Mi chica

Mi chica

Los últimos años en la universidad, aunque intentábamos seguir en todas las clases el mismo grupo de amigos, se hacía un poco complicado.

Entre asignaturas troncales y optativas, lo más lógico era coincidir en las principales y luego ya mucho más en la cafetería (yo la biblioteca la verdad es que la pisaba poco).

En una de estas asignaturas optativas de los últimos cursos, coincidí con María, una antigua compañera del colegio que aunque estudiábamos en la misma facultad y la misma carrera, nunca habíamos coincidido demasiado en las clases.

Ese año nos vimos bastante y hablando un día de si manteníamos contacto con algunos de nuestros antiguos compañeros de escuela, me comentó que sí, que continuaba quedando mucho con Raquel, una compañera con la que siempre me había llevado yo también muy bien, pero sin llegar a ser amigos.

Me comentó que ellas dos solían quedar mucho, y que Raquel era bastante “moderna”, y que siempre salía con dos chavales gays.

(La verdad es que me lo comentó como si fuese algo “exótico”, y visto con los ojos de ahora, la verdad es que choca un poco la expresión).

Yo fue oir lo de los colegas gays y enseguida pensar que tenía que hacer lo que fuese para conocerlos.

Mi experiencia en el mundo gay se reducía únicamente a conocer gente en internet, sexo, follamigos y poco más, pero por fin daba con alguien de mi entorno que podía introducirme en ese ambiente, que era lo que yo quería.

Aparte del sexo, ya tenía ganas de tener un colega, un confidente, alguien que me comprendiese realmente, y el saber que encima podía ser a través de alguien conocido me cambió los esquemas.

María y yo, por temas de estudios empezamos a quedar habitualmente, y yo siempre que podía, le sacaba el tema de su amiga, para ver si podíamos quedar con ella.

Y al final, de tanto insistir, un día quedamos María, Raquel y yo.

Hablamos de cuando eramos compañeros y todas esas cosas y poco a poco, cada vez que ellas quedaban, yo me iba de acoplado esperando que algún día llegase acompañada de sus “inseparables” amigos.

He de decir que yo, hasta ese momento no sabía lo que era una “mariliendre”.

La palabra en sí es bastante ofensiva, la verdad, y sino, atentos a la definición de wikipedia:

Mariliendre o Mariliendra es una expresión española (de marica despectivo para homosexual o de forma irónica usado para autodefinirse, y liendre también de forma irónica aludiendo a una forma de vida parásita adherida a su hospedador) para referirse a una mujer heterosexual que se asocia exclusivamente con hombres homosexuales y bisexuales, o mujeres cuyos amigos gays son muy cercanos.

Entre los sinónimos se pueden incluir amante del rocío de vientre negro, diosa gay, merluza, hada madrina o reja (de Regina, una famosa mariliendre sevillana).

Las mariliendres son a veces estereotipadas como mujeres poco agraciadas o solitarias que están buscando un sustituto para relaciones heterosexuales, o chicas populares y sociables de armas tomar que en secreto sienten atracción hacia hombres homosexuales. 

Quitando que jamás he oído nunca lo de “amante del rocío de vientre negro” (de lo de “merluza” mejor no hablamos), la verdad es que en Raquel esa definición, en lineas generales,  encajaba como un guante.

Raquel se pude decir que guapa, guapa nunca había sido, ni en la escuela ni en la época que nos reencontramos, pero sí bastante resultona. Al ser alta, morena, y rasgos muy marcados, la verdad es que llamaba la atención.

Por lo que comentaba, a ella le encantaba el ambiente gay, disfrutaba de lo lindo porque realmente no tenía que maquillarse como una puerta, ni ser distinta a la que era habitualmente (era muy divertida).

Había tenido relaciones que no iban a ningún lado, y otras bastante tormentosas, así que cuando conoció a sus amigos gays y vio que para salir con ellos sólo tenía que tener ganas de divertirse sin pensar en ligar, ella se encontraba a sus anchas.

Y comentaba que encima ligaba de vez en cuando.

(Eso era algo que por entonces yo no entendía porque si era una discoteca gay, pues pensaba que todo el mundo era gayer, aunque en eso, como en muchas cosas estaba equivocado).

Ella y yo congeniamos bastante desde un principio, con lo que cada vez que quedaban ellas, yo también iba.

Teníamos el mismo humor y nos llevábamos genial siempre, con lo que la amistad entre nosotros,  salió  por sí sola. De hecho muchas veces empezamos a salir ella y yo solos, sin Maria, porque nos encontrábamos muy agusto los dos.

Quién me iba a decir a mí, que con el tiempo,  Raquel y yo, nos haríamos inseparables.

Durante los siguientes años, muchas circunstancias nos fueron uniendo todavía más. Con el tiempo ella y yo fuimos más que amigos, confidentes, paño de lágrimas el uno del otro…

Llegamos a ser como una pareja, pero sin tener sexo entre nosotros.

(Bueno, miento, una vez en un viaje y pasados de copas, nos medio enrollamos -si, siendo gay, qué pasa-, y aún así, la  amistad entre nosotros no se vio alterada).

Además, cada vez que ella tenía pareja, pues me entraban como celos, que suena a egoísta por mi parte, lo sé, pero es lo que me pasaba y cuando le resultaban mal las relaciones (porque a la pobre siempre le han salido mal), pues aquí estaba yo para animarla.

Pero  lo que son las cosas, en ese momento, y aunque suene cruel por mi parte, ella sólo me interesaba como enlace para poder conocer a sus amigos.

Y un día por fin trajo a sus colegas gays.

Uno más bajito, moreno, gordito, y el otro, alto, rubio y guapo, y en el que me fijé a primera vista…pero de eso mejor os hablo en otro post.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

 

Novia a la fuga

Novia a la fuga

Yo creo que sé que me gustan los tíos desde que era adolescente.

Pero una cosa es que sepas en tu interior qué es lo que te gusta, y otra que lo asumas. Y lo que es más difícil, que lo asumas cara a la sociedad.

En mi caso yo creo que pasé por varias fases, entre ellas la negación, muy a los inicios. Recuerdo pajearme con la foto de un tío y luego una sensación de vergüenza, de que esto no volverá a pasar…

Luego ya empiezas, poco a poco, a asumirlo. Que por mucho que lo intentes, no vas a cambiar, que estás configurado así.  Que no pasa nada.

Y luego entras en un momento en el que dices, vale, soy gay, pero por disimular, voy a tener novia. Es lo que toca. Por la familia, y los amigos.

Y de eso mismo quería hablaros hoy. De una etapa de mi vida de la que creo que estoy menos orgulloso, pero que aún así quiero hablar de ella.

En esa época yo conocí a bastante chicas, era la época de salir de fiesta con los colegas y era lo que “tocaba”.  Yo era el típico gracioso del grupo y eso a las chiquitas, les hacía gracia, y se acercaban.

Durante aquellos años, hubo tonteos, magreos, besos y….poco más. Digamos que nunca llegué a rematar con ninguna. Pero cara a la galería, y amigos, era un  picaflor que tenía siempre muchas amigas. Que pasaba de unas a otras.Y eso, en aquella época, me interesaba.

Pero hubo dos veces en concreto que intenté, digamos, tener novia formal.

Igual hubo más, pero esas dos son las que recuerdo más claramente. Me marcaron mucho, y me hicieron asumir lo que soy ahora mismo.

La primera fue una amiga, Silvia, a la que conocía desde pequeño. Nos conocimos una mañana en la playa, en verano,gracias a unos amigos comunes de nuestros padres,  y a los pocos días ya eramos inseparables. Primero nos veíamos únicamente en verano, en la playa, con más amigos, pero después ya nos veíamos también durante el invierno, porque sus padres se trasladaron a vivir a mi misma ciudad.

Pues como decía, llega un momento en que ya pasada la edad del pavo, ves que tus colegas empiezan a tener ya novias formales y piensas: pues oye,  con ella, que la quiero un montón  y ya está (como quien se lleva una lechuga del supermercado, vamos…).

Recuerdo aquella cita como si fuera ayer, y eso que ya han pasado muchos años. Fue una noche, que estábamos los dos de fiesta, con más amigos, pero un poco más apartados del grupo, y le comenté que saliésemos fuera a tomar el aire. Salimos los dos a la calle, y fue allí, donde nos besamos. Y lo disfruté de veras. No era lo mismo tonteos con chicas que no conocías de nada, que con alguien a quien realmente respetaba y quería (a mi manera, pero la quería). Pero de repente yo no sé si le entró un ataque de conciencia o realmente sospechó de mí antes de que yo sospechara de mi mismo (nunca lo sabré), pero me soltó y, como avergonzada de lo que había hecho, me dijo: “No podemos, que somos como hermanos”.

A mí aquélla frase me marcó. Me marcó mucho. Y me marcó para mal. Supongo que me salió la vena “machito” y el que me rechazaran de esa forma, por muy amigos que fuéramos, me sentó fatal. A partir de entonces nuestra relación se fue diluyendo hasta perder prácticamente el contacto poco tiempo después, cosa de la que me arrepiento porque de verdad fuimos muy buenos amigos.

A día de hoy sé que sigue soltera, y muchas veces me pregunto si fue ella mi primera amiga “mariliendre” (palabra que detesto) sin saberlo.

Tiempo después, intenté de nuevo repetir el mismo patrón con otra amiga. Esto ya fue en los primeros años de facultad, que en el grupo de amigos que hicimos congeniamos mucho una compañera, Diana, y yo.  Empezamos con lo típico, lo de quedar para estudiar, para hacer trabajos juntos, para estudiar. En la cafetería o la biblioteca, siempre hacíamos por sentarnos cerca porque había mucho feeling entre nosotros, y el resto de compañeros lo sabían. Hasta que otra vez lo mismo, “pues esta va a ser” – me dije-. Así que organicé una cenita medio romántica para los dos (no, no fue en el McDonald’s), y  le dije así directamente que si íbamos en serio o no. Y su respuesta no fue otra que: “No, que somos demasiado amigos como para estropearlo”…

Había pasado de “somos como hermanos” a “somos muy amigos”. Eso que era,  un avance? A la siguiente que se lo pidiese ya seriamos novios?  A la tercera va la vencida?

Sin embargo, recuerdo que esa vez, en lugar de cabrearme respiré, aliviado. Mi orgullo como “machito” esa vez no se vio afectado. Ahí me di cuenta de que si Diana hubiese dicho que sí, le hubiese arruinado la vida. Completamente. Si ella hubiese accedido a que fuéramos novios, estoy seguro de que a estas alturas sería el típico hombre casado, que sabe que es gay, pero tiene mujer e hijos, a los que engañaría tarde o temprano.

En serio que fue un alivio importante.

Por cierto que con ella sí que seguí teniendo contacto, por lo menos durante los años de facultad, durante los cuales seguimos siendo muy buenos amigos.

A día de hoy sé que está casada (el marido está muy bien, por cierto) y tiene dos hijos muy guapos. Y de veras que me alegro por ella, porque si una persona te importa, lo último que quieres es estropearle la vida.

Y ese fue el empujón que necesitaba. Me dí cuenta de que tenía que ser al menos consecuente conmigo mismo, y si ya tenía claro lo que me gustaba, no podía arrastrar conmigo a nadie más.

Me gusta pensar que ese fue el punto de no retorno. Supongo que a todos hay un momento en que nos hace un “clic” en la cabeza a partir del cual no hay marcha atrás.

A los pocos meses ya tuve mi primera relación homosexual.

Pero eso ya, en el próximo post.

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