El Señor de los anillos

El Señor de los anillos

Lo que voy a contar hoy es de las historias más extrañas que me pasó con un tío. No le pongo nombre porque ni siquiera lo recuerdo. Le conocí en un pub a las tantas de la mañana, en mi época de zorreo particular. Nos pegamos las típicas miraditas previas, luego algo de charla, y poco después nos fuimos para su casa.

A mi el tío me había sorprendido nada más verlo por el pedazo de paquete que marcaba. En aquel momento no supe adivinar si lo que le marcaba era el pantalón en sí, que le venía amarrado, o realmente es que era todo suyo. Pero vamos, llamar la atención la llamaba.

Vivía no muy lejos de donde nos habíamos conocido, así que en poco más de diez minutos, ya estábamos subiendo hasta su piso (era un tercero sin ascensor).

Nada más entrar en su casa, sí que me sorprendió que no empezamos a morrearnos (algo bastante habitual las veces que ligaba de forma tan rápida), y sólo me dijo que tenía algo que me iba a soprender.

Simplemente cogió una silla que tenía, la puso en medio de la habitación (comedor-cocina todo junto) y me pidió que me sentara.

A mí la verdad es que entre el alcohol y el rollo así en plan sorpresa que quería darle, la situación ya me hizo bastante gracia, y le pregunté si me iba a hacer un streptease y me había puesto en el palco vip para verlo mejor.

El tío me dijo que simplemente me sentaba ahí para que estuviese atento a lo que quería enseñarme.

El hombre (que realmente no era ningún jovencito, puesto que me sacaba ya unos años) se puso entonces delante de mí a una altura en la que su paquete se quedaba totalmente a la altura de mi cara, y empezó a desnudarse, quitándose primero la camiseta.

Aunque yo intentaba mirarle el cuerpo de arriba abajo, a poco que me daba cuenta me recreaba mirándole el pedazo de bulto que marcaba en sus pantalones. Si en el pub aquello me había parecido grande, a esa distancia ya era escandaloso, y como las manos siempre van al pan, intenté magrearle el bultaco, a lo cual se negó.

Me dijo entonces que tuviese calma, que quería calentarme primero para que luego la sorpresa fuera mayor.

Sí que me dejó tocarle el culo a dos manos, y acercar mi cara a su entrepierna, para notar como le iba creciendo cada vez más. A esas alturas, yo mismo iba empalmado como un mono, aprisionándome mi propia erección en el vaquero que llevaba.

(Intenté desnudarme un par de veces, pero a eso también se negó, diciendo que no era el momento todavía).

Finalmente, después de un rato largo de “calentamiento”, fue cuando se bajó con una mano los pantalones y calzoncillos mientras con la otra intentaba tapar algo de carne que ya se le desparramaba por los laterales.

Una vez desnudo del todo, se quitó la mano, y a la voz de “es toda tuya” me enseñó lo que él básicamente llamaba su “obra de arte”.

Lo primero que me llamó la atención fue unos enormes anillos plateados que llevaba sujetándose los huevos y la polla. Realmente no sé decir si eran dos anillos superpuestos, o uno sólo doble, pero le aprisionaban por un lado el pedazo de polla  y por otra los gigantescos huevos que le colgaban.

Los huevos eran como los del caballo de Espartero. Hinchadísimos de un forma que no era normal. No parecían naturales. Realmente ni siquiera parecían dos testículos, pues estaban tan inflamados que era como un único huevo de un tamaño que no había visto nunca. Al tocarlos, incluso, se podían notar el peso sobre mi mano. (Tanto que incluso me dio la sensación de como cuando estás sopesando un melón en el mercado).

Y luego estaba la polla, que tenía un aspecto tan extraño que sorprendía. No es que fuera gorda, es que era gordísima. Pero también con un aspecto que no parecía natural. De hecho era como si le hubiese atacado un enjambre de avispas. (Para que os hagáis una idea, la propia piel del prepucio era como de un dedo de ancho y no estoy exagerando…)

Claro yo cuando vi todo eso, es que no supe ni qué decir. A ver, morbo daba, pero por otro lado…era extraño en conjunto. Yo le tocaba los huevos, le magreaba el rabo, lo miraba, me pegaba en la cara como si fuese una manguera…pero no daba crédito a lo que tenía entre mis manos.

Yo sólo decía que qué pasada, que qué barbaridad que como tenía eso ahí y la verdad es que llegó un momento que me entró la risa floja y todo porque me parecía de coña que alguien pudiese vivir con eso.

A él mi sonrisa, mis comentarios y todo lo demás era evidente que no le estaban haciendo ninguna gracia. Yo, al ver su cara, me di cuenta de que igual me estaba pasando (también es que había bebido) e intenté suavizar mis comentarios. Me vino a la mente entonces que igual lo que tenía el hombre era una enfermedad, porque me sonaba haber leído algo sobre la “elefantiasis”(aumento de partes del cuerpo) con lo cual todavía me agobié un poco más.

Le pregunté directamente si lo que tenía era una enfermedad, que si era eso me perdonase, que no tenía intención de reirme de defectos ajenos. Si hasta entonces su cara reflejaba que estaba algo molesto, de ahí pasó a cabreado en un segundo.

Se subió los calzoncillos y el pantalón y me dijo que no, que no tenía ninguna enfermedad y que si no me gustaba lo que tenía, ya me podía ir de su casa.

Yo la verdad es que no sabía qué decir, y le dije que no, que realmente me gustaba, que no pasaba nada.

Pero ya no hubo nada que hacer, me dijo que me tenía que marchar, que le “había costado” mucho tener esa polla y esos huevos, para que viniese cualquiera a descojonarse en su cara.

Yo en ese momento no entendí nada de a qué se refería con lo que le había costado, pero como tampoco quería discutir ni decirle nada más, me fui de allí sin entender demasiado.

No fue hasta cierto tiempo después cuando hablando con un médico amigo me habló de gente que le molaba meterse inyecciones de agua salina en los huevos y la polla hasta tal punto que llegan a tener un aspecto amorfo. Incluso vi fotos de a qué se refería con lo de “amorfo” y fue cuando me vino a la mente la historia que he reflejado hoy.

Supongo que esta gente le gusta que le admiren la barbaridad a la que pueden llegar con esa especie de fetichismo, pero yo no acabé de pillarle el punto y supongo que por eso este hombre se sintió tan  decepcionado con mi actitud en aquel momento.

Así que si un día veis por la calle a alguien con un paquete considerable, desconfiad, que igual no es tan natural todo como podéis pensar.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

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El pequeño ruiseñor

El pequeño ruiseñor

Si me seguís de vez en cuando, os habréis dado cuenta de que a mí el rollo papaíto me ha gustado siempre, así que el morbillo de estar, de vez en cuando, con algún hetero curioso, tenía su punto.

Con el que os voy a hablar hoy contacté por mi chat de siempre, y después de intercambiar un poco las impresiones de cada uno y pasarnos foto (esta vez sólo de cara), me planté en su casa.

Generalmente los tíos casados preferían quedar fuera de su casa, por motivos evidentes, pero aprovechando que su mujer y su hija (pequeña) iban a estar fuera todo el fin de semana, me invitó directamente a su domicilio con la excusa de estar más cómodos.

El chaval no es que fuera especialmente guapo, pero tenía un puntito atractivo que me gustaba, y era su barbita (aún no habíamos llegado a la época de la sobreexplotación hipster de la barba actual).

Nos tomamos una copa antes de romper un poco el hielo (momento que aprovechó para explicarme que eso sólo lo hacía de uvas a peras -“porque no era marica”-), y después nos fuimos ya a su cama.

Reconozco que empezar a enrollarte rodeado de fotos del tío con el que estás y su mujer por todos lados, aunque tiene su morbo, da un poco de mal rollo (por lo menos a mí, por colaborar en cuernos ajenos), pero como siempre, al empezar a enrollarnos, la sangre comenzó a dejar de regar mi cerebro.

Mi empalme ya empezó a ser evidente y teniendo al tío morreándome encima de mí, comencé a meterle mano al culete, toqueteando unas nalgas bastante firmes. Mientras, poco a poco, ambos empezamos a desnudarnos.

Al final nos quedamos ambos en calzoncillos, momento en que me dí cuenta de que aunque mi empalme era evidente, el suyo, en cambio, brillaba por su ausencia. Le comenté si estaba agusto, si yo le molaba y él me dijo que sí en todo momento, y me parecía sincero, con lo que algo en concreto no me cuadraba en la situación.

Y fue en el momento de desnudarle totalmente cuando encontré el motivo.

Siempre había oído hablar de los micropenes, pero hasta que no te cruzas con uno no te haces una idea real de a qué se refiere esa definición. Aquello, que realmente estaba empalmado, no sería más grande que mi dedo pulgar. De hecho, sus huevos abultaban más que la polla, con lo que el aspecto en sí era más parecido a tres testículos, o un apéndice, que a un miembro viril en erección.

Lo curioso es que él no parecía preocupado por su situación. El tío en ningún momento me comentó “mira, me pasa esto…” o “espero que no te sorprenda…” o algo así. No. Para él era como una situación supernormal, así que para no herir sus sentimientos, intenté actuar como si tal cosa.

De hecho comencé a comerle los huevos, que es algo que me gusta bastante, pegándole de vez en cuando a su pollita algún lametón que otro (porque otra cosa no podía hacer con eso), y él parecía disfrutarlo mucho.

Lo que no entiendo es cómo pensando en todo aquello, no se me bajó a mí la erección, porque he de reconoceros que en ese momento, no tenía la cabeza en ese lugar, evidentemente.

Y es que, mientras, no dejaba de pensar en su mujer, en su pobre mujer. E incluso que no entendía cómo podía haber tenido una hija, porque esa polla difícilmente le entraría a su mujer unos pocos centímetros. Igual cuando eyaculaba, soltaba el chorro a mucha distancia, y la habría embarazado así, porque de otro modo yo lo veía complicado.

Por suerte, pronto me dijo que quería chupármela para que yo también disfrutara, cosa que agradecí en ese momento, ya que mi mente había comenzado a divagar por sí sola.

Hubo un momento gracioso y fue cuando me comentó que él no me quería penetrar, que no le molaba eso con un tío. Y lo dijo tan convencido, que es lo que mas me sorprendía de todo, cuando era evidente que no es que no le molase, es que realmente no sé como me lo podría haber hecho.

Al final de tanto movimiento y roce, llegó el momento de la eyaculación, que la mía fue menos caudalosa que otras veces (motivo evidente), y la suya tampoco es que fuese nada del otro mundo, volviendo a confirmar que no sé cómo había podido embarazar de forma natural a su mujer (a su pobre mujer).

Antes de irme, abrazados los dos en la cama, tuvimos una breve conversación:

– No has comentado nada.

Yo, haciéndome el tonto, pregunté:

– ¿Comentado algo sobre qué?

– Siempre lo he tenido así, pero bueno, se agradece que no hayas hecho comentarios.

Intentando quitarle hierro al asunto, sólo le dije que no pasaba nada pero que podía habérmelo advertido antes, así no me hubiese llevado la sorpresa.

Entonces él, sin un ápice de vergüenza me soltó:

– Es que en mi época los ombligos los hacían que cicatrizasen hacia afuera, y por eso tiene ese aspecto tan raro…

¿¿El ombligo?? Mirándole la polla ni siquiera había reparado en su ombligo, que sí, que lo tenía hacia afuera y no era muy bonito que digamos, pero como para fijarse en algo así…

En serio que con ese hombre no entendí nada. Vale que está bien no tener complejos de ningún tipo y tampoco iba a ser yo quien le provocase un trauma, pero yo creo que tanto si es por encima de la media como si es por debajo, la gente debería advertir de lo que tiene, ¿no creéis?

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Boogie Nights

Boogie Nights

“Érase un hombre a un pollón pegado”. Bueno, vale, la frase de Quevedo no era así, pero viene que ni pintada para lo que os quería contar hoy.

Una de las experiencias más bizarras que recuerdo fue con un tío que conocí una noche, chateamos un poco, nos pasamos foto y para su casa que me fui (un clásico).

El chaval vivía con sus padres, pero me dijo que se habían ido de cena y no volverían hasta tarde, así que podríamos estar unas horas tranquilos.

El chico tendría dos o tres años menos que yo, y era alto, rubio y bastante guapo. Después de la charla de rigor, pasamos a su habitación y sin muchos rodeos empezamos a meternos mano.

Al momento veo que un perro tipo pastor alemán, sale de no sé donde y se sube a la cama. Yo le dije que con el perro no me iba a poder concentrar, y que la zoofilia no me iba mucho, así que lo sacó fuera de la habitación y volvimos a la faena.

Empezamos a darnos el lote de nuevo y en eso que se baja los pantalones y ya veo un paquetón como nunca había visto. Lo primero que le dije es si se había metido un calcetín o algo así (lo dije en serio) porque era un paquete descomunal. El chico, algo tímido, me dijo que no, que era todo suyo. Así que le bajé los gayumbos y lo que vi me dejó boquiabierto.

Hasta entonces yo había visto pollones gigantes en las películas, pero de verdad que pensaba que o eran trucajes de cámara o bien eran prótesis que se ponían los actores. Pero ver eso en directo me dejó atontado.

El tamaño de mi polla es mas o menos normal. Bueno, si nos basamos en que la media española es de 13,5 cm, yo esa media la supero, claro, pero es que lo de ese tío era como dos mías, a lo ancho y a lo largo.

No sé cuánto le mediría porque no suelo ir con un metro en los bolsillos y que yo recuerde tampoco le pregunté la medida, pero vamos, para que os hagáis una idea, un poco más y le llegaba por la rodilla.

Sí que es verdad que tiesa, lo que se dice tiesa en ningún momento se le puso porque supongo que tanta sangre ahí dentro le podría provocar que el cerebro se le quedase seco y el organismo eso lo sabía, pero aún así, la polla era espectacular.

Una vez reaccioné, lo primero que hice fue abalanzarme sobre ella y tragar como si no hubiera un mañana, porque cosas así pocas veces se ven, y fue donde encontré otra desventaja de tener un miembro así, aparte de que no se le pusiese tiesa, y es que pasado un rato la mandíbula me dolía un montón. No sé cuanto tiempo estuve pero llegó un momento en que al abrir tanto la boca no lo estaba disfrutando, así que tuve que parar.

Bueno, no sólo paré por eso. Y es que mientras se la chupaba hubo un momento en que noté como una lengua se pasaba por mi culete (y eso que se suponía que estábamos solos en la casa), y fue cuando vi otra vez al perro detrás mio disfrutando más de la cuenta. Ahí ya el chaval lo cogió, lo sacó al pasillo y cerró la puerta de la habitación.

Una vez volvimos a la faena, con el perro ladrando y rascando la puerta porque quería entrar,  el empezó a decir que quería metérmela por detrás, que le apetecía mucho, que a él lo que le gustaba era follar. Yo le dije que era imposible que me pudiese meter eso, que era una barbaridad, pero bueno va, que lo intentábamos, que igual con lubricante… Pero el chaval no tenía lubricante y me dijo que con saliva mismo funcionaría (como si fuese igual).

Yo no lo tenía nada claro, pero por no hacerle un feo (y por morbo por saber qué se podría sentir con algo así ahí dentro) accedí. Fue a por condones y aquí es donde vi otra desventaja más de tener una polla de ese tamaño. Se puso uno, a duras penas,  y la verdad es que la imagen que recuerdo era como ver una ristra de esas de morcillas cuando están anudadas, que yo creo que le cortaba la circulación de la sangre y todo. Un horror, vamos.

Se puso saliva e intentó empezar a penetrarme. Y digo intentó porque estaba claro que eso no iba a entrar. Se lo dije, que era imposible, pero él insistía y empezó a forzar la máquina. Mientras el perro para crear más ambiente, seguía ladrando y aporreando la puerta para poder entrar.

LLegó un momento en que me empecé a agobiar por la situación y le dije que dejase de intentar follarme, porque además ya me estaba haciendo daño, y que si quería se lo hacía yo, a lo cual me dijo que no, que sólo quería follar él, y que dejase de hacerme el “estrecho” porque además sus padres no tardarían en llegar.

Eso ya fue como el remate final y como la verdad es que la noche estaba siendo una mierda, entre el perro, la polla y todo, le dije que tranquilo que sus padres no me iban a encontrar cuando viniesen, así que cogí mi ropa y adiós muy buenas.

Por cierto que tiempo después, en una discoteca coincidimos y el tío aun intentó ligar conmigo (se ve que no se acordaba de mí), pero yo pasé de él, claro, a pesar de su polla.

Y es que en ese caso pude confirmar eso que dicen de que no importa realmente el tamaño sino el saber usarlo, y estaba claro que este chaval no sabía manejar lo que tenía entre las piernas.

(Aunque bueno, por suerte conocí después a otros con miembros de oro que sí sabían usarlo, y eso sí que es otra historia, que ya os contaré en su momento oportuno)

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