deciros que está bastante bien, con una sonrisa que desarma a cualquiera. El actor, en realidad, se llama Dylan Fergus, y más allá de esta película no lo he visto en ningún sitio más (lástima).

Encima, el prota, aparte de estar bueno es que se pasa toda la película vestido de policía y eso, como ya sabéis quienes seguís mi blog, es algo que me pone mucho (bueno, mucho no, muchísimo). También me pone, por cierto, el amigo cachas bisexual que sale con él de fiesta, Chaz, un tío llamado Andrew Levitas que, como en el caso del protagonista, no he tenido el gusto de ver actuar en ningún otro papel. Y también está el chaval de la moto, y objeto de deseo de Eddie, un tal Jake (Bryan Kirkwood) que encima va de chulito cachitas y madre mía el morbo que da. Yo creo que incluso al amigo gracioso de todos ellos, Joey (Hank Harris), le encuentro también su puntito…

Pero más allá de estos simples detalles  (ejem, ejem) he de deciros que es que la peli está muy pero que muy bien.  Para ser de hace unos años (concretamente de 2004)  no ha perdido demasiado, y tiene todos los ingredientes del género que hacen que a mí personalmente, me gusten mucho este tipo de películas.

Así, por ejemplo, el malo va con un disfraz como de demonio, con sus cuernecillos, que en sí mismo está muy logrado (algo así como el disfraz con la máscara de  “Scream” o el pescador de “Sé lo que hicisteis el último verano”).

También los asesinatos están muy bien planificados, por encuadres de cámara y demás, con lo que hace que te involucres totalmente en la película.

El grabarlo todo de noche en un mismo escenario y pasar de espacios amplios a ir poco a poco reduciendo las localizaciones (del bosque a una discoteca y de ahí a la casa del protagonista) también es algo típico del género y que en este caso funciona además, de manera espectacular, y a pesar de haberse gastado cuatro duros.

Por último, y como buena película del género que se precie, tiene además alguna que otra escena de esas que marcan la diferencia y que la hacen sobresalir por encima de la media. Así, en este caso, y gracias al ojo vago del protagonista, hay un par de momentos  memorables que podía haber filmado el mismísimo Wes Craven en sus mejores tiempos.

Vamos que me encantó la peli y creo que gracias a ella seguiré viendo más películas de este tipo.

Al menos me he dado cuenta de que en la definición de temática hay mucho más cine del que me imaginaba.

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Intocable

Intocable

Para intentar contrarrestar un poco lo deprimente que resultó mi post anterior, quería hablaros hoy un poco desde la esperanza.

Y es que no todo en la búsqueda de nuevas relaciones ha resultado tan triste.

Hace unos meses, en Skype, me apareció un contacto al que no recordaba de nada.

Si lo tenía agregado es porque en algún momento del pasado, él y yo habíamos hablado, claro, pero ninguno de los dos recordábamos ni el dónde ni el cuándo. Eso no pareció un impedimento para empezar una conversación, y de hecho al poco, ambos nos dimos cuenta de que nuestras charlas comenzaron a ser bastante fluidas. Y eso a pesar de que los dos éramos bastante diferentes

Él, heterosexual y viviendo con su novia. Yo, gay, y soltero, viviendo solo. Fue, de hecho por esa sensación de soledad cuando casi sin darme cuenta fui abriéndome a él poco a poco. También él, aunque reacio en un principio, fue cogiendo confianza conmigo, iniciando ambos, casi sin darnos cuenta, una curiosa amistad.

Tanto nos fuimos abriendo que al poco ya nos empezamos a confesar nuestros morbos sexuales. Así, resultó que él, a pesar de su heterosexualidad, tenía un morbo desde hacía años y era ver a dos tíos montándoselo entre ellos. Pero no en una película (de hecho, no le gustan las porno), sino en directo, ejerciendo él más bien de director de la escena erótico-festiva. Yo sobre eso le comenté que estando yo sin pareja lo veía difícil, cuando además tampoco estaba pasando por una etapa demasiado activa sexualmente.

Entonces ya me dijo que bueno… que si no era con dos tíos entre sí, con uno sólo le valía, y que ya cumpliría la otra fantasía cuando pudiese

Fue a partir de esa conversación cuando empezamos a poner la cam por Skype, aunque no enfocando la cara precisamente…

Así nuestras charlas, aunque seguíamos hablando de todo, comenzaron a acabar con un desahogo monumental entre nosotros. Hablando en plata, que acababan en paja.

El siguiente paso, claro, ya fue intentar quedar en persona.

Comenzamos poco a poco a tratar ese tema, y aunque no poníamos aún fecha y hora, sí empezamos a pensar en cómo podría ser nuestra primera cita. De todo lo que comentamos, una cosa sí me dejó clara y es que, muy a mi pesar, no habría entre nosotros ningún contacto físico.

A mí al principio eso me dejó algo frío, pero claro, quedar con alguien heterosexual, (morboso, pero heterosexual) tenía sus limitaciones, y como antes que nada lo que yo quería era conocerle en persona, acepté.

A mí traer a gente desconocida a mi casa no es algo que me haya gustado nunca (si seguís mi blog, es algo de lo que he hablado alguna vez que otra). Ir a la suya, estaba descartado desde el primer momento, así que había que pensar en quedar en un territorio neutral: un sitio público. Un bar (eso sí, cercano a mi casa, por lo que pudiese pasar).

Cuando le vi acercarse, la verdad es que me sorprendió. Era una persona a la que no había visto ni en foto pero me pareció bastante majo. Guapete incluso. Y el saber que era heterosexual, me daba un morbo tremendo, para qué engañarnos.

La charla resultó incluso mejor de lo que me esperaba. El tío además es que me caía superbién, y yo a él también, eso se notaba. Tanto que como no me cansaba de repetirle, aunque nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, hubiésemos acabando siendo igualmente colegas.

Fue al acabar la cita en el bar cuando le dije si quería subir a mi casa. A él se le notaba nervioso por el tema, y yo tampoco quería presionarle demasiado, pero finalmente aceptó mi invitación (tampoco se resistió mucho).

Llegamos a casa y casi sin hablar, nos bajamos los pantalones. Él me dijo varias veces cómo ponerme y aunque yo hice un amago de acercarme a él, su cara de agobio me hizo desistir del intento.  A pesar de la situación tan extraña, la verdad es que morbo sí me dio, y ambos acabamos pajeándonos con una distancia prudencial entre nosotros.

Fue tras ese instante, cuando la sangre acumulada volvió a subir a su cerebro, cuando le entró un bajón tremendo y casi sin decir palabra, salió como un rayo de mi casa.

Sin embargo, esa noche volvió a conectarse, y aunque avergonzado por haberse largado sín más, me pidió que entendiese su situación. Y es que no tiene que ser fácil tener un morbo que no puedes saciar, evidentemente, con la persona con la que compartes tu vida.

Pensé que tras esa quedada, igual nuestra relación se enfriaría, y que la amistad que teníamos ya, se podría ir a la porra, pero nada más lejos de la realidad.

Poco tiempo después, volvimos a quedar.

Esta vez habíamos propuestos cosas, juegos que podríamos practicar, eso sí manteniendo el pacto de cero contacto físico entre nosotros.

Hablamos de disfrutar con consoladores, usar una regla como fusta sexual, sumisión…

Pero una cosa es la fantasía y otra la realidad, así que llegado el momento, y aunque dimos un paso más que en nuestra quedada anterior, todo fue mucho más light que lo esperado salvo por un momento crucial: me dejó tocarle por encima de los calzoncillos para disfrutar del empalme que ya se adivinaba.

El final fue el mismo: corrida, agobio y adiós.

Esa misma noche, por Skype, incluso me comentó que no podía volver a pasar algo así, pues comenzaba a tener miedo de sí mismo y de no poder poner el freno en una tercera ocasión.

Yo le dije que no se preocupara, que le entendía, y que para mí tampoco era fácil esa situación, pues estaba en una época en mi vida en la que echaba más de menos un buen abrazo, o desayunar acompañado, a otra cosa, y que eso, él, evidentemente, no me lo podía proporcionar.

Por eso me sorprendió que al día siguiente, por la mañana, llamasen a mi puerta.

Y más me sorprendió abrir y encontrarme con él, que entró, me dio un abrazo como hacía tiempo que no me lo daba nadie, y me dijo que venía a desayunar conmigo.

Que si eso podía ayudarme, saltarse sus reglas estaba justificado. Y lo más importante, que para eso estaban los amigos.

Se que es hetero, se que está emparejado y no va a pasar nada más que una amistad entre nosotros (espero que duradera). Pero estoy en un momento en la vida en que esos pequeños momentos, esos pequeños detalles, son con los que más disfruto. Y como le dije a él el otro día, conocerle es una de las cosas más bonitas que me han pasado últimamente.

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El asesinato de Gianni Versace

El asesinato de Gianni Versace

En este blog, aparte de mi vida, también he hablado de vez en cuando de películas, de las que por cierto suelo hacer críticas bastantes destructivas muchas veces. Hoy quería hablaros de una serie, en concreto de “El asesinato de Gianni Versace”, o lo que es lo mismo, la segunda temporada de American Crime Story.

Esta serie, estrenada este mismo año en EEUU y que Antena 3 la compró para nuestro país, se estrenó el domingo pasado con una muy buena audiencia (un 15,6 % de media en sus primeros tres capítulos emitidos del tirón).

Antena 3 llevaba ya varias semanas, yo creo que incluso meses, anunciando a todas horas la serie en cuestión. A mí me llamaba la atención sobre todo por las ganas de ver a nuestra Penélope Cruz transformada en una Donatella Versace con esa melena suya rubio platino característica. También por ver a Ricky Martin hacer de novio de Gianni Versace. Además, siendo la segunda temporada de la serie de American Crime Story, en la que la primera se dedicó íntegramente al “presunto” asesinato cometido por  OJ Simpson (que no he visto aún pero que tengo pendiente desde hace tiempo), pues aún me daban mas ganas de verla.

Sin embargo, siendo que el domingo pasado cayó de pleno en medio de la “semana” fallera (fiesta mayor en Valencia), no fue hasta hace dos días cuando por fin pude ver la serie con tranquilidad.

He de avisar, primero,  que no soy muy de engancharme a las series. Bueno, miento, no soy muy de engancharme a tanta serie como parece la moda ahora. Conozco a gente que tiene HBO, Netflix y Movistar+ y lo único que hacen es ver series, del tirón, una detrás de otra. Ni películas ni nada, sólo series. Que no se yo como no mezclan unas tramas con las otras, pero bueno.

Sin embargo, el primer capítulo de ésta, ya me enganchó. Fueron sólo los diez minutos del principio, antes incluso de salir los títulos de crédito, en las que sólo con los movimientos de cámara, la música, y las imágenes de los instantes previos al crimen, ya me dejaron sentado en el sofá.

La serie está contada en forma de flashbacks saltando continuamente entre la búsqueda del asesino, Andrew Cunnanan,  los instantes previos y posteriores al crimen, así como los sucesos anteriores que le  llevaron a cometer el asesinato.  Y es que una cosa que desconocía es que en realidad el asesinato de Gianni fue el quinto crimen de un asesino en serie, y que el FBI ya le venía persiguiendo desde hacía tiempo.

Así, por ejemplo, el tercer capítulo de la temporada (último emitido el domingo pasado) se dedicó íntegramente a la reconstrucción de uno de los anteriores crímenes de Andrew. Ese capítulo, por si solo, ya daría para una película independiente de terror, porque la verdad es que impresionaba el grado de sadismo al que pudo llegar el asesino.

Aparte de la trama en sí, lo que también me gustó de la serie fue la ambientación de la época en que se enmarcaba. Ahora que gusta tanto el efecto nostalgia, sobre todo de los años 80 (Stranger Things), recordar ahora los 90 con esta serie también tiene su punto. De hecho, uno de los platos fuertes, fue recordar cómo se trataba el tema de la homosexualidad en la sociedad de la época (no tan abierta como ahora).

Los actores principales, quitando los anteriormente mencionados Penélope Cruz y el cantante Ricky Martin (a quien se le ve desnudo, por cierto) son bastante desconocidos.  El que más me gustó fue, por motivos obvios (qúe buen culo),  el actor Darren Criss, que hace el papel del asesino, y que ya había salido en la serie Glee, del mismo productor.

Y es que la serie está producida  por el gran  Ryan Murphy (quien también se encargó de dirigir el primer capítulo, y se nota). Por si no sabéis quien es, Ryan es el responsable de, aparte de la mencionada Glee (musical cafre ambientado en un instituto típico americano),  de American Horror Story, que ya van por la séptima temporada, de la que sólo he visto la primera y me encantó (otra serie de tantas pendientes de ver), y de otra serie de la que soy fan, Scream Queens, que sólo tuvo dos temporadas, y de la que ya os hablaré otro día.

Por último, añadir que en nuestro país fue sobre todo recordado este crimen por el tema de la detención del hijo de Andrés Pajares (Andrés Burguera – ¿qué habrá sido de él?-), a quien confundieron con el asesino y cuya situación, por cierto,  queda reflejada en uno de los capítulos ya emitidos.

Si no vistéis la serie y aún queréis engancharos, que sepáis que aún estáis a tiempo: esta misma noche de domingo emiten otra tanda de capítulos, dejando los tres últimos para el próximo martes (cosas de la contraprogamación de Antena 3).

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Olvídate de mí

Olvídate de mí

Los primeros días desde que M. me dejó los pasé realmente mal. Como encima no acababa de entender los motivos concretos que habían precipitado la situación, la tortura todavía era mayor.

Pasaba de pensar que era fuerte y que iba a poder superar esa situación, a pensar que era el ser mas desgraciado sobre la faz de la tierra y que la vida ya no tenía ningún sentido. Mientras, la sensación de soledad que la ruptura me había dejado me acompañaba las 24 horas del día.

Durante esa primera fase, y con el móvil encima todo el tiempo, no sé ni la de veces que estuve tentado de escribirle preguntándole los motivos del desenlace, o si la ruptura iba a ser definitiva esta vez. En realidad, intentaba inventarme alguna excusa para poder reiniciar algún tipo de contacto con él, si bien, en el fondo, sabía ya que todo había acabado entre nosotros.

Las semanas siguientes las pasé concentrado sobre todo en el trabajo. Durante ese tiempo creo que hice más horas extra que en toda mi vida, para alegría de mis jefes, por supuesto. Lo único que intentaba era que así pasase el tiempo lo más rápido posible.

Y llegar agotado a casa.

Y no pensar.

Pero eso era complicado y al final, siempre en algún momento del día se me pasaba por la cabeza todo lo bueno que habia pasado con M. Porque esa es otra, la memoria es muy puta en esas ocasiones y sólo recuerda la parte buena de la situación, haciéndome olvidar todo lo malo (que también) había pasado con él.

Curioso es igualmente el intentar escuchar música para distraerte en ese estado. Yo sabía que ninguna canción hablaba de mi, ni de nosotros, pero ya hacía mi mente todo lo posible (ay, ese subconsciente), para asociarlo con lo que me había pasado.

Canciones como “Dueles” de  Jesse y Joy,  “Miel en la nevera” del gran Tino Casal o “Procuro Olvidarte” ponían música y letra a lo que era por entonces mi existencia.

Y el tiempo seguía pasando, de una forma más lenta de lo normal.

Yo nunca he sido muy de ir a psicólogos para superar mis problemas (ya comenté mi mala experiencia por aquí), pero sí se me ocurrió mirar esta vez en páginas web de autoayuda por ver si aplicando alguna técnica de superación personal, podía comenzar a salir de ese pozo del que de momento no encontraba el fondo.

De todas las que leí (no hablar con él ni de él, hacer deporte, eliminar pensamientos negativos…), el primero que apliqué fue el de borrar de mi teléfono el número de móvil de M, porque aún habiendo pasado ya bastante tiempo, lo seguía teniendo agregado como contacto.

Y es que era como si al borrarlo, fuera a eliminar también cualquier resquicio o esperanza de que lo nuestro no fuese un adiós definitivo.

Pero ese paso era necesario, y al final, lo borré. Y funcionó.

Aunque los días se me seguían haciendo largos, poco a poco (muy poco a poco de hecho), comencé a asumir lo que había pasado, que nada de aquello volvería y que tenía que mirar más hacia el futuro en lugar de hacia el pasado.

Hacer deporte también me ayudó. Retomé la natación (que había abandonado durante todo ese tiempo), y el efecto endorfina, comenzó a hacer el resto.

Lo que no hice fue aplicar el dicho de “la mancha de mora con otra roja se borra”. Mis ganas de conocer a otra persona que me hiciese olvidarle, seguían bajo mínimos. NI sexual (de momento) ni de forma afectiva tenía ganas de reiniciar nada con nadie. Uno se conoce bastante a sí mismo, y para aplicar esa técnica, todavía no estaba preparado.

Sin embargo, y cuando parecía que comenzaba a remontar el vuelo, me dio entonces por pensar que igual mi ex ya había conocido a alguien y que igual ese había sido el motivo de la ruptura. Y si me había puesto los cuernos? Y si eso pudiese explicarlo todo? Y si…?

(supongo que en el fondo, buscaba algún motivo para odiarle…)

Fue entonces cuando pedí hora en el Centro Médico al que solía acudir periódicamente para hacerme las pruebas serológicas en mi época de pendoneo. Me iba a quedar más tranquilo (yo es que pienso en cuernos y me entran mis miedos, es algo automático) y además era como poner mi marcador sexual de nuevo a 0 para la época que, tarde o temprano, pudiese venir.

Pedí cita y cuando acudí, la doctora me recordó, a pesar de haber pasado tantos años desde la última vez. Aquella fue al comienzo de mi relación con M, cuando decidimos, de mutuo acuerdo, tener relaciones apeleras entre nosotros, para lo que necesitabamos estar seguros de nosotros mismos

Fue entonces, con las preguntas de rigor (“Cuantas relaciones sexuales ha tenido en los últimos tres meses?”, “y en los últimos seis meses”?) cuando se percató de que mi relación se había ido a pique.

Y cuando me dijo “lástima, haciais buena pareja”, algo en mi interior se resquebrajó de golpe y allí mismo, delante de la doctora, me derrumbé.

Curioso que en esos meses, había intentado no llorar ante nadie. Ni ante amigos, ni por supuesto familiares. De puertas afuera yo era un tipo fuerte, siempre intentando hacer sonreir a los demás, aunque el funeral fuese por dentro. Sólo en mi casa, en privado, y por las noches, me permitía hundirme. Cuando nadie me viera.

Y sin embargo, allí, delante de la doctora, en su consulta, no pude más.

Terminé abrazado con la doctora y cuando me recompuse, como pude, le comenté que quería quedarme tranquilo y que intentaba buscar algún motivo, que me negaba a admitir que todo hubiera acabado, sin más motivos que los que ya sabía…

La doctora solo me dijo que a veces no hay más motivos, que las cosas acaban, y que torturarse por eso no me iba a solucionar nada. Y que romper cosas, cabrearse o llorar ayudaba, pero guardárselo para uno mismo, no.

Me comentó también que las pruebas me las iba a hacer porque me conocía y porque sabía que lo necesitaba para empezar de nuevo.

Por supuesto la prueba salió negativa, pero ese papel me ayudó a cerrar toda una etapa a la que ponía entonces un punto y final.

(O eso pensaba yo…)

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