Psicosis

Psicosis

Aunque me había dicho a mí mismo que no iba a volver a intentar ligar con un tío en bastante tiempo, supongo que en el fondo eso no me lo creía ni yo, y a la mínima oportunidad que me salía de quedar con alguien (no para sexo), la aprovechaba.

En este caso, el chico era alguien con quien hablaba de vez en cuando por Internet y aunque parecía que nos caíamos bien, ninguno de los dos había hecho nada por conocernos.

Alberto, que así se llamaba, era por aquel entonces lo que se llama ahora “parado de larga duración”, en una época en la que estar en el paro no era algo tan habitual como lo es ahora.

Por suerte, hacía unos días que había encontrado trabajo en una radio local, y siendo que la emisora estaba cerca de mi trabajo, decidimos que una tarde al salir del curro podíamos quedar para tomar algo. Para estar mejor comunicados y saber a qué hora nos venía mejor a los dos, decidimos entonces intercambiar los teléfonos, siendo este el primer error cometido por mi parte…

La tarde señalada, intercambiamos algunos mensajes, y quedamos en vernos en un bar cercano, alrededor de las siete que es cuando yo salía de trabajar.

Ya cuando le vi llegar, me pareció que a ese chaval algo le pasaba. No sé explicar muy bien qué era (mirada perdida, aspecto en general, forma de hablar..) pero algo me decía que ese chico no estaba bien del todo. La conversación no tardó en confirmarme que estaba en lo cierto.

Resulta que le habían contratado como comercial de la radio, con el típico contrato abusivo en el que únicamente iba a cobrar por objetivos. Su trabajo consistía pues en intentar que empresas de varios sectores viesen atractiva la propuesta de hacerse publicidad en la emisora, para lo cual tenía que ir “a puerta fría”, es decir, sin una base de clientes previa.

Sin embargo, ése había sido ya su último día de trabajo (y eso que le habían contratado hacía tres días…), y es que él por lo que me comentaba no estaba dispuesto a asumir lo que le pedían.

De hecho, lo más curioso es que él comentaba como que había aceptado el trabajo, pensando como en una oportunidad que le daban para poder dirigir un programa de radio, y después, más pronto que tarde, “ser presidente de la emisora” y que viendo que eso no se lo iban a permitir, había decidido que lo mejor era despedirse (o le habían despedido, porque es un dato que no me dejó claro).

Al principio me hizo gracia y todo, pensando que lo estaba diciendo de broma (el chaval tampoco había estudiado ni periodismo ni nada) pero al darme cuenta de que lo decía muy en serio, comencé a pensar que estaba quedando con alguien al que le estaba fallando la cabeza.

Pasó después a hablarme de anteriores relaciones, y me dijo que sólo había estado con uno, pero ya hacía años, y que su relación había acabado bastante mal, con denuncias y todo. De su familia me dijo que prefería no hablarme  (“ojalá estuviesen muertos” fue lo único que me soltó) y de amigos me comentó que no era una persona de demasiadas amistades.

Todo esto lo contaba alternando risas sin venir a cuento, con episodios como de bajones, demostrando una inestabilidad que no presagiaba nada bueno.

En el momento en que me habló como quien no quiere la cosa, de las voces que de vez de en cuando oía en su cabeza, pensé que igual era el momento de dar por terminada aquella cita.

Le comenté que me iba a ir ya para casa, que se me hacía tarde, y él insistió en que me acompañaba en la misma dirección porque le venía bien para coger el metro de vuelta. Como lo único que yo quería era largarme, le dije que bien, que podíamos ir en la misma dirección, siendo éste mi segundo error cometido esa misma tarde…

Durante el trayecto hacia mi casa, Alberto alternaba cosas con sentido con otras que no lo tenían (manías persecutorias, conspiraciones…), haciéndome pensar cómo no me había dado cuenta de algo de todo esto en las charlas que mantenía con él por Internet.

Al llegar a casa, me despedí de él y subí algo agobiado por la extraña cita que había tenido esa tarde.

Conecté el ordenador y busqué en el historial las conversaciones que había tenido con él, por si a toro visto, veía algo que me podía haberme hecho sospechar, pero sólo pude comprobar que habían sido conversaciones muy superficiales y de bastante poca duración, con lo que igual el error había sido ése.

Abrí el correo y le mandé un mail explicándole que tuviera suerte en la vida, pero que no era el tipo de chaval que me gustaba, siendo éste mi último error de la tarde.

A la mañana siguiente tenía escrito un correo larguísimo (como de 30 o 40 líneas) en el que me explicaba que yo era como todos con los que se había cruzado en su vida, que por eso él no tenía amigos, que llevaba con una Psiquiatra desde hace años que le atiborraba a medicación, y me venía a decir como que yo le había dado la puntilla para suicidarse….

Acojonado se me ocurrió llamarle por tranquilizarlo y creo que fue peor el remedio que la enfermedad. Fue entonces cuando pasó a amenazarme con que volviésemos “a ser amigos” o  iría a mi casa o a mi trabajo para arruinarme la vida, porque tenía poco que perder y que igual le daba una cosa que otra.

Intenté de alguna forma razonar con él, pero viendo que no había forma humana, terminé la conversación diciéndole que no siguiese por ahí o llamaría a la policía, pero todo eso no hizo sino alentarlo todavía más en mi contra.

Al final terminamos la conversación de malos modos y en los días siguientes comenzó a alternar los mensajes, con los correos y las llamadas perdidas.

Era levantarme por las mañanas y tener el buzón lleno, y ver como 15 llamadas y mensajes que alternaban el “perdóname” con el “voy a ir a por ti”.

Pensé en pedir ayuda a familia, o amigos, pero entre que por un lado me sabía mal porque el chaval evidentemente necesitaba ayuda, y por otro, me veía incapaz de contar a nadie lo ocurrido, intenté esperar a ver si de algún modo u otro su acoso terminaba.

Por suerte todo esto no duró no más de 4 o 5 días pero fueron días en los que tuve miedo incluso de salir de casa o del curro porque imaginaba que en cualquier momento podía aparecer por cualquier lado.

Desconozco qué pasó realmente con el chaval. A veces pienso si terminó realmente quitándose del medio o simplemente la medicación que decía tomar le hizo efecto en algún momento.

Sólo espero que fuese esto último y que pudiese encauzar sus problemas, por su propio bien y el de los demás.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

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Regresión

Regresión

Estos últimos días, que he estado un poco bajo de moral (de ahí el pequeño parón en la publicación del blog), me ha venido a la mente otra etapa de mi vida en la que por otras circunstancias también tuve una especie de crisis existencial.

Los motivos entonces fueron totalmente opuestos a los de ahora.

Por un lado tenía varios trabajos a la vez, incluido fines de semana, que estaban empezando a pasarme factura físicamente. Por otro lado, el hecho de encadenar una pareja sexual tras otra, ya empezaba a afectarme anímicamente, pues siempre buscaba algo más en esas citas. Así que un sábado que tenía libre tras quince días seguidos de trabajo, entré en una espiral de comeduras de tarro que acabaron conmigo en Urgencias debido a una brutal taquicardia.

Allí tras hacerme varias pruebas llegaron a la conclusión de que había tenido una crisis de ansiedad de las gordas, por lo que siguiendo el protocolo, me derivaron al psicólogo.

Ahora mismo no sé como estará la situación en la Seguridad Social, pero por aquél entonces, previo a psicología, tenía que valorarte primero el psiquiatra, y ahí que me planté unos días después.

El hombre, muy agradable, empezó a hacerme varias preguntas. Me preguntó por el trabajo, y al comentarle mi pluriempleo, me recomendó que me centrase en uno solo pues mi cuerpo ya me había dado un primer aviso. Luego me preguntó por mi vida afectiva y cuando le dije que era gay pero sin pareja, me entró un bajonazo, por lo que, no sé si equivocadamente o no, focalizó todo en mi homosexualidad.

Una media hora después, me dijo que mi problema no era psiquiátrico (aunque me recetó unas pastillas por si volvía a tener otra crisis) y me remitió a la psicóloga del centro, porque me dijo que hablar con ella me vendría bien.

El día de la visita, y siguiendo norma habitual en mi vida, estaba la psicóloga y cuatro estudiantes en prácticas. Si de por sí ya es algo cortante hablar de tu vida privada ante un desconocido, imaginad lo que es ante cinco.

Supongo que el psiquiatra al derivarme días antes ya le había advertido de que era gay, porque desde el minuto uno comenzó a preguntarme sobre ese tema.

Me preguntó si había tenido experiencias con hombres, y si era así, con cuantos. A mí me sorprendió la pregunta, pero la contesté claro, y al ver la cara de sorpresa de la psicóloga y de los estudiantes, me concretó la pregunta, diciendo que se refería a novios, y no a experiencias sexuales.

Una vez aclarado ese detalle, y tras unas preguntas de corte similar, me comentó que no veía en mí problemas de identidad sexual, así que quiso saber entonces cuánta gente era consciente de mi situación. Le comenté que algunos amigos sí, y otros no, que dependía del entorno en el que me moviera.

Me preguntó entonces por mi familia, si ellos lo sabían. Le dije que no, y que de momento no era algo que entrase en mis planes. Fue a partir de ahí cuando empezaron una especie de reproches que no me gustaron nada. Me vino a decir como que para unas cosas (sexo) era lo suficientemente hombre, pero para confesarle estas cosas a mis seres queridos, no, y fue algo que me molestó bastante.

Al final, por suerte, llegamos al fin de la sesión, de la que salí más cabreado que había entrado.

Dos semanas después, más por inercia que por otra cosa, volví. En esta segunda sesión (también con público) comenzó a  cuestionarme que mi problema era entonces mi vida como gay en sociedad.

Sí que me hizo ver que yo no consideraba que encajase del todo en este mundilllo (cosa que ya sabía) y me dijo que posiblemente el independizarme sólo, me había podido provocar una especie de bajón anímico pues me hubiese gustado compartir con alguien ese momento. Y puede que tuviese razón.

Sin embargo, hacia el final de la charla volvió a recaer en reproches, diciéndome que lo que tenía que hacer era decirlo a todo mi entorno, comenzando de nuevo por la familia. A mí basta que me fuercen a hacer una cosa, para que yo haga justo la contraria, con lo que acabamos discutiendo de nuevo como en la sesión anterior, y con serias dudas sobre si volver o no a la siguiente.

Unos días después, la psicóloga cambió la fecha de la siguiente visita, y en lugar de llamarme al móvil para avisarme, no se le ocurrió otra cosa que llamar al fijo (de mis padres) con lo que podéis imaginar su reacción al recibir una llamada del departamento de “Salud mental”…

Para calmarles, les comenté que el motivo de ir al psicólogo era por mi estrés laboral, y que no había porqué preocuparse. Aun así, pensando que algo más había, “encargaron” a mi hermana que hablase conmigo

Y hablamos. Y yo no sé si en realidad fue por lo que me dijo la psicóloga o qué (igual fue eso lo que pretendía, al sacarme de quicio), pero le acabé confesando a mi hermana que era homosexual.

Su reacción fue primero  de sorpresa. Y de curiosidad después. Pero en líneas generales fue una reacción bastante positiva.

Después de aquello, los días siguientes, sí que fue un tema recurrente de conversación entre nosotros hasta que poco a poco, pasada la novedad, se fue diluyendo.

Finalmente, un día me dijo que “igual es que no había encontrado una chica que me gustase”, y ahí nuestras conversaciones sobre este tema, terminaron.

A día de hoy, nunca más se ha vuelto a hablar del tema con mi hermana, y sigue siendo igual de tabú como lo era hasta ese momento. Igual que con el resto de mi familia.

Supongo que de la reacción de mi hermana no tiene en ningún modo la culpa la psicóloga, pero debido a lo insatisfactorio del resultado en general, nunca me he vuelto a fiar de la psicología como método eficaz de ayuda.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.