En la casa

En la casa

Aunque en general siempre daba con buena gente cuando quedaba con tíos, sí que es verdad que echando la vista atrás, sí que tengo también recuerdos de algunos que me salieron bastante rana.

Uno de estos últimos fue un tío que por el chat me pareció bastante agradable pero que cuando nos conocimos en persona me agobié bastante.

Alfonso se llamaba y me comentó que era médico. Me habló al principio mucho de su trabajo pero no recuerdo cómo la conversación degeneró bastante hasta acabar hablando de sexo, de lo que le gustaría que le hicieran y lo que le gustaría hacerme a mí.

Yo como muchas veces me calentaba con nada, enseguida le dije que porqué no quedábamos y me lo hacía en persona y allí que me fui (ya os he comentado varias veces que en pocas ocasiones me he traído gente a casa -manías que tiene uno-).

Nada más llegar, me sorprendió mucho la pinta que tenía este tío. Aparte de que era evidente que tenía más edad de la que me había dicho (eso es un clásico por internet), el aspecto tanto de su casa como de él eran un tanto…extrañas.

Aparte de que me abrió la puerta llevando sólo unos calzoncillos negros de rejilla para así en teoría calentarme desde el minuto uno (la verdad es que el efecto fue justo el contrario), hablaba de una forma que no sé si estaba drogado o pensaba que era sexy su forma de arrastrar las palabras.

Su casa, mientras, era como una mezcla entre síndrome de Diógenes y la casa de Alaska y Mario. Todo con un toque así como kitsh, pero en plan descuidado, guarro, como si estuviese en medio de una mudanza eterna.

De hecho le pregunté si se estaba trasladando o algo y me dijo que no, que vivía ahí prácticamente toda su vida, y como que no entendía mi pregunta…

Me llevó a su comedor y aquello ya era esperpéntico. Aparte de que no he visto persona con tan poco gusto para los colores (no me considero decorador ni nada pero es que la mezcla de telas de cebra y leopardo hacían daño a la vista…), hacía un olor como a cuarto cerrado que echaba para atrás. Las paredes más mierda no podían tener, y si en su momento habían sido blancas, ahora tenían un color entre pardo y gris oscuro. Había incluso restos de comida sobre la mesa, que yo pensé que ya le podría haber dado por arreglar un poco la casa si esperas visita, pero bueno.

A esas alturas yo ya estaba pensando de qué forma largarme de allí sin que se sintiese molesto, pero he de reconocer que a pesar de todo, el tío tenía un muy buen cuerpo y con dos arrumacos que me hizo, ya pensé lo típico de “en peores plazas te has corrido has toreado”…

Fuimos a su habitación y, por suerte, era lo mejor de la casa (aunque eso no quería decir mucho), y aparte de cierto desbarajuste de ropa sobre una silla, un armario que sería de su abuela, y un orinal de cerámica en un rincón, la cama parecía limpia.

Empezamos a darnos el lote y al poco de empezar, el tío sin querer le dio una patada a un vaso con agua que tenía sobre su mesilla, rompiéndose en mil pedazos. Entre que se fue a por la escoba y el recogedor a a arreglar un poco el estropicio, a mí la verdad es que se me empezó a bajar el calentón. Para colmo empecé a ver los libros que tenía en su estantería y eran la mar de extraños todos, con muchos libros de sectas, de apariciones marianas y de temas de extraterrestres.

Ya volvió otra vez y a mí entre unas cosas y otras ya no me apetecía hacer demasiado en esa casa. Se lo comenté de buenos modos, pero por lo visto a él le daba igual lo que yo quisiese o no quisiese hacer, así que me dijo que al menos me quedase hasta que se hiciese una paja porque le daba morbo que yo me quedase a verlo.

Y ahí me quedé, de pie al lado de su cama, como un pasmarote, mientras él se hacía una gayola a dos manos…

Una vez acabó, le dije que me alegraba si él había disfrutado, pero que yo ya me iba.

Sí que antes de irme le pregunté si realmente era médico y ejercía (más que nada por no ir nunca a su lugar de trabajo) y él, muy ofendido, se fue hasta otra habitación y me sacó, llena de polvo, la Orla de su promoción de Medicina.

Se ve que a pesar de ser más raro que un perro verde, el hombre tenía su orgullo y amor propio, claro.

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Toy Story

Toy Story

Si a este post tuviera que ponerle un subtítulo, sería “Madre mía cómo ha cambiado el cuento”. Y es que voy a hablar hoy de otro tipo de juguetes, digamos más para adultos.

Desde que me fui del casa del masajista que no dejaba de pensar que si yo había disfrutado, el tener que trabajar de algo así, sobando a tios unos detrás de otro, tenía que ser una pasada, así que me pillé un bote de aceite de masajes por si alguno me dejaba que se lo diese en plan amateur.

Muy pronto di con uno que por lo que me dijo en el chat, tenía los mismos morbos que yo. Empecé a contarle qué era lo que quería hacerle cuando le viese, y ya sólo hablando de eso nos pusimos cachondísimos los dos.

Quedamos a la media hora, en su casa, un adosado que estaba a las afueras de la ciudad. No tenía muy claro qué puerta era, así que cuando ya estaba en su calle, le mandé un mensajito para que me contestase. Me escribió el número de su puerta y lo más curioso fue lo que me puso a continuación:”Entras y subes”.

Me acerqué al portal y efecticamente la puerta estaba abierta. A mi derecha una escalera y subiendo tres habitaciones. Llegúe arriba y cuando me acostumbré a la oscuridad, vi que en la de mi izquierda estaba el tío tumbado boca abajo en la cama con unos slips blancos marcando culete.

Recuerdo que le comenté que si llegaba a ser un ladrón o un asesino, él mismo me lo habría puesto a huevo, pero me dijo que le había dado bastante confianza (un clásico en mi vida) y que además le molaban las sorpresas.

Me desnudé totalmente y comencé poco a poco a untarle el cuerpo con el aceite. Lo curioso es que como no lo había probado antes, no imaginaba lo escurridizo que era el líquido y poco a poco empecé a pringarle toda la cama.

Le comenté que igual era mejor poner una toalla o algo debajo, pero el tío ya había empezado a ponerse cachondo perdido y no entraba a razones, así que yo seguí a lo mío sin preocuparme ya de nada.

Llegué a la parte de su culete con los masajes y lo primero que hice fue tirarle el aceite por encima. Al ser los calzoncillos blancos, enseguida caló y empezó a trasparentarle toda la raja del culo con lo que la visión fue tremenda. Empecé a esparcírselo bien hasta que no pude más y de un tirón le quité los gayumbos colocándose él en una posición que pedía guerra claramente.

Aún quise aguantar un poco mas el tema masajes y le seguí toqueteando por las piernas hasta que llegué a los tobillos. Desde abajo, la posición del tío, brillando con el aceite, entreabierto de piernas, con los huevos y la polla asomando y el culete cada vez más en pompa era para haberle hecho varias fotos seguidas.

Al final ya dejé el aceite en el suelo y empecé a restregarme con él como si no hubiera un mañana. Mientras, le mordía la oreja que aún le ponía más cachondo de lo que ya estaba. Fui bajando hasta que le hice una comida de culo (que por cierto lo tenía totalmente rasurado) de esas antológicas.

El tío ya mas que caliente estaba hirviendo. Se le notaba por los gemidos y sobre todo por los movimientos de cadera que hacía. Incluso me apretaba la cabeza contra su culo para que no parase lo que estaba haciendo.

Así hasta que en un momento dado, se dio la vuelta boca arriba y comenzó a pajearse cara a mí. Me dijo que me levantase y me acercase a los cajones de la cómoda que tenía enfrente y sacase lo que había en el tercer cajón. Abrí sin saber muy bien qué me encontraría y fue cuando vi sus juguetitos.

Había dos consoladores, uno grande, negro, con aspecto y textura de polla real, y otro más pequeño, tipo misil, con un botón rojo en la parte trasera. Cogí ambos y me dirigí a la cama pensando en lo que iba a dar de sí la cita.

Le puse un poco de aceite al pequeño del botón rojo y rápidamente se lo metí al tío por el culo. El, automáticamente giró la ruedecita del botón rojo y aquello le empezó a vibrar.

Aunque yo esos consoladores. o similares, ya los conocía de la época en que trabajé en el SexShop (y no es algo que me llamase la atención especialmente) jamás los había visto usar a nadie tan de cerca y ver como disfrutaba de aquello el tío fue increíble.

Encima el consolador se ve que tenía como varias posiciones y en cuanto descubrí eso, empecé a aumentar la velocidad poco a poco, metiéndoselo y sacándoselo sin dejar de mirar la cara de placer del tío. Cuando llegué a la máxima velocidad llegó un momento en que el chaval comenzó a poner los ojos tan en blanco que tuve que parar, porque pensé que se me iba a quedar catatónico en cualquier momento.

En ese momento que se lo saqué, el tío no perdió comba, y fue cuando aprovechó para decirme que era momento de meterle el otro.

Yo, como soy muy bien mandao, lo unté bien de aceite y le comencé a meter el pedazo enorme de polla negra para adentro. Lo que mas me alucinó fue la facilidad con la que entraban tantos y tantos centímetros seguidos. Igual le estaba llegando ya al esófago, pero yo no podía parar de darle, hipnotizado como estaba por el espectáculo.

Él se notaba que no podía mas. Su cuerpo, entre el aceite, el sudor y los movimientos de cadera que pegaba a cada rato, estaba ya al límite y os juro que pensé que en cualquier momento se me quedaba muerto ahí mismo. Le dije que se corriese ya (estaba pajeándose pero cuando estaba apunto, el tío cabrón aun paraba y todo), y a los pocos segundos empezó a eyacular a borbotones sobre su cuerpo.

Fue ver eso y con solo tocármela un minuto yo hice lo mismo pues el morbo que me había dado toda la situación había sido bestial.

Después de acabar, pequeña charla, la ducha y para casa.

Con este chico aun quedé un par de veces más, e incluso me llegó a regalar un juguetito de los suyos (uno nuevo, no penséis mal), para que yo disfrutase también de la fiesta.

Y he de reconocer que la verdad es que “consolar” consuelan bastante, y en las épocas de soledad que todos tenemos alguna vez, cumplen su cometido muy pero que muy bien.

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Un final feliz

Un final feliz

Desde que fui al fisioterapeuta y salí medio “armado” de aquella sesión, con tantos refregones y toqueteos, que me rondaba por la cabeza dar con algún masajista que aparte de dejarme la espalda en su sitio, me acabase con un final feliz.

Dado que estaba en una etapa en mi vida en la que tenía claro que lo único que buscaba de un tío era ya placer sexual, me dio por buscar entonces en milanuncios o alguna página similar (no recuerdo exactamente a través de cuál fue).

El anuncio que me llamó la atención fue curiosamente uno que no dejaba claro el tipo de masajes que daba. En realidad se anunciaba como quiromasajista para todo tipo de dolencias tales como dolor de espalda, lumbalgias o contracturas, pero también indicaba que daba masajes relajantes. Y específicaba que masajeaba piernas y glúteos.

Igual no iba a acabar la sesión con un final como el que yo había pensado, pero el hecho de que me masajeasen bien el culo, me daba ya morbo por sí solo.

Llamé, me dijo dónde tenía la consulta, y quedamos esa misma tarde alrededor de las seis.

Nada más entrar (domicilio particular) me llamó la atención lo profesional que parecía, lo cual en ese momento, no sé si me gustaba o no (no tenía claro que tipo de “atención” me iba a prestar).

Me pasó a una habitación acondicionada al efecto, en la que aparte de la camilla, había multitud de aceites en una estantería. La habitación, olía a incienso o algo así, pues tenía una varita encendida sobre una mesilla. De fondo, música ambiente tipo chill-out.

Me dijo que depende del masaje era un precio u otro. Me comentó que el completo era desnudo, y evidentemente escogí ese.

Lo curioso es que no sólo se refería a que yo me desnudase, sino que él también se quedó como dios lo trajo al mundo.

Me tumbé sobre la camilla y comenzó a esparcir varios aceites en mi cuerpo. Algunos estaban calientes al contacto con la piel y otros más fríos, con lo que el contraste me provocaba varias reacciones.

Empezó por los pies, y luego fue subiendo. Tobillos, muslos…hasta llegar al culo.

En esa zona me abrió un poco las piernas, y noté como dejaba correr un poco de aceite entre mis nalgas. Empezó primero con un suave magreo, hasta que empecé a notar como sus dedos masajeaban suavemente la zona del ano.

Cuando llegó a esa parte dí un pequeño respingo, lo suficiente para girarme y ver que por cómo tenía él la polla en esos momentos, el masaje a él también le estaba excitando.

El siguió un rato en esa zona y luego fue subiendo a la zona de la espalda y hombros, donde también estuvo un rato largo pues me comentó que esa zona la tenía bastante contracturada (lo cual era cierto).

Una vez terminado, me dijo que me podía dar la vuelta, que también me iba a dar un masaje por delante.

Cuando me giré, podéis imaginar cómo tenía el mástil del barco, que iba viento en popa y a toda vela…

Encima el líquido preseminal salía ya a sus anchas, pues los magreos recibidos lo habían propulsado a base de bien.

El masajista al verme la polla, me preguntó, en plan irónico, si lo estaba pasando bien, a lo que yo contesté que sí, y que por lo que veía también él lo estaba disfrutando.

Me comentó entonces que no me podía ni imaginar cómo eran los tíos que iban a su consulta y que para uno que estaba bien, era normal que él también se estuviese animando de esa forma.

Tras esa breve conversación, el tío comenzó de nuevo el masaje, primero por lo pies, y luego subiendo lentamente.

De las piernas, esta vez, pasó al pecho y abdominales, que es un sitio donde no me habían dado nunca un masaje, la verdad.

También me masajeó el cráneo desde atrás.

(Os recuerdo que el masajista iba en bolas, con lo que en ese masaje craneal, tenía sus huevos y polla a escasos centímetros de mi cara).

Y finalmente pasó a hacerme un masaje en la polla.

Primero echó otro tipo de aceite (olía a coco, de eso me acordaré siempre) en la zona de mis huevos e ingles.

Pasó las manos muy suavemente…sin dejar de mirarme a la cara mientras lo hacía.

Luego el aceite lo esparció por todo el tronco de la polla y con mucha tranquilidad comenzó a hacerme una paja como no me habían hecho en la vida.

Al estar tan embadurnado de aceite, sus manos se movían con toda facilidad, desde la punta del glande hasta la base, y cada vez iba aumentando el ritmo.

De normal, para correrme, siempre he tenido que ser yo quien me lo haga, pero en esa situación, con un morbo acentuado por todo el masaje anterior, el tío en bolas a mi lado, la música, el incienso y la situación en general, yo estaba ya apunto de explotar.

Tanto que le avisé, que no iba a tardar en correrme, y él me dijo que lo hiciese, que quería que disfrutase del “masaje”.

Al instante, noté que me venían los primeros espasmos y comencé a correrme.

Ya he comentado alguna vez que yo soy bastante lechero, pero si el morbo es mayúsculo, no sólo tiro cantidad sino que encima suelto varios trallazos, y en esa ocasión fue así.

El primer perdigonazo fue directo hacia arriba, llegándole hasta el pecho al masajista.

Al ver que yo lanzaba mucho, al tío no se le ocurrió entonces otra cosa que enfocar la polla hacia a mí, para evitar que le siguiese llenando. Sin embargo, el segundo trallazo no acabó donde él esperaba, sino sobre unas cortinas que estaban a mi espalda y que tapaban la ventana de la habitación.

Al ver el peligro que tenía mi rabo, me lo volvió a girar de nuevo, con lo que el tercer lanzamiento fue a parar a la pared de mi izquierda, que encima, al ser de un color oscuro todavía hacía que resaltase más el “gotelé”.

Ya el cuarto, agotándome las reservas, cayó sobre la camilla y el suelo. Y el quinto únicamente sobre mi pierna.

Una vez recuperado (tardé unos segundos en recuperar las fuerzas) vi el estropicio de habitación que le había dejado en un momento, y me entró un ataque de vergüenza que para qué.

El dijo que no pasaba nada, que se limpiaba todo y ya estaba, pero algo molesto sí se le veía (sobre todo por la cortina, que parecía buena y se la había dejado bonita…).

Finalmente le pagué lo que habíamos señalado y me fui bastante contento, pues he de reconocer que salí mucho más feliz de como había entrado.

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Morbo

Morbo

Cerrada ya mi etapa por el ambiente y aparcada mi búsqueda de pareja (duradera), decidí que mi vida sexual iba a consistir a partir de entonces en disfrutar de mis morbos, filias o como queráis llamarlo.

En el fondo, en todas mis experiencias sexuales buscaba (algunas veces más claramente y otras de forma más inconsciente), ese “algo más” que nunca acababa de llegar.

Aunque eran muchas veces quedadas para sexo,  siempre buscaba tios con los que tuviese cierta afinidad (en estudios, edad, trabajo o similares) por si acaso se daba la posibilidad de que después del polvo pudiese iniciarse algún tipo de relación.

Pensé entonces que si tenía decidido estar soltero el resto de mi vida, no me iba a privar entonces de dar rienda suelta a mis “perversiones” por llamarlas de alguna forma, así que me puse manos a la obra.

Digamos que empecé en plan light para ir luego subiendo poco a poco.

Como ya conté en su día, cuando era adolescente, con amigos, medio en broma medio en serio, veíamos de vez en cuando pelis porno y alguno acababa sacándose la polla para acabar haciéndose un pajote delante de los demás.

Me rondaba en la cabeza repetir esa experiencia con un desconocido así que entré al chat y puse en el general tal cual lo que buscaba. Pronto me entraron varios privados hasta que me decanté por uno.

Por lo que me comentó era un tío hetero, casado, con críos pequeños, que tenía desde hace tiempo esa curiosidad de hacer algo así también. Me dejó muy claro que ni era hetero curioso, ni bi, ni quería probar a hacer nada conmigo. Incluso me dejó claro que no iba a haber ningún contacto físico entre ambos.

Acepté su lista de prohibiciones y me dirigí hacia su casa, que tampoco es que estuviese demasiado alejada de la mía (cosa que en un principio le asustó un poco).

Al llegar allí, me dio la mano (así que algo de contacto físico ya había), me ofreció un refresco, me hizo sentar en el sofá y me dijo que podía elegir el listado de películas que tenía.

Me sorprendió que para ser tan hetero, tuviera un listado de películas gays tan extenso, dividido además por temáticas. El tío se ve que dominaba el género, porque nos pusimos a hablar de actores y productoras, rompiendo así un poco el hielo inicial.

Elegimos finalmente una de brasileños que me encantan, sobre todo por el culete (soy muy de culos, ya sabéis) que suelen tener por regla general (y de lo que puedo dar fe).

Empezó la película y fue él el primero que se bajó los pantalones hasta los tobillos, enseñando una polla que aunque estaba medio morcillona, ya prometía lo suyo.

Me dijo que hiciese yo lo mismo, aunque yo me desnudé del todo para estar más cómodo (cosa que no le importó, quitándose él la camiseta a continuación).

Durante la película (que era muy buena, por cierto) yo estuve todo el rato mirando por el rabillo del ojo su pajote que era lo que más morbo me daba. Tampoco quería mirarle directamente porque siendo tan “hetero” mi intención no era cortarle el rollo, así que lo hice con disimulo, hasta que me percaté que él tampoco estaba mirando demasiado la película.

Empezamos entonces a mirarnos con descaro, tanto a los ojos como a la polla, escuchando los gemidos de los brasileños de fondo.

En un momento dado, diciéndome que le estaba dando mucho morbo ver lo excitado que estaba (soy bastante expresivo en esos momentos), me propuso que me acercara a él, así que acabé poniéndome a su lado.

Estar muslo con muslo con un tío con pinta de machote (que aparte me gustaba, era morenito, con algo de vello, y  con un físico agradable), hetero, con morbo, y con el que estás compartiendo el momento íntimo de cascártela,  para mí fue un auténtico gustazo, así que si seguía a ese ritmo iba a acabar pronto.

Yo intentaba aflojar la marcha, porque quería que la noche fuese algo más larga (o por lo menos que acabase la peli), pero notar cómo me estaba mirando el tío, me calentaba todavía más.

Por lo visto él tenía ya la misma excitación porque sin decir nada, cogió su brazo izquierdo y me lo puso alrededor del cuello (un gesto en plan colega) mientras con su mano derecha comenzó a acariciarme la pierna, ascendiendo desde la rodilla muy suavemente.

Finalmente llegó poco a poco hasta la ingle, y de ahí comenzó a acariciarme los huevos, momento en el que le dije que si seguía por ese camino me iba a hacer explotar de placer.

Sólo me dijo entonces que me incorporara, que me pusiera sobre él en el sofá y que me corriese sobre su cuerpo. Y eso hice, claro.

De normal ya he contado alguna vez por aquí que suelto bastante pero si el morbo o la situación lo hace “distinto” aquello es como un surtidor de gasolina. En este caso fue así y al acabar parecía que le habían echado un bote de nata líquida sobre el pecho.

El no tardó mucho en hacer lo mismo sobre sí, y por la cantidad que vi que soltaba, también le había calentado bastante todo aquello.

Después de limpiarnos un poco y quitar la película, que acabó unos minutos después, me dijo que entendiese que la discreción para él era súperimportante y todas esas cosas que suelen decir los hombres casados.

Le comenté que no tenía que preocuparse de nada, y que no iba a saludarle por la calle, si era eso lo que me pedía.

Antes de despedirse, me comentó que la semana siguiente tampoco estaba su mujer y que si yo quería podíamos hacer esto de vez en cuando.

Le agradecí su invitación pero no lo volví a hacer, al fin y al cabo se trataba de cumplir un morbo (o por lo menos de repetir experiencia de mi adolescencia) y se agolpaban ya otras ideas en mi cabeza para cumplir a corto plazo.

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La Visita

La Visita

En los fines de semana previos a que comenzase la temporada de verano, mis padres se solían acercar al apartamento de la playa para poner las cosas apunto de cara a las vacaciones.

Algunos de esos fines de semana, yo solía acompañarles y así aparte de echar una mano, ya aprovechaba los primeros calores estivales para tumbarme en la arena y pillar algo de moreno.

Si coincidía con mis amigos de veraneo allí, genial, pero como no siempre era posible, aprovechaba simplemente para descansar y disfrutar unos días en familia.

Lo malo era si ese fin de semana coincidía con un calentón del quince de los míos, que me entraban unas ganas locas de mojar el churro.

En circunstancias habituales, lo lógico hubiese sido entrar en el chat y buscar a alguien con quien aliviarme, pero estando en una época en la que Internet no lo copaba todo como ahora, la única solución posible era el acceso a través de los cibercafés del pueblo.

Recuerdo en concreto un sábado por la tarde que estaba más salido de lo habitual que localicé un local en el que no había demasiada gente. Ahora lo pienso y no sé si sería capaz de ponerme a buscar sexo en un lugar tan público como eran aquellos locales, pero cuando las ganas apretaban, mi timidez habitual desaparecía por completo.

Al poco, contacté con un chaval que vivía en un pueblo costero cercano al mío y enseguida me invitó a su casa. Yo ese finde recuerdo que no había ido en mi coche, sino que por comodidad había subido en el de mis padres, por lo que al pillarme algo lejos, le dije que no iba a poder ser. Él, que debía ir igual o más caliente que yo, me dijo que no era problema, que podía pasar a a recogerme y traerme después de vuelta.

Y así hicimos, quedamos en la rotonda de acceso al pueblo, y a los quince minutos escasos allí que se plantó. Aunque habíamos quedado sin fotos ni nada, la verdad es que el chaval estaba bastante apañado. Recuerdo que me molaron sobre todo sus brazos, que estaban definidos pero sin pasarse. Y que tenía cara de buena persona, que eso, quieras que no, me daba confianza.

LLegamos a su casa, y sin hablar demasiado (íbamos a lo que íbamos), ya empezamos a morrearnos. Yo comencé a bajar mis manos por su espalda dispuesto cuanto antes a llegar a su culo, que ya me había fijado al entrar que prometía bastante. Fue apretarlo contra mí y ya me di cuenta de que no me había equivocado.

Ya al tacto se le notaba firme y duro, así que le di la vuelta para bajarle los pantalones y vérselo bien. Cuando se lo vi, flipé. Junto con el del brasileño, era de los mejores culos que había visto hasta ese momento, y de hecho a día de hoy no he conocido a nadie que los supere.

Sí que me dijo que aunque era pasivo, en una primera cita nunca se dejaba follar, así que aunque me quedé con las ganas, pasamos una buena tarde de mamadas y pajas.

Después de corrernos los dos y ducharnos (yo sin dejar de tocarle el culazo), me dijo si antes de acercarme a casa le podía acompañar a hacer una visita rápida a una amiga que había vuelto de viaje. A mí me sorprendió un poco, pero como era él quien me había llevado y quien me tenía que devolver, no pude negarme.

Fue a dos calles de su apartamento, subimos, y resulta que allí había mas gente. Estaba su amiga, el novio de la amiga, y otras dos chicas más.

El chaval me presentó como un amigo suyo de Valencia y pronto me di cuenta de que aquella visita iba a ser de todo menos “rápida”.

A los pocos minutos de estar allí, el telefonillo empezó a echar humo hasta que nos juntamos en su casa unas diez o quince personas en una especie de fiesta de bienvenida o algo así, a la dueña de la casa (había estado un año viviendo en el extranjero).

La situación en sí era superextraña, y más si pensamos que hasta hacía un par de horas, yo a mi “amigo” no lo conocía de nada, y ahora estaba conociendo a todos sus amigos sin venir a cuento.

El chaval,  en un principio intentó no despegarse de mí, pero llegó un momento en que se puso a hablar con otras personas, y a mí me toco improvisar intentando justificar un poco mi presencia ante la gente que no me conocía de nada.

La visita rápida se convirtió al final en una cena en toda regla (pidieron pizzas aparte del picoteo que ya había) y luego pasamos a las copas, momento en que empecé a beber como un cosaco para así al menos intentar soltarme un poco. Y lo conseguí. Tanto, que acabamos la noche enrollándonos en un sofá sin importarnos el resto de amigos/as de su grupo.

Al final salimos de la casa cerca de las tres de la mañana, los dos medio empalmados, y descojonándonos por lo surrealista que había resultado la visita.

Antes de subir al coche para devolverme a casa, aún paramos en  la suya a “tomarnos la última”. Salimos al balcón a tomar el aire, y una vez apoyado él en la barandilla, me puse detrás a mordisquearle el cuello. Le quité la camiseta y fui bajando lentamente hasta desabrocharle el pantalón y ver ante mí de nuevo ese culito tan bueno que tenía.

A los dos en ese momento nos dio un poco igual que nos pudiese ver alguien, así que le acabé haciendo una comida de culo que ni en las películas. Técnicamente era la segunda vez que quedábamos, así que esta vez sí se dejó follar y ahí mismo, en su balcón, que lo hicimos.

Acabamos la noche en una especie de tumbona que tenía y que parecía ni hecha adrede para pegar el polvo que pegamos. Incluso acabamos mirando las estrellas y tapados por una manta de sofá, que para el caso nos vino que ni pintada.

Cuando me dejó en casa a las tantas de la mañana, pensé que había sido de las citas mas entretenidas que había tenido nunca, ya que habían sido como varias condensadas en una sola.

Unas semanas después, volvimos a vernos, e incluso con el tiempo fue de las primeras personas con las que fui a una playa nudista.

Sin embargo, ese verano que podríamos habernos visto más, nuestras vacaciones no coincidieron, y con el tiempo acabamos perdiendo el contacto. Y fue una lástima, porque el chico era un cachondo, en el sentido amplio de la palabra.

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Boca a boca

Boca a boca

La primera vez que descubrí el morbo que me daba el juego de voces a través del teléfono fue por medio de algo bastante inocente. Bueno, no tan inocente, me explico.

En la época previa a Internet, redes sociales y todo lo demás, una de las pocas formas de contacto que había sin moverte de casa era a través de las páginas de contacto de los periódicos.

Yo por aquel entonces no sé muy bien qué edad tendría, pienso que todavía adolescente, y una vez que me quedé solo en casa, me armé de valor y llamé a uno de esos teléfono que se anunciaban en plan “Hombre, 20 años, vicioso. Hago lo que quieras”.

Nada mas descolgar el teléfono oí una voz de mujer que se presentó y me preguntó que qué buscaba exactamente. Yo, al oir una voz femenina no supe cómo reaccionar y colgué el teléfono pensando que me había equivocado al marcar.

El hecho es que no me había equivocado y pegando un repaso al resto de anuncios de la página me fijé que el mismo número se repetía para “experimentado de 35 años”, “rubia tetona de 19” o “morena calentorra de 27 años”. Es decir, era un teléfono de una agencia de contactos en el que tendrían en plantilla tanto hombres, como mujeres.

Pasados cinco minutos, volví a llamar. Esta vez sí se puso un hombre con una voz calentorra que me gustó desde el minuto uno. Me preguntó si era el que había llamado antes, si era tímido, y si quería estar con alguno de ellos. Que lo pasaríamos bien y mil cosa más. Yo sólo comenté que era novato y me dijo que no me preocupase, que él me podría enseñar todo lo que sabía..

En ese momento me entró un ataque de vergüenza y colgué el teléfono con un empalme que ya me hacía daño dentro de los vaqueros. Unas simples palabras con una voz masculina habían conseguido excitarme como nunca hasta ese momento, cosa que aproveché para hacerme una buena paja.

Me di cuenta en ese instante que un simple teléfono sería otro de mis objetos sexuales preferidos.

Años después, por casualidades de la vida, comencé a trabajar de teleoperador. El trabajo en sí me pareció un coñazo y la empresa era lo más parecido a una secta que había conocido nunca, pero el tema de escuchar a la gente cuando te llamaba, muchas veces, me ponía. Había voces y voces, claro, pero como encima te salía en pantalla la edad del que te llamaba en ese momento, muchas veces no podía evitar imaginarme cómo era la persona que estaba al otro lado. Seguramente no acertaría en nada, pero la imaginación en estos casos, funciona y de qué manera.

Además, en el sentido contrario, por la puntuación que te daban los clientes en la típica encuesta post-llamada y en las valoraciones que te hacían los jefes en las escuchas, yo siempre era uno de los mejores valorados por dos motivos: empatía o cercanía con el cliente y sobre todo por mi voz. Una voz, que aunque a mi nunca me ha gustado (algo normal), a otras personas por lo visto sí gustaba.

Tanto era así, que por ejemplo, en la época del videoclub porno, era yo el encargado de llamar y “amenazar” a los clientes que no habían devuelto las películas a tiempo porque mi voz acojonaba, ponía un tono de poli malo que a mis compañeros les flipaba bastante.

Así que era cuestión de tiempo que un día entrase al chat y me fijase en un canal llamado “sexo telefónico” , al que durante un tiempo de mi vida le saqué mucho partido.

En ese canal había mucho fetichista que le molaban los juegos de rol. Es decir, tíos que si les llamabas se harían pasar por mujeres, que les iba el rollo padre/hijo (figurado), que les gustaba montarse fantasías o recrear historias inventadas.

Yo lo único que quería era hacerme una paja “acompañado” y listo.

Generalmente la gente con la que contactaba era de otra ciudad por motivos evidentes. La mecánica era más simple que el funcionamiento de un botijo: Te describías más o menos físicamente (a mí me interesaba más que nada la edad del otro), te dabas el teléfono y comenzabas a hablar, soltando todo tipo de cerdadas para calentarte mutuamente.

Lo divertido para mí era, a partir de pocos datos, imaginarte a la otra persona. Yo muchas veces estaba seguro de que la otra persona mentía (todos con pollones, todos supercachas, todos impresionantes), pero si la voz era morbosa, el resto me daba igual.

Al teléfono a mí me gustaba mandar, ser yo el activo y calentar al que estuviese al otro lado de la línea telefónica. Y por lo visto, funcionaba.

Yo empezaba la conversación preguntando cómo iba vestido,  y después insinuaba que se fuesen desnudando poco a poco, hasta quedarse en bolas.

Después le decía que imaginase, que me ponía detrás de él, rozándole con mi cuerpo que en ese momento ya estaba ardiendo. Que le abría las piernas lentamente hasta que le empezaba a restregar mi polla por el culo. Que mientras le mordisqueaba el cuello, y le inclinaba sobre la mesa del comedor donde le iba a follar a saco.

A veces me ponía incluso más cerdo que en persona diciéndoles todo esto y si el otro entraba al trapo y empezaba a gemir, sabía que la cosa iba bien.

El final, claramente era conseguir que el otro se corriese. Y lo hacían, vaya si lo hacían, o por lo menos algunos lo simulaban muy bien. El que no fingía era yo, y siempre solía terminar mis conversaciones eyaculando, exhausto con el teléfono en la mano y la corrida sobre mi cuerpo.

Los teléfonos generalmente después se borraban (si es que no habíamos hecho la llamada con número oculto) y nunca más volvíamos a tener contacto.

Esto yo no sé ni cuantas veces lo he hecho en mi vida, e incluso durante una época lo llegué a preferir antes que el sexo de verdad.

Para mí era el paradigma total de “sexo seguro”, evidentemente, y además era algo superdiscreto y que te evitaba muchos malos rollos posteriores.

Pero esa época, por suerte o por desgracia, ya pasó y aunque ya no practico sexo telefónico, cada vez que escucho a ciegas la voz de un tío no dejo de imaginar cómo sería escucharle excitado.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

Los chicos del barrio

Los chicos del barrio

Aunque nunca he vivido en ningún barrio gay de mi ciudad, basta con ponerse una app de ligoteo en el móvil para darse cuenta de que todos vivimos prácticamente rodeados por tíos a los que les gustan los tíos.

En la época en la que pisaba el ambiente, me daba cuenta de eso cada noche que salía por la zona, pues reconocía a algunos de haberlos visto por mi barrio (con mi amigo Quique, por ejemplo, me pasó así).

Otro de estos vecinos, se llamaba Jose. De hecho vivía en una finca que, aunque pertenecía a la misma comunidad de vecinos que mis padres, daba a una calle trasera, por lo que a este lo tenía menos localizado.

Con él en concreto ya había hablado hacía tiempo por el chat y en el momento en que le pasé mi foto, curiosamente él se cayó del mismo, por lo que supuse que no le había gustado nada (había gente que optaba por tomar las de Villadiego en lugar de decir claramente que no eras su tipo).

Por eso me sorprendió que intentase ligar conmigo cuando coincidimos en la discoteca. De hecho le recordé aquella huida y él ni siquiera se acordaba de mí, o por lo menos eso decía. El alcohol se notaba que hacía rato que corría por sus venas, pero como a mí el chico me molaba, decidí seguirle el rollo a ver hasta dónde estaría dispuesto a llegar esa vez.

Y llegamos hasta el final, en su casa, en bolas los dos y sobre su cama (una cama, por cierto, con dosel que aparte de curioso, era lo más parecido a estar en una película de Disney)

He de recordaros que con este fue con quien estrené mi nueva polla y tengo que reconocer que tenía mis miedos por ese motivo. Pero con la cogorza que llevaba el chaval, hubiese dado igual que se acostase conmigo o con un caballo, porque consciente del todo no estuvo en toda la noche, así que ni se fijó en ese detalle ni en nada.

De este chico, sí que me llevé algo que desde entonces es un fetichismo más en mis relaciones y es que nada más empezar con los magreos, empezó a sudar por todo el cuerpo. Pero no lo digo  en plan cerdo, sino más bien en plan morboso. A mi verle esas perlitas de sudor que se le iban formando por la espalda al poco de empezar, me excitaban como no me había pasado nunca.

Lo que se dice follar, esa noche no follamos, porque de verdad que el estado en el que él se encontraba más hubiese sido una violación que otra cosa, aunque sí que nos magreamos todo lo que pudimos hasta acabar en una buena paja. Bueno, miento, acabó él y nada más hacerlo me dio la espalda para dormir la mona, con lo que yo tuve que acabar mirándole su espalda y culete empapado (con esas gotitas de sudor que me estaban volviendo loco).

Acabada la faena, me cambié y me fui, dejándolo dormido en su cama, y pensando lo que ya pensé la primera vez que nos vimos por el chat, que realmente yo no era su tipo. Y es que en el estado en el que venía de la discoteca, a este chaval le hubiese dado igual acostarse conmigo que con cualquier otro.

Semanas después, volvimos a coincidir por las calles del barrio, otra noche que volvíamos de fiesta los dos.

Esa vez, aunque iba menos alcoholizado que la otra, me dijo directamente que llevaba un calentón del quince y que si quería, podía subir a echarle una mano (nunca mejor dicho) ya que los dos volvíamos sin compañía.

Y aunque sabía que iba otra vez a ser su recurso de última hora, allí que me fui de nuevo.

El chico a mí me gustaba, me atraía mucho, pero yo no tenía nada claro lo de que yo le gustase, más bien me usaba para desahogarse y yo me dejaba. Una especie de quid pro quo.

Esa vez nos lo montamos en el sofá, porque era en serio que el calentón que tenía era descomunal, (en el ascensor ya me enseñó la polla toda tiesa que llevaba) y se ve que la cama ya le pillaba demasiado lejos.

Y otra vez al poco de empezar, el chico empezó a sudar por todos sus poros. Yo al abrazarle y notar cómo se me empezaban a resbalar las manos por su cuerpo me excitaba aún mas, porque era como si el chaval se empapase en aceite y esa sensación me encantaba.

Esa noche tampoco follamos, porque estaba claro que el chaval sólo buscaba magreos, mamadas y jueguecitos, pero yo me lo pasé pipa igualmente. El problema vino otra vez en el momento paja, que en cuanto él acabó, me empezó a meter prisa para que hiciese lo mismo, porque era evidente que una vez él se desahogaba, tú le molestabas a su lado.

Recuerdo que aunque esa vez sí se lo recriminé, a él no le pareció importar mucho mi opinión, con lo que una vez terminé mi faena, y como tampoco se le podían pedir peras al olmo, me fui para mi casa que estaba prácticamente al doblar la esquina.

Aún hubo una tercera vez que pude haberme liado con él, porque volvimos a coincidir en un pub, una noche, y otra vez le pillé con ganas (que no había encontrado a otro, vamos).

El tema es que esa vez me comentó que conocía a mi familia de vista pero que no me había dicho nada para que no me agobiase, y que además conocía mucho a un tío mío que también vivía por el barrio. Vamos, que me tenía bastante localizado desde hacía tiempo (cosa que me había negado en un primer momento).

Además también me reconoció que realmente yo no era su tipo ni por asomo, pero que como estaba claro que él me molaba a mí, pues que un apaño de estos de vez en cuando no nos iba a venir mal a ninguno de los dos.

(Y es que se ve que a este chaval el alcohol unas veces le ponía calentorro y otras veces le daba por tener ataques de sinceridad, porque sino, no me explico a qué vino aquella conversación esa noche).

Pero esa vez, supongo que por orgullo, por miedo a que mi familia se fuese a enterar de algo (vivíamos demasiado cerca) o por lo que fuera, le acabé diciendo que no, que para eso mejor me quedaba con mis colegas, y que ya acababa yo pajeándome a solas en mi casa, porque así es como iba a acabar la noche de todos modos.

Aún vi al chaval de vez en cuando por el barrio muchas veces más, y aunque por educación nos seguimos saludando durante un tiempo, una vez cambié de casa le perdí el rastro completamente.

Sin embargo, hace dos semanas le vi corriendo por el río, y verle con la cara empapada de sudor, me hizo recordar esos buenos momentos compartidos.

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