Entre naranjos

Entre naranjos

Superado mi período de crisis (por llamarlo de alguna forma) me puse a chatear sin control con todos los que se me ponían a tiro.

No buscaba ya ligar ni conocer gente.  Sólo buscaba follar, y eso en internet se encontraba bastante fácil…

Fue un viernes por la noche cuando, chateando, conocí a un chico que vivía en un pueblo cercano a la ciudad. Hablamos un rato, nos pasamos fotos, y quedamos en vernos en media hora, que pasaría a por mí en coche.

(Como decía: muy fácil).

Ambos vivíamos en casa de nuestros padres, con lo que lo de “¿tienes sitio?” no hacía falta ni preguntarlo.

Vino en coche, bajé y a primera vista la verdad es que nos gustamos. El chico era rubio, dos años mayor que yo, con algo de barbita,  y una pinta de machorro que me ponía bastante.

La verdad es que conversación, lo que era conversación, no tenía ninguna, mas allá de hablarme una y otra vez de su trabajo en una fábrica, pero yo no había ido a esa cita a hablar precisamente.

Estuvo conduciendo unos veinte minutos hasta que llegamos a un campo de naranjos, de esos que hay por la huerta, en los alrededores de mi ciudad.

Yo pensé que ahora bajaríamos los asientos, nos pondríamos mas o menos cómodos y empezaríamos con la faena, pero no. El chaval se bajó del coche, abrió el maletero y empezó a sacar un “kit de follar” bastante completo.

Sacó una esterilla, toalla, un paquete de pañuelos de papel, lubricante y condones.

Supongo que no era la primera vez que llevaba a alguien a ese sitio, porque no son cosas que habitualmente lleve uno en el maletero del coche, digo yo…

Lo extendió todo, y nos empezamos a enrollar.

Era verano, y la verdad es que aún siendo de noche, hacía bastante calor, así que empezamos a desnudarnos poco a poco hasta quedar totalmente en bolas.

El chico estaba bastante bien de cuerpo, de esos que sin ser de gimnasio se nota que por constitución o lo que sea son bastante tochetes. De polla iba bastante sobrado y el culo, bastante duro y peludete, pero sin pasarse.

Estuvimos ahí dándolo todo un rato, hasta que veo que se me pone a cuatro patas y me suelta: “Fóllame”. (Vaya con el machorro…).

Yo en aquella época ni sabía aun si era pasivo o activo, así que me puse el condón sin pensarlo y con un poco de lubricante se la metí. Primero poco a poco y luego hasta el fondo.

El tío estaba superexcitado y empezó a gemir como un becerro.

– “Dame, dame más fuerte”

Y yo ahí, pumba, pumba, dándolo todo.

En eso que al fondo veo una caseta, y le digo:

– “Oye, tío, que al fondo veo una casa”

Tú sigue, no pares tío, no te preocupes que en esa casa no vive nadie”

Y yo ahí, seguía, cada vez más fuerte, y él soltando unos berridos que  me ponían muy cerdo.

Al poco veo como encienden una luz.

– “Tío, que veo una luz en la caseta”

– “No hagas caso, será un reflejo o algo, que hay luna llena” – me dijo-

Hombre, sí, luna llena había pero no sé hasta que punto  la luz que veía a lo lejos…. pero bueno, daba igual, yo seguí ahí, reventándole el ojal a más no poder (aunque algo ya mosqueado).

En eso que me da la impresión que aparte de la luz del fondo, veo otra, más pequeña y que era como si se moviese…

– “Tío, en serio,  que yo creo que a lo lejos viene alguien”

-“No puede ser, pero da igual, córrete ya que no puedo más” -me soltó-

Me la saqué y empecé a cascármela, y él igual.

Yo no dejaba de mirar la puta lucecita que se hacía cada vez más grande, lo que solo podía significar que se acercaba.

Acojonado perdido, yo ya sólo quería acabar la faena y largarme, y más cuando caí en la cuenta de que lo que venía hacia nosotros era un tío con una linterna. Y no tardaría mucho en enfocarnos…

En ese momento noté como se corría el chaval, entre gemidos , y a continuación, yo, bastante más silencioso y sin dejar de mirar hacia la luz.

Fue en ese instante cuando oímos claramente una voz que decía:

“¿¿QUIÉN ESTÁ AHÍ??”

Empezamos a recoger la ropa y lo que podíamos como si nos persiguiese el diablo. Nos subimos al coche tal cual íbamos los dos en bolas. Arrancó el motor y pegó un acelerón que nos empotró a los dos contra el asiento, saliendo a toda leche de allí.

Cuando ya estuvimos lo suficientemente lejos, paramos el coche para poder vestirnos y ver si nos habíamos dejado algo (la esterilla y la toalla se quedaron en el lugar), pero lo que era ropa y objetos personales los llevábamos todos.

El chico, visiblemente asustado, me miró a la cara, y  me dijo:

“Tú crees que nos habrán visto. Es que igual era mi tío, que el campo es suyo”.

Yo me quedé sin saber qué decir, la verdad.

Resulta que el campo de naranjos era de sus tios, y la caseta era la típica en la que guardaban el tractor, los aparatos de arar y cosas así, y que aunque era habitable no solían estar allí mucho… hasta esa noche, por lo visto.

El chaval se fue a su casa esa noche con un mosqueo que no veas.

No sé si al final nos vieron o no, yo le dije que no, por tranquilizarlo, pero tampoco podía estar seguro al cien por cien.

Después de aquella noche, nunca más volví a saber nada de él, así que no sé cómo acabaría la cosa.

¿A vosotros os ha pasado alguna vez algo así, que estuviesen a punto de pillaros?

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

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