Cadena de favores

Cadena de favores

Cuando comenté hace poco el tema de mi reciente “asexualidad“, se me olvidó comentar un hecho que fue el que realmente me motivó a escribir sobre eso. Y es que mi amor platónico, mi crush como se dice ahora, me propuso quedar…y le dije que no. De nuevo.

Para poneros un poco en antecedentes, os diré que hace muchos años en un trabajo di con un chaval que me gustaba bastante. En realidad nos conocíamos desde pequeños, pues nuestras familias por aquel entonces tenían cierta amistad, pero con el paso del tiempo perdimos el contacto. Él, algo mayor que yo, fue quien me reconoció nada mas entrar a currar allí y durante ese tiempo nuestra relación no pasó más allá de lo laboral. El tema es que el tío estaba bastante bien. Recuerdo que muchas veces iba a currar con ganas simplemente de coincidir con él, porque me molaba ver como marcaba pectoral y sobre todo ese culete que se gastaba. Evidentemente nunca me atreví a decirle nada y cuando dejé de trabajar allí, el contacto con él también desapareció.

Con el tiempo, limpiando los contactos del Messenger, di con alguien que ya ni recordaba. Hablamos un poco, supusimos que nos habíamos conocido en algún chat gay, y no fue hasta que pusimos la cam cuando nos dimos cuenta de quiénes éramos, y sí, era él.

Ambos nos pusimos al día, yo le dije lo mucho que me gustaba de siempre pero nunca pasó nada más pues yo, para él, era como un “hermano pequeño” tal y como él me recordaba cada vez que hablábamos. Sin embargo, un día le pillé con ganas y me dijo que sin que sirviera de precedente podíamos quedar para pegar un polvo. Pero para mí ya era tarde pues por aquel entones yo había iniciado una relación y le dije que no (por primera vez).

Y volvimos a perder el contacto.

Todo esto ya lo conté en su día, pero lo que son las cosas, lo que pensé que sería un punto y final se convirtió en un punto y seguido.

Hace unos meses, trasteando por Internet, a un chaval se le ocurrió meterme en un grupo de Skype de gays que organizaban quedadas. La idea era buena, pero entre que cada vez estoy  más asocial y mis ganas de conocer gente nueva bajo mínimos, no duré ni dos días. Fue justo cuando iba a salirme del grupo cuando me entró alguien que me pareció simpático. Hablamos un rato y… ¡Voilá! otra vez era él.

Retomamos el tiempo como si no hubiera pasado nada y la amistad siguiera intacta. Yo, entre frase y frase, seguía tirándole la caña a ver si había suerte, pero no la había. Para él seguía siendo como un hermano y de ahí no se podía sacar nada más.

Hasta hace unas semanas, que me propuso, así sin más, venirse a mi casa para dormir en bolas. Y fue cuando le dije que No (por segunda vez).

¿El motivo? Pues tanto mi asexualidad como mis nulas ganas de conocer/estar con nadie más. Y vale que él no me había propuesto nada, pero mi líbido había desaparecido por completo y así se lo hice saber.

Y ése fue el desencadenante para escribir el post sobre asexualidad.

Sin embargo…

Esta vez ninguno de los dos desaparecimos y seguimos hablando por Skype como si nada, aunque sí nos planteamos que a lo tonto, desde que habíamos dejado de trabajar juntos no nos habíamos vuelto a ver, salvo por Internet.

Así que una tarde, charlando, me propuso quedar por la noche después de que él saliese del curro, a tomar algo en un pub cerca de su casa.

Y esta vez le dije que sí.  Y eso a pesar de que esa misma mañana me había hecho un esguince que me había dejado el tobillo hecho un asco. Pero no podía decir que no una vez más.

Y allí que me fui.

Cuando le vi llegar me hizo bastante ilusión ya que aunque nos habíamos visto por Internet mientras hablábamos, no era lo mismo.

A pesar del tiempo que había pasado yo le vi igual de potente que entonces, e incluso en un momento que fue al baño vi que los pantalones por detrás le quedaban igual de bien que por aquel entonces.

La conversación pronto subió de tono, pues él era consciente de lo mucho que me ponía desde siempre. Y eso le hacía gracia.

En una parte de la charla, se acordó incluso  de una propuesta que le hice en su día, de depilarle la espalda pues él me había comentado alguna vez lo difícil que se le hacía a él hacerlo por si solo.

Fue entonces cuando me dijo que eso le seguía costando horrores y que si le podía hacer el favor ya que estaba allí, de subir a su casa y ayudarle con la crema depilatoria.

No me lo tuvo que pedir dos veces.

Subimos a su casa y nos fuimos directamente al baño (pues compartía el piso y no era plan despertar al personal).

Se quitó la camiseta y pude ver entonces el pectoral que tanto morbo me daba cuando trabajábamos juntos. Peludete, sin pasarse, sí que era verdad que por hombros y espalda tenía bastante más. Cogí la crema y la unté por detrás como si le estuviese dando un masaje en el que yo era quien más disfrutaba. Tanto que me animé, diciéndole que le iba a manchar los pantalones y que no era plan… Su respuesta me sorprendió ya que, aunque no dijo nada, se bajó la ropa quedándose como Dios lo trajo al mundo.

Curiosamente en el culete no tenía casi pelo, pero aún así, le comenté que iba a ponerle también crema ya que lo tenía a mi disposicón.  A él todo esto le hacía gracia, se reía, pero nada más.  Estaba claro que a quien le daba morbo era a mí, aunque él… se dejaba hacer.

Una vez bien untado el culo de crema, había que esperar, momento en que se dio la vuelta para charlar conmigo tranquilamente (si no fuera porque él iba totalmente desnudo y yo con un bulto en la entrepierna que ya me hacía hasta daño).

Después, ya pasado el tiempo, fue el momento de quitar la crema para ver el efecto sobre su cuerpo. Y eso ya fue en la ducha. Y para que no me manchase, me propuso meterme también en bolas con él ahí dentro….

Le dije que iba armado y peligroso aunque a él no pareció importarle, más bien al contrario. Y ahí me puse, detrás de él a quitarle la crema, enjabonarle y ponerle crema hidratante mientras iba más tieso que tieso, rozando cada vez que le tocaba contra ese culazo que tantas ganas de conocer tenía.

Finalmente, salimos del baño, me invitó a una cerveza y no fue al ir a levantarme cuando mi esguince me recordó que seguía allí.

Fue cuando él me dijo que “favor con favor se paga” y cuando pensé que la noche iba a acabar de otra forma, fue cuando se ofreció a llevarme a casa en coche para no sobrecargar más mi tobillo dañado…

Cuando llegué a casa, era tal el dolor de huevos que tenía, que podían haberme amputado el pie entero que ni siquiera lo hubiese notado.

Al menos la noche sirvió para darme cuenta de que no estaba tan asexual como pensaba…

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La Trastienda

La Trastienda

No hace mucho, un sábado por la mañana,  recibí un mensaje del Wapo en el que con el típico “qué cerca sales” un tío me entró con ganas de cachondeo. Esa charla,  bastante divertida, acabó derivando en si tenía huevos o no de ir a llevarle  un café  a su trabajo (una floristería) puesto que no había podido desayunar en condiciones. A mí basta que me digan “a que no eres capaz” para hacer algo (en eso soy bastante inmaduro), así que compré un cafetito en un bar y hacia su trabajo que me fui.

Cuando llegué, el tío alucinó porque pensó que no iba a ser capaz de llevarle el café prometido. Antes de ir ya nos habíamos mandado fotos y yo le había dicho cómo iba vestido, para así evitar confusiones. Estuvimos charlando un poco hasta que me dijo que pasase a su trastienda.

Un poco de charla entre nosotros y ambos nos dimos cuenta de que había algo de tensión sexual y que no íbamos a tardar demasiado en resolver.

Al poco empezamos a comernos las bocas, y el empalme fue casi instantáneo. El problema era que siendo un establecimiento abierto al público, la gente entraba a cada rato por lo que mucho, mucho no podíamos hacer…o eso pensaba yo.

Cada vez que entraba alguien, un sonido como de pájaro nos avisaba en la trastienda por lo que él se adecentaba un poco y salía como si nada. El tema es que la cosa se fue calentando y cada vez que salía, la hinchazón de su paquete era cada vez mayor por lo que intentaba con la camiseta tapar lo que podía. A mí la verdad es que el hecho de que entrase gente a cada rato empezó a darme morbo así que intenté sacarle partido a la situación, con lo que empecé a desnudarme poco a poco. Cada vez que el volvía de atender al público yo iba cada vez más desnudo hasta que acabé totalmente en bolas y él ya subiéndose por las paredes.

Entraba, nos enrollábamos y el salía al mostrador ya como podía. En una de tantas, en la que él se llegó a quedar desnudo de cintura para abajo,  tardó tanto en arreglarse y salir (su polla no bajaba) que ya empecé a darme cuenta de que la situación se nos estaba yendo de las manos, por lo que pisé el freno. Para enfriar un poco la situación, mientras él atendía fuera decidí vestirme de nuevo…y menos mal que lo hice. Cinco minutos después llegó su hermana a hablar con él y entró en la trastienda donde se encontró conmigo.

La cara del tío al entrar era un poema, aunque al verme ya vestido se relajó un poco. Me presentó como un amigo que había ido de visita y yo saludé cordialmente, diciendo que ya me iba para evitar una situación incómoda y posibles malos rollos. Nada más salir del local me escribió un mensaje diciendo que por favor no me fuese muy lejos, que su hermana estaría poco tiempo. Y así fue, unos 15 minutos después me dijo que volviese y acabásemos lo que habíamos empezado. Y eso hicimos.

Por fin cerró el local y en la trastienda dimos rienda suelta al calentón que llevábamos acumulado.  El sofá y la silla que tenía nos dio mucho más juego del que pensábamos y la corrida de ambos fue de campeonato (por cierto que me alegró dar con otro igual o más lechero que yo, que ya es).

Cuando acabamos, le ayudé a cerrar la tienda y hablamos un rato, de mi vida y sobre todo de la suya, con una situación familiar, bastante más complicada.El chico era dueño a partes iguales con su mujer de la floristería.  Sí, de él y su mujer. Yo me quedé en ese momento un poco helado,  y me percaté de que no llevaba anillo de casado, aunque tampoco eso significaba mucho. Me confesó que aunque su matrimonio estaba ya roto, y en vías de divorcio, como socios del negocio seguían tan normales y por motivos económicos a ambos les interesaba que siguiese siendo así. También por esos motivos, seguían compartiendo domicilio conyugal. Estaba claro que con este tío lo único que tendría sería sexo y en ese momento me pareció bien.

Días después me escribió de nuevo. Quería ver si podíamos quedar de nuevo en su tienda para repetir lo mismo. Y lo repetimos. Sin embargo, una experiencia nueva tiene su morbo la primera vez, la segunda… pues ya no tanto.

Aún intentó que hubiese una tercera vez, pero a mí ya no me apeteció. Supongo que se quedaría bastante chafado por el mensaje que le envié, dejándole claro que no siempre iba a estar a su disposición (“cuando dejo de estar caliente, vuelvo a ser persona”), así que la cosa ya quedó en nada.

Él pareja no buscaba, supongo que lo único tener un follamigo para quedar de vez en cuando, y yo pensé que para eso mejor era tener a alguien con una situación bastante menos complicada que la suya.

Bueno, eso pensé yo o eso me dije a mí mismo, puesto que de nuevo pensar en iniciar algo con alguien (sea ese algo lo que fuese) me había empezado a poner nervioso…

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The kings of summer

The kings of summer

Ahora que el verano está entrando en su recta final es cuando suelo acordarme de aquellos veranos cuando era (más) joven y las vacaciones duraban tres meses completos.

Uno de aquellos veranos de los que mejor recuerdo tengo fue cuando tenía 16 años y viví mi primer, y único, “amor de verano”.

Desde bien pequeño, yo solía siempre veranear en los mismos apartamentos de un pueblo costero, con lo que año tras año solía coincidir con la misma gente.

Entre mi grupo de amigos había un chico madrileño con el que siempre me llevé muy bien, y ese verano en concreto vino un amigo y vecino suyo de Madrid para pasar los últimos días de sus vacaciones.

El chaval se llamaba Jesús, y era un año mayor que nosotros. Muy rubio y con ojos oscuros, me pareció muy guapete desde el primer momento, con lo que me colgué inmediatamente de él.

El chaval iba estar desde el viernes hasta el lunes por la mañana que es cuando se iría de vuelta a Madrid con mi amigo y su familia.

De ese viernes la verdad es que tengo pocos recuerdos, pero de ese sábado en concreto, y mira que han pasado años, sigo recordando todo lo que ocurrió como si no hubiera pasado el tiempo.

Recuerdo que amaneció nublado así que decidimos irnos a pescar al río, porque cuando estaba el tiempo así era cuando, en teoría, más fácil era que picaran.

Fuimos en el coche de un amigo (que ya era mayor de edad) y allí nos plantamos a pasar la mañana, que amenazaba con ponerse a llover de un momento a otro.

Estando allí, llegaron otros chavales de nuestra misma zona con los que nos llevabamos bastante mal. Empezamos pronto a picarnos unos a otros, en plan niñatos, que a pesar de la edad era lo que seguíamos siendo por aquella epoca.

En un momento dado, Jesús se levantó y ni corto ni perezoso se bajó el bañador para hacerles un calvo a los otros chavales, que estaban situados en la orilla de enfrente. Yo me quedé flipado, claro, porque aparte al tenerlo a lado le pude ver bien el pedazo culo que tenía el chaval. No contento con eso, y animado por la situación, aún se dio la vuelta, les enseñó la polla y comenzó a hacer movimientos de cadera como si se los estuviese zumbando a todos…

Mi amigo, partido de risa pero también un poco avergonzado, dijo que Jesús era así, y que cuando lo conociera un poco más, me daría cuenta de que estaba loco perdido.  A mí la verdad es que me encantó, y si me gustaba desde antes, a partir de ese momento y viendo lo que tenía entre las piernas (no calzaba mal, no), todavía mucho más.

Después de aquello, el tiempo nublado ya se convirtió en lluvioso y cogiendo los bártulos, nos fuimos hacia el coche intentando volver a casa antes de que la tormenta nos alcanzase.

Pero la tormenta nos alcanzó de lleno. Tanto que entre unas cosas y otras, cuando el amigo que iba en coche nos dejó en casa, íbamos como sopas. Como sus padres no estaban, decidí entonces quedarme un rato más con ellos y esperar a que pasase la tempestad.

Nada mas llegar, mi amigo nos dejó toallas y nos pusimos a secarnos un poco. Yo me quité la camiseta, y mientras mi amigo se fue al baño, Jesús se despelotó totalmente delante de mí, dándome la espalda, mientras buscaba unos calzoncillos que ponerse.

Una vez los encontró, se giró hacia a mi para ponérselos mientras me alcanzaba a mí otros limpios con la idea de que yo hiciese lo mismo. Evidentemente yo me despeloté también, cara a él, resultando este como uno de los momentos más morbosos en esa mi incipiente sexualidad.

Una vez secos, ya salió mi amigo, y mientras nos tomábamos un refresco esperamos que dejase de llover.

Esa noche nos fuimos a cenar por ahí, los dos amigos madrileños y mi otro amigo valenciano. En esa época todavía no estbamos en plan ligoteo a saco, aunque sí nos ibamos a la zona de copas, sólo por cotillerar un poco y reirnos de la gente y del postureo que siempre ha habido en esos sitios (eso ya ocurría hace años)

Ya en la cena, mi amigo no dejó de decirme que le había caído muy bien a Jesús, que nuestro otro amigo no tanto, y que no había dejado de hablarle de mí en toda la tarde.

Yo, en mi inocencia, recuerdo que llegué a pensar si esa amistad igual significaba algo más, y que igual lo que yo estaba sintiendo, también lo estaba sintiendo él igualmente.

Esa noche, ya de vuelta decidimos tumbarnos en la playa de noche hasta que a alguno se le ocurrió la genial idea de desnudarse y bañarse en la playa. Yo en aquella época aún era bastante vergonzoso y me bañé en calzoncillos, siendo otra vez Jesús el único que se atrevió a bañarse en bolas, dejando otra imagen en mi mente que tardaría mucho tiempo en borrar

De vuelta a casa recuerdo que pensé que ese chaval me gustaba mucho, de una forma que no había sentido nunca antes…

El domingo fue un día playero total y era ya evidente que entre Jesús y yo había surgido un colegueo total. Tanto que los demás tenían como “celos” pues pasamos todo el día haciendo el chorra juntos.

Esa noche, que iba a ser la última, incluso dormí en su casa, en una cama supletoria pues iba a ser la última hasta el verano siguiente.

Y ahí también le volví a ver desnudo por todos lados (el chico no tenía ningún problema con eso) dejando imágenes en mi cabeza difíciles de borrar.

Al día siguiente ya fue la despedida, muy triste para mí, a pesar de haberle conocido sólo dos días antes.

En aquella época, durante el invierno, nos solíamos escribir los amigos, y con el madrileño era bastante habitual hacerlo. Sin embargo ese año también empecé a recibi cartas de Jesús, con lo cual ese “amor de verano” traspasó la estación inicial.

Poco a poco esos escritos se empezaron a espaciar en el tiempo.

Al verano siguiente, él también vino a Valencia, está vez al inicio del verano. Sin embargo, todo había cambiado.

Aunque seguíamos congeniando en muchas cosas,  se notaba que él había madurado mucho más que yo. Para colmo, tuve que aguantarme al ver como se enrollaba con dos guiris en mi cara la primera vez que salimos por la noche…

Era evidente que Jesús no era gay, nunca lo había sido, y simplemente yo me había montado una película en la cabeza que no se correspondía con la realidad.

Aun así, echando la vista atrás, recuerdo con una sonrisa todo lo que viví con aquel chaval durante ese fin de semana.

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Prêt-à-porter

Prêt-à-porter

Aquella tarde recuerdo que entré al chat más por inercia que por otra cosa, así que ni siquiera tenía intención de quedar con nadie si se daba el caso.

Esas veces que entraba así, lo único que hacía era leer lo que la gente ponía en el general por si alguno me llamaba la atención. Y vaya si lo hizo.

La frase que puso “fotógrafo27” me llamó la atención enseguida porque decía algo así como que si alguno quería hacerse un book de fotos erótico, esa era la ocasión.

Para una persona con un puntillo exhibicionista como yo, la posibilidad de hacerse unas cuantas fotos en bolas en plan profesional la verdad es que sonaba muy pero que muy bien, así que me puse a hablar por privado con él.

Me comentó que era fotógrafo, con un estudio bastante céntrico, y aunque hacía fotografía sobre todo de moda, de vez en cuando le gustaba hacer fotos de desnudos, y sabía que había gente no profesional a la que le molaría tener buenas fotos de ese tipo (al menos, yo no era el único).

Me dijo cuánto cobraba por hacerme las fotos aunque no consigo recordar ahora la cantidad que me dijo. Tampoco pienso que fuese mucho dinero porque sino igual me hubiese echado atrás la idea, que uno tiene sus morbos, pero tampoco me iba a dejar el sueldo por hacer algo así.

Me dijo la dirección donde tenía el estudio y quedamos en vernos una hora después.

Aprovechando que sabía su nombre y la dirección del lugar, lo busqué en google para asegurarme de que fuera cierto todo lo que me había contado, y sí, el estudio fotográfico existía, llevaba su nombre y tenía página web. E incluso tenía colgadas fotos de modelos que habían trabajado con él.

A la hora acordada llegué a lugar. Para evitar que hubiese más gente, quedamos a la hora en que cerraba el establecimiento al público, así me podría hacer las fotos más relajadamente, sin tener que atender a gente entrando y saliendo del lugar.

Lo primero que me sorprendió al ver al chaval fue lo tímido que me pareció al saludarme. Yo cuando conozco a alguien de buenas a primeras, tampoco es que sea la alegría de la huerta, pero es que a este chico ya lo ví demasiado cortado..

Me hizo pasar a una habitación contigua donde me iba a hacer las fotos y vi lo que era un estudio profesional de fotografía. La sala era totalmente blanca con los típicos paraguas esos que se ponen para evitar reflejos, detrás había una pantalla de tela también en blanco, focos de iluminación por todos lados, y algunos elementos de decoración que seguramente se usarían para las fotos, pues había una silla, un diván y un jarrón enorme con flores.

Me dijo que me me podía ir desnudando mientras él acudía a por la cámara de fotos que iba a usar para la sesión..

A mí la situación aunque en cierta forma era algo cortante (sobre todo por la actitud tan distante del fotógrafo), me empezó a dar morbo nada más empecé a desnudarme. Tanto que ya tenía la polla morcilllona y prometía que se iba a poner mucho más alegre por momentos.

Me puse en el medio de la zona de fotos y en ese momento apareció el fotógrafo con una cámara reflex de esas bastante tochas. Nada más verme, se acercó adonde estaba yo,  apuntó con el tele objetivo que llevaba y…se le cayó la cámara al suelo.

Yo por el ruido que hizo pensé que la cámara se le había hecho polvo, pero por lo visto sólo se salió el objetivo, y aunque intentó encajarlo de nuevo, no había forma. Yo en lugar de estar ahí parado intenté ayudar también, con lo que durante unos minutos la situación se volvió algo surrealista, pues ahí estaba el “modelo”, como dios lo trajo al mundo, y con una erección incipiente, intentando arreglarle la cámara al fotógrafo que en ese momento estaba como un flan de nervioso.

Cuando por fin quedó arreglado el objetivo (o eso parecía), yo volví a ponerme en el centro de la habitación esperando que el fotógrafo me hiciese alguna indicación de cómo ponerme, por la situación de las luces y cosas así.. Lo curioso es que él también parecía esperar indicaciones de algún tipo, así que durante unos segundos, ninguno de los dos supo qué hacer.

A mí a esas alturas lo que me había parecido morboso, ya estaba dejando de serlo, porque me estaba dando cuenta de que el fotógrafo parecía tener horchata en las venas.

Fui yo el que le tuvo que preguntarle entonces que cómo me ponía, si quería de espaldas o por delante, si me quedaba en el centro o en un lado más cerca de los focos.

El a esas preguntas sólo sabía decirme que me pusiese como quisiera, que como yo estuviera cómodo.

Yo cómodo estaba, pero si él era un profesional de esto, yo suponía que tendría que saber como se tenía que poner la persona a la que fotografiaba, ¿no? que se supone que se dedicaba a sacar lo mejor de sus modelos (o eso tenía entendido yo, aunque con tanto photoshop, a saber ya…)..

Cuando le dije que si era o no profesional de esto, se ve que le toqué un poco la moral y  me dijo que vale, que me pusiera de espaldas, que abriese un poco las piernas, que me iba a sacar fotos por detrás porque tenía un buen culete que daba bien en la cámara. Luego me dijo que me pusiese cara a él con los brazos detrás de mi cuello,  y que no me moviese demasiado porque el juego de sombras quedaba muy bien también. Y luego….poco más.

Era como que sólo sabía decir esas dos frases tipo “juego de sombras” y “quedaba bien en cámara” porque las repitió a partir de ese momento un montón de veces.

Aparte, que tampoco me daba ninguna indicación sobre cómo posar.

Así, si por ejemplo había que hacerse fotos tumbado, era yo el que lo proponía. Si quería hacer fotos con algo de lo que había de “atrezzo” también fui yo quien lo propuso (me hice fotos sobre el diván y sentado en la silla), y si quería fotos un poco más fuertes (me hizo una como si me estuviese masturbando), también fue  a propuesta mía.

Al final, superado ya un poco por la situación, le pregunté si me iba a hacer muchas más fotos o qué, porque tenía que ir luego a hacer un recado.

Me dijo entonces que se le había ido el santo al cielo, pero que ya me había hecho suficientes (cuando yo supuse que ni siquiera tenía claro cuántas me había sacado).

Mientras me vestía, más decepcionado que otra cosa, le dije que fuese claro, que si realmente había hecho eso alguna vez antes porque muy suelto no le había visto.

Entonces me confesó que realmente era la primera vez que hacía algo así. Pero no sólo eso sino que realmente no era ni fotógrafo ni nada, pues el estudio era de su padre (que se llamaba igual que él, por eso su nombre coincidía). Por eso también el agobio que le produjo que se le cayese la cámara, y la poca iniciativa que tenía a la hora de sacar las fotos.

Evidentemente me dijo que lo había hecho por el morbillo de fotografiar a un tío en bolas, y que no me iba a cobrar nada por la sesión.

Después de vestirme, me pasó las fotos a un USB que me dijo que llevara, y me fui de allí más decepcionado que otra cosa.

De las fotos, que aún las conservo, la verdad es que pude aprovechar sólo unas cuantas, porque la mayoría salieron más que borrosas pues era evidente que el teleobjetivo no había quedado muy bien encajado que digamos.

Pero bueno, al menos siempre podré decir que fui modelo por un día.

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Morbo

Morbo

Cerrada ya mi etapa por el ambiente y aparcada mi búsqueda de pareja (duradera), decidí que mi vida sexual iba a consistir a partir de entonces en disfrutar de mis morbos, filias o como queráis llamarlo.

En el fondo, en todas mis experiencias sexuales buscaba (algunas veces más claramente y otras de forma más inconsciente), ese “algo más” que nunca acababa de llegar.

Aunque eran muchas veces quedadas para sexo,  siempre buscaba tios con los que tuviese cierta afinidad (en estudios, edad, trabajo o similares) por si acaso se daba la posibilidad de que después del polvo pudiese iniciarse algún tipo de relación.

Pensé entonces que si tenía decidido estar soltero el resto de mi vida, no me iba a privar entonces de dar rienda suelta a mis “perversiones” por llamarlas de alguna forma, así que me puse manos a la obra.

Digamos que empecé en plan light para ir luego subiendo poco a poco.

Como ya conté en su día, cuando era adolescente, con amigos, medio en broma medio en serio, veíamos de vez en cuando pelis porno y alguno acababa sacándose la polla para acabar haciéndose un pajote delante de los demás.

Me rondaba en la cabeza repetir esa experiencia con un desconocido así que entré al chat y puse en el general tal cual lo que buscaba. Pronto me entraron varios privados hasta que me decanté por uno.

Por lo que me comentó era un tío hetero, casado, con críos pequeños, que tenía desde hace tiempo esa curiosidad de hacer algo así también. Me dejó muy claro que ni era hetero curioso, ni bi, ni quería probar a hacer nada conmigo. Incluso me dejó claro que no iba a haber ningún contacto físico entre ambos.

Acepté su lista de prohibiciones y me dirigí hacia su casa, que tampoco es que estuviese demasiado alejada de la mía (cosa que en un principio le asustó un poco).

Al llegar allí, me dio la mano (así que algo de contacto físico ya había), me ofreció un refresco, me hizo sentar en el sofá y me dijo que podía elegir el listado de películas que tenía.

Me sorprendió que para ser tan hetero, tuviera un listado de películas gays tan extenso, dividido además por temáticas. El tío se ve que dominaba el género, porque nos pusimos a hablar de actores y productoras, rompiendo así un poco el hielo inicial.

Elegimos finalmente una de brasileños que me encantan, sobre todo por el culete (soy muy de culos, ya sabéis) que suelen tener por regla general (y de lo que puedo dar fe).

Empezó la película y fue él el primero que se bajó los pantalones hasta los tobillos, enseñando una polla que aunque estaba medio morcillona, ya prometía lo suyo.

Me dijo que hiciese yo lo mismo, aunque yo me desnudé del todo para estar más cómodo (cosa que no le importó, quitándose él la camiseta a continuación).

Durante la película (que era muy buena, por cierto) yo estuve todo el rato mirando por el rabillo del ojo su pajote que era lo que más morbo me daba. Tampoco quería mirarle directamente porque siendo tan “hetero” mi intención no era cortarle el rollo, así que lo hice con disimulo, hasta que me percaté que él tampoco estaba mirando demasiado la película.

Empezamos entonces a mirarnos con descaro, tanto a los ojos como a la polla, escuchando los gemidos de los brasileños de fondo.

En un momento dado, diciéndome que le estaba dando mucho morbo ver lo excitado que estaba (soy bastante expresivo en esos momentos), me propuso que me acercara a él, así que acabé poniéndome a su lado.

Estar muslo con muslo con un tío con pinta de machote (que aparte me gustaba, era morenito, con algo de vello, y  con un físico agradable), hetero, con morbo, y con el que estás compartiendo el momento íntimo de cascártela,  para mí fue un auténtico gustazo, así que si seguía a ese ritmo iba a acabar pronto.

Yo intentaba aflojar la marcha, porque quería que la noche fuese algo más larga (o por lo menos que acabase la peli), pero notar cómo me estaba mirando el tío, me calentaba todavía más.

Por lo visto él tenía ya la misma excitación porque sin decir nada, cogió su brazo izquierdo y me lo puso alrededor del cuello (un gesto en plan colega) mientras con su mano derecha comenzó a acariciarme la pierna, ascendiendo desde la rodilla muy suavemente.

Finalmente llegó poco a poco hasta la ingle, y de ahí comenzó a acariciarme los huevos, momento en el que le dije que si seguía por ese camino me iba a hacer explotar de placer.

Sólo me dijo entonces que me incorporara, que me pusiera sobre él en el sofá y que me corriese sobre su cuerpo. Y eso hice, claro.

De normal ya he contado alguna vez por aquí que suelto bastante pero si el morbo o la situación lo hace “distinto” aquello es como un surtidor de gasolina. En este caso fue así y al acabar parecía que le habían echado un bote de nata líquida sobre el pecho.

El no tardó mucho en hacer lo mismo sobre sí, y por la cantidad que vi que soltaba, también le había calentado bastante todo aquello.

Después de limpiarnos un poco y quitar la película, que acabó unos minutos después, me dijo que entendiese que la discreción para él era súperimportante y todas esas cosas que suelen decir los hombres casados.

Le comenté que no tenía que preocuparse de nada, y que no iba a saludarle por la calle, si era eso lo que me pedía.

Antes de despedirse, me comentó que la semana siguiente tampoco estaba su mujer y que si yo quería podíamos hacer esto de vez en cuando.

Le agradecí su invitación pero no lo volví a hacer, al fin y al cabo se trataba de cumplir un morbo (o por lo menos de repetir experiencia de mi adolescencia) y se agolpaban ya otras ideas en mi cabeza para cumplir a corto plazo.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

El Señor de los anillos

El Señor de los anillos

Lo que voy a contar hoy es de las historias más extrañas que me pasó con un tío. No le pongo nombre porque ni siquiera lo recuerdo. Le conocí en un pub a las tantas de la mañana, en mi época de zorreo particular. Nos pegamos las típicas miraditas previas, luego algo de charla, y poco después nos fuimos para su casa.

A mi el tío me había sorprendido nada más verlo por el pedazo de paquete que marcaba. En aquel momento no supe adivinar si lo que le marcaba era el pantalón en sí, que le venía amarrado, o realmente es que era todo suyo. Pero vamos, llamar la atención la llamaba.

Vivía no muy lejos de donde nos habíamos conocido, así que en poco más de diez minutos, ya estábamos subiendo hasta su piso (era un tercero sin ascensor).

Nada más entrar en su casa, sí que me sorprendió que no empezamos a morrearnos (algo bastante habitual las veces que ligaba de forma tan rápida), y sólo me dijo que tenía algo que me iba a soprender.

Simplemente cogió una silla que tenía, la puso en medio de la habitación (comedor-cocina todo junto) y me pidió que me sentara.

A mí la verdad es que entre el alcohol y el rollo así en plan sorpresa que quería darle, la situación ya me hizo bastante gracia, y le pregunté si me iba a hacer un streptease y me había puesto en el palco vip para verlo mejor.

El tío me dijo que simplemente me sentaba ahí para que estuviese atento a lo que quería enseñarme.

El hombre (que realmente no era ningún jovencito, puesto que me sacaba ya unos años) se puso entonces delante de mí a una altura en la que su paquete se quedaba totalmente a la altura de mi cara, y empezó a desnudarse, quitándose primero la camiseta.

Aunque yo intentaba mirarle el cuerpo de arriba abajo, a poco que me daba cuenta me recreaba mirándole el pedazo de bulto que marcaba en sus pantalones. Si en el pub aquello me había parecido grande, a esa distancia ya era escandaloso, y como las manos siempre van al pan, intenté magrearle el bultaco, a lo cual se negó.

Me dijo entonces que tuviese calma, que quería calentarme primero para que luego la sorpresa fuera mayor.

Sí que me dejó tocarle el culo a dos manos, y acercar mi cara a su entrepierna, para notar como le iba creciendo cada vez más. A esas alturas, yo mismo iba empalmado como un mono, aprisionándome mi propia erección en el vaquero que llevaba.

(Intenté desnudarme un par de veces, pero a eso también se negó, diciendo que no era el momento todavía).

Finalmente, después de un rato largo de “calentamiento”, fue cuando se bajó con una mano los pantalones y calzoncillos mientras con la otra intentaba tapar algo de carne que ya se le desparramaba por los laterales.

Una vez desnudo del todo, se quitó la mano, y a la voz de “es toda tuya” me enseñó lo que él básicamente llamaba su “obra de arte”.

Lo primero que me llamó la atención fue unos enormes anillos plateados que llevaba sujetándose los huevos y la polla. Realmente no sé decir si eran dos anillos superpuestos, o uno sólo doble, pero le aprisionaban por un lado el pedazo de polla  y por otra los gigantescos huevos que le colgaban.

Los huevos eran como los del caballo de Espartero. Hinchadísimos de un forma que no era normal. No parecían naturales. Realmente ni siquiera parecían dos testículos, pues estaban tan inflamados que era como un único huevo de un tamaño que no había visto nunca. Al tocarlos, incluso, se podían notar el peso sobre mi mano. (Tanto que incluso me dio la sensación de como cuando estás sopesando un melón en el mercado).

Y luego estaba la polla, que tenía un aspecto tan extraño que sorprendía. No es que fuera gorda, es que era gordísima. Pero también con un aspecto que no parecía natural. De hecho era como si le hubiese atacado un enjambre de avispas. (Para que os hagáis una idea, la propia piel del prepucio era como de un dedo de ancho y no estoy exagerando…)

Claro yo cuando vi todo eso, es que no supe ni qué decir. A ver, morbo daba, pero por otro lado…era extraño en conjunto. Yo le tocaba los huevos, le magreaba el rabo, lo miraba, me pegaba en la cara como si fuese una manguera…pero no daba crédito a lo que tenía entre mis manos.

Yo sólo decía que qué pasada, que qué barbaridad que como tenía eso ahí y la verdad es que llegó un momento que me entró la risa floja y todo porque me parecía de coña que alguien pudiese vivir con eso.

A él mi sonrisa, mis comentarios y todo lo demás era evidente que no le estaban haciendo ninguna gracia. Yo, al ver su cara, me di cuenta de que igual me estaba pasando (también es que había bebido) e intenté suavizar mis comentarios. Me vino a la mente entonces que igual lo que tenía el hombre era una enfermedad, porque me sonaba haber leído algo sobre la “elefantiasis”(aumento de partes del cuerpo) con lo cual todavía me agobié un poco más.

Le pregunté directamente si lo que tenía era una enfermedad, que si era eso me perdonase, que no tenía intención de reirme de defectos ajenos. Si hasta entonces su cara reflejaba que estaba algo molesto, de ahí pasó a cabreado en un segundo.

Se subió los calzoncillos y el pantalón y me dijo que no, que no tenía ninguna enfermedad y que si no me gustaba lo que tenía, ya me podía ir de su casa.

Yo la verdad es que no sabía qué decir, y le dije que no, que realmente me gustaba, que no pasaba nada.

Pero ya no hubo nada que hacer, me dijo que me tenía que marchar, que le “había costado” mucho tener esa polla y esos huevos, para que viniese cualquiera a descojonarse en su cara.

Yo en ese momento no entendí nada de a qué se refería con lo que le había costado, pero como tampoco quería discutir ni decirle nada más, me fui de allí sin entender demasiado.

No fue hasta cierto tiempo después cuando hablando con un médico amigo me habló de gente que le molaba meterse inyecciones de agua salina en los huevos y la polla hasta tal punto que llegan a tener un aspecto amorfo. Incluso vi fotos de a qué se refería con lo de “amorfo” y fue cuando me vino a la mente la historia que he reflejado hoy.

Supongo que esta gente le gusta que le admiren la barbaridad a la que pueden llegar con esa especie de fetichismo, pero yo no acabé de pillarle el punto y supongo que por eso este hombre se sintió tan  decepcionado con mi actitud en aquel momento.

Así que si un día veis por la calle a alguien con un paquete considerable, desconfiad, que igual no es tan natural todo como podéis pensar.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

Boca a boca

Boca a boca

La primera vez que descubrí el morbo que me daba el juego de voces a través del teléfono fue por medio de algo bastante inocente. Bueno, no tan inocente, me explico.

En la época previa a Internet, redes sociales y todo lo demás, una de las pocas formas de contacto que había sin moverte de casa era a través de las páginas de contacto de los periódicos.

Yo por aquel entonces no sé muy bien qué edad tendría, pienso que todavía adolescente, y una vez que me quedé solo en casa, me armé de valor y llamé a uno de esos teléfono que se anunciaban en plan “Hombre, 20 años, vicioso. Hago lo que quieras”.

Nada mas descolgar el teléfono oí una voz de mujer que se presentó y me preguntó que qué buscaba exactamente. Yo, al oir una voz femenina no supe cómo reaccionar y colgué el teléfono pensando que me había equivocado al marcar.

El hecho es que no me había equivocado y pegando un repaso al resto de anuncios de la página me fijé que el mismo número se repetía para “experimentado de 35 años”, “rubia tetona de 19” o “morena calentorra de 27 años”. Es decir, era un teléfono de una agencia de contactos en el que tendrían en plantilla tanto hombres, como mujeres.

Pasados cinco minutos, volví a llamar. Esta vez sí se puso un hombre con una voz calentorra que me gustó desde el minuto uno. Me preguntó si era el que había llamado antes, si era tímido, y si quería estar con alguno de ellos. Que lo pasaríamos bien y mil cosa más. Yo sólo comenté que era novato y me dijo que no me preocupase, que él me podría enseñar todo lo que sabía..

En ese momento me entró un ataque de vergüenza y colgué el teléfono con un empalme que ya me hacía daño dentro de los vaqueros. Unas simples palabras con una voz masculina habían conseguido excitarme como nunca hasta ese momento, cosa que aproveché para hacerme una buena paja.

Me di cuenta en ese instante que un simple teléfono sería otro de mis objetos sexuales preferidos.

Años después, por casualidades de la vida, comencé a trabajar de teleoperador. El trabajo en sí me pareció un coñazo y la empresa era lo más parecido a una secta que había conocido nunca, pero el tema de escuchar a la gente cuando te llamaba, muchas veces, me ponía. Había voces y voces, claro, pero como encima te salía en pantalla la edad del que te llamaba en ese momento, muchas veces no podía evitar imaginarme cómo era la persona que estaba al otro lado. Seguramente no acertaría en nada, pero la imaginación en estos casos, funciona y de qué manera.

Además, en el sentido contrario, por la puntuación que te daban los clientes en la típica encuesta post-llamada y en las valoraciones que te hacían los jefes en las escuchas, yo siempre era uno de los mejores valorados por dos motivos: empatía o cercanía con el cliente y sobre todo por mi voz. Una voz, que aunque a mi nunca me ha gustado (algo normal), a otras personas por lo visto sí gustaba.

Tanto era así, que por ejemplo, en la época del videoclub porno, era yo el encargado de llamar y “amenazar” a los clientes que no habían devuelto las películas a tiempo porque mi voz acojonaba, ponía un tono de poli malo que a mis compañeros les flipaba bastante.

Así que era cuestión de tiempo que un día entrase al chat y me fijase en un canal llamado “sexo telefónico” , al que durante un tiempo de mi vida le saqué mucho partido.

En ese canal había mucho fetichista que le molaban los juegos de rol. Es decir, tíos que si les llamabas se harían pasar por mujeres, que les iba el rollo padre/hijo (figurado), que les gustaba montarse fantasías o recrear historias inventadas.

Yo lo único que quería era hacerme una paja “acompañado” y listo.

Generalmente la gente con la que contactaba era de otra ciudad por motivos evidentes. La mecánica era más simple que el funcionamiento de un botijo: Te describías más o menos físicamente (a mí me interesaba más que nada la edad del otro), te dabas el teléfono y comenzabas a hablar, soltando todo tipo de cerdadas para calentarte mutuamente.

Lo divertido para mí era, a partir de pocos datos, imaginarte a la otra persona. Yo muchas veces estaba seguro de que la otra persona mentía (todos con pollones, todos supercachas, todos impresionantes), pero si la voz era morbosa, el resto me daba igual.

Al teléfono a mí me gustaba mandar, ser yo el activo y calentar al que estuviese al otro lado de la línea telefónica. Y por lo visto, funcionaba.

Yo empezaba la conversación preguntando cómo iba vestido,  y después insinuaba que se fuesen desnudando poco a poco, hasta quedarse en bolas.

Después le decía que imaginase, que me ponía detrás de él, rozándole con mi cuerpo que en ese momento ya estaba ardiendo. Que le abría las piernas lentamente hasta que le empezaba a restregar mi polla por el culo. Que mientras le mordisqueaba el cuello, y le inclinaba sobre la mesa del comedor donde le iba a follar a saco.

A veces me ponía incluso más cerdo que en persona diciéndoles todo esto y si el otro entraba al trapo y empezaba a gemir, sabía que la cosa iba bien.

El final, claramente era conseguir que el otro se corriese. Y lo hacían, vaya si lo hacían, o por lo menos algunos lo simulaban muy bien. El que no fingía era yo, y siempre solía terminar mis conversaciones eyaculando, exhausto con el teléfono en la mano y la corrida sobre mi cuerpo.

Los teléfonos generalmente después se borraban (si es que no habíamos hecho la llamada con número oculto) y nunca más volvíamos a tener contacto.

Esto yo no sé ni cuantas veces lo he hecho en mi vida, e incluso durante una época lo llegué a preferir antes que el sexo de verdad.

Para mí era el paradigma total de “sexo seguro”, evidentemente, y además era algo superdiscreto y que te evitaba muchos malos rollos posteriores.

Pero esa época, por suerte o por desgracia, ya pasó y aunque ya no practico sexo telefónico, cada vez que escucho a ciegas la voz de un tío no dejo de imaginar cómo sería escucharle excitado.

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