El sexto sentido

El sexto sentido

Hace un par de días me echaron las cartas.

Pude elegir entre que me leyeran las líneas de la mano o que me echaran el Tarot y opté por esto último, más que nada por lo visual que me ha resultado siempre esa baraja.

He de decir que no creo especialmente en estas historias. Siempre he pensado que muchas veces se usa más la intuición que otra cosa, pero he de reconocer que en algunas de las cosas que me dijo, acertó bastante.

A nivel laboral me dijo que estoy en una etapa de tranquilidad y que veía que en un futuro próximo iría la cosa igual o mejor, de lo cual me alegré bastante. De un posible lío con mi jefe, no mencionó nada, así que supongo que la cosa se quedará como está (cachis…)

A nivel de salud no me vio nada grave lo cual también es una buena noticia ahora y siempre. Y más después de mis últimos problemillas de salud que me tuvieron unos días apartado de todo.

Fue a nivel personal cuando me definió por encima y es en lo que más se aproximó a mi realidad. Yo supongo que viendo la edad que tengo (cuarentón ya) y que no tenía anillo de casado, ayudó bastante a su adivinación, pero me sorprendió la forma en que habló de mi situación actual.

Me dijo que me veía estancado en la vida. Que aunque ansiaba un cambio a mejor, yo mismo me ponía trabas para que eso no sucediera. Que yo era mi peor enemigo ahora mismo. Que mi actitud de tirar la toalla no me iba a beneficiar en nada, y que yo mismo lo sabía.

Que si quería tener pareja, necesitaba abrirme. Conocer primero a otra gente, abrir mi círculo de amigos y probar experiencias nuevas,  y que lo otro ya vendría rodado, pero que yo mismo me negaba todo eso.

Y que todo venía provocado por un asunto del pasado.

Por supuesto yo uní cabos en todo momento y entendí a la perfección de lo que hablaba. Supongo que esto funciona así, que te dicen cosas generales, algo con lo que igual todos nos identificamos y es tu subconsciente quien ya se encarga de darle una explicación a todo lo que te dicen. Es decir, entender lo que realmente te interesa.

Realmente no sé ahora nada más que no supiese hace dos días, pero sí me hizo pensar si es verdad lo de que no quiero abrirme más…

Si echo mi vista atrás, conservo amigos de todas las etapas de mi vida por las que he pasado (colegio, universidad, primeros trabajos, estancia en el extranjero…), así que no creo que eso sea del todo cierto. Sí que es verdad, en cambio, que últimamente me cuesta mucho más conocer a otras personas, y si tengo la posibilidad de intentarlo… me echo atrás.

En estos últimos años las únicas personas nuevas a las que he conocido son un chico hetero curioso con el que tengo muy buena relación (más virtual ya que otra cosa) y un excompañero al que conocí hace años y con el que he retomado la amistad.

(Bueno, y también con un chico que conocí por casualidad, al que no conozco en persona -vivimos lejos- y del que os hablaré otro día).

También es verdad que con los años, cuesta mucho más hacer amistades nuevas (en eso los críos tienen mucha más facilidad), con lo que supongo que no es algo que me pase a mí solamente.

De todos modos, de amigos no me puedo quejar (tengo muy buenos), pero sí de lo de no tener pareja.  Supongo que, como me dijo, para eso también debería de abrirme a la gente pero a día de hoy no estoy ni medio dispuesto.

Tal vez tenga razón y yo sea mi peor enemigo.

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50 primeras citas

50 primeras citas

Pensando estos días en mis últimas quedadas con tíos, me estoy dando cuenta de que hay un denominador común en todas ellas, y es el “miedo” a segundas y posteriores citas. Se le puede llamar “miedo” o respeto, intranquilidad o lo que sea, pero es algo que empieza a preocuparme.

Hace años (creo que no demasiados) cuando quedaba con alguien, pensaba en el presente y poco más. Sí que es verdad que aunque fuese únicamente para follar, sí que analizaba en dos segundos mis posibilidades de pareja (sentimental que es uno), pero si surgía la posibilidad de repetir la cita, y el tío  me molaba, no me lo pensaba ni dos veces.

Ahora la situación es bastante distinta. Aunque cuando me surge la oportunidad quedo sin demasiados problemas, la negatividad se ha apoderado de mí. A todo el mundo le veo alguna pega, con lo que cuando me ha salido la posibilidad de repetir la quedada, mi primera respuesta siempre ha sido decir que no

He pasado de enamorarme a las primeras de cambio a que se me endurezca el corazón como una piedra. Siempre me digo a mí mismo que el tío no vale la pena, que realmente no me gustó tanto cuando quedé con él, que es muy alto, que es muy bajo, que es muy gordo o que es muy flaco.

Por rechazar he rechazado a gente que vivía lejos de mi casa, o al contrario, por el solo hecho de ser vecinos.

A gente que era mas joven que yo, sólo por tener dos o tres años menos, o a gente que era mayor por el hecho de sacarme cinco (cuando mi ex me sacaba más…).

Recuerdo que antes, cuando recibía un mensaje del tío con el que había quedado, me daba un subidón de alegría increíble. Pensar “pues le he gustado de veras”, me subía el ego, y me hacía coger con más ganas una segunda cita que no tardaba en llegar.

Ahora es todo lo contrario. Y no sólo me pasa con los tíos con los que he quedado para un polvo y adiós, sino que me pasa con cualquier tío con el que he quedado incluso para tomar un café.

Con estos es más complicado todavía porque encima yo nunca sé qué contestar al siguiente mensaje, cuando te sueltan  un “pues me has caído muy bien”. Porque contestar “pues a mí no me has interesado nada” me parece un poco brusco (aunque sea la verdad).

Quizás el problema sea la comparación.

Porque a pesar del tiempo que ha pasado, yo sigo comparando a todo el mundo que conozco con quien vosotros sabéis… Y en todas las comparaciones todos salen perdiendo.

Igual, como me dice un amigo, lo que me pasa es que estoy idealizando una relación que hace mucho que terminó. Demasiado ya para estar todavía así. Igual mi problema es como cuando alguien muere, que mientras no lo deje marchar de mi cabeza, poco podré hacer.

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Piraña 3D

Piraña 3D

Una cosa habitual cuando viajas, es el momento en que te encuentras a un español por el mundo. Si encima, ya no español, sino que incluso es de tu propia ciudad, la emoción ya se desborda totalmente. Que puede que no lo conozcas de nada, ni él a ti tampoco, pero el hecho de encontrarse a un “vecino” fuera de tu entorno habitual, a todos, creo yo, nos alegra.

Hace poco me sucedió algo similar. Estando fuera, durante mis últimas vacaciones, me encontré vía app con uno que me sonaba de haber intercambiado algún (casto) mensaje en su día. Ni habíamos quedado ni nada, pero su perfil me sonaba por la foto tan sugerente que tenía: un torso desnudo velludete.

Le escribí diciendo que yo también era de Valencia, y enseguida iniciamos una conversación.

El tío iba más caliente que yo y eso se notaba. Empezó a enviarme fotos a cual más explícita y aunque eso es algo que a mí no me pone demasiado (hay que dejar cosas a la imaginación), al poco ya me había calentado y me dirigía al hotel donde él se alojaba.

Me había comentado que se había cogido el fin de semana para desconectar un poco y que por eso tampoco quería dar demasiados rodeos. Me dijo que entrase directamente al hotel y cogiese el ascensor de la izquierda, que subiese a la cuarta planta y que allí me estaría esperando, en la habitación 402, con la puerta entreabierta desnudo sobre la cama. Y que lo hacía así por el morbo de la situación. Las cosas claras, vamos.

Llegué, subí y entré.

Y sí, en la cama había un tío completamente desnudo, velludete… pero con algo más de tripa que las fotos que me había enseñado.  Que no es que estuviese embarazado de 9 meses, pero  de 4 o 5 igual  sí.

De hecho le pregunté si era el mismo que el de las fotos, y me dijo que sí, pero que últimamente había engordado “un poco”.

En ese momento se puso en pie y el tío me sacaba una cabeza (y eso que soy alto). Era una bestia parda, grande, moreno como recién salido de una película de Falcon Studios o Men.com. Se abalanzó sobre mí y sin dejar de morrearme, me empezó a desnudar.

A mí la situación me empezó a dar un morbazo bestial con lo que lo de su tripa en 3D empezó a pasar a un segundo plano. Me llevó en volandas casi a la ducha (chico limpio) y ahí empezó a comerme a besos. Pero no eran besos normales. Con cada morreo, mordía un poco.  Comenzó entonces a bajar hacia abajo hasta que llegó a mis pezones y ahí empezó a succionar, mordisquear y lamer que creí que me desmayaba ahí mismo.

Siempre pensé que yo no tenía sensibilidad en esa zona pero qué equivocado estaba…

Estuvo varios minutos concentrado con mis pezonacos que al final me empezó a doler de tanto que me los había trabajado. Jamás me los había visto tan en punta, y pensé que como se acercase un poco más podría hasta sacarle un ojo.

 Me dio la vuelta (el tío era tan grande que yo parecía un muñeco en sus manos) y empezó a mordisquearme desde el cuello hasta los tobillos. En el culo me pegó cada mordisco que me tuve que girar para asegurarme de que no me había arrancado una nalga completa. De hecho pensé que igual había dado con un caníbal, y que habría ya un reguero de sangre mío en el suelo de la bañera (peliculero que es uno…).

De ahí pasamos a la cama, sin dejar de tenerlo sobre mí. De hecho estaba tan pegado a mí que me costaba respirar con semejante maromo ahí encima. Comenzó entonces a bajar por mi cuerpo hasta llegar a la polla y lo que hizo fue comerme los huevos como si no hubiera un mañana. Todo con pequeños mordiscos, claro que sí, supongo que marca de la casa.

Así estuvimos bastante rato. Mucho rato Era del tipo de gente al que le gustaba hacer disfrutar y eso se notaba. Llegó un momento en que si me tocaba yo un poco notaba que iba a acabar corriéndome. y así se lo dije. No tardó ni dos segundos en cogérmela y hasta que no solté mi última gota no paró.

Exhausto, agotado por la situación (podéis imaginaros una fuente de esas de chorros, porque fue algo parecido), le dije que lo sentía pero que no podía más. Él dijo que había pasado muy bien y que le apetecía estar un rato conmigo en la cama, que ya se correría luego.

Ahí el hombre se explayó y me comentó que en realidad tenía pareja, chico, y que no estaban muy bien entre ellos. Que vivían en un pueblo bastante alejado de donde yo vivo y que el hecho de verme en la app era porque trabajaba por donde yo vivía. Me dijo que realmente no sabía que hacer, porque a su novio le quería, pero que en sexo se aburría bastante con él. Necesitaba desahogarse. Y no sólo a nivel sexual.

Estuvimos charlando un buen rato, aunque yo soy bastante malo para aconsejar a nadie.

Después nos volvimos a duchar, y aunque nos animamos los dos de nuevo, a mí se me había hecho bastante tarde con lo que ya me tuve que ir.

Al día siguiente él se fue y lo pude comprobar por los kilómetros que ya nos separaban en la aplicación. Lo que no se me fue fue el dolor en los pezones durante una semana. De hecho incluso se me llegaron a poner morados por el pedazo de mordiscos que me había pegado el tío, así que os podéis imaginar lo hipersensibles que los tuve durante ese tiempo.

Al volver a mi ciudad, el tío volvió a aparecer. Sin embargo, no he querido volver a quedar con él, aunque me lo ha propuesto. Sigue con su pareja, y a mí es algo que me incomoda. Vale que es solo sexo y que el problema, en todo caso, es suyo. Pero inmiscuirme en una pareja, aunque sea así, no va demasiado conmigo.

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El exótico Hotel Marigold

El exótico Hotel Marigold

Estos días, hablando con un amigo del blog por e-mail (hola, Jota), he empezado a recordar mis días nudistas con mi ex. Tampoco es que estuviésemos todo el día en bolas, pero sí que es verdad que en esto del nudismo, empezamos los dos juntos.

A mí tampoco es que me apasionase demasiado al principio, pero la única forma de que él fuese a la playa era yendo a ese tipo de playas, como un aliciente, digamos, porque él muy playero tampoco es que fuera. Luego, claro, ya le fui cogiendo el gusto.

El punto más álgido, por llamarlo así, de nuestra época de nudismo fue el día en que fuimos a un hotel nudista.

Fue uno de esos veranos en que, por un motivo u otro, no coincidíamos juntos más que unos pocos días de vacaciones. Además, no recuerdo muy bien porqué, pero ese año nos pilló el toro y no habíamos decidido aún dónde irnos a descansar esos días, aunque ya estábamos a mediados de agosto.

Finalmente decidimos irnos a la Costa Brava pero con las fechas que eran tampoco teníamos muchos sitios libres donde alojarnos. Había dos opciones, o un hotel algo alejado de la costa, o escoger otro, mucho más cerca…  y que era nudista.

Escogimos este último.

De camino al lugar, recuerdo que comentábamos cómo sería aquello y la verdad es que teníamos en la cabeza una idea sacada totalmente de la serie “Benny Hill”. En concreto, en un capítulo acudían a un hotel nudista y casualmente en todas las escenas siempre había algo (una planta, un libro, una mesa…) que tapaba las “partes” de las personas.

Así que entre risas, morbillo y algo de vergüenza llegamos al lugar y nada más entrar… normalidad absoluta.

Yo daba por hecho que el personal del hotel iría vestido, eso sí, pero pensé que la clientela iría con todo al aire. Nada más lejos de la realidad. Cuando llegamos, había también allí una pareja (chico-chica) de franceses que acababa de llegar y que como nosotros, también iban vestidos. Unas chicas, que dejaban el hotel en ese momento, iban igualmente vestidas de arriba abajo.

Una vez instalados, visitamos las instalaciones y todo el mundo iba vestido, recepcionistas, clientela, personal de limpieza, etc con lo que el nudismo en el lugar brillaba por su ausencia.

El hotel era muy familiar, no tenía más de 8 habitaciones, y por lo que averiguamos lo que es el naturismo se podía practicar en la piscina  y jardín, pero no en las instalaciones comunes del hotel.

Sí que había en cambio, una especie de reservado, con jacuzzi, y cama balinesa en el exterior para pasar una noche de cena romántica y algo más (se supone, eso sí, que en bolas).

De todos los clientes del hotel, con quienes más coincidimos, curiosamente, fue con la pareja francesa que vimos el primer día al llegar.

Coincidíamos a la hora de desayunar, comer e incluso en las excursiones por los alrededores que hicimos, pero hablar, lo que se dice hablar, hablamos poco con ellos. Nos saludábamos, y nada más. Recuerdo haber pensado que lástima que el hotel no fuese nudista 100% pues el chaval, desnudo, seguro que tenía un buen polvo.

Lo bueno del hotel, aparte de que el sitio en sí era precioso, era que estaba muy cerca de una playa nudista, y claro, ahí sí que lo pudimos practicar tranquilamente.

Uno de esos días, estando en esa playa recuerdo que nos sorprendió ver llegar a un matrimonio con un chaval de unos 18 o 19 años, de padres cuarentones.  Nada más llegar se desnudaron y el padre empezó a ponerle crema a su hijo por todo el cuerpo. Y cuando digo todo, es TODO… La verdad es que nos sorprendió la situación, pensando que igual no eran familia, pero como el chaval le llamaba papá, pues mucha duda tampoco podíamos tener (aunque le estuviese poniendo crema por toda la raja del culo…). Ya la cosa subió de tono cuando empezaron a jugar en el agua, abrazarse (que más parecían refregarse), para acabar en la arena jugando a una especie de lucha grecorromana que ponía palote a cualquiera. Tal era la situación que las posturas acababan con el rabo del padre golpeando la cara del hijo, o el culete del chaval restregándose por el careto del padre…mientras la mujer/madre leía una revista del corazón como si tal cosa. Todo muy normal, vamos.

El resto de días fueron bastante mas “tranquilos” menos el último, por lo curioso.

Y es que justamente ese último día de playa me fijé que un poco mas adelante, en la orilla había un tío recostado con un pedazo de manguera increíble entre las piernas. El tío iba con su chica, que también tenía unas buenas peras, de esas que tumbada se le desparramaban por los lados. A mí ella me daba un poco igual, pero él era digno de ver por el cacho  tranca que gastaba. Tanto miré que en una de esas el tío se dio cuenta, me miró y sonrió. Le comentó algo a la chica, que también se giró y nos sonrió, y es que resulta que eran la parejita francesa que estaba alojada en nuestro mismo hotel…

Cuando se fueron, pasaron además directamente por donde estábamos nosotros y nos saludaron de manera bastante efusiva, ahí en bolas los cuatro como estábamos.

Al día siguiente, he de reconocer que tuvo su gracia volver a coincidir en el desayuno ya vestidos cuando el día anterior habíamos estado como Dios nos trajo al mundo. Al menos pudimos ver en bolas a alguien del hotel, jeje.

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La ventana de enfrente (II)

La ventana de enfrente (II)

La verdad es que este verano me está resultando bastante atípico. Entre que tengo las vacaciones más que repartidas (yo diría que troceadas) este año, y el calor que está haciendo, estoy que ni he podido desconectar del todo en vacaciones, ni tampoco estoy en el trabajo al cien por cien.

Encima, debido al calor, estoy con una sensación de apatía contínua que tampoco es muy normal que digamos. Por culpa de esta desgana, no he podido actualizar demasiado el blog durante este tiempo.

Lo curioso es que si bien sí que me había propuesto escribir algo esta semana, el hecho es que iba a hablar de otra cosa que he tenido que posponer porque la actualidad,  como siempre, manda.

Y es que como habéis visto por el título del post he decidido volver a hablar del ya famoso piso erótico-festivo de enfrente de casa de mis padres. O mejor dicho, de sus inquilinos.

Anoche me pasé por casa de mis padres, ya sabéis, a controlar un poco y regar las plantitas y como quien no quiere la cosa me volví a asomar por ver si veía algo en la ventana de enfrente.

Sin embargo,  aunque la persiana estaba subida no había nadie en su interior, o si lo había no se veía nada pues la luz estaba apagada. Además, en el balcón contíguo, el toldo estaba bajado por lo que esta vez no tenía visión ninguna.

Me quedé un rato viendo la tele antes de acostarme cuando oí un sonido de chirrido que denotaba que un toldo estaba siendo izado, me asomé y …bingo!.

Ahí estaba otra vez el maromo del que os hablé, el madurete, con unos slips negros iguales que los del otro día (espero que no use siempre los mismos, que sino…).  Estuvo un rato asomado y al poco se metió dentro donde apareció enseguida el chaval más joven, que si bien la otra vez iba con unos boxers blancos esta vez llevaba unos slips también del mismo color.

Por lo que se podía ver estaban ambos cenando, y sentados como estaban los dos en el sofá, supongo que viendo la televisión por los reflejos de luces que les iluminaban a ratos.

La verdad es que cansado como estaba, y teniendo que trabajar hoy temprano, no les presté demasiada atención en ese momento y me fui a la ducha dispuesto a refrescarme un poco antes de irme a la cama.

Fue al salir y pasar de nuevo por el comedor para cerrar la ventana cuando volví a asomarme y me di cuenta de que los vecinos estaban ya en el postre. En concreto con el helado. Y es que el joven llevaba una tarrina y cada uno con su cucharita lo compartían como buenos….¿amantes? Y es que eso denotaba algo más que una simple amistad. De hecho me recordó a mí y a mi ex, que en verano empezábamos los dos con el helado y hasta que no nos acabábamos la tarrina, como que no párabamos de zampar.

Fue pensar en mi ex, y cómo no, una sensación de melancolía me invadió de lleno, así que decidí cerrar la ventana y largarme a dormir, para así evitar pensar demasiado.

Por suerte, debido al calor no cogí el sueño pronto y en una de mis múltiples escapadas hacia la nevera a por algo fresquito, pasé de nuevo por el comedor, me asomé y ya entonces vi la luz encendida de la ventana. Esa ventana que tan buenos momentos me ha hecho pasar.

Fue pensar así y al minuto el madurete se acercó a la cama (que es lo que se veía en primer plano) y tal y como estaba se bajó los calzoncillos hasta los tobillos dejando su polla totalmente al aire. Una vez recogidos los gayumbos del suelo se giró y abrió el armario a sus espaldas, dejándome  a la vista el pedazo de culo del buen señor.

Una vez guardados los gayumbos y recogida la ropa que sacó del armario y dejó sobre la silla, el vecino se tumbó en la cama, cara arriba y debido al calor (que hacía, sí, pero que también tendría el hombre en su interior) empezó a magrearse la polla poniéndola a tono en pocos segundos. La suya y la mía, evidentemente, que a esas alturas ya estaba igual de tiesa que la que estaba viendo. Encima no sólo se tocaba el rabo sino que también se acariciaba ingles y culete, con lo que se notaba que el tío tenía ganas de fiesta…

Y la fiesta no tardó en llegar. Apareció entonces el chaval joven, se quitó los calzoncillos blancos, enseñando su polla ya en ese momento morcillona y se acercó a su ¿novio? para tocarle también el pedazo pollón que ya tenía el madurete mientras le daba un piquito bastante casto.

Y cuando parecía que iba a empezar lo bueno….fundido a negro. Alguno de los dos, se me escapa quien, apagó las luces. El chaval se acercó a la ventana (lo distinguía en la penumbra) y bajó la persiana del todo.

Supongo que de los dos, el más tímido es el chico joven. Tímido y con un aguante para el calor que es de admirar, porque con el torro que hacía ayer era para haber abierto el ventanal de par en par y que entrase el fresquito.

Bueno, el fresquito y mi mirada, claro. Que a mi me dejaron con las ganas de ver cómo acababan la noche, aunque eso no creo que les importase mucho…

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Amistad

Amistad

Habrían pasado ya unos seis meses desde la ruptura cuando un día recibí en mi bandeja de entrada un correo de mi ex.

Me escribía para preguntarme cómo estaba y ver si era posible iniciar entre nosotros una amistad.

Cuando éramos pareja, ya habíamos hablado mucho sobre este tema. Yo tenía bastante claro que tras una ruptura, no pensaba que una amistad fuese viable. Él no lo tenía tan claro como yo. Bueno, eso decía de boquilla, porque cuando su ex intentó, años después, una especie de acercamiento, mi ex le dio con la puerta en las narices.

Si eso yo lo pensaba cuando aún estábamos juntos, ahora que la separación ya era un hecho entre nosotros, no tenía porqué cambiar de opinión, y así se lo dije.

En realidad escribí varios correos de respuesta. En el primero le decía de todo menos bonito pero a medida que fui reestructurando lo que escribía, lo fui también suavizando.

Finalmente le dije que aunque habían pasado ya varios meses, volverle a ver todavía me iba a provocar más daño, así que mejor dejábamos las cosas como estaban puesto que aún no era el momento para aquello.

Sin embargo, donde dije digo digo Diego, y a las pocas semanas era yo quien le escribía, recordándole que teníamos aún cosas pendientes de devolver entre nosotros, y que quedar para eso nos podría servir de excusa.

Así que decidimos poner día y hora.

La mañana del reencuentro, incluso me escribió un whatsapp para confirmar que no me había echado para atrás. He de reconocer que volver a ver su teléfono en mi móvil ya me removió por dentro, y de camino a donde habíamos quedado se me cruzaron un montón de cosas por la cabeza.

Mi idea era simplemente devolverle las cosas que aún tenía por casa (algún CD. ropa, llaves, etc) y adiós muy buenas. Si todo había acabado, cuanto más rápido finiquitásemos lo que quedaba, mejor para los dos.  Sin embargo en cuanto lo vi acercarse desde el extremo de la calle, me desarmé por completo. Seguía igual de atractivo que la última vez que le había visto, y como yo le decía muchas veces, “me derretí al verle”.

Para rematar, me dijo una tontería de las suyas (con ese humor andaluz tan característico) y los dos empezamos a reírnos como bobos. Igual que cuando estábamos juntos.

Decidimos entonces, una vez roto el hielo inicial, irnos a tomar algo y recordar tiempos pasados. Y las horas nos pasaron volando.

De todo lo que tenía pensando decirle, recriminándole muchas cosas, no le comenté ni la mitad, puesto que veía que a pesar de todo era mucho más lo bueno que aún me unía a él, que lo malo que nos había separado.

Cuando me volví a casa, y como le había dicho que tenía borrado su teléfono, me pidió que lo agregase de nuevo, y es que quería mantener una amistad conmigo, a pesar de mis reticencias.

Y lo hice.

Mi amiga Raquel no lo veía tan claro. Ella me decía que yo seguía colgado de él y que retomar una mínima relación no me iba a ayudar en nada. Yo le dije que estaba equivocada, claro, que los dos éramos adultos y que tenía bastante claro lo que había ya entre nosotros.

Durante los meses siguientes, aunque no nos veíamos todas las semanas sí que empezamos a escribirnos algún whatsapp y a vernos para tomar algo, recordar cosas y sobre todo reírnos mucho. Ambos seguíamos sin pareja, y teníamos bastante tiempo libre para vernos.

Lo peor de quedar con él así era al despedirnos. Cada uno se iba a su domicilio y nos despedíamos con un (casto) abrazo. Era al entrar en casa cuando una sensación de vacío me invadía de nuevo. Una sensación que pensé que ya había logrado superar y que desaparecía por completo en el momento en que recibía mensajes suyos en el móvil.

Fue ahí cuando me di cuenta de que algo volvía a estar pasando.

Si habíamos retomado la amistad, y nos llevábamos tan bien, igual es que se había dado cuenta de que no podía vivir sin mí. Que igual estaba arrepentido. Que tal vez estaba intentando volver conmigo…

Así que se lo pregunté directamente, por si me estaba confundiendo yo, o me estaba mandado señales de nuevo. Su respuesta fue singular.  Se reía y sólo decía: “Tiempo al tiempo” o  “Nunca se sabe”. Muy enigmático, pero con una puerta abierta a la esperanza. De hecho volvíamos a estar como cuando éramos pareja, pero sin tener sexo.

Yo me volví a sentir tan agusto con él,  que incluso un día, jugando en un bar con su móvil (haciendo el chorra),  le dije que le iba a mirar los contactos por si tenía alguno nuevo. El, medio risa medio en serio, se negó, haciendo el amago como de quitarme su móvil de las manos. En ese medio forcejeo, la pantalla se abrió, y vi claramente un mensaje de wasap que decía: “hola guapo, te echo de menos”.

En ese momento se me cayó el alma a los pies.

Eché la conversación para atrás y pude leer que el sentimiento, por lo visto, era mutuo, puesto que él también echaba de menos a aquel desconocido al que por las fotos que habían mi ex podía doblar en edad perfectamente…

Mi primera reacción fue levantarme e irme del lugar, cabreado. Él vino detrás, diciendo que bueno, que sí, que tenía pareja, y que le había conocido a las pocas semanas de dejarlo conmigo… pero que la culpa la tenía yo por haberle mirado el móvil.

Eso aún me rebotó más (en parte, tenía razón) así que lo único que pude hacer fue largarme de allí a toda prisa, con una sensación entre decepción y vergüenza.

Estaba claro que él ya podía hacer lo que le viniese en gana. Que no estábamos juntos y todo eso, pero no sé qué necesidad tenía de engañarme, de decirme que él no estaba con nadie cuando no era cierto. Además, sabiendo como pensaba yo sobre la amistad post-relación y todas las chinitas que yo le echaba, estaba claro que al menos podía haberme puesto el freno, cuando en realidad me estaba dando alas para que yo siguiese ilusionándome de nuevo.

Volví a casa y borré otra vez su teléfono, como si eso pudiese aliviarme de algún modo.

Aún le he visto varias veces más por la ciudad, y como mucho tomamos un café y hablamos de nuestras cosas, pero manteniendo bastante las distancias por mi parte.

En este caso el refranero español es bastante sabio y si hay uno que dice “donde hubo fuego, quedan cenizas” creo yo que es mejor no avivarlas bajo ningún concepto…

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Fin

Fin

Hoy hace dos meses desde que publiqué el post de Siete años en el Tibet dedicado a M., mi pareja, el día de su cumpleaños.

Dos meses desde que hice el ridículo mayor del siglo al abrir completamente mi corazón en el post más personal escrito por mí hasta la fecha.

Ya en el comentario que M. dedicó a mi post tenía que haber sospechado algo:

“Cuando descubrí el blog de Pablo y leí sus historias me pregunté: habrá abierto un blog porque echa de menos su vida anterior de aventuras y folleteo? :-)) Pero, aunque a nadie le amarga un dulce, cuando estás a gusto con tu pareja te das cuenta de todo lo que puedes llegar a sentir, a gozar aun con las cosas más simples y cotidianas, las aventuras que vives y todas las que puedes vivir si has tenido la suerte de amar y ser correspondido. Seguramente no habrá nada que lo supere. M.”

Un comentario muy bonito, sí, pero a su vez muy frío. Demasiado frío para lo que yo había escrito en ese post (o igual soy yo, que ahora lo veo con otros ojos).

“Timidez”- pensé -. “Vergüenza” – me dijo él -.

Pero no, esa frialdad estaba ahí, a la vista de todos, y no supe darme cuenta a tiempo.

A principios de esta semana, M. cortó conmigo.

Podría adornarlo ahora mismo. Decir “M. y yo lo hemos dejado” o “nos hemos dado un tiempo”, pero eso sería engañarme a mí mismo y engañaros a vosotros.

M. me ha dejado. Así, tal cual.

¿El motivo?

“Hace tiempo que dejé de quererte”.

Cuando alguien a quien sigues queriendo (porque mi problema ahora mismo es que le sigo queriendo) te suelta algo así, sin paños calientes, en frío, duele. Duele mucho. Sobre todo si, como me pasa a mí, es algo que no te esperas. Porque por muchos problemas y altibajos por los que últimamente había pasado nuestra relación, era algo que, ahora mismo, no me esperaba.

Es curioso que hace pocos días quedé con mi amigo Quique, del que os he hablado por aquí más de una vez, y me dijo algo que me sorprendió por lo inesperado. Me comentó que lo que yo sentía por M. realmente no era amor sino dependencia y que incluso él consideraba que M. no estaba enamorado de mí, sino que simplemente se dejaba querer y poco más.

A mí, ese comentario, si os soy sincero, me molestó un poco, y pensé que quién era él para hacerme un comentario así.

Igual simplemente era un amigo que lo único que quería era abrirle los ojos a alguien que se empeñaba en mantenerlos cerrados.

El año pasado M. ya me dijo algo similar a lo de que ya no me quería. Y lo dejamos. Pero sólo por unos días, los suficientes para que él, arrepentido, me dijese que no pensaba en serio lo que me había dicho, y que había sido fruto de una bronca que habíamos tenido los dos.

Y yo le creí. Y volvimos.

Igual lo único que quise entonces fue creerle y hacer como si aquél comentario nunca hubiese existido.

Igual ya entonces era dependencia.

Tal vez por eso ahora estoy tan mal.

“Hace tiempo que dejé de quererte”

Desde que me lo dijo, creo que no soy persona, o al menos, no soy la persona que era hasta hace una semana.

Me despierto porque hay que despertar; trabajo porque hay que trabajar y me alimento porque hay que alimentarse.

Dormir también debería hacerlo, pero de momento, no puedo.

Saber que más de siete años se han ido al traste con esa frase hace mucho daño. Más que por lo pasado, por el futuro que yo pensaba junto a él, pero que sé que ya no existirá.

Ver como todos tus sueños, esperanzas y proyectos desaparecen, hechos pedazos, te hacen plantearte el sentido de la vida, si es que la ha tenido alguna vez.

Ahora si miro hacia el futuro sólo veo desesperanza, frustración y miedo. Miedo a la soledad. Un miedo que hacía tiempo que no sentía.

Si habéis seguido mi blog desde el principio, os habréis dado cuenta de cómo había ansiado siempre tener pareja (más allá de los polvos esporádicos). O mejor dicho, cómo ansiaba una pareja como la que hasta ahora formaba con M.

Vale que nos diferenciaban muchas cosas, pero siempre pensé que en el fondo eso era lo especial de nuestra relación.

“Hace tiempo que dejé de quererte”

Está claro que me equivocaba.

Ahora ya da igual. Realmente es que todo me da igual.

Si hasta ahora venía contando como hilo conductor del blog lo que era mi vida, tener que hablaros ahora de estos últimos años vividos junto a él (tenía muchas anécdotas que quería contar), me provocaría un sufrimiento innecesario, con lo que no creo que sea capaz de continuar.

Y sinceramente, y disculpadme que sea tan honesto, esto es lo que menos me preocupa ahora mismo.

Si el año pasado fue de los más extraños de mi vida por muchas circunstancias (fue como vivir en una montaña rusa constante), no parece que 2017 haya empezado demasiado bien.

Veremos cómo sigue.

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