Tío Vania

Tío Vania

Ya os he hablado algunas veces en este blog de maridos que le ponen los cuernos a sus mujeres con otros hombres.

Muchos se consideran heteros curiosos o bisexuales. Pero también hay algunos que aún considerándose gays, debido a situaciones familiares o sociales, deciden casarse con una mujer para estar más “integrados” en la sociedad.

Esta forma de pensar, por suerte, ya se está perdiendo, pero existen generaciones que en su momento no veían otra opción.

Hasta ahora siempre he hablado de este tema por gente que he conocido durante estos años, o amigos de amigos, pero hace unos meses, alguien de mi entorno familiar decidió dar un paso al frente.

Mi tío (llamémosle V.), se casó hará casí 40 años cuando aún era muy joven. Durante este tiempo ha tenido tres hijos, dos chicos y una chica, esta última aún adolescente, formando, a la vista de los demás, una familia normal y corriente.

Hace poco tiempo él abandonó la casa familiar porque había “descubierto” que era gay, y que se sentía atraído por un compañero de trabajo.

El terremoto en la familia fue bastante fuerte. Muy fuerte. Algunos, sorprendidos, otros no tanto. En mi caso en concreto, nada sorprendido.

Mi sospechas respecto de él, he de confesar que ya empezaron hace años, e incluso hice velada referencia en el post de LoschicosdelBarrio. Allí os comenté que un chaval con el que me enrollé, me habló de mi tío de una forma que hacía ver que le conocía bien. Demasiado bien. Estaba claro que entre ellos algo había pasado, sin embargo, por discreción o porque no quería en aquel momento saber nada más, no quise confirmar si había habido sexo entre ellos (si bien su sonrisa dejaba lugar a pocas dudas).

Posteriormente, esas sospechas fueron en aumento.

Igual para alguien fuera de este entorno, las cosas de las que mi tío hablaba no significaban nada, pero para mí, sí. Decir, por ejemplo, que le gustaba mucho pasear por ciertos jardines de mi ciudad (donde en el mundillo gay se sabe que son famosos por el cancaneo); contar que se había apuntado al polideportivo más gay de toda Valencia (os hablé de él en un post anterior), o incluso el tipo de ropa que se compraba últimamente (en conocidas tiendas de ropa gay) me hicieron confirmar que al menos mi tío sería bisexual.

En los últimos tiempos, la situación (al menos para mis ojos) era tan evidente que llegué a pensar que su mujer, mi tía, estaría ya al tanto de todo. Que incluso serían como una pareja abierta o algo así, porque me parecía del todo increíble que ella no se hubiese dado cuenta de nada.

Así que cuando mi tío salió del armario, me pareció hasta cierto punto lógico y consecuente, aunque decir que ha sido ahora cuando ha descubierto lo suyo, es algo que no se cree ni él mismo.

La situación ahora mismo entre el matrimonio es nula, claro. Y con sus tres hijos, aunque correcta, supongo que por las circunstancias tardará todavía mucho en recomponerse.

El problema viene porque  si bien su homosexualidad, latente o no, llevaba con él muchos años, es ahora cuando en ese estado de “libertad” quiere recuperar el tiempo perdido, aún a costa de todo.

¿Es lícito hacer algo así? pues supongo que sí, claro, pero tampoco creo yo que se pueda pretender vivir una vida que no has vivido como si tuvieses veinte años. Supongo que hay una época para todo, y si actualmente rozas los 60 años, pretender ir con sudaderas y ropa juvenil e intentar cerrar todos los locales como si fueses un universitario, puede resultar un poco patético desde mi punto de vista.

Porque eso es lo que ocurre ahora. Con el compañero de trabajo se ve que no prosperó la cosa (por lo visto él también está casado pero no quiere dar ese paso), y ahora mi tío va a la caza de jovencitos descarriados, jovencitos que igual tienen la edad de su hijo mayor, sin pensar que puede resultar ridículo a estas alturas de la vida.

¿Es una crítica lo que estoy haciendo? ¿Acaso no tiene el derecho a reiniciar una nueva vida? Pues sí, claro que sí, por supuesto. Pero es la primera vez que veo de cerca cuáles son los resultados directos de un “reseteo” en toda regla, y me duele por lo que deja en el camino.

Por otro lado, contarle a todo el mundo determinadas cosas (Valencia muchas veces es un pañuelo) -básicamente anécdotas sobre los cuernos que le ponía a mí tía, orgías en las que participa, o saunas a las que va-  que tarde o temprano puede que le lleguen a oídos de familiares (como es mi caso), no me parece demasiado correcto.

Y tampoco pretender que tus padres, que ya son muy mayores, acepten con total normalidad algo que para ellos, por su mentalidad, puede que les cueste asimilar. Y contarle los pormenores de tus correrías sexuales, tampoco creo que ayude demasiado.

Supongo, y espero por su bien, que esta nueva etapa pase pronto, y al menos vuelva a ser la mitad de persona que era antes, porque no me parece justo un cambio tan radical de vida cuando quieras que no, es imposible hacer como si no existiesen 40 años de vida anterior.

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Regresión

Regresión

Estos últimos días, que he estado un poco bajo de moral (de ahí el pequeño parón en la publicación del blog), me ha venido a la mente otra etapa de mi vida en la que por otras circunstancias también tuve una especie de crisis existencial.

Los motivos entonces fueron totalmente opuestos a los de ahora.

Por un lado tenía varios trabajos a la vez, incluido fines de semana, que estaban empezando a pasarme factura físicamente. Por otro lado, el hecho de encadenar una pareja sexual tras otra, ya empezaba a afectarme anímicamente, pues siempre buscaba algo más en esas citas. Así que un sábado que tenía libre tras quince días seguidos de trabajo, entré en una espiral de comeduras de tarro que acabaron conmigo en Urgencias debido a una brutal taquicardia.

Allí tras hacerme varias pruebas llegaron a la conclusión de que había tenido una crisis de ansiedad de las gordas, por lo que siguiendo el protocolo, me derivaron al psicólogo.

Ahora mismo no sé como estará la situación en la Seguridad Social, pero por aquél entonces, previo a psicología, tenía que valorarte primero el psiquiatra, y ahí que me planté unos días después.

El hombre, muy agradable, empezó a hacerme varias preguntas. Me preguntó por el trabajo, y al comentarle mi pluriempleo, me recomendó que me centrase en uno solo pues mi cuerpo ya me había dado un primer aviso. Luego me preguntó por mi vida afectiva y cuando le dije que era gay pero sin pareja, me entró un bajonazo, por lo que, no sé si equivocadamente o no, focalizó todo en mi homosexualidad.

Una media hora después, me dijo que mi problema no era psiquiátrico (aunque me recetó unas pastillas por si volvía a tener otra crisis) y me remitió a la psicóloga del centro, porque me dijo que hablar con ella me vendría bien.

El día de la visita, y siguiendo norma habitual en mi vida, estaba la psicóloga y cuatro estudiantes en prácticas. Si de por sí ya es algo cortante hablar de tu vida privada ante un desconocido, imaginad lo que es ante cinco.

Supongo que el psiquiatra al derivarme días antes ya le había advertido de que era gay, porque desde el minuto uno comenzó a preguntarme sobre ese tema.

Me preguntó si había tenido experiencias con hombres, y si era así, con cuantos. A mí me sorprendió la pregunta, pero la contesté claro, y al ver la cara de sorpresa de la psicóloga y de los estudiantes, me concretó la pregunta, diciendo que se refería a novios, y no a experiencias sexuales.

Una vez aclarado ese detalle, y tras unas preguntas de corte similar, me comentó que no veía en mí problemas de identidad sexual, así que quiso saber entonces cuánta gente era consciente de mi situación. Le comenté que algunos amigos sí, y otros no, que dependía del entorno en el que me moviera.

Me preguntó entonces por mi familia, si ellos lo sabían. Le dije que no, y que de momento no era algo que entrase en mis planes. Fue a partir de ahí cuando empezaron una especie de reproches que no me gustaron nada. Me vino a decir como que para unas cosas (sexo) era lo suficientemente hombre, pero para confesarle estas cosas a mis seres queridos, no, y fue algo que me molestó bastante.

Al final, por suerte, llegamos al fin de la sesión, de la que salí más cabreado que había entrado.

Dos semanas después, más por inercia que por otra cosa, volví. En esta segunda sesión (también con público) comenzó a  cuestionarme que mi problema era entonces mi vida como gay en sociedad.

Sí que me hizo ver que yo no consideraba que encajase del todo en este mundilllo (cosa que ya sabía) y me dijo que posiblemente el independizarme sólo, me había podido provocar una especie de bajón anímico pues me hubiese gustado compartir con alguien ese momento. Y puede que tuviese razón.

Sin embargo, hacia el final de la charla volvió a recaer en reproches, diciéndome que lo que tenía que hacer era decirlo a todo mi entorno, comenzando de nuevo por la familia. A mí basta que me fuercen a hacer una cosa, para que yo haga justo la contraria, con lo que acabamos discutiendo de nuevo como en la sesión anterior, y con serias dudas sobre si volver o no a la siguiente.

Unos días después, la psicóloga cambió la fecha de la siguiente visita, y en lugar de llamarme al móvil para avisarme, no se le ocurrió otra cosa que llamar al fijo (de mis padres) con lo que podéis imaginar su reacción al recibir una llamada del departamento de “Salud mental”…

Para calmarles, les comenté que el motivo de ir al psicólogo era por mi estrés laboral, y que no había porqué preocuparse. Aun así, pensando que algo más había, “encargaron” a mi hermana que hablase conmigo

Y hablamos. Y yo no sé si en realidad fue por lo que me dijo la psicóloga o qué (igual fue eso lo que pretendía, al sacarme de quicio), pero le acabé confesando a mi hermana que era homosexual.

Su reacción fue primero  de sorpresa. Y de curiosidad después. Pero en líneas generales fue una reacción bastante positiva.

Después de aquello, los días siguientes, sí que fue un tema recurrente de conversación entre nosotros hasta que poco a poco, pasada la novedad, se fue diluyendo.

Finalmente, un día me dijo que “igual es que no había encontrado una chica que me gustase”, y ahí nuestras conversaciones sobre este tema, terminaron.

A día de hoy, nunca más se ha vuelto a hablar del tema con mi hermana, y sigue siendo igual de tabú como lo era hasta ese momento. Igual que con el resto de mi familia.

Supongo que de la reacción de mi hermana no tiene en ningún modo la culpa la psicóloga, pero debido a lo insatisfactorio del resultado en general, nunca me he vuelto a fiar de la psicología como método eficaz de ayuda.

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La huida

La huida

Aquella tarde de domingo tocaba conocer, de nuevo, al último ligue-pareja de Guillermo. Se habían conocido por Internet y por lo visto, aunque al principio no buscaban nada en concreto, no hacía mucho que habían iniciado una relación. Guillermo, aunque no lo parecía, era bastante inseguro, con lo que nuestra opinión (sobre todo la de Raquel) acerca de sus parejas le importaba demasiado.

Al poco de llegar al bareto donde habíamos quedado, llegó Guillermo acompañado de un chico alto, y bastante guapo, al que reconocí al instante: Felipe.

A Felipe yo lo conocía desde pequeño, pues los dos veraneábamos en los mismos apartamentos de un pueblo costero cercano a la ciudad. Es más, sus padres eran íntimos amigos de los padres de un amigo mío de veraneo, y el apartamento que ellos ocupaban estaba puerta con puerta con el de otro amigo de la pandilla.

Amigos no éramos, igual ni siquiera habíamos hablado nunca, pero los dos nos habíamos visto crecer desde nanos. Y desde muy pequeños, todos teníamos claro en la playa que era gay. Tenía una pluma que no podía disimularla nunca. Era evidente desde siempre.  Y no sólo por la forma de hablar, sino también por los movimientos de cadera que hacía cuando caminaba.

Por eso nos sorprendimos todos cuando hacía poco más de un año, Felipe anunció que se casaba. Es más, el amigo que mencioné antes llegó a ir a su boda puesto que la amistad entre sus padres era de hacía ya bastantes años. Y por lo que me comentó, incluso los propios invitados al enlace dudaban de la hombría del consorte, comentando entre corrillos que la novia había pegado un braguetazo de los buenos (la familia de él era bastante conocida).

Imaginaos mi cara entonces cuando vi llegar a Guillermo con ese Felipe. Si mi cara en ese momento fue de sorpresa, la suya en cambio fue de angustia bastante mal disimulada.

Yo tan pronto me presentaron le comenté si no se acordaba de mí, que si la playa, que si sus padres, que si mi amigo…, pero él, negándolo, intentaba ocultar algo que era evidente: que nos conocíamos bien.

Al final, viendo que sabía muchas cosas de su familia (nombre de padres, hermanas, trabajo…) alegó que podía ser que nos conociésemos, pero que él era bastante poco fisonomista y que no se solía quedar con la cara de la gente.

Durante la charla, él se mantuvo bastante al margen, y era evidente que la situación le  incomodaba.  Al poco, alegando que tenía cosas que hacer, se marchó, momento en que aproveché para poner en antecedentes a Guillermo y Raquel  y explicar así cuál había sido mi sorpresa al encontrarme con Felipe.

Guillermo, por su parte, nos  comentó que desde hacía meses  ambos mantenían una relación online, cuanto todavía él estaba casado.

Por un exceso de confianza o lo que fuese, se ve que Felipe no solía cerrar el portátil cuando se ausentaba de casa, y en una de esas, su mujer se había enterado de todo. Encontrar además ciertas carpetas con fotos y vídeos de películas gay, tampoco ayudaron demasiado.

Así pues, su mujer le puso de patitas en la calle y habían iniciado ya los trámites de divorcio. Divorcio que no parecía que fuese a ser demasiado amistoso ya que ella, se había casado “muy enamorada” y no se esperaba algo así.

(¿En serio? ¿De verdad hay mujeres que se casan con hombres que tienen pluma y piensan que son realmenten heterosexuales? Yo de esto haría un estudio porque conozco varios casos y nunca lo he entendido, pero bueno)

Guillermo, además, nos comentó que como el chico no quería decir de momento a su familia cuáles habían sido los motivos reales de su separación, lo estaba acogiendo en su casa, al menos hasta que las cosas se calmasen un poco.

Esa estancia duró varios meses durante los cuales, siempre que quedábamos, Felipe (que reconoció que, evidentemente, me conocía) nunca se presentaba. Es más, llegaba a preguntar si yo iba a ir, para no ir él, situación absurda como pocas.

Guillermo por lo visto le explicaba que si tenía miedo por si yo fuese a decir algo, es que no  me conocía, porque no iba conmigo joderle la vida a nadie. Y más cuando ni yo mismo había salido del armario en todos los ámbitos. Pero hablar con Felipe de estos temas era por lo visto como darse contra un muro porque no había forma de que lo entendiese.

Incluso llegó el caso de que cuando yo iba a su casa a cenar, Felipe optaba por irse a dar una vuelta por la calle, o cenar fuera, para no tener que coincidir conmigo.

Estos miedos y muchas más cosas (el chaval por lo visto empezó a ir a un psicólogo porque la situación le desbordaba) hicieron que pronto Guillermo se hartase de él. Otra cosa no, pero paciencia tampoco ha tenido nunca (ni paciencia ni empatía) con lo que cuando Guillermo se cansaba de alguien, poco ya se podía hacer.

Finalmente, cansado de los miedos y movidas de Felipe la relación entre ambos naufragó totalmente, “invitándole” a que saliese de su casa y se buscase la vida.

No creo que tardase mucho en encontrar donde vivir (por pelas no sería), pero la fragilidad mental que por lo visto tenía en esos momentos hizo que en cierta forma, me diese algo de lástima su situación.

Al verano siguiente, en los apartamentos, la gente ya sabía que se había separado de su mujer y el comentario más oído era que “estaba claro que ese matrimonio no iba a durar”. Supongo que el estar siempre en boca de todos, no tiene que ser plato de gusto, y el aspecto de Felipe (bastante más demacrado) demostraba que no lo estaba pasando demasiado bien.

Me lo llegué a encontrar a solas incluso una tarde, y aunque intenté acercarme a él para mantener una conversación, su movimiento repentino de cara, intentando evitarme, demostraba que no iba a haber forma humana de tener ninguna clase de acercamiento.

Tuve claro entonces que contra un miedo tan irracional como ése (¿que contase su secreto?), poco se podía hacer, aunque tampoco creo que la huida fuese una opción válida para solucionar sus problemas.

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Jóvenes ocultos

Jóvenes ocultos

En la época del Messenger, llegaba un momento en que a lo tonto te ponías con tropecientos contactos de los cuales hablabas sólo con unos cuantos. El resto ya ni te acordabas quiénes eran ni dónde los habías conocido.

Todo esto era antes de las redes sociales, por lo que el Messenger era de las pocas formas que tenías para mantenerte en contacto con la gente con la que ligabas.

Por eso era importante de vez en cuando hacer limpieza, borrando aquellos con los que no tenías la más mínima relación.

Antes de borrarlos, yo aún les daba una última oportunidad para saber si era conveniente mantenerlos o no. Con uno en concreto, recuerdo que no sabía ni siquiera si había llegado a hablar con él alguna vez, así que le pregunté si sabía de qué nos conocíamos.

Su respuesta fue que él no me recordaba tampoco, pero me dijo que podía haber sido a través de algún chat, si yo era gay. Le dije que sí, que lo era, pero como veíamos que ambos no nos recordábamos, que lo mejor era borrarnos.

Antes de hacerlo, me dijo si poníamos la cam, por ver si igual al vernos la cara nos acordabamos de algo más. Su webcam se conectó antes que la mía y cuando vi con quien estaba hablando me quedé a cuadros.

Resulta que era el encargado de personal del videoclub porno donde trabajé hacía bastante tiempo. Un tío, algo mayor que yo, rapado, con pinta de macho alfa del que jamás en la vida habría pensado que le fuesen los tíos.

Cuando él me vio se quedó bastante cortado también porque en realidad tampoco se lo esperaba de mí.

(Se ve que en su día nos dimos el correo electrónico por motivos laborales, y al vincularse automáticamente con el Messenger eso hacía que saliésemos agregados)

Ese día hablamos un poco de todo, y nos hizo gracia saber que en ningún momento habíamos sospechado del otro. Sí que comentamos acerca de algún otro compañero gay que sabíamos que había (en concreto el otro dependiente del que ya os hablé), y me habló incluso de otro chico, con pinta también de hetero, que trabajaba en el almacén (con el que me confesó que había tenido algún que otro rollete).

Con el tiempo, fuimos cogiendo mucha más confianza el uno con el otro, y le llegué a confesar que a mí él me gustaba desde que le conocí, y que más de una vez que nos habíamos quedado los dos a cerrar (el vídeo estaba en la parte trasera de las oficinas centrales del sexshop), alguna paja había caído en su honor.

En concreto, le recordé un día en el que las llaves de su oficina se le habían quedado dentro y fui yo quien le ayudó a subir por una ventana, sujetándole del culo, cosa que me calentó bastante, por lo que tuve que pajearme después.

A él todas esas cosas le divertían mucho, pero para mi desgracia durante aquella época nunca quiso tener nada más conmigo. Me decía que me veía como un hermano pequeño, y que incluso me veía a mí como muy inocente (¡!) para liarme con un tío como él.

Lo único que conseguí fue un día, por mi cumpleaños, que le pregunté si estaba dispuesto a hacer algo por mí, como regalo. Me dijo que sí, y le pedí que se desnudase por cam, pensando que no tendría huevos.

Pero lo hizo.

Y para mí verle ahí como Dios le trajo al mundo fue un puro morbazo.

(Para que os hagáis una idea, el tío se parecía a Vin Diesel o a Rafa Mora, y que alguien así te haga un striptease privado… no tiene precio).

Sí que es verdad que años más tarde, cuando ya no teníamos la misma relación, se ve que le pillé un día calentorro y me dijo directamente por Messenger que me fuese para su casa, que me iba a hacer un favor.

Sin embargo, yo no hacía mucho que había empezado una relación con un tío y le dije que sintiéndolo mucho, ahora ya era tarde para eso, que si me lo hubiese dicho hacía quince o veinte días, me hubiese ido perdiendo el culo, pero que en ese momento ya no.

(Fui así de tonto, lo sé. Pero en esos días estaba yo empezando con un chaval que me tenía loco, y pensé que no era plan cargarse algo bonito por un polvo aunque fuese con este tío. Sin embargo, la relación no duró demasiado tiempo, y desde entonces no hay día que no me arrepienta de haberme perdido esa cita. Qué le vamos a hacer, a gilipollas no me gana nadie.)

Os contaba todo esto realmente porque lo curioso del tema es que no es la primera vez que después de dejar de trabajar en un sitio, me entero de que algún compañero también era gay.

En otro curro en el que estuve, de atención al cliente, también me enteré años después que dos compañeros míos de allí también entendían, encontrándomelos por el ambiente liados entre ellos y todo.

Y tampoco hace falta irme demasiado lejos. Hace poco más de un mes me enteré que un compañero de mi último trabajo, del que siempre tuve sospechas, (le gustaba la serie “Sexo en Nueva York”, de viaje fue un verano a Mykonos, era guapo hasta decir basta y nunca tuvo novia) se había casado…con un hombre. Y no fue hasta después del matrimonio, cuando le preguntaron por su anillo, cuando tuvo que reconocerlo finalmente, que supongo que le costaría bastante pues el trabajo estaba en un entorno supermasculino.

Y es una lástima, porque durante el tiempo que estuvimos currando juntos, aunque yo sospechaba de él (supongo que él tambien de mí), nunca comentamos nada, ni conseguimos tener la confianza suficiente para hablar de ningún tema personal más allá de los típicos.

Supongo que aunque nunca llegamos a congeniar del todo (ser gay no es suficiente), en el fondo éramos los dos bastante parecidos.

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Noche de fin de año

Noche de fin de año

Si ya de por sí las Navidades son unas fiestas “curiosas” en las que todo el mundo parece que tiene que ser feliz porque lo dice el calendario, cuando llegamos a Nochevieja todavía es peor.

Esa noche parece que tenga que ser la del mayor desfase del año. En la que, por obligación, debas disfrutar de lo lindo, pegándote un fiestón antológico. Que si un sábado no te apetece salir, no pasa nada, pero si en Nochevieja no sales, es que eres un bicho raro.

Encima esa noche va como por edades o épocas. Está la de cuando tienes 18/20 años en la que se llevaba eso de ir de etiqueta a una macrodiscoteca con todo incluido. Y luego pasamos a otra, más mayores en la que se llevaba el escaparse a cualquier sitio lo más lejano que te puedas echar a la cara para pasar sólo esa noche. Tú te vas a Lugo? Yo a París! Qué digo París, a Nueva York!

Porque esa es otra, recuerdo la competición cuando éramos mas jovencitos, contando quién se había acostado más tarde. ¿A vosotros no os pasaba? Si uno decía que esa noche se había acostado a las 6 de la mañana, otro decía que había llegado a su casa a las 10, pero aún otro decía que hasta la hora de comer no había vuelto.

Yo como siempre he sido bastante contracorrriente, ni pasé por la época de vestirse de etiqueta, ni pasé por lo de irme a cualquier sitio lo más lejano posible.

Lo que sí es verdad es que la mayoría de Nocheviejas han sido bastante extrañas. Recuerdo una en que en el pub en el que estábamos hicieron una redada de la policía que fue lo más animado de la noche. Otra, que la acabamos en el hospital por un accidente (nada grave) de un amigo. Y otra, en el que la madre (recién divorciada) de una amiga apareció a mitad de noche algo bebida, se acopló a nosotros y empezó a refregarse con todos los tíos que pillaba, para vergüenza de su propia hija.

Y es que con la manía esa de que nadie se puede quedar sin plan esa noche, sí que en Nochevieja recuerdo siempre haber quedado con amigos, pero también con gente que no conoces de nada y que sólo vas  a conocer esa noche. Son los que se quedan descolgados y se acoplan a una cena ajena.

A mí nunca me ha gustado eso de juntar varios grupos de amigos, porque luego nunca sabes cómo se pueden llevar entre ellos, pero claro, como esa noche vale todo, pues no queda otra.

Encima yo, como de buenas a primeras soy algo tímido, pues esa noche, me da por beber como una esponja para así soltarme un poco, y muchas veces me he soltado demasiado.

Una de esas fue en casa de mi amiga María, la de la facultad, que por cierto seguía sin saber que a mí me gustaban los tíos…

En esa cena, estábamos María y su novio (un impresentable chuloputas al que sólo ella aguantaba), Raquel (la mariliendre), Guillermo y César (aunque éste se fue antes de las uvas, de lo cual me alegré). Aparte, también estaba una pareja de amigos (heteros) de María, que el resto no conocíamos de nada, y un chaval que parecía mudo porque que yo recuerde no abrió casi la boca en toda la noche.

De lo que es la cena en sí, recuerdo que todos mezclamos un montón de bebidas distintas, porque cada uno había traído una botella y por no hacer un feo nos las bebimos todas, así que al acabar de cenar ya íbamos todos bastante contentos…

Después de las uvas salimos a la calle para irnos de fiesta y en el primer pub que fuimos ya empezamos con las copas, el garrafón y demás, y ahí ya entré en la fase en la que tengo vagos recuerdos, solo como flashes, situaciones sueltas, a cual más extraña.

Así por ejemplo, lo siguiente que recuerdo es intentando entrar en un sitio de ambiente adonde nos quería llevar Guillermo, para cabreo del novio chulo de María que decía que a sitios de “maricones” no entraba, diciendo además que él era el único del grupo.

Yo en ese momento entré en fase defensa del colectivo y dije que él no era el único, que yo también era gay (así delante de todos, incluso gente que no conocía, y a grito pelado).

Me acuerdo que María dijo que no me creía, que yo estaba de coña, pero cuando le dije que no, se quedó como catatónica y sin saber muy bien porqué se puso a llorar, directamente, mientras su novio decía que ya habían dos “maricones” en el grupo, que qué asco de gente, que si nos dábamos por el culo, y burradas así…

Como todo esto fue a las puerta de una discoteca gay, lo de insultar así gratuitamente digamos que no sentó demasiado bien a la gente que estaba en la entrada, así que salieron dos tíos y empezaron a encararse con el novio de María, mientras a esta no se le pasaba el berrinche.

A partir de ahí, ya tengo lapsus en mi memoria, porque lo siguiente fue ver al impresentable del novio en el suelo mientras se pegaba con otro.

Luego cuando se calmó la cosa él novio dijo que se iba a su casa que ya le habían dado la noche, o algo así, porque la cosa es que ya no tengo recuerdos de él del resto de noche. María seguía llorando.

Guillermo luego también desapareció no sé muy bien adonde se iría.

Aparte, recuerdo que el chico de la pareja hetero amigos de María no paraba de preguntarme que desde cuando era yo gay, que cómo lo había notado, que si había tenido novio…preguntas un poco indiscretas (nos habíamos conocido esa noche) que hicieron que a la novia le cambiara la cara y le empezara a preguntar que a santo de qué tenía él tanto interés (a mi también me extrañó).

Otra escena de la noche que recuerdo fue volviendo a casa de María porque alguien se había dejado la cartera (no me preguntéis quien) y llegar y darse cuenta de que no tenía las llaves y tener que bajar luego a la calle a buscarlas.

Cuando aparecieron (en el pub) y estábamos en casa, María, hablando con Raquel, se percató de que era la última en enterarse de que yo era gay, y se encerró en el baño a seguir llorando por no haber confiado en ella (fue todo tan surrealista…). Y aún se cabreó más cuando encima se enteró de que no sólo era gay, sino que además “ejercía”, porque ya me había acostado con tíos (como si yo fuese asexuado o algo así.).

Al final, la noche no sé ni a qué hora acabó y recuerdo volviéndome a casa con el chaval que parecía mudo y sin casi ni hablar entre nosotros, que yo a día de hoy no sé si se enteró de algo de lo que pasó…

Bueno, espero que aunque no sea tan movidita como la que os he contado, paséis igualmente una muy buena Nochevieja.

Nos vemos el próximo año. Feliz 2016!!

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In & Out

In & Out

Es curioso cómo funciona la mente humana, que si hay situaciones que quedan marcadas en ella, pasen los años que pasen, se recuerdan como si no hubiese pasado el tiempo.

Mi salida del armario ante Raquel, es una de ellas.

Si bien tenía claro que tenía que decirle ya algo desde hacía tiempo, el “chantaje” de Guillermo había acelerado esa necesidad. El problema era que no encontraba nunca el momento oportuno en que tenía que decírselo. El saber que yo a ella le gustaba, tampoco facilitaba las cosas.

A lo largo de mi vida ha habido gente con la que me ha sido muy fácil contarles que soy gay, pero con otras, por distintos motivos, me ha resultado muy difícil, optando muchas veces por no decir nada, con todo lo que ello significa.

Fue una tarde, en la que le estaba acercando en coche a su casa, y hablando un poco de todo, no sé porqué llegamos a hablar del tema de la fidelidad, los cuernos, los engaños y…la sinceridad. Fue entonces cuando me dijo si yo me consideraba una persona sincera, y yo le dije que sí, claro, que en términos generales sí, aunque bueno….

“Bueno….?” – repitió ella-

“Nadie es totalmente sincero, todos ocultamos algo” -dije yo, aplicando el clásico mal de muchos…

“Pues yo sí soy sincera, y me gusta que la gente a mi alrededor también lo sea…¿Tienes algo que contarme?” -replicó ella-

(Esa pregunta me intranquilizó: ¿Me estaba dando pie a que le explicase el tema, o me parecía a mí?)

Fue entonces cuando me armé de valor, y empecé.

“Es que…bueno… hay algo que no sabes de mí” -dije yo notando ya que se me aceleraba el corazón-.

“Dime, dime, soy toda oídos. A ver que es eso que me vas a contar” -dijo Raquel, con un tono entre nerviosa e intrigada-

“A ver…Raquel…yo…a mí…bueno…que me gustan los tíos. Que soy gay… Ya está, ya lo he dicho” -dije al final sin quitar los ojos de la carretera-

Y entonces, ella muy fríamente, con actitud casi de enfado, me dijo:

“Ya era hora, lo sabía desde hace meses”.

Yo fue oír eso, frenar el coche en seco y buscar un sitio donde aparcar porque justo esa frase no era la que yo esperaba, la verdad, y eso lo teníamos que hablar.

Resulta que un buen día Raquel fue a casa de Guillermo justamente cuando él y yo estábamos en medio de una de nuestras charlas por Messenger, la sentó frente al ordenador, y él sólo tuvo que dirigirme haciendo las preguntas oportunas para que yo cantase de lo lindo ante ella.

Me comentó que su primera reacción fue de cabreo, y de bajón, más que nada porque yo era otro gay que se acercaba a su vida (es lo que tiene ser una mariliendre de libro), pero que no le quedaba otra que asumirlo.

Lo que sí le cabreaba más es que yo no tuviese la suficiente confianza con ella para contarle algo así, y más sabiendo lo abierta que era ella con esos temas (esta reacción de enfado por no haberlo dicho antes suele ser muy habitual en estos casos).

Yo en ese momento no entendía nada. ¿Si Raquel sabía lo mío desde hace tiempo para qué me puso un ultimátum Guillermo? ¿Era un juego de los dos? En ese instante  la verdad es que poco me importaba ya, porque para mi había sido como quitarme un peso de encima, y aunque ella estaba cabreada por no habérselo dicho antes, la situación se podía reconducir.

Lo único negativo es que después me comentó que no sólo lo sabía ella, sino que entre ella y Guillermo se lo habían ido comentando a todo el mundo que me conocía. Por aquel entonces el grupo se componía de amigos y de amigos de amigos y por cualquier persona que le preguntaba, me decía que sí, que también lo sabía. Incluso gente que habíamos conocido igual hacía dos semanas, esas personas también sabían que yo era gay.

Eso la verdad es que sí que me molestó, porque no sé, tampoco es plan conocer de nuevas a alguien y darte cuenta ahora que sabían mucho más de mí que yo de ellos, y que supiesen cosas como ésta, no me hizo especial gracia.

Los días siguientes incluso me rayé un poco con el tema, porque pensé si no me habrían puesto algún mote tipo el marica armarizado, o se burlaban de mí de algún modo…

A los dos días quedamos todos y la verdad es que su reacción fue bastante buena, mejor de la que yo esperaba. Más que nada porque me seguían tratando de la misma forma en que me trataban antes, ni mejor ni peor, y eso era justo lo que yo quería.

(Nunca me ha gustado el tipo de gente que cuando se entera de algo así, te empiezan a preguntar si te has acostado con fulanito, si te gusta menganito, si eres pasivo, activo o qué sé yo, para mí la mejor reacción en estos casos siempre ha sido la indiferencia).

Con Guillermo, sin embargo,  sí que me fui aparte del grupo porque tenía que hablar de algunos asuntos pendientes. Yo, aunque realmente no estaba cabreado con él por  hacerme un outing de esa forma, sí que estaba dolido, y encima estaba el tema de la grabación de la paja por cam que os comenté en Rec.

Pero claro, esa grabación nunca existió (aunque yo a estas alturas sigo sin tenerlo claro)  y de existir, mucho menos hubiera estado dispuesto a enseñárselo a Raquel, o eso me dijo,  pero que simplemente funcionó para que yo hiciese lo que tenía que hacer.

A día de hoy, la relación con Guillermo, aunque sigue existiendo, nunca llegó a ser tan de confianza como aquellos primeros meses, y aunque siempre le agradezco la “ayuda” que me prestó esos días, no creo que fueran las formas más adecuadas.

Por cierto que aunque he dicho que todo el mundo sabía que era gay, no es cierto, porque María, que si os acordáis fue la compañera de clase que me puso en contacto con Raquel y compañía, era la única del grupo a la que no le habían contado nada (nunca había salido el tema con ella, me dijeron), y eso, tarde o temprano habría que remediarlo.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

(Ah, se me olvidaba…¡¡Felices Fiestas a tod@s!!)

Yo, él y Raquel

Yo, él y Raquel

El día en que Raquel llegó acompañada de sus dos amigos gays, yo no le quité ojo al más alto, Guillermo. Yo mido casi 1,80 y él me sacaba prácticamente una cabeza. Rubio, de ojos azules, parecía nórdico más que español. El otro, César, era todo lo contrario, moreno, bajito y regordete.

Ellos, aunque en ese momento no estaban juntos, sí que habían sido pareja, pero de esas que no paran de discutir a todas horas y que se aguantan más como amigos que como novios (aún cortarían y se volverían a juntar tres o cuatro veces más).

Con César, al ser totalmente contrarios la verdad es que yo creo que nos caímos mal desde el minuto uno. El cumplía todos los estereotipos del mundo gay que nunca he soportado: pluma total, hablaba en femenino muchas veces (su frase “que guarra eres, mari” me ponía de los nervios), con ropa superceñida…lo que viene a ser una locaza de toda la vida.

En cambio Guillermo y yo, por ser de un humor similar, casi que enseguida empezamos a llevarnos bien. Ya os he comentado alguna vez que a mí los tios que se pasan de tremendos, suelen hacer en mí que me entre una sensación de inseguridad, como si me acomplejasen, por lo que si intento hablar con alguien así, me salen balbuceos y palabras sin sentido alguno (me ha pasado toda la vida). Pero con él, no, porque como era un tío cachondo, divertido, y con el que me reía mucho, eso me hacía que lo viese como una persona, digamos, “más humana”, más accesible, y eso me provocaba verlo con otros ojos.

Con palabras mas simples: Que Guillermo me ponía calentorro perdido.

Además, él era de los que tenían más acusado el llamado “radar gay”, con el que se supone puedes detectar quién pierde aceite a tu alrededor. (En mi caso, yo creo que nací con ese radar defectuoso porque pocas veces he acertado así en seco).

Pues conmigo, medio en broma medio en serio, se ve que se le activó y cuando empezamos a tener más confianza, me empezaba a picar con ese tema.

Que me gustaba el fútbol, pues él decía que a ver si me iban a gustar los futbolistas y no lo sabía, porque con esos paquetes y culitos que marcaban, no me extrañaba…

Si le decía que en ese momento no tenía novia, me  tiraba los trastos y me soltaba que no podía ser, que con lo guapete que era, a ver si es que yo tenía otra clase de gustos…

Siempre estaba con esas coñas y a mí, la verdad es que me hacía gracia. (Si esas mismas bromas me las hubiese hecho César, me hubiese cogido un mosqueo que para qué, pero como me las hacía el que me ponía la polla como una morcilla de Burgos…).

Así que con el tiempo, viendo que nos llevábamos tan bién, pensé que ya era el momento de confesarle que yo también era gay, que a los dos nos iba lo mismo (y así si había suerte le podía proponer si quería rollo, la verdad).

Lo que pasa es que como por aquél entonces siempre que quedábamos estábamos también con Raquel, o con Raquel y César,  pues no encontraba el momento.

Hasta que un día, que estaba yo de compras por la calle, me lo encontré por casualidad, y le invité a tomar un café.

Y ahí hablando un poco de esto y de lo otro, le dije que tenía que decirle algo que él ya sospechaba, y es que a mí también me iban los tíos.

Yo pensaba que me iba a decir algo en plan: “Ya lo sabía” “Me di cuenta desde el principio” “Vámonos a la cama que ya estamos tardando” o algo así.

Pero no, en su lugar me soltó: “No me jodas. Si yo lo decía de coña. La que se va a llevar un disgusto es Raquel, que tú le gustas y ella piensa que ella a ti también…”.

La verdad es que en ese momento nos quedamos los dos callados sin saber muy bien qué decir. Fue unos segundos verdaderamente incómodos de los que al final salimos con humor, con alguna parida que dijo él que ya no recuerdo.

Quedamos en que no se lo iba a decir a Raquel por el momento, y que más adelante, cuando viese el momento ya hablaría yo con ella.

Si antes éramos amigos, después de mi confesión, la verdad es que lo fuimos todavía más, y muchas veces ya quedábamos los tres solos (él y yo a solas todavía poco).

Imaginaos el panorama, él, Raquel y yo, y de los tres el único que sabía todos nuestros “secretos” era Guillermo.

A mí me molaba Guillermo (aunque eso no se lo había dicho aún) , y yo le molaba a Raquel, con lo que la amistad entre nosotros yo creo que podría llamarse una amistad interesada más bien.

Y eso es algo en lo que siempre he pensado desde aquella época : ¿Pueden dos gays, ser amigos simplemente, sin tener interés sexual? ¿Y un chico y una chica, heteros, también?

Porque en nuestro caso, funcionaba todo porque la tensión sexual existía, por lo menos por una parte de cada “pareja”.

Muchos diréis que sí, que no tiene nada que ver, pero yo siempre me he planteado que en esos casos siempre existe una especie de tensión sexual no resuelta por alguna de las partes.

A ver, no me refiero en otros casos. Evidentemente en  parejas, en los que el chico de un lado y la chica del otro son amigos, por poner un ejemplo, en esos casos sí, pero para mí no cuentan ya que hablamos de, digamos, dos bloques de parejas (yo me entiendo).

Me refiero a casos de hombres/mujeres solteros (me da igual si “enteros” o no), en los que se hacen amigos/as de hombres/mujeres también solteros. En esos casos estoy convencido de que alguno quiere ser más que amigo, aunque la otra parte no se entere.

Por lo menos es lo que pasaba en nuestro caso, que Guillermo no sabía que él me ponía muy cerdo cuando estaba junto a él, y yo no sabía (en teoría) que le subía la temperatura a Raquel, cuando ella estaba conmigo.

Así que en nuestra ignorancia, seguimos siendo amigos durante bastante tiempo, aunque la situación fue poco a poco haciéndose algo más insostenible, sobre todo por la insistencia de Guillermo en que saliese del armario a todos los efectos, lo que no era mi intención.

Aunque eso no tardaría demasiado en pasar, quisiese yo o no.

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