Fin

Fin

Hoy hace dos meses desde que publiqué el post de Siete años en el Tibet dedicado a M., mi pareja, el día de su cumpleaños.

Dos meses desde que hice el ridículo mayor del siglo al abrir completamente mi corazón en el post más personal escrito por mí hasta la fecha.

Ya en el comentario que M. dedicó a mi post tenía que haber sospechado algo:

“Cuando descubrí el blog de Pablo y leí sus historias me pregunté: habrá abierto un blog porque echa de menos su vida anterior de aventuras y folleteo? :-)) Pero, aunque a nadie le amarga un dulce, cuando estás a gusto con tu pareja te das cuenta de todo lo que puedes llegar a sentir, a gozar aun con las cosas más simples y cotidianas, las aventuras que vives y todas las que puedes vivir si has tenido la suerte de amar y ser correspondido. Seguramente no habrá nada que lo supere. M.”

Un comentario muy bonito, sí, pero a su vez muy frío. Demasiado frío para lo que yo había escrito en ese post (o igual soy yo, que ahora lo veo con otros ojos).

“Timidez”- pensé -. “Vergüenza” – me dijo él -.

Pero no, esa frialdad estaba ahí, a la vista de todos, y no supe darme cuenta a tiempo.

A principios de esta semana, M. cortó conmigo.

Podría adornarlo ahora mismo. Decir “M. y yo lo hemos dejado” o “nos hemos dado un tiempo”, pero eso sería engañarme a mí mismo y engañaros a vosotros.

M. me ha dejado. Así, tal cual.

¿El motivo?

“Hace tiempo que dejé de quererte”.

Cuando alguien a quien sigues queriendo (porque mi problema ahora mismo es que le sigo queriendo) te suelta algo así, sin paños calientes, en frío, duele. Duele mucho. Sobre todo si, como me pasa a mí, es algo que no te esperas. Porque por muchos problemas y altibajos por los que últimamente había pasado nuestra relación, era algo que, ahora mismo, no me esperaba.

Es curioso que hace pocos días quedé con mi amigo Quique, del que os he hablado por aquí más de una vez, y me dijo algo que me sorprendió por lo inesperado. Me comentó que lo que yo sentía por M. realmente no era amor sino dependencia y que incluso él consideraba que M. no estaba enamorado de mí, sino que simplemente se dejaba querer y poco más.

A mí, ese comentario, si os soy sincero, me molestó un poco, y pensé que quién era él para hacerme un comentario así.

Igual simplemente era un amigo que lo único que quería era abrirle los ojos a alguien que se empeñaba en mantenerlos cerrados.

El año pasado M. ya me dijo algo similar a lo de que ya no me quería. Y lo dejamos. Pero sólo por unos días, los suficientes para que él, arrepentido, me dijese que no pensaba en serio lo que me había dicho, y que había sido fruto de una bronca que habíamos tenido los dos.

Y yo le creí. Y volvimos.

Igual lo único que quise entonces fue creerle y hacer como si aquél comentario nunca hubiese existido.

Igual ya entonces era dependencia.

Tal vez por eso ahora estoy tan mal.

“Hace tiempo que dejé de quererte”

Desde que me lo dijo, creo que no soy persona, o al menos, no soy la persona que era hasta hace una semana.

Me despierto porque hay que despertar; trabajo porque hay que trabajar y me alimento porque hay que alimentarse.

Dormir también debería hacerlo, pero de momento, no puedo.

Saber que más de siete años se han ido al traste con esa frase hace mucho daño. Más que por lo pasado, por el futuro que yo pensaba junto a él, pero que sé que ya no existirá.

Ver como todos tus sueños, esperanzas y proyectos desaparecen, hechos pedazos, te hacen plantearte el sentido de la vida, si es que la ha tenido alguna vez.

Ahora si miro hacia el futuro sólo veo desesperanza, frustración y miedo. Miedo a la soledad. Un miedo que hacía tiempo que no sentía.

Si habéis seguido mi blog desde el principio, os habréis dado cuenta de cómo había ansiado siempre tener pareja (más allá de los polvos esporádicos). O mejor dicho, cómo ansiaba una pareja como la que hasta ahora formaba con M.

Vale que nos diferenciaban muchas cosas, pero siempre pensé que en el fondo eso era lo especial de nuestra relación.

“Hace tiempo que dejé de quererte”

Está claro que me equivocaba.

Ahora ya da igual. Realmente es que todo me da igual.

Si hasta ahora venía contando como hilo conductor del blog lo que era mi vida, tener que hablaros ahora de estos últimos años vividos junto a él (tenía muchas anécdotas que quería contar), me provocaría un sufrimiento innecesario, con lo que no creo que sea capaz de continuar.

Y sinceramente, y disculpadme que sea tan honesto, esto es lo que menos me preocupa ahora mismo.

Si el año pasado fue de los más extraños de mi vida por muchas circunstancias (fue como vivir en una montaña rusa constante), no parece que 2017 haya empezado demasiado bien.

Veremos cómo sigue.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

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La cena de los idiotas

La cena de los idiotas

Sabía que tenía que hablar con mi pareja, pero no encontraba el modo.

Por ser demasiado cotilla, me había enterado (y de una forma muy visual) de que igual estábamos los dos intentando iniciar algo sobre unas cenizas (todavía humeantes) de una relación anterior.

Mi cabeza entre unas cosas y otras era un hervidero, así que cuanto antes hablase y aclarase mis dudas, mucho mejor sería para los dos.

Le devolví la tarrina de DVD’s que había cogido de su casa con la esperanza de que fuese él mismo quien se diese cuenta de que en su interior estaba el disco XXX, por lo que lo coloqué a la vista, encima de todos los demás.

Nada más verlo, su rostro cambió de semblante. Fue cuando se dió cuenta de que me había llevado justamente ESA tarrina de peliculas, y que igual yo podría haber tenido cierta curiosidad…

En un principio le comenté que había visto el DVD y que me extrañó que tuviese una contraseña. “Cosas personales”, me dijo.

Seguí preguntándole sobre si era algo de su trabajo, tipo archivos confidenciales o algo así, y me comentó (oh, casualidad) que era justamente eso, temas de contabilidad y nóminas de sus trabajadores.

“¿Y a eso le pones XXX?”, le pregunté yo, ya algo mosqueado porque no soporto que me tomen el pelo en mi propia cara (y si es tu pareja quien lo hace todavía peor)

Cuando aún me respondió “Cada uno le pone el nombre que quiere”, ya no pude soportar más. Le dije que lo había visto todo. Que había visto sus fotos y sus vídeos sexuales. Que su pareja estaba bastante bien desnudo. Y que por las fechas, al parecer, no hacía tanto de todo aquello.

Su primera reacción fue de enfado. Cuando, yo, ya venido arriba incluso le dije cómo había conseguido hackear ese archivo, su siguiente reacción fue ya de un cabreo descomunal. Su enfado no era sólo por haber sacado a la luz algo muy personal suyo, sino también por cómo lo había hecho (y reconozco que llevaba razón).

Fue una tarde de bastantes reproches, malas caras y medias verdades. Sólo conseguí que me asegurara que no había compaginado ambas relaciones y que no quería hablar conmigo de nada de su vida anterior. Que yo no tenía porqué pedirle explicaciones de ningún tipo por algo que había averiguado saltándome toda la confianza que él podía tener en mí.

Dicho de otro modo que el fin no justificaba los medios que yo había empleado.

Toda esta conversación pasó horas antes de una cena en la que yo iba a conocer a sus amigos, con lo que el camino de su casa hasta la casa de un colega suyo donde íbamos a cenar fue lo más parecido a un velatorio.

Ir sin ganas a una cena es lo peor que puedes hacer, porque ya vas como predispuesto a que salga mal, pero si además, el anfitrión nada más conocerte te dice, sin venir a cuento, “Qué haces, puta?” ya no sabes dónde meterte.

Y es que el anfitrión resultó ser el típico gracioso, sin gracia. El que se cree el alma de la fiesta gracias a que un grupo de palmeros le ríen todas y cada una de sus giipolleces. A mí, con ese saludo inicial, digamos que ya me “ganó” para el resto de la noche…

Si ya esa presentación me pareció de traca, cuando fue llegando la gente, a mí me dieron ganas de salir corriendo. Y es que cada uno que me presentaba, no se quedaba contento sin hacer una comparación con el ex de mi pareja. Por lo visto todos lo conocían a él bastante, y en lugar de apoyar a mi novio, se ve que encima aún habían tomado parte por su ex.

Cuando una pareja se rompe, yo entiendo que mantener los amigos comunes pueda ser complicado. Quien más, quien menos, e independientemente de a quien conoces primero, puede tener más feeling con uno o con otro, con lo que es complicado mantener una amistad con las dos partes, cuando ya no son pareja. Hasta ahí lo puedo entender, pero que eso lo manifiesten con la cara o con gestos, por ahí ya no.

Y es que no hubo ninguno que no dijese algo: Que si el otro era más simpático, que si el otro era más alto, que si tenía un trabajo mas interesante, que si tal que si cual. Algunas cosas tuvieron la deferencia de no decirlas delante de mí (por suerte lo que escuché de que el otro era más guapo, no lo dijeron en mi cara), pero el resto de frases sí, y sin cortarse además.

La cena, encima fue con los típicos comentarios de cuartos oscuros, con su mariliendre de manual allí presente y todos los tópicos habituales, que a mí me suelen “encantar” en este tipo de reuniones (como ya sabéis si me seguís en el blog).

Yo con M. encima, estando medio cabreado, no hablé demasiado en toda la noche, y me tocó a mi lado otro chaval, de esos que ya se te atragantan nada más conocerlos. Este chico, para ya rematar la velada, se pasó toda la noche hablándome en femenino, a pesar de decirle más de una vez que no me molaba nada de eso. A él parecía que sí, y como los demás aun le reían la ocurrencia así estuvo hasta que a la hora de los postres, ya conseguí cambiar de sitio y ponerme en la otra punta.

“Qué antipático”, fue lo último que, encima, aún tuve que escucharle (al menos eso sí lo dijo en masculino).

Creo que fue de las noches más incómodas que he pasado nunca, y cuando ya M. se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando, con un gesto me hizo ver que ya nos íbamos a largar de allí.

Mi cara al salir de la casa era un poema. Si ya la tarde había sido mala por el cabreo de ambos, la noche todavía había salido peor. Y encima él, por ir a su bola, no se había enterado ni de la mitad de lo que había pasado.

Me fui tan cabreado de ahí por todo, que pagué con él todos los platos rotos. Le dije que igual lo mejor era no seguir en esa relación, que de verdad no sabía si estaba preparado en esos momentos para estar con alguien.Y que si el problema era yo, que no quería amargarle la vida a nadie. Y me fui.

No fue hasta dos días después cuando volvió a llamarme. Sólo quería hablar conmigo.

Quedamos a tomar un café y fue cuando me explicó que los amigos de la cena, eran más amigos de su novio que suyos. Que por eso me habían tratado de esa forma. Que fue su ex quien de un día para otro había decidido acabar con la relación, pero tanto él como M. habían dicho que fue algo de los dos, cuando no había sido así.

Que los primeros días, no me podía negar que seguía enamorado de su ex ya que varios años de relación no se pueden acabar de un plumazo. Que la noche que quedamos, sólo buscaba un polvo, algo de vidilla sexual que le hiciese olvidar su ruptura, pero que al conocerme había visto en mí algo más. Que no tenía previsto enamorarse de nuevo tan pronto, pero que es lo que le estaba pasando y que, ni una visita al psicólogo le hubiese podido ayudar tanto como yo lo estaba haciendo en esos momentos.

Aún así, si yo no quería seguir con él por lo que fuese, que lo entendía, pero que no cortase por desconfianza, o por compararme con otros, y menos por una cena o por amigos idiotas que todos tenemos.

Yo solo pude decir que sentía haber sido tan cotilla. Que tenía razón en enfadarse por haberle descubierto intimidades, y más de esa forma. Y que con amigos con los que él tenía era casi mejor no tener enemigos.

Eso sí, sólo le pedí una cosa, que lo pasado, pasado estaba. Y que a partir de entonces empezábamos de cero, sin mentiras, y sin muertos en el armario.

Y añadí algo más. Y es que viendo el morbo que me había dado verlo en acción, yo también quería protagonizar vídeos como aquellos, por lo que esa misma noche nos pusimos a la obra.

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(Y que tengáis un feliz 2017)

El Código Da Vinci

El Código Da Vinci

Aunque mi pareja y yo, desde el inicio, supimos que éramos bastante distintos, siempre habían cosas en las que coincidíamos bastante. Así, el hecho de viajar, ir de tapas, el gusto por el mar, o el cine, eran puntos en común que nos unieron desde un principio.

Y también el porno.

Como ya sabéis, a mí es un tipo de cine que me gusta bastante. Y no sólo para pajearse, sino como género en sí mismo. Pues a M. le pasaba prácticamente igual. Por eso no me sorprendió demasiado cuando un día me enseñó en un armario una cantidad enorme de CD’s y DVD’s con cientos de películas almacenadas.

Le pedí enseguida unas cuantas tarrinas de pelis para pegarles un vistazo y ahí me encontré de todo. Desde las primeras de la época precondom, de los años 70 o así, hasta ya las últimas grabadas en plan gonzo que daban mucho mas realismo a los polvazos.

Recuerdo que así estuve una tarde entretenido en mi casa hasta que dí con un DVD en el que sólo ponía XXX.

Así como en las otras ponía el nombre de la productora o bien los títulos de la película, en esa únicamente ponía ese símbolo, que bien podía servir para un porno sin más o para la película de acción del mismo título.

Puse el disco en el ordenador y ante mí salió un documento que tal y como ponía en la pantalla venía protegido con una contraseña de siete dígitos.

Enseguida pensé en quitar el disco y no prestarle demasiada atención. Si estaba protegido, y oculto entre el porno, era porque contendría algo íntimo de mi pareja que yo no tenía ningún derecho a averiguar. Al fin y al cabo, todos tenemos secretos, ¿no?

Sin embargo ese pensamiento duró poco.

A los cinco minutos ya estaba yo buscando en tutoriales por todo Internet alguna forma de saltarse una contraseña en un documento encriptado. De ahí pasé a descargarme aplicaciones que prometían saltarse las protecciones si es que no estaban demasiado curradas. Diez minutos después ya estaba yo pasando de un programa a a otro intentando que alguno me funcionase, y con una ansiedad que ya empezaba a desbordarse.

Y al final sonó la flauta.

Con un programa conseguí que aleatoriamente fuese probando letras y números hasta que el documento reconociese alguno. De esa forma conseguí la primera y la última letra, con lo que el programa supuso que no habían números en la contraseña (generalmente la gente pone dígitos al final o al principio, pero pocas veces en medio).

Una vez ya quedaban descartados los números, el programa echaba mano de diccionario para probar palabras de todo tipo. Y después de estar varias horas intentando, al final…se abrió el documento.

He de reconocer que en ese instante (sólo en ese) me sentí un poco mal conmigo mismo por haberme convertido en un hacker para espiar a mi propio novio (con todo lo que eso conlleva, lo sé). Pero se me había metido en la cabeza que quería averiguar lo que había escondido y no pude parar hasta conseguirlo.

En el DVD había sólo un par de carpetas.

En la primera había fotos de M. y otro chico.

Eran fotos de viajes, de cenas en grupo, de paisajes… Todo muy normal. Sabía que M. había tenido una pareja durante bastante tiempo así que supuse que era el chico con el que aparecía en la mayoría de fotos. Un chico muy guapo, por cierto.

Cerré esa carpeta y abrí la otra.

En esa también salían juntos M. y el chaval. Pero ya sin ropa.

Eran fotos eróticas, o más bien tirando a porno, en las que salían los dos, desnudos, y follando. Los lugares eran conocidos, puesto que era la propia cama de su casa, o el comedor, sobre el sofá donde justamente M. y yo habíamos follado la tarde anterior.

En un principio, al ver todas esas fotos, me chocó bastante porque se me hizo raro ver a mi novio, en esas circunstancias con otra persona que no era yo. Además, al estar en sitios comunes para mí, la situación se me hacía más chocante todavía.

Todo subió de grado cuando vi que también había vídeos. Si en fotos resultaba fuerte ver todo aquello, los vídeos, con sus gemidos y demás eran ya rollo pornográficos.

Y reconozco que me empalmé. Me excitó mucho ver a mi novio penetrando a otro. O como se lo hacían a él. O la comida de culo que le hacía al chaval que estaba que se derretía con los lametones. En ese momento creo que entendí el mundo de los cornudos-consentidos, y las parejas abiertas que disfrutan viendo a sus parejas follando con otras personas.

En mi mente se agolpaban sentimientos encontrados, pero mi polla indicaba que le gustaba ver todo aquello, así que acabé haciendo lo que suelo hacer cuando veo una porno: masturbarme.

Una vez acabé, dispuesto ya a quitar el DVD, algo arrepentido por lo que había hecho, fue cuando me di cuenta de un detalle al que hasta ese momento no había prestado atención y es que tanto las fotos como los vídeos venían con su fecha. Algunas eran antiguas, pero otras, bastante recientes. Muy recientes. Demasiado recientes diría yo.

Las últimas fotos y vídeos eran del mismo mes en el que había conocido a M.

No se solapaban en el tiempo, pero casi. Si yo lo había conocido a finales de mes, allí había fotos de dos semanas antes.

Yo sabía que él había tenido una relación de años, y que lo habían dejado. Pero según él lo habían dejado “hacía unos meses” y las fechas por tanto no me cuadraban…con lo que decenas de preguntas se empezaron a agolpar en mi interior:

¿Y si realmente aún no se había roto la anterior relación cuando empezó conmigo? ¿Puede iniciarse una nueva relación pasado solo unos días entre una persona y otra? ¿Estaba conmigo por tapar un vacío anterior?

Y sobre todo…¿Cómo podía preguntarle todas estas cosas sin mencionarle cómo lo había averiguado?

No tardaría mucho tiempo en hablar con él.

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(¡¡Y felices fiestas a todos, que ya es Navidad!!)

Siete años en el Tibet

Siete años en el Tibet

Cuando el metro estaba llegando a la estación le vi junto al andén, y en lo primero que pensé fue en que, aunque estaba igual que en la foto, me lo imaginaba algo más alto.

Habíamos chateado por primera vez la tarde de antes y como ninguno de los dos tenía prisa, habíamos decidido dejar esa cita para la tarde del día siguiente. Únicamente nos habíamos mandado foto (yo le mandé una mía…disfrazado de buzo) y habíamos tenido una breve charla por teléfono.

Mis últimas citas habían resultado una mierda, y de ésta no esperaba tampoco nada en concreto. A ver, soy sincero, habíamos quedado para follar, pero me pillaba en una época en la que si surgía algo más, pues bien, y sino, también.

Al poco de vernos y romper un poco el hielo, comenzamos a hablar de nuestras vidas y me sorprendió que tuviese el mismo trabajo que Yago, de quien os hablé en Vicky Cristina Barcelona Incluso se había desplazado de su ciudad de origen para trabajar aquí (lo mismo que tuvo que hacer Yago trasladándose a Barcelona).

El hilo conductor de nuestra conversación fue prácticamente ése y aunque la conversación era fluida, algo en mi interior me decía que yo a él no le había gustado y que me iba a volver a casa sin mojar el churro. Y era una lástima porque el hombre me parecía atractivo (sobre todo por los brazos definidos que tenía). Sin embrago, me equivoqué, y cuando ya pensaba que nos íbamos a despedir fue cuando me invitó a subir a su casa para tomar algo.

Nada más sentarme en el sofá me sorprendió, aparte del pedazo de televisión impresionante que ocupaba media pared, una foto de la estantería donde se le veía con una mujer muy guapa vestida de novia…

Automáticamente, le pregunté por la foto, claro (no fuese que me tocase salir por patas si llegaba la parienta) y aunque me dijo que era de la boda de su hermana, si que me contestó que él había estado casado (otro punto en común con Yago).

Después de ese momento de confesiones ya empezamos a darnos el lote en el comedor hasta que nos fuimos a su cama para estar más cómodos.

Fue cuando ya estábamos en bolas los dos cuando me dijo que me tenía que decir algo más sobre él y era que me había mentido con su edad…

Si no recuerdo mal, me dijo que tenía 39 años cuando en realidad tenía ya 43. Que igual visto ahora, con perspectiva, era una chorrada (total, iba a ser un polvo) pero el tío tenía algo que me gustaba y saber que tenía demasiados años como para empezar una relación (yo, a la mínima, analizaba mis posibilidades de pareja) me decepcionó un poco.

De todos modos, le dije que agradecía su sinceridad aunque fuese a destiempo (tal vez no hubiese quedado esos días con alguien que me llevaba diez años), pero estando ya tiesos los dos, prefería que dejaramos de hablar y pasar a follar directamente.

Del polvo en cuestión, la verdad es que no recuerdo mucho (y es curioso, porque me acuerdo prácticamente de la primera vez con todos) pero sí del momento posterior: nos pegamos una buena ducha y cuando ya estaba dispuesto a irme, fue cuando me dijo que porqué no me quedaba a cenar y a dormir con él.

Si seguís de vez en cuando mi blog, os podéis imaginar lo que esas palabras significaron para mí, así que no hizo falta que me lo dijera dos veces y me quedé con él toda la noche.

Simplemente vimos la tele, cenamos y nos acostamos, abrazados, hasta que nos cogió el sueño. No follamos de nuevo. Sólo fue eso, pero yo no necesitaba más.

A la mañana siguiente, como él entraba a trabajar mucho antes que yo, incluso me acercó a casa en su coche no sin antes decirme que había estado muy agusto conmigo.

Ese mismo día, por la tarde, me mandó un mensaje diciendo que quería volver a verme. Yo cuando lo recibí, me alegré (te sube la moral, quieras que no), pero me sorprendió porque no pensé que a este hombre lo fuese a volver a ver más. Y también en eso me equivoqué.

Nos vimos esa tarde, y la siguiente. Esa misma semana incluso ya me quedaba a dormir en su casa mientras él se iba a trabajar antes que yo.

Era básicamente quedar para tener sexo, pero también nos reíamos mucho, pensando en nuestra diferencia de edad, en que realmente teníamos poco en común, en lo diferentes que éramos…

Recuerdo que incluso me comentó la frase de un amigo suyo que le decía que conocía a gente que empezando así, luego habían durado casi nueve años…

Pues bien, hace poco que él y yo cumplimos 7 años como pareja.

Siete años en los que, casi sin darnos cuenta, empezamos una relación desde cero, y sin buscar nada (sólo sexo) el día en que nos conocimos.

Siete años en los que me he sentido como en una nube y aunque hayamos pasado por malos momentos (algunos, muy recientes) siempre hemos sabido superarlos juntos.

Hace poco tiempo que él descubrió este blog.

Sabía de su existencia (a él le oculto pocas cosas) pero no le había mencionado nunca el nombre del blog más que nada para evitar que me cortase al escribir según qué cosas.

No sé cómo, pero al final, dió con el blog y como de cualquier cosa mala se puede extraer una buena, he querido  hoy hablar de él.

Y es que este año, que por circunstancias no podemos estar juntos, no se me ocurre otra forma mejor que felicitarle así por su cumpleaños.

Y aunque no suelo poner música, permitidme esta vez que ponga un vídeo, bastante antiguo (momento moñas) que significa mucho para ambos.

Para M. TQM.

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La huida

La huida

Aquella tarde de domingo tocaba conocer, de nuevo, al último ligue-pareja de Guillermo. Se habían conocido por Internet y por lo visto, aunque al principio no buscaban nada en concreto, no hacía mucho que habían iniciado una relación. Guillermo, aunque no lo parecía, era bastante inseguro, con lo que nuestra opinión (sobre todo la de Raquel) acerca de sus parejas le importaba demasiado.

Al poco de llegar al bareto donde habíamos quedado, llegó Guillermo acompañado de un chico alto, y bastante guapo, al que reconocí al instante: Felipe.

A Felipe yo lo conocía desde pequeño, pues los dos veraneábamos en los mismos apartamentos de un pueblo costero cercano a la ciudad. Es más, sus padres eran íntimos amigos de los padres de un amigo mío de veraneo, y el apartamento que ellos ocupaban estaba puerta con puerta con el de otro amigo de la pandilla.

Amigos no éramos, igual ni siquiera habíamos hablado nunca, pero los dos nos habíamos visto crecer desde nanos. Y desde muy pequeños, todos teníamos claro en la playa que era gay. Tenía una pluma que no podía disimularla nunca. Era evidente desde siempre.  Y no sólo por la forma de hablar, sino también por los movimientos de cadera que hacía cuando caminaba.

Por eso nos sorprendimos todos cuando hacía poco más de un año, Felipe anunció que se casaba. Es más, el amigo que mencioné antes llegó a ir a su boda puesto que la amistad entre sus padres era de hacía ya bastantes años. Y por lo que me comentó, incluso los propios invitados al enlace dudaban de la hombría del consorte, comentando entre corrillos que la novia había pegado un braguetazo de los buenos (la familia de él era bastante conocida).

Imaginaos mi cara entonces cuando vi llegar a Guillermo con ese Felipe. Si mi cara en ese momento fue de sorpresa, la suya en cambio fue de angustia bastante mal disimulada.

Yo tan pronto me presentaron le comenté si no se acordaba de mí, que si la playa, que si sus padres, que si mi amigo…, pero él, negándolo, intentaba ocultar algo que era evidente: que nos conocíamos bien.

Al final, viendo que sabía muchas cosas de su familia (nombre de padres, hermanas, trabajo…) alegó que podía ser que nos conociésemos, pero que él era bastante poco fisonomista y que no se solía quedar con la cara de la gente.

Durante la charla, él se mantuvo bastante al margen, y era evidente que la situación le  incomodaba.  Al poco, alegando que tenía cosas que hacer, se marchó, momento en que aproveché para poner en antecedentes a Guillermo y Raquel  y explicar así cuál había sido mi sorpresa al encontrarme con Felipe.

Guillermo, por su parte, nos  comentó que desde hacía meses  ambos mantenían una relación online, cuanto todavía él estaba casado.

Por un exceso de confianza o lo que fuese, se ve que Felipe no solía cerrar el portátil cuando se ausentaba de casa, y en una de esas, su mujer se había enterado de todo. Encontrar además ciertas carpetas con fotos y vídeos de películas gay, tampoco ayudaron demasiado.

Así pues, su mujer le puso de patitas en la calle y habían iniciado ya los trámites de divorcio. Divorcio que no parecía que fuese a ser demasiado amistoso ya que ella, se había casado “muy enamorada” y no se esperaba algo así.

(¿En serio? ¿De verdad hay mujeres que se casan con hombres que tienen pluma y piensan que son realmenten heterosexuales? Yo de esto haría un estudio porque conozco varios casos y nunca lo he entendido, pero bueno)

Guillermo, además, nos comentó que como el chico no quería decir de momento a su familia cuáles habían sido los motivos reales de su separación, lo estaba acogiendo en su casa, al menos hasta que las cosas se calmasen un poco.

Esa estancia duró varios meses durante los cuales, siempre que quedábamos, Felipe (que reconoció que, evidentemente, me conocía) nunca se presentaba. Es más, llegaba a preguntar si yo iba a ir, para no ir él, situación absurda como pocas.

Guillermo por lo visto le explicaba que si tenía miedo por si yo fuese a decir algo, es que no  me conocía, porque no iba conmigo joderle la vida a nadie. Y más cuando ni yo mismo había salido del armario en todos los ámbitos. Pero hablar con Felipe de estos temas era por lo visto como darse contra un muro porque no había forma de que lo entendiese.

Incluso llegó el caso de que cuando yo iba a su casa a cenar, Felipe optaba por irse a dar una vuelta por la calle, o cenar fuera, para no tener que coincidir conmigo.

Estos miedos y muchas más cosas (el chaval por lo visto empezó a ir a un psicólogo porque la situación le desbordaba) hicieron que pronto Guillermo se hartase de él. Otra cosa no, pero paciencia tampoco ha tenido nunca (ni paciencia ni empatía) con lo que cuando Guillermo se cansaba de alguien, poco ya se podía hacer.

Finalmente, cansado de los miedos y movidas de Felipe la relación entre ambos naufragó totalmente, “invitándole” a que saliese de su casa y se buscase la vida.

No creo que tardase mucho en encontrar donde vivir (por pelas no sería), pero la fragilidad mental que por lo visto tenía en esos momentos hizo que en cierta forma, me diese algo de lástima su situación.

Al verano siguiente, en los apartamentos, la gente ya sabía que se había separado de su mujer y el comentario más oído era que “estaba claro que ese matrimonio no iba a durar”. Supongo que el estar siempre en boca de todos, no tiene que ser plato de gusto, y el aspecto de Felipe (bastante más demacrado) demostraba que no lo estaba pasando demasiado bien.

Me lo llegué a encontrar a solas incluso una tarde, y aunque intenté acercarme a él para mantener una conversación, su movimiento repentino de cara, intentando evitarme, demostraba que no iba a haber forma humana de tener ninguna clase de acercamiento.

Tuve claro entonces que contra un miedo tan irracional como ése (¿que contase su secreto?), poco se podía hacer, aunque tampoco creo que la huida fuese una opción válida para solucionar sus problemas.

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Sobreviviré

Sobreviviré

Cuando retomé el contacto con mi amiga Raquel, ella ya llevaba años saliendo por el ambiente.

Guillermo y ella se conocieron en el primer trabajo que tuvieron ambos y desde entonces se hicieron inseparables. Fue a raíz de ese momento cuando ella conoció el mundillo gay y empezó a acompañarlo a él por el ambiente, primero por curiosidad, y luego ya porque disfrutaba en todo ese entorno.

Cuando Guillermo conoció a César y se hicieron novios, el grupo fue abriéndose e incorporando a gente que entraba y salía del mismo. Fue tiempo después cuando yo me incorporé a ese grupo.

Sin embargo, a diferencia de ellos, yo seguía saliendo de fiesta también con mis amigos heteros, por lo que mi vida social no giraba únicamente alrededor del ambiente. Raquel, en cambio, ya era para entonces una mariliendre a tiempo completo. Por eso me sorprendía tanto cuando, a veces, cuando estaba de bajón, decía que estaba harta de estar sola.

Pero ¿como iba  a conseguir novio saliendo siempre por el ambiente?

Esos días de bajón, Raquel me hablaba de noches en las que había salido con Guillermo y compañía y al final ella terminaba en la barra, en plan alcohólica, mientras todos los tíos se enrollaban unos con otros. Al final se volvía sola a su casa y muchas veces, llorando.

Ella, de todos modos,me decía que a veces había ligado por allí, que no todo el mundo era gay, pero yo, que por entonces tenía una mente bastante cuadriculada, decía que si iban por el ambiente, eran gay, no había otra, y es que no me cabía otra posibilidad.

Por eso me sorprendió tanto el día que ligó ante mis propios ojos en la discoteca a la que solíamos ir.

Julián era un chico algo mayor que nosotros por aquella época, y que justamente esa noche habían sacado de casa a la fuerza una pareja de amigos suyos gays. Era hetero, llevaba divorciado seis meses y sus amigos habían decidido que ya era hora de que saliera a conocer gente (y lo llevaban a un sitio de ambiente…)

Guillermo conocía de vista a uno de la pareja y fue a raíz de ahí cuando Raquel y Julián se conocieron, y parecieron gustarse. Tanto, que al poco empezaron una relación.

A mí de primeras el chico me parecía majo, pero me hacía sospechar de él el lugar donde se habían conocido. Por lo visto, él se consideraba gay friendly, pero a mí me hacia pensar si realmente no sería gay a secas.

Recuerdo que estas cosas las hablé con Guillermo en su momento y el me decía que “Julián realmente era gay, pero que él mismo todavía no lo sabía”, y era una frase que, aunque me hacía mucha gracia, me sabía mal por mi amiga Raquel.

Sin embargo, a pesar de las sospechas, su relación parecía ir muy bien. Incluso me llegaron a dar ciertos celos, porque Julián había conseguido apartarla a ella un poco de nosotros, lo que hacía que nos sintiéramos en cierta forma huérfanos. Si antes cualquier problema, sólo hacía falta descolgar el teléfono para hablar con ella, ahora, teniendo ella novio, la cosa cambiaba.

De ahí que las dudas que he comentado que teníamos sobre Julián, hicieran plantearme si nacían de un pensamiento racional o de esa parte de nosotros que deseaba que Raquel volviese a ser la mariliendre de manual que siempre estaba a nuestro lado.

Pronto la relación entre ellos empezó a fallar. Y es que por lo visto, aunque desde fuera todo parecía ir viento en popa, de puertas para adentro la situación no era la misma.

Y es que no había sexo entre ellos.

Llevaban ya casi tres meses de relación y parecía que la relación no había sido aún “consumada”. Por lo que Raquel contaba, por culpa de Julián que le ponía mil excusas para no hacerlo. Al principio, porque tenía muy reciente lo de su ex (hombre, habían pasado ya seis meses, pero bueno). Luego porque no quería ir tan rápido en la relación (si hubiese sido alguien muy religioso podía colar, pero no era el caso). Otro día porque había bebido mucho (yo bebía más que él, pero supongo que a cada uno le afecta de una forma), hasta llegar al temido y muy conocido “hoy no, que me duele la cabeza”.

Así que imaginad cómo podría estar Raquel, que llevaba media vida sin novio y que ahora en esos tres meses, seguía sin comerse una polla rosca. Según ella tenía el dedo índice desecho y es que, aunque lo había intentado todo, no había forma de calentar a ese hombre de ninguna forma.

Claro, cuando oímos eso, Guillermo y yo nos miramos con cara de “ya lo decía yo”, pero tampoco quisimos echar más leña al fuego, e intentamos animarla diciendo que mejor era que lo hablase con él, tranquilamente, para ver hacía dónde quería que fuese esa relación, porque con el calentón que llevaba, ella no iba a poder seguir así mucho tiempo.

Así que al final lo hablaron y pudo confirmar lo que los demás ya sospechábamos, y era que se había dado cuenta “gracias a ella” (que hay que ser cruel para decir algo así), que igual no era tan hetero como pensaba, y que tal vez su relación con su pareja no había funcionado tampoco por el mismo motivo.

Por supuesto cortaron en ese mismo momento y Raquel se hundió en la miseria. Sobre todo por algo que ya me dijo al poco de salir yo con ella del armario, y es que estaba harta de atraer siempre a gays.

Cayó en una minidepresión durante un tiempo, pero al salir, ella volvió otra vez a sus salidas por el ambiente y a seguir como si nada de aquello hubiese pasado.

Yo me ofrecí a salir con ella de vez en cuando por sitios de no ambiente, pero ella se negaba diciendo que quien la conociese, tendría que quererla como ella era y que esas salidas formaban ya parte de su vida.

Por supuesto, por si os cabe alguna duda, Raquel a día de hoy sigue soltera, y aunque de normal es superfeliz, sigue teniendo los bajones que tiene cíclicamente maldiciendose por su mala suerte por no tener pareja.

Egoístamente, los demás seguimos teniendo a una amiga para toda la vida.

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El jardinero fiel

El jardinero fiel

Mi segunda pareja se llamaba Bruno, y era, como el título indica, jardinero. Bueno, estudiante de jardinería más bien, porque el chaval era bastante más jovencito que yo.

Así como generalmente la gente con la que contactaba era de mi misma edad, o mayor, en el caso de Bruno fue al contrario. Yo contaría por entonces con 28-29 años ya, y él acababa de cumplir los 20.

Nos conocimos también por el chat y gracias sobre todo a que él mintió con su edad (me dijo que tenía 25) porque sino, seguramente ni hubiésemos llegado a quedar.

Bruno vivía de forma independiente en un piso de su abuela. Yo por aquél entonces aún vivía en casa de mis padres, con lo que fue en su casa donde nos conocimos por primera vez. Y nos conocimos follando, claro.

Yo cuando le vi ya me imaginé que había mentido con la edad porque realmente se le veía demasiado crío, pero me dio morbo follarme a alguien así, no voy a negarlo. Encima él era bastante pasivete, y a mí, por tanto, con él me salía la vena “empotradora” que saco a relucir de vez en cuando.

Fue al acabar el polvo cuando me comentó su verdadera edad (esto no es la primera vez que me lo hacen, por cierto) pero como total era un polvo y lo había disfrutado mucho, me dio un poco igual.

Sin embargo, quién lo iba a decir, la relación entre nosotros fue poco a poco a más, quedando varias veces hasta que nos dimos cuenta de que algo estaba surgiendo entre nosotros.

Poco tiempo después, ya empecé a conocer a sus amigos, y él a los míos, señal ya clara de que entre nosotros ya no había sólo sexo.

Con los suyos, nada mas conocerlos, yo me sentí bastante desubicado. Sinceramente, me sentía mayor entre ellos. Más mayor de lo que realmente era. Las conversaciones y el modo de vida de ellos (estudiantes la mayoría) chocaba demasiado con los míos, y era evidente el conflicto intergeneracional.

En el sentido contrario, con mis amigos, aunque al principio bien (mejor de lo que esperaba) al poco ya empezaron a surgir frases en plan: “asaltacunas”, “niñero” “dale el biberón” (esto con doble sentido) y cosas así que sin querer, empezaron a hacer mella en nuestra relación.

Además, a mi amigo Quique le entraron como medio celos de nuestra relación, cosa que a mí me alegró mucho, pero me hizo pensar que si realmente me gustaba estar con alguien como Quique no sabía entonces qué estaba haciendo yo con alguien como Bruno.

Por otro lado, a Bruno le gustaba que yo mantuviese esa actitud de “dominante” que tenía en la cama, también en la vida diaria, y eso a mí, no me salía demasiado. Y si me salía, era forzado. A mí en el día a día me gustaba para mí a una pareja con la que pudiese compartir la vida de igual a igual, y esa sensación un poco de padre con hijo (salvando las distancias) me estaba empezando a pasar factura.

En el sexo, mientras, de puta madre. El tenía un cuerpecito delgadito que me volvía loco. Y a pesar de que por regla general no me suelen gustar más jóvenes a él le había cogido el punto desde el primer momento. Ahí sí me salía la vena machorra que tanto le gustaba y a él podía “usarlo” como me viniese en gana para disfrute de ambos. A veces incluso le decía que era como un muñeco hinchable en la cama, que se dejaba hacer de todo, y sólo con verle reir con aquello ya se me caía la baba (de la boca, no seáis mal pensados).

Pero como he dicho muchas veces por aquí, cuando lo único que funciona bien a dos personas es el sexo y lo demás empieza a tambalearse, empiezan mis comidas de tarro, porque a mí a la larga me aburre la situación.

A diferencia de lo que ocurrió con mi primer ex (Lorenzo), esta vez no me callé mis movidas mentales y las hablé con él en todo momento. En este caso, él notaba también lo mismo que yo, que la cosa como pareja no estaba funcionando como a los dos nos gustaría, y que tarde o temprano la situación tendría un final. Y nos dimos un tiempo. Un tiempo, al menos, en que hablamos de intentar vernos menos entre nosotros, para saber si nuestra pareja tenía o no futuro.

Como remate a esta situación pasó algo que marcaría el tiempo de descuento entre nosotros. Él se fue a una especie de viaje fin de curso con la Escuela de Jardinería, y a mi se me fue la cabeza y me puse en el móvil la app del Bender (Wapo ahora) como ya os conté en el post de Infiel.

Quedé con un chaval (mayor que yo) pero no llegó a pasar nada porque me volvió la conciencia a tiempo. Cuando volvió Bruno, aunque no le hablé de lo que había pasado realmente, sí le comenté que llegados a ese punto yo creía que lo mejor era no alargar más la situación.

Aún así, nos dimos una segunda oportunidad, un tiempo más en el que ver si realmente queríamos eso, y aunque los primeros días parecieron funcionar bien, la brecha que había entre los dos (básicamente por la edad) siguió haciéndose más grande.

Finalmente cortamos, de mutuo acuerdo y sin dramas de ningún tipo, a los nueve meses de iniciar la relación (exactamente el mismo tiempo que con mi primera pareja).

Lo más curioso es que después de cortar, volvimos a follar (a petición suya, eso sí). Y ese día, siendo el último, le metí una follada de esas antológicas y difíciles de olvidar, para que me recordase siempre.

Y bueno, creo que como método de despedida cuando se acaba una relación no está mal ¿no?

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