La cena de los idiotas

La cena de los idiotas

Sabía que tenía que hablar con mi pareja, pero no encontraba el modo.

Por ser demasiado cotilla, me había enterado (y de una forma muy visual) de que igual estábamos los dos intentando iniciar algo sobre unas cenizas (todavía humeantes) de una relación anterior.

Mi cabeza entre unas cosas y otras era un hervidero, así que cuanto antes hablase y aclarase mis dudas, mucho mejor sería para los dos.

Le devolví la tarrina de DVD’s que había cogido de su casa con la esperanza de que fuese él mismo quien se diese cuenta de que en su interior estaba el disco XXX, por lo que lo coloqué a la vista, encima de todos los demás.

Nada más verlo, su rostro cambió de semblante. Fue cuando se dió cuenta de que me había llevado justamente ESA tarrina de peliculas, y que igual yo podría haber tenido cierta curiosidad…

En un principio le comenté que había visto el DVD y que me extrañó que tuviese una contraseña. “Cosas personales”, me dijo.

Seguí preguntándole sobre si era algo de su trabajo, tipo archivos confidenciales o algo así, y me comentó (oh, casualidad) que era justamente eso, temas de contabilidad y nóminas de sus trabajadores.

“¿Y a eso le pones XXX?”, le pregunté yo, ya algo mosqueado porque no soporto que me tomen el pelo en mi propia cara (y si es tu pareja quien lo hace todavía peor)

Cuando aún me respondió “Cada uno le pone el nombre que quiere”, ya no pude soportar más. Le dije que lo había visto todo. Que había visto sus fotos y sus vídeos sexuales. Que su pareja estaba bastante bien desnudo. Y que por las fechas, al parecer, no hacía tanto de todo aquello.

Su primera reacción fue de enfado. Cuando, yo, ya venido arriba incluso le dije cómo había conseguido hackear ese archivo, su siguiente reacción fue ya de un cabreo descomunal. Su enfado no era sólo por haber sacado a la luz algo muy personal suyo, sino también por cómo lo había hecho (y reconozco que llevaba razón).

Fue una tarde de bastantes reproches, malas caras y medias verdades. Sólo conseguí que me asegurara que no había compaginado ambas relaciones y que no quería hablar conmigo de nada de su vida anterior. Que yo no tenía porqué pedirle explicaciones de ningún tipo por algo que había averiguado saltándome toda la confianza que él podía tener en mí.

Dicho de otro modo que el fin no justificaba los medios que yo había empleado.

Toda esta conversación pasó horas antes de una cena en la que yo iba a conocer a sus amigos, con lo que el camino de su casa hasta la casa de un colega suyo donde íbamos a cenar fue lo más parecido a un velatorio.

Ir sin ganas a una cena es lo peor que puedes hacer, porque ya vas como predispuesto a que salga mal, pero si además, el anfitrión nada más conocerte te dice, sin venir a cuento, “Qué haces, puta?” ya no sabes dónde meterte.

Y es que el anfitrión resultó ser el típico gracioso, sin gracia. El que se cree el alma de la fiesta gracias a que un grupo de palmeros le ríen todas y cada una de sus giipolleces. A mí, con ese saludo inicial, digamos que ya me “ganó” para el resto de la noche…

Si ya esa presentación me pareció de traca, cuando fue llegando la gente, a mí me dieron ganas de salir corriendo. Y es que cada uno que me presentaba, no se quedaba contento sin hacer una comparación con el ex de mi pareja. Por lo visto todos lo conocían a él bastante, y en lugar de apoyar a mi novio, se ve que encima aún habían tomado parte por su ex.

Cuando una pareja se rompe, yo entiendo que mantener los amigos comunes pueda ser complicado. Quien más, quien menos, e independientemente de a quien conoces primero, puede tener más feeling con uno o con otro, con lo que es complicado mantener una amistad con las dos partes, cuando ya no son pareja. Hasta ahí lo puedo entender, pero que eso lo manifiesten con la cara o con gestos, por ahí ya no.

Y es que no hubo ninguno que no dijese algo: Que si el otro era más simpático, que si el otro era más alto, que si tenía un trabajo mas interesante, que si tal que si cual. Algunas cosas tuvieron la deferencia de no decirlas delante de mí (por suerte lo que escuché de que el otro era más guapo, no lo dijeron en mi cara), pero el resto de frases sí, y sin cortarse además.

La cena, encima fue con los típicos comentarios de cuartos oscuros, con su mariliendre de manual allí presente y todos los tópicos habituales, que a mí me suelen “encantar” en este tipo de reuniones (como ya sabéis si me seguís en el blog).

Yo con M. encima, estando medio cabreado, no hablé demasiado en toda la noche, y me tocó a mi lado otro chaval, de esos que ya se te atragantan nada más conocerlos. Este chico, para ya rematar la velada, se pasó toda la noche hablándome en femenino, a pesar de decirle más de una vez que no me molaba nada de eso. A él parecía que sí, y como los demás aun le reían la ocurrencia así estuvo hasta que a la hora de los postres, ya conseguí cambiar de sitio y ponerme en la otra punta.

“Qué antipático”, fue lo último que, encima, aún tuve que escucharle (al menos eso sí lo dijo en masculino).

Creo que fue de las noches más incómodas que he pasado nunca, y cuando ya M. se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando, con un gesto me hizo ver que ya nos íbamos a largar de allí.

Mi cara al salir de la casa era un poema. Si ya la tarde había sido mala por el cabreo de ambos, la noche todavía había salido peor. Y encima él, por ir a su bola, no se había enterado ni de la mitad de lo que había pasado.

Me fui tan cabreado de ahí por todo, que pagué con él todos los platos rotos. Le dije que igual lo mejor era no seguir en esa relación, que de verdad no sabía si estaba preparado en esos momentos para estar con alguien.Y que si el problema era yo, que no quería amargarle la vida a nadie. Y me fui.

No fue hasta dos días después cuando volvió a llamarme. Sólo quería hablar conmigo.

Quedamos a tomar un café y fue cuando me explicó que los amigos de la cena, eran más amigos de su novio que suyos. Que por eso me habían tratado de esa forma. Que fue su ex quien de un día para otro había decidido acabar con la relación, pero tanto él como M. habían dicho que fue algo de los dos, cuando no había sido así.

Que los primeros días, no me podía negar que seguía enamorado de su ex ya que varios años de relación no se pueden acabar de un plumazo. Que la noche que quedamos, sólo buscaba un polvo, algo de vidilla sexual que le hiciese olvidar su ruptura, pero que al conocerme había visto en mí algo más. Que no tenía previsto enamorarse de nuevo tan pronto, pero que es lo que le estaba pasando y que, ni una visita al psicólogo le hubiese podido ayudar tanto como yo lo estaba haciendo en esos momentos.

Aún así, si yo no quería seguir con él por lo que fuese, que lo entendía, pero que no cortase por desconfianza, o por compararme con otros, y menos por una cena o por amigos idiotas que todos tenemos.

Yo solo pude decir que sentía haber sido tan cotilla. Que tenía razón en enfadarse por haberle descubierto intimidades, y más de esa forma. Y que con amigos con los que él tenía era casi mejor no tener enemigos.

Eso sí, sólo le pedí una cosa, que lo pasado, pasado estaba. Y que a partir de entonces empezábamos de cero, sin mentiras, y sin muertos en el armario.

Y añadí algo más. Y es que viendo el morbo que me había dado verlo en acción, yo también quería protagonizar vídeos como aquellos, por lo que esa misma noche nos pusimos a la obra.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

(Y que tengáis un feliz 2017)

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La noche de Halloween

La noche de Halloween

Aunque mi relación con M. ya había empezado, todavía tardaría bastante en hablarlo con mis amigos. Además, al inicio nuestra relación se basó sobre todo en el sexo (quedábamos para follar directamente), así que tampoco era necesario, aún, hablar de eso con nadie.

Aparte de esto, desde lo que comenté en Breakdown, mi amistad con el grupo gay ya no es lo que era. A ver, con mi amiga Raquel sí que seguía quedando habitualmente, pero así en plan grupo, juntos, ya no tanto.

Sólo cuando había alguna celebración importante es cuando nos volvíamos a reunir todos.

Una de esas quedadas fue por estas fechas, en las que Guillermo nos invitó a su casa para cenar y celebrar Halloween.

Ya he contado alguna vez que cuando Guillermo montaba algo lo montaba a la grande, y está vez no iba a ser una excepción, así que mandó editar unas invitaciones, personalizadas para cada uno, para invitarnos a su fiesta.

Yo con Halloween, hasta entonces, tenía una relación de amor-odio. Me ha pasado siempre eso con las fiestas foráneas. No es que tenga nada en contra porque sí, pero me ha reventado siempre lo de echar por tierra todo lo nuestro y abrazar enseguida cualquier novedad de fuera por tonta que sea.

Así, por ejemplo, en Navidad nunca me ha gustado Papá Noel, Santa claus o como queráis llamarlo. Yo siempre he celebrado los Reyes Magos y lo seguiré haciendo toda mi vida. Y, desde otro punto de vista, la fiesta de San Juan en verano, con sus saltos de olas, hogueras, deseos y demás siempre me ha parecido una auténtica chorrada.

Con Halloween me pasaba tres cuartos de lo mismo, sólo que a mi Yo friki sí que le gustaba todo eso, igual que le gusta el cine de terror y pasar miedo sin ningún motivo.

Así que me disfrace más o menos (iba de Drácula, con su capa y todo) y allí que nos plantamos Raquel y yo,  ella con vestido rojo en plan diablesa-putilla.

Nada más llegar a su casa ya sorprendía ver que la puerta de entrada estaba totalmente cubierta de telarañas, incluso con sus arañas colgando.

Cuando entrabas dentro, te recibia Guillermo vestido como el mayordomo de la familia Addams y te daba la bienvenida a su casa.

Por cierto que su casa no era demasiado grande pero esa noche en concreto le sacó un partido increíble. Y es que donde empezaba el pasillo había colgado decenas de bolsas de basura por las paredes y el techo, creando una especie de pasaje del terror que dividía el corredor en cuatro zonas. Allí habían maniquíes descuartizados, ratas de goma, fotos de carteles de películas de terror, calabazas y toda la parafernalia típica.

Luego ya llegabas al comedor. Ese comedor que normalmente estaba llena de muebles y que esa vez, no preguntéis como, estaba únicamente ocupado por una mesa enorme cubierta por sábanas y candelabros con velas que iluminaban tenuemente la habitación.

Y con esa mínima luz cenamos en esa ocasión.

Nosotros habíamos llegado tarde, todo un clásico en nosotros, así que directamente nos sentamos a comer con el resto de gente, que entre que estaban disfrazados y la poca luz que había no consigo ya ni recordar quien había esa noche.

Porque además, para crear mas ambiente, a Guillermo se le ocurrió poner en bucle un audio de chirridos, gritos y sonidos de sierra mecánica que creaban un ambiente muy acorde pero que nos impedía escucharnos unos a otros.

Pero eso no fue todo, porque la cena también estaba ambientada en todo ese submundo: ensalada de la muerte con setas venenosas, ojos sangrientos (huevos duros) con dedos amputados (minifrankfurts),  hamburguesa con tripas de rana (menestra de verduras) y conjuros sangrientos (sirope de fresa) como postre.

Al final no sabíamos muy bien ni lo que cenamos ni de lo que hablamos ni los que éramos, pero la verdad es que fue una de las noches más divertidas que he pasado nunca y a partir de ahí le cogí mucho más gusto a celebrar esta fiesta.

De hecho creo que desde entonces, siempre que se acerca está época, busco alguna actividad relacionada con el miedo o terror y la verdad es que lo disfruto mucho.

(Sin olvidar ir también al cementerio con la familia y ver alguna tumba que da pánico por sí sola…)

Aún así, me niego a lo de “Trick or treat” de los niños, que hasta eso ha llegado también por aquí. Así que si algún día llaman a mi puerta, pueden dejarse los dedos en el timbre que no pienso abrir, y más con esa traducción cutre al castellano, en plan “truco o trato”, que no tiene ningún sentido.

Y es que hay cosas por las que no paso.

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Breakdown

Breakdown

Si cuando empecé en el mundillo del ambiente, todo me llamaba la atención por esa curiosidad inicial cuando te acercas a algo desconocido, con el paso del tiempo, esa sensación fue desapareciendo hasta quedar en su lugar una apatía más que evidente.

El quedar todos los fines de semana para hacer lo mismo, conocer gente que no tenía demasiado en común conmigo, y con la que a lo sumo llegaría a uno o dos polvos, hizo que empezase a cuestionarme si valía la pena perder mi tiempo en algo así.

(Sí , de quedar para follar, también se cansa uno)

Está claro que lo pasaba bien con mi grupete de amigos, pero el ir a la zona de ambiente siempre era por si conseguía ligar con alguien afín, y estaba claro que me sentía mucho más cómodo intentando ligar a través del chat que en persona.

Si querías, como yo, llegar a algo más con alguien (pareja, vamos), tenía ya claro que no iba a encontrarlo en una discoteca gay, por mucho que lo intentara, porque realmente tampoco a mí me iba mucho ese mundo.

Mi grupo de amigos (MaríaRaquel, Guillermo, Quique …) se había ido formando poco a poco. Me sentía agusto entre ellos siendo lo que era (gay) y por inercia,  o porque me sentía cómodo siguiendo a la manada, hice todo lo posible por adaptarme, pero llegó un día en que aquello dejo de funcionar.

El momento en el que me di cuenta en que hasta aquí habíamos llegado fue a raíz de la monumental bronca que hubo en mi casa y de la que ya os hablé en su día.

Digamos que ese fue el inicio de un camino del que no hubo vuelta atrás.

Incluso Quique, a raiz de aquel momento, y por sus movidas propias, comenzó también a separarse de mí y por tanto de todos nosotros.

Al grupo, tocado, le afectó bastante todo aquello quedando reducido a digamos el núcleo más inicial, que era el formado por Raquel, Guillermo y yo.

A partir de entonces, ya nada fue igual.

Y es que no era lo mismo irse de fiesta con un grupo amplio que únicamente con Raquel y Guillermo, que enseguida ligaba. A mí, como siempre, me costaba algo más, y muchas veces, por no dejar sola a Raquel, ya ni me lo planteaba.

Todos esos cambios, más el notar que ya te hacías, en cierta forma, “mayor” (no es igual como te tomas las cosas con veinte años que con treinta), fueron modificando mi forma de ver la vida.

En esa espiral de pensamientos, Guillermo organizó una fiesta por su 30 cumpleaños.

Guillermo, como en todo en la vida, no tenía medida. Si organizaba una cena, ponía comida para un regimiento. Si era un viaje, era un crucero por todo lo alto. Y si era una fiesta de cumpleaños, era la mega fiesta.

Así que invitó a ex-ligues, con sus rolletes nuevos, con amigos de amigos. Y cada uno llevando a su propia mariliendre (que en estas fiestas, viste mucho, claro). Total que allí se reunió todo lo que se puede ver en una discoteca gay, pero en escasos 70 metros cuadrados.

Raquel, que ya llegó un poco tocada, se sintió mal al poco de llegar (creo que no probó ni la cena) así que me quedé prácticamente sólo rodeado de un montón de gente a la que no conocía prácticamente de nada.

Guillermo, era evidente que no iba a estar demasiado pendiente de mí en toda la noche, pues estaba en plan anfitrión, saludando a todo el mundo como si fuese el embajador de las fiestas de Ferrero Rocher. Además que lo hacía de tal forma que pensarías que eran amigos de toda la vida, cuando realmente él amistades tenía pocas, aunque sí muchas ganas de aparentar.

Y es que en eso se basaba todo, en la “apariencia”.

Para intentar socializar un poco, me puse a beber (como hacía siempre), y fue cuando, mirando alrededor, empecé a decirme a mí mismo: Pablo, realmente tú encajas? has encajado alguna vez en todo este tiempo en este mundillo? y cada vez tenía más clara una respuesta…

Por allí estaba el típico de la ceja depilada, la musculoca, la mariliendre de manual, el guaperas, el grupete que van siempre en pack de tres, los superreinvidicativos del orgullo monotemáticos,  los plumeras, dos drags queen y demás fauna con la que yo tenía poco en común más allá de que a todos nos iban los nabos. Guillermo realmente tampoco es que perteneciera a ningún grupo en particular (guaperas sí, pero poco más) pero él por por “ser el más guay” era capaz de vender a su madre con tal de adaptarse a su entorno.

Yo no. Yo cada vez tenía más claro que jamás me iba a sentir agusto en ese ambiente. Más bien al contrario, porque era cuando más distinto me sentía.

En una discoteca esa sensación, aunque estaba, como que se difuminaba más (también bebía mucho más) pero el hecho de estar todos concentrados en un sitio tan pequeño, hizo que esa sensación aumentase exponencialmente.

No era la primera vez que me sentía así (de hecho lo he contado por aquí muchas veces) pero ese día, tal vez por encontrarme solo aunque rodeado de gente, algo en mi interior dijo basta. Asumí entonces que yo ni era ni iba a ser un “gay al uso” por mucho que lo intentara. Que jamás iba a encajar en mi entorno.

De hecho, es curioso pero en mi vida virtual digamos que era mucho más yo que en la “real” pues ahí sí dejaba claro que realmente “no me gustaba la gente que hiciese de ser gay el centro de su vida” y sin querer, me estaba dando cuenta de que me estaba convirtiendo en alguien que yo mismo rechazaba.

Así que decidí dar a mi vida un giro de 180 grados, y apartarme de todo ese ambiente por un tiempo indefinido.

Seguí quedando con ellos, porque su amistad no la iba a perder (en la actualidad seguimos siendo amigos), pero ya no volví por el ambiente, siendo las quedadas con ellos mucho más tranquilas.

Para follar, seguía teniendo el chat y ya está porque eso era ya a lo único que aspiraba. Incluso me dije a mí mismo que tenía que estar preparado para estar solo el resto de mi vida y que era algo a lo que tendría que empezar a acostumbrarme. Si en todos estos años sólo había podido tener dos relaciones de 9 meses cada una, era porque era demasiado raruno para encajar con alguien, por lo que eso iba a seguir siendo así en un futuro.

Tenía, por tanto, que aprender a vivir sin la necesidad acuciante de conocer a otra persona, puesto que a partir de entonces tampoco iba a hacer nada por conseguirlo.

Con el tiempo me di cuenta de que uno no puede planificar las cosas hasta ese extremo y que cuando menos te lo esperas, la vida te lleva por otro lado.

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La playa

La playa

Si me hubieseis preguntado hace unos años con qué palabras asocio el verano, tal vez hubiese dicho: calor, sol, playa, vacaciones o helados. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, debería unir la palabra “nudismo” a esta retahíla.

Sin embargo, en este post únicamente quería tratar mis primeros contactos en ese mundo, dejando mis experiencias en esas playas para posteriores entradas.

La primera vez que fui a una, con amigos heteros, fue por puro morbo para poder ver a gente en bolas.

Por aquella época, yo todavía era menor de edad. De hecho, de los tres que fuimos, sólo uno era ya mayor de 18 y lo recuerdo porque él ya tenía carnet y nos acercamos con su coche a Javea.

La playa era mixta, con lo que había gente desnuda entremezclada con gente vestida. Nosotros no nos desnudamos y nos pasamos la mayor parte del tiempo en el agua babeando y mirando hacia todos lados. Mis amigos, a todas las chiquitas, y yo, con disimulo, a cualquier tío que entrase en el agua.

Pero quien más me marcó, para bien, fue un “papaito” que aunque se pasó toda la mañana vestido, al marcharse, se despelotó completamente para cambiarse de bañador, dejando una panorámica de su culo, que tardé mucho tiempo en olvidar.

La segunda vez que fui, bastantes años después, ya fue con mi amiga Raquel. No recuerdo muy bien porqué, pero un sábado acabamos en la playa seminudista de El Saler, muy próxima a Valencia ciudad.

En realidad acabamos en la frontera que separa la nudista de la textil y allí que plantamos la sombrilla.

Por aquel entonces, mi salida del armario forzada aún no se había producido, con lo que como en la vez anterior, tuve que disimular bastante. Tampoco nos desnudamos, aunque ella sí hizo topless, dejando al aire un par de tetazas que recibieron bastantes miradas ajenas.

De aquella experiencia, recuerdo a Raquel hablándome de algo a lo que no prestaba ninguna atención, concentrado como estaba en un chulazo que estaba a sus espaldas duchándose como Dios lo trajo al mundo.

Aquella imagen de un tío, desnudo, bajo una columna de agua fue de un morbazo difícil de olvidar.

Por último, la tercera vez que me acerqué a una nudista ya fue con mi pareja, la actual, bastante tiempo después. Esa vez fue a una población cercana, Pinedo, en una zona de playa abiertamente gay.

Me convenció él porque realmente, no sé si por prejuicios o por qué motivo, pero nunca me ha apetecido ir a “guettos”, a zonas adrede destinadas a gays, igual que me pasó cuando empecé a ir a zonas de ambiente (siempre he sido muy cuadriculado).

Encima, aquella vez, un domingo por la mañana, la edad media de la playa estaría en unos sesenta años…

Recuerdo incluso a un hombre muy mayor, en la orilla, agachándose buscando tellinas (coquinas) y de verdad que no era una imagen muy agradable de ver (si os acordáis del ojo de Sauron, sabéis de lo que hablo).

Y es que hasta  entonces, mi único interés por ir a esas playas era por ver “ganado”: tipos buenos enseñándolo todo. Ver culos, pollas, pechos peludos o buenas piernas de futbolista. No veía nada más allá. No encontraba otro motivo para ir a una nudista que no fuese eso.

Hasta que esa vez, animado por mi novio, me desnudé y me fui al agua en bolas. Y esa sensación de “libertad” lo trastocó todo.

Fue un cambio total y es que la sensación de bañarse desnudo es algo increíble. Además, la vuelta a la toalla sintiendo la mirada de los otros sobre tu cuerpo, si tienes como yo un punto exhibicionista, es también algo muy morboso, con lo que empecé a cogerle el gusto.

Eso no quiere decir ahora que cuando voy a la playa ya no mire a mi alrededor. No es así. Todos lo hacemos. Pero la sensación de tomar el sol, bañarse, pasear o hacer jueguecitos con tu pareja, sin ropa de ningun tipo, es algo que recomiendo a todo el mundo hacer alguna vez en la vida.

Así que si podéis, animaros este verano si tenéis alguna nudista cerca y ya me contáis porque además es algo que engancha. Y mucho.

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Independence Day

Independence Day

Y llegó un momento en el que, por fin, me independicé de mis padres.

Cuando me di cuenta de que en la época en la que estaba viviendo, no iba a conseguir a corto plazo un trabajo fijo de esos de toda la vida, pensé que con lo que cobraba, y los ahorros que tenía (en plan hormiguita) ya era el momento de iniciar una nueva vida alejado de la protección familiar.

Una vez me instalé definitivamente, como buen soltero, lo primero en lo que pensé fue en celebrar con los colegas todo tipo de fiestas, cenas, comidas (o incluso meriendas), por lo que durante los primeros meses hice de anfitrión prácticamente todos los fines de semana.

Monté tantos saraos que ya se encargaron los vecinos de darme un toque de atención en una reunión de la finca (había mucha gente mayor en el edificio), con lo que al final tuve que aflojar un poco en ese sentido.

Encima, como ya he contado alguna vez, yo no era de los de juntar a grupos de amigos a la vez (amigos que tenía comprobado que no pegaban unos con otros), por lo que un fin de semana organizaba la cosa para mis amigos heteros, otra para mis amigos frikis, otra para compañeros de curro, etc.

Hasta que llegó el turno a mis amigos gays/filogays.

Como sabéis, el grupo en esa época era ya bastante abierto, aunque el núcleo principal seguía siendo Guillermo (en ese momento creo recordar que soltero, cosa poco habitual en él), Raquel, Quique, y María con su novio (de Atapuerca, como muy bien definió en su día un amigo del blog).

Con este hombre, Víctor, la verdad es que quedábamos bastante poco. A mí realmente nunca me cayó bien. Era el típico que sabía de todo y te discutía de todo aunque no tuviera ni puñetera idea de nada. Era un don nadie venido a más, y yo con esa gente nunca he congeniado demasiado. A los demás, tampoco les caía bien, pero como era el novio de María, pues había que tragar muchas veces. Lo peor es que ella, cegada por ¿amor? a la mínima enseguida lo defendía, con lo que la relación entre el grupo y ellos cada vez era más distante.

Pero claro, era una noche de fiesta en mi casa, inauguración, y se prestaba a invitar a todos mis amigos, y ella, en mayor o menor medida, todavía lo seguía siendo.

La cena fue más o menos bien hasta que Víctor comenzó a hacer sus comentarios homófobos, supuestamente graciosos, con los que sólo se reía el mismo. Le advertimos entonces que no siguiese por ahí, sobre todo yo, recordándole que esta vez estaba en mi terreno, con lo que no pensaba pasarle muchas más de ese tipo.

Incluso miraba de vez en cuando a María, como avisándole para que controlase un poco a su novio, pero su respuesta siempre era la misma en esos casos: “ya sabes cómo es…”

Pero llegamos a los postres, y luego chupitos y copas, y con el alcohol, ya la situación empezó a degenerar.

El tío estaba ya subidito en todos los sentidos, y parecía que estaba dispuesto a tener gresca con todo el mundo esa noche.

De Quique empezó a comentar que si no follaba se le iba a caer a pedazos, o algo así, que hizo que yo quedase bastante mal delante de él, pues era algo que sólo podía haber contado yo al resto.

De Raquel dijo que siendo una mariliendre de libro, se iba a quedar al final como la típica solterona vieja rodeada de gatos.

De Guillermo que era un degenerado que al final pillaría alguna enfermedad…

Tuvimos ya bastantes enganchones por todo eso que no hacía presagiar un buen final de fiesta. Todo se precipitó cuando sacó un cigarro y empezó a hacerse un porro en mi cara (sí, encima era porrero, lo tenía todo).

La casa era nueva y de momento no había permitido a nadie que fumase en su interior. Sí que permitía que lo hiciesen en el balcón, claro, pero este tío se creía especial, superior al resto, y él iba a hacer lo que le “saliese de la polla” (textualmente).

Ahí ya me tocó los huevos. Supongo que algo en mi interior hizo “clic” y pensé que para chulo, mi pirulo (como decía aquél), así que ni corto ni perezoso, cogí el canuto que se estaba haciendo, se lo rompí en su cara y le dije que ya podía marcharse de mi casa, que me tenía muy harto.

Al ver que me había encarado con él (algo a lo que no estaba acostumbrado), le entró un siroco tal que se abalanzó hacia mí como un loco dispuesto a partirme la cara. Yo, en lugar de echarme atrás, todavía me vine más arriba (y eso que él era un armario ropero que hubiese tenido todas las de ganar) con lo que ambos nos enganchamos del cuello de la camisa dispuestos a darnos.

Suerte que se levantaron todos a la vez, haciendo todo lo posible por separarnos, y que nos calmásemos. Su novia se puso histérica intentando calmar a la bestia parda que tenía por novio. Quique se puso enmedio dispuesto a defenderme (un gesto que siempre que veo le agradezco), Guillermo intentando sujetar a Víctor y Raquel alucinando en colores.

Al final no nos dimos de hostias por poco. Victor y María se fueron de allí de inmediato y ésa fue la ultima vez que los vimos. Después de aquella noche nadie del grupo retomó el contacto con ninguno de los dos

Sí que es cierto que María me llamó un par de días después, cuando todos estábamos más calmados, disculpándose por él. Le comenté si es que su novio no era mayorcito para pedir disculpas por sí mismo que tenía que hacerlo ella, y como siempre, en lugar de reconocer el despropósito, me dijo que también yo tenia que disculparme por mi actitud…Le pregunté entonces si eso era lo único que tenía que decirme, y como su respuesta fue afirmativa esa fue la última conversación que tuve con ella.

Con el tiempo me enteré de que no sólo se rompió la amistad con nosotros, sino que con otras personas (amigos e incluso familiares) también tuvo, antes o después, trifulcas similares debido a la actitud agresiva de su novio.

Lo último que hemos sabido de ellos es que se casaron y tuvieron varios hijos (que espero que no hereden el gen recesivo de Atapuerca que todavía mantiene su padre).

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

La huida

La huida

Aquella tarde de domingo tocaba conocer, de nuevo, al último ligue-pareja de Guillermo. Se habían conocido por Internet y por lo visto, aunque al principio no buscaban nada en concreto, no hacía mucho que habían iniciado una relación. Guillermo, aunque no lo parecía, era bastante inseguro, con lo que nuestra opinión (sobre todo la de Raquel) acerca de sus parejas le importaba demasiado.

Al poco de llegar al bareto donde habíamos quedado, llegó Guillermo acompañado de un chico alto, y bastante guapo, al que reconocí al instante: Felipe.

A Felipe yo lo conocía desde pequeño, pues los dos veraneábamos en los mismos apartamentos de un pueblo costero cercano a la ciudad. Es más, sus padres eran íntimos amigos de los padres de un amigo mío de veraneo, y el apartamento que ellos ocupaban estaba puerta con puerta con el de otro amigo de la pandilla.

Amigos no éramos, igual ni siquiera habíamos hablado nunca, pero los dos nos habíamos visto crecer desde nanos. Y desde muy pequeños, todos teníamos claro en la playa que era gay. Tenía una pluma que no podía disimularla nunca. Era evidente desde siempre.  Y no sólo por la forma de hablar, sino también por los movimientos de cadera que hacía cuando caminaba.

Por eso nos sorprendimos todos cuando hacía poco más de un año, Felipe anunció que se casaba. Es más, el amigo que mencioné antes llegó a ir a su boda puesto que la amistad entre sus padres era de hacía ya bastantes años. Y por lo que me comentó, incluso los propios invitados al enlace dudaban de la hombría del consorte, comentando entre corrillos que la novia había pegado un braguetazo de los buenos (la familia de él era bastante conocida).

Imaginaos mi cara entonces cuando vi llegar a Guillermo con ese Felipe. Si mi cara en ese momento fue de sorpresa, la suya en cambio fue de angustia bastante mal disimulada.

Yo tan pronto me presentaron le comenté si no se acordaba de mí, que si la playa, que si sus padres, que si mi amigo…, pero él, negándolo, intentaba ocultar algo que era evidente: que nos conocíamos bien.

Al final, viendo que sabía muchas cosas de su familia (nombre de padres, hermanas, trabajo…) alegó que podía ser que nos conociésemos, pero que él era bastante poco fisonomista y que no se solía quedar con la cara de la gente.

Durante la charla, él se mantuvo bastante al margen, y era evidente que la situación le  incomodaba.  Al poco, alegando que tenía cosas que hacer, se marchó, momento en que aproveché para poner en antecedentes a Guillermo y Raquel  y explicar así cuál había sido mi sorpresa al encontrarme con Felipe.

Guillermo, por su parte, nos  comentó que desde hacía meses  ambos mantenían una relación online, cuanto todavía él estaba casado.

Por un exceso de confianza o lo que fuese, se ve que Felipe no solía cerrar el portátil cuando se ausentaba de casa, y en una de esas, su mujer se había enterado de todo. Encontrar además ciertas carpetas con fotos y vídeos de películas gay, tampoco ayudaron demasiado.

Así pues, su mujer le puso de patitas en la calle y habían iniciado ya los trámites de divorcio. Divorcio que no parecía que fuese a ser demasiado amistoso ya que ella, se había casado “muy enamorada” y no se esperaba algo así.

(¿En serio? ¿De verdad hay mujeres que se casan con hombres que tienen pluma y piensan que son realmenten heterosexuales? Yo de esto haría un estudio porque conozco varios casos y nunca lo he entendido, pero bueno)

Guillermo, además, nos comentó que como el chico no quería decir de momento a su familia cuáles habían sido los motivos reales de su separación, lo estaba acogiendo en su casa, al menos hasta que las cosas se calmasen un poco.

Esa estancia duró varios meses durante los cuales, siempre que quedábamos, Felipe (que reconoció que, evidentemente, me conocía) nunca se presentaba. Es más, llegaba a preguntar si yo iba a ir, para no ir él, situación absurda como pocas.

Guillermo por lo visto le explicaba que si tenía miedo por si yo fuese a decir algo, es que no  me conocía, porque no iba conmigo joderle la vida a nadie. Y más cuando ni yo mismo había salido del armario en todos los ámbitos. Pero hablar con Felipe de estos temas era por lo visto como darse contra un muro porque no había forma de que lo entendiese.

Incluso llegó el caso de que cuando yo iba a su casa a cenar, Felipe optaba por irse a dar una vuelta por la calle, o cenar fuera, para no tener que coincidir conmigo.

Estos miedos y muchas más cosas (el chaval por lo visto empezó a ir a un psicólogo porque la situación le desbordaba) hicieron que pronto Guillermo se hartase de él. Otra cosa no, pero paciencia tampoco ha tenido nunca (ni paciencia ni empatía) con lo que cuando Guillermo se cansaba de alguien, poco ya se podía hacer.

Finalmente, cansado de los miedos y movidas de Felipe la relación entre ambos naufragó totalmente, “invitándole” a que saliese de su casa y se buscase la vida.

No creo que tardase mucho en encontrar donde vivir (por pelas no sería), pero la fragilidad mental que por lo visto tenía en esos momentos hizo que en cierta forma, me diese algo de lástima su situación.

Al verano siguiente, en los apartamentos, la gente ya sabía que se había separado de su mujer y el comentario más oído era que “estaba claro que ese matrimonio no iba a durar”. Supongo que el estar siempre en boca de todos, no tiene que ser plato de gusto, y el aspecto de Felipe (bastante más demacrado) demostraba que no lo estaba pasando demasiado bien.

Me lo llegué a encontrar a solas incluso una tarde, y aunque intenté acercarme a él para mantener una conversación, su movimiento repentino de cara, intentando evitarme, demostraba que no iba a haber forma humana de tener ninguna clase de acercamiento.

Tuve claro entonces que contra un miedo tan irracional como ése (¿que contase su secreto?), poco se podía hacer, aunque tampoco creo que la huida fuese una opción válida para solucionar sus problemas.

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Sobreviviré

Sobreviviré

Cuando retomé el contacto con mi amiga Raquel, ella ya llevaba años saliendo por el ambiente.

Guillermo y ella se conocieron en el primer trabajo que tuvieron ambos y desde entonces se hicieron inseparables. Fue a raíz de ese momento cuando ella conoció el mundillo gay y empezó a acompañarlo a él por el ambiente, primero por curiosidad, y luego ya porque disfrutaba en todo ese entorno.

Cuando Guillermo conoció a César y se hicieron novios, el grupo fue abriéndose e incorporando a gente que entraba y salía del mismo. Fue tiempo después cuando yo me incorporé a ese grupo.

Sin embargo, a diferencia de ellos, yo seguía saliendo de fiesta también con mis amigos heteros, por lo que mi vida social no giraba únicamente alrededor del ambiente. Raquel, en cambio, ya era para entonces una mariliendre a tiempo completo. Por eso me sorprendía tanto cuando, a veces, cuando estaba de bajón, decía que estaba harta de estar sola.

Pero ¿como iba  a conseguir novio saliendo siempre por el ambiente?

Esos días de bajón, Raquel me hablaba de noches en las que había salido con Guillermo y compañía y al final ella terminaba en la barra, en plan alcohólica, mientras todos los tíos se enrollaban unos con otros. Al final se volvía sola a su casa y muchas veces, llorando.

Ella, de todos modos,me decía que a veces había ligado por allí, que no todo el mundo era gay, pero yo, que por entonces tenía una mente bastante cuadriculada, decía que si iban por el ambiente, eran gay, no había otra, y es que no me cabía otra posibilidad.

Por eso me sorprendió tanto el día que ligó ante mis propios ojos en la discoteca a la que solíamos ir.

Julián era un chico algo mayor que nosotros por aquella época, y que justamente esa noche habían sacado de casa a la fuerza una pareja de amigos suyos gays. Era hetero, llevaba divorciado seis meses y sus amigos habían decidido que ya era hora de que saliera a conocer gente (y lo llevaban a un sitio de ambiente…)

Guillermo conocía de vista a uno de la pareja y fue a raíz de ahí cuando Raquel y Julián se conocieron, y parecieron gustarse. Tanto, que al poco empezaron una relación.

A mí de primeras el chico me parecía majo, pero me hacía sospechar de él el lugar donde se habían conocido. Por lo visto, él se consideraba gay friendly, pero a mí me hacia pensar si realmente no sería gay a secas.

Recuerdo que estas cosas las hablé con Guillermo en su momento y el me decía que “Julián realmente era gay, pero que él mismo todavía no lo sabía”, y era una frase que, aunque me hacía mucha gracia, me sabía mal por mi amiga Raquel.

Sin embargo, a pesar de las sospechas, su relación parecía ir muy bien. Incluso me llegaron a dar ciertos celos, porque Julián había conseguido apartarla a ella un poco de nosotros, lo que hacía que nos sintiéramos en cierta forma huérfanos. Si antes cualquier problema, sólo hacía falta descolgar el teléfono para hablar con ella, ahora, teniendo ella novio, la cosa cambiaba.

De ahí que las dudas que he comentado que teníamos sobre Julián, hicieran plantearme si nacían de un pensamiento racional o de esa parte de nosotros que deseaba que Raquel volviese a ser la mariliendre de manual que siempre estaba a nuestro lado.

Pronto la relación entre ellos empezó a fallar. Y es que por lo visto, aunque desde fuera todo parecía ir viento en popa, de puertas para adentro la situación no era la misma.

Y es que no había sexo entre ellos.

Llevaban ya casi tres meses de relación y parecía que la relación no había sido aún “consumada”. Por lo que Raquel contaba, por culpa de Julián que le ponía mil excusas para no hacerlo. Al principio, porque tenía muy reciente lo de su ex (hombre, habían pasado ya seis meses, pero bueno). Luego porque no quería ir tan rápido en la relación (si hubiese sido alguien muy religioso podía colar, pero no era el caso). Otro día porque había bebido mucho (yo bebía más que él, pero supongo que a cada uno le afecta de una forma), hasta llegar al temido y muy conocido “hoy no, que me duele la cabeza”.

Así que imaginad cómo podría estar Raquel, que llevaba media vida sin novio y que ahora en esos tres meses, seguía sin comerse una polla rosca. Según ella tenía el dedo índice desecho y es que, aunque lo había intentado todo, no había forma de calentar a ese hombre de ninguna forma.

Claro, cuando oímos eso, Guillermo y yo nos miramos con cara de “ya lo decía yo”, pero tampoco quisimos echar más leña al fuego, e intentamos animarla diciendo que mejor era que lo hablase con él, tranquilamente, para ver hacía dónde quería que fuese esa relación, porque con el calentón que llevaba, ella no iba a poder seguir así mucho tiempo.

Así que al final lo hablaron y pudo confirmar lo que los demás ya sospechábamos, y era que se había dado cuenta “gracias a ella” (que hay que ser cruel para decir algo así), que igual no era tan hetero como pensaba, y que tal vez su relación con su pareja no había funcionado tampoco por el mismo motivo.

Por supuesto cortaron en ese mismo momento y Raquel se hundió en la miseria. Sobre todo por algo que ya me dijo al poco de salir yo con ella del armario, y es que estaba harta de atraer siempre a gays.

Cayó en una minidepresión durante un tiempo, pero al salir, ella volvió otra vez a sus salidas por el ambiente y a seguir como si nada de aquello hubiese pasado.

Yo me ofrecí a salir con ella de vez en cuando por sitios de no ambiente, pero ella se negaba diciendo que quien la conociese, tendría que quererla como ella era y que esas salidas formaban ya parte de su vida.

Por supuesto, por si os cabe alguna duda, Raquel a día de hoy sigue soltera, y aunque de normal es superfeliz, sigue teniendo los bajones que tiene cíclicamente maldiciendose por su mala suerte por no tener pareja.

Egoístamente, los demás seguimos teniendo a una amiga para toda la vida.

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