La conversación

La conversación

Estos días de vacaciones, y aprovechando que gracias a mi última quedada descubrí que no estaba tan “muerto” como pensaba, decidí volver a instalarme la app de ligoteo/folleteo.

Lo mío con esta app es una relación de amor-odio de manual. A estas alturas ya no sé ni cuantas veces me la he instalado ni cuántas me la he desinstalado. Me la pongo con ilusión, y me la acabo quitando con desesperación, pero ya sabiendo que tarde o temprano la volveré a instalar en el móvil.

Esta última vez, y  dado que me la instalé en el pueblo de mis padres (donde fui a pasar unos días), al menos los maromos cercanos que me salieron eran distintos a los ya habituales de la aplicación. Aunque bueno, no sé si se puede llamar “cercanos” a tíos que me salían a varios  kilómetros a la redonda, pero en estos sitios tan “rurales” es lo que hay. Si en Valencia me suelen salir unos 10 cada 500 metros, allí del mismo pueblo sólo me salió uno. El siguiente ya salía a 6km. El otro a 10 km, y así hasta el infinito.

Lo que sí tenían en común todos los de la zona es que ninguno tenía foto puesta. Cuanto más lejos (y más cerca de entorno urbano), más aparecían con foto, pero por allí… ¿Los motivos? pues evidentemente porque eran tíos casados o con novia, con lo que la discreción supongo que la  seguían  viendo necesaria. (Que la gente es muy abierta y moderna de puertas para afuera, pero luego…).

El primer día que me la instalé, me habló el único que estaba en el pueblo. Bueno, hablar – hablar no habló, porque lo primero que me apareció en el móvil fue una foto de un pedazo de rabo que parecía de un caballo. Ya luego me saludó. Bueno, saludar-saludar, tampoco, que lo que me dijo fue “¿tienes sitio? tengo media hora. ¿Follamos?”. Evidentemente le dije que no. Y no solo porque no pensaba hacer nada en casa de mis padres, sino porque a mí que me entren tan a saco, sin un mínimo ni nada, como que no me va mucho.

Después, ya me empezaron a entrar otros que estaban en localidades de alrededor. La zona es conocida por haber rutas de senderismo y acampada cercanas, con lo que me entraron algunos que estaban de excursión preguntándome también si tenía sitio… Incluso uno me ofreció ir al camping donde se encontraba ya  que “podía escaparse de su familia para  montárselo entre matorrales”. Tal cual. No iba a ir ni de coña y así se lo hice saber, recibiendo un “que te jodan” como respuesta.

Luego ya empezaron a entrarme otros que aunque sí saludaban, pensaban que mandando fotos cuanto más guarras más rápido iba a ir a follar con ellos. Me refiero a fotos de anos bien abiertos, o con sus caras tragando lefa, o incluso uno en plan fist… A mí, si el que no me saluden ni me den un mínimo de conversación ya me deja algo frío, el que me manden, sin pedirlas, fotos tan explícitas ya me corta directamente el rollo. Y no es porque yo me haya vuelto ahora un monje benedictino, es que en estos casos prefiero fotos algo más eróticas que otra cosa. Que se puede enseñar chicha (de hecho en esa app salgo en bolas), pero no de esa forma, digo yo.

Total que cuando ya me estaba empezando a cansar de cotillear por la app me entró uno con una foto principal que cortaba el hipo. Un tío cachas, de mi quinta, moreno, velludete….vamos, de anuncio. Además me entró saludando, con educación, y sin faltas de ortografía ni nada (eso da puntos). Y encima el tío tenía conversación. Estuvimos una media hora hablando y me comentó que estaba de vacaciones (como yo) en casa de su familia en un pueblo cercano al mío, aunque (como yo también) vivía en Valencia. Que no tenía prisa de conocer a nadie, y que aunque buscaba follar (sí, lo reconozco, como yo también), no le importaría algo más. Era muy majo, un tiarrón y estaba hablando conmigo…

Ese primer día estuvimos hablando durante largo rato hasta que, como tenía cosas que hacer, le dije que le tenía que dejar. No pensé que al día siguiente me fuese a entrar de nuevo, diciendo que había estado agusto el día anterior, y que quería saber más de mí. Nos pedimos fotos. Primero normales, y luego ya más calentorras demostrándome que más que bueno, el tío estaba tremendo. Encima eran fotos en la ducha, a medio tapar, que insinuaban más que otra cosa y a mí empezó a darme mucho morbo. Tanto que por poco acaba la cosa en paja (a distancia) pero como que no era ni tiempo ni lugar, la cosa acabó antes de empezar.

Esa noche ya empecé a pensar que la situación me parecía algo rara. En mi mente cuadriculada los tios cachas de gimnasio se suelen relacionar con gente de gimnasio. Los buenorros con buenorros. Los normales con normales. Así que me chocaba que este tio estuviese interesado en alguien como yo, que soy bastante del montón porqué no decirlo. Así que se lo dije, que cómo era posible que alguien tan como él no ligase demasiado (eso me había dicho) ,y que igual yo no era su tipo.

Y ahí empezó el desastre.

El tio empezó a decirme que  él no se enamoraba de un cuerpo, pero sí de una persona. Que eso es muy bonito pero si buscaba, en principio, sexo, no cuadraba demasiado. Fue cuando me dijo que el sexo para él era muy importante, pero siempre que fuese un sexo “limpio”. Empezó entonces, sin venir a cuento, a contarme que lo peor de mantener relaciones sexuales era cuando se manchaban las sábanas…. Que muchas veces había tenido que tirar la ropa de cama porque ni con lejía salía aquello…. Antes de que se viniese arriba comentando detalles, le dije que no hacía falta que me contase más….pero pareció darle igual  y comenzó a relatarme todas las experiencias que había tenido en ese sentido… No voy a comentar aquí la retahíla de detalles asquerosos que me contó que le habían pasado porque no quiero que soltéis la pota pero solo diré que llegó un momento en que dejé de leer. Para intentar acabar el tema a mí se me ocurrió decir que la higiene era importante para todo y fue entonces cuando se vio en la necesidad de contarme cómo se hacía él los lavados internos….Aquí más de lo mismo, comentando con todo lujo de detalles lo que se metía o se dejaba de meter por el culo, ilustrando toda la conversación con fotos de los utensilios que usaba para la limpieza…

Como podeis imaginar aquí es cuando me di cuenta de porqué este maromo decía que no ligaba (ay las cabezas…). Al ver que yo ya no decía nada (yo estaba entre asqueado y alucinado) fue cuando pareció darse cuenta de que igual el tema me había incomodado, y así se lo hice saber. No sólo no le gustó mi reacción sino que encima se enfadó, pues por lo visto pensaba que “conmigo se podía hablar de todo” y que yo “era diferente a los demás” (¿?)…

Aún así me dijo que no se lo tuviese en cuenta, que cuándo quedábamos para follar, que volvía pronto a Valencia y que le apetecía algo rápido. Sin embargo yo, a esas alturas de la conversación, ya había perdido totalmente el interés en él, con el rollo totalmente cortado y pensando que ya no me parecía tan buenorro como al principio…

Y es que aunque hablar de menos pueda estar mal,  hablar de más también puede suponer una gran cagada.

Y en este caso …nunca mejor dicho.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

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Boca a boca

Boca a boca

La primera vez que descubrí el morbo que me daba el juego de voces a través del teléfono fue por medio de algo bastante inocente. Bueno, no tan inocente, me explico.

En la época previa a Internet, redes sociales y todo lo demás, una de las pocas formas de contacto que había sin moverte de casa era a través de las páginas de contacto de los periódicos.

Yo por aquel entonces no sé muy bien qué edad tendría, pienso que todavía adolescente, y una vez que me quedé solo en casa, me armé de valor y llamé a uno de esos teléfono que se anunciaban en plan “Hombre, 20 años, vicioso. Hago lo que quieras”.

Nada mas descolgar el teléfono oí una voz de mujer que se presentó y me preguntó que qué buscaba exactamente. Yo, al oir una voz femenina no supe cómo reaccionar y colgué el teléfono pensando que me había equivocado al marcar.

El hecho es que no me había equivocado y pegando un repaso al resto de anuncios de la página me fijé que el mismo número se repetía para “experimentado de 35 años”, “rubia tetona de 19” o “morena calentorra de 27 años”. Es decir, era un teléfono de una agencia de contactos en el que tendrían en plantilla tanto hombres, como mujeres.

Pasados cinco minutos, volví a llamar. Esta vez sí se puso un hombre con una voz calentorra que me gustó desde el minuto uno. Me preguntó si era el que había llamado antes, si era tímido, y si quería estar con alguno de ellos. Que lo pasaríamos bien y mil cosa más. Yo sólo comenté que era novato y me dijo que no me preocupase, que él me podría enseñar todo lo que sabía..

En ese momento me entró un ataque de vergüenza y colgué el teléfono con un empalme que ya me hacía daño dentro de los vaqueros. Unas simples palabras con una voz masculina habían conseguido excitarme como nunca hasta ese momento, cosa que aproveché para hacerme una buena paja.

Me di cuenta en ese instante que un simple teléfono sería otro de mis objetos sexuales preferidos.

Años después, por casualidades de la vida, comencé a trabajar de teleoperador. El trabajo en sí me pareció un coñazo y la empresa era lo más parecido a una secta que había conocido nunca, pero el tema de escuchar a la gente cuando te llamaba, muchas veces, me ponía. Había voces y voces, claro, pero como encima te salía en pantalla la edad del que te llamaba en ese momento, muchas veces no podía evitar imaginarme cómo era la persona que estaba al otro lado. Seguramente no acertaría en nada, pero la imaginación en estos casos, funciona y de qué manera.

Además, en el sentido contrario, por la puntuación que te daban los clientes en la típica encuesta post-llamada y en las valoraciones que te hacían los jefes en las escuchas, yo siempre era uno de los mejores valorados por dos motivos: empatía o cercanía con el cliente y sobre todo por mi voz. Una voz, que aunque a mi nunca me ha gustado (algo normal), a otras personas por lo visto sí gustaba.

Tanto era así, que por ejemplo, en la época del videoclub porno, era yo el encargado de llamar y “amenazar” a los clientes que no habían devuelto las películas a tiempo porque mi voz acojonaba, ponía un tono de poli malo que a mis compañeros les flipaba bastante.

Así que era cuestión de tiempo que un día entrase al chat y me fijase en un canal llamado “sexo telefónico” , al que durante un tiempo de mi vida le saqué mucho partido.

En ese canal había mucho fetichista que le molaban los juegos de rol. Es decir, tíos que si les llamabas se harían pasar por mujeres, que les iba el rollo padre/hijo (figurado), que les gustaba montarse fantasías o recrear historias inventadas.

Yo lo único que quería era hacerme una paja “acompañado” y listo.

Generalmente la gente con la que contactaba era de otra ciudad por motivos evidentes. La mecánica era más simple que el funcionamiento de un botijo: Te describías más o menos físicamente (a mí me interesaba más que nada la edad del otro), te dabas el teléfono y comenzabas a hablar, soltando todo tipo de cerdadas para calentarte mutuamente.

Lo divertido para mí era, a partir de pocos datos, imaginarte a la otra persona. Yo muchas veces estaba seguro de que la otra persona mentía (todos con pollones, todos supercachas, todos impresionantes), pero si la voz era morbosa, el resto me daba igual.

Al teléfono a mí me gustaba mandar, ser yo el activo y calentar al que estuviese al otro lado de la línea telefónica. Y por lo visto, funcionaba.

Yo empezaba la conversación preguntando cómo iba vestido,  y después insinuaba que se fuesen desnudando poco a poco, hasta quedarse en bolas.

Después le decía que imaginase, que me ponía detrás de él, rozándole con mi cuerpo que en ese momento ya estaba ardiendo. Que le abría las piernas lentamente hasta que le empezaba a restregar mi polla por el culo. Que mientras le mordisqueaba el cuello, y le inclinaba sobre la mesa del comedor donde le iba a follar a saco.

A veces me ponía incluso más cerdo que en persona diciéndoles todo esto y si el otro entraba al trapo y empezaba a gemir, sabía que la cosa iba bien.

El final, claramente era conseguir que el otro se corriese. Y lo hacían, vaya si lo hacían, o por lo menos algunos lo simulaban muy bien. El que no fingía era yo, y siempre solía terminar mis conversaciones eyaculando, exhausto con el teléfono en la mano y la corrida sobre mi cuerpo.

Los teléfonos generalmente después se borraban (si es que no habíamos hecho la llamada con número oculto) y nunca más volvíamos a tener contacto.

Esto yo no sé ni cuantas veces lo he hecho en mi vida, e incluso durante una época lo llegué a preferir antes que el sexo de verdad.

Para mí era el paradigma total de “sexo seguro”, evidentemente, y además era algo superdiscreto y que te evitaba muchos malos rollos posteriores.

Pero esa época, por suerte o por desgracia, ya pasó y aunque ya no practico sexo telefónico, cada vez que escucho a ciegas la voz de un tío no dejo de imaginar cómo sería escucharle excitado.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.