El condón asesino

El condón asesino

Una de las primeras cosas que M. y yo hicimos en plan pareja fue ir a hacernos juntos las pruebas del VIH. No es nada romántico, lo sé, pero el motivo estaba claro: si yo no estaba seguro ni de mí mismo, cómo iba a fiarme de otro?

Meses antes, en una de esas etapas mías calenturientas, había contactado con un tío con el que, aunque había hablado alguna vez por Internet, no tenía el gusto de conocer en persona.

El plan era folleteo y poco más, y con esa intención tan clara me invitó una noche a su casa.

Aunque igual ha dado otra impresión por aquí, la mayoría de las veces que quedaba en plan “noche loca” no pasaba de los morreos y las pajas. Sólo los días de mucho calentón era cuando, realmente, acababa follando.

Esa noche fue una de ésas y como el tío físicamente me molaba, y yo a él, tuve claro nada más llegar que en esa cita iba a haber sexo con mayúsculas.

Encima siendo ambos versátiles, la noche prometía que iba a ser larga.

Empezamos enrollándonos en una especie de sofá relax, para después bajar al suelo (en la alfombra, de esas de pelo largo), y subir luego hasta apoyarnos sobre la mesa del comedor.

Si primero había empezado follandomelo  yo (tenía uno de esos culitos mulliditos que a mi me flipan) fue al llegar a la mesa cuando se cambiaron las tornas.

Sacó un segundo condón de la caja (el primero aún me colgaba a mí de la polla) dispuesto a, con algo de lubricante,  follarme en medio del comedor.

Ya empezó mal intentando meterla en plan brusco cuando yo, de primeras, soy bastante estrecho (ya entendéis lo que quiero decir), y siguió mal intentando forzar algo que no hacía sino tener el efecto contrario.

Fue entonces cuando yo opté por tumbarme boca arriba, en plan tía (postura que no me gusta demasiado) para ver si la cosa se hacía más fácil, y porque, con lo caliente que iba, no estaba yo dispuesto a irme sin haber recibido mi dosis de polla.

En esa postura entró por sí sola y justo cuando estábamos en medio del mete-saca,  un ruido nítido de desgarro nos dejó a ambos helados, y en completo silencio.

El sonido fue similar a cuando un globo de estos de los críos, explota cuando se hincha demasiado.

En este caso, algo elástico y también de “goma”, era lo que había reventado…

Quietos como estábamos, le dije que sacase la polla muy lentamente, esperando que el sonido no fuera lo que ya imaginábamos los dos.

Recuerdo perfectamente la sensación al ver cómo salió la polla con medio condón adherido aún al tronco, pero dejando el capullo totalmente al aire.

La cara desencajada suya, supongo que era también un reflejo de la mia, porque yo no me podía creer lo que había pasado.

Es cierto que él ni siquiera había llegado a correrse, pero el hecho de saber que había “follado a pelo” con un desconocido hacía que todos mis agobios, de los que os hablé en Obsesión, volviesen de golpe a mi cabeza.

Aunque el tío también estaba acojonado, fue al ver mi reacción, mi ansiedad en esos pocos minutos, que él pasó a tranquilizarme insistiendo en que “estaba limpio”.

A mí en ese momento me podía decir misa que yo no iba a creerle. Yo sólo quería irme de allí y encerrarme los próximos meses hasta que un certificado médico me dijese que no tenía nada.

Me vestí en un minuto dispuesto a irme y, aunque él me lo impidió en un principio, al final me dejó marchar pidiéndome eso sí que me tranquilizara por lo menos.

En mi recorrido a casa pensaba que hasta el sexo seguro puede fallar a veces, y que igual esta vez sí, podía haberlo cagado pero bien.

Los días siguientes yo era totalmente como un zombi. Aunque iba a trabajar, estaba con la familia, o los amigos, mi cabeza siempre estaba en otro sitio y, como no, pensando siempre en lo peor.

El chico, mientras, ya no sabía cómo decirme que me calmase. Me mandaba mensajes, y me llamaba (llamadas que yo rechazaba) sólo para decirme que aunque él también tenía razones para estar asustado, que confiaba en mí desde el minuto uno que me había conocido.

Yo, por supuesto, no pensaba igual de él, y así se lo decia, echándole incluso la culpa de algo de lo que ninguno de los dos era culpable.

Fui cruel, borde, desagradable y todo lo que os podáis imaginar, y es que cuando me entran estos miedos irracionales (o no) mi reacción no es demasiado adulta que digamos.

Finalmente, una semanas después, me dijo que por favor fuese a su casa, que quería enseñarme algo.

Y fui, claro, pero sin intención de pasar del recibidor (no me preguntéis porqué) y fue allí donde me entregó un papel donde constaba que se había hecho las pruebas de VIH y hepatitis con resultado negativo.

Al ver eso, volví a ser persona, le pedí disculpas, y aún me sentí peor cuando me dijo que le había hecho las pruebas un médico amigo suyo, que hasta entonces no sabía que era gay, y al que le había contado todo para que le hiciese las pruebas lo más pronto posible…

Yo me comprometí a hacerme las pruebas también, pero me dijo que no hacía falta. Que si quería, me las hiciese por mí, pero no por él. Sólo me pidió que si otra vez pasaba por algo similar, no volviese a tratar a nadie como lo había tratado a él, porque le había hecho bastante daño.

Me gustaría decir que aprendí la lección, pero me conozco bien y no se cómo podré reaccionar en un futuro ante situaciones de este estilo.

Esa vez, las pruebas me las hice ya con mi pareja, como indiqué al principio (resultaron negativas para ambos) y creo que, a pesar de todo, sólo entonces pude respirar completamente aliviado.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

Retratos de una obsesión

Retratos de una obsesión

Igual este post tendría que haberlo escrito el pasado día 1 de diciembre, día mundial del Sida, pero si quiero contaros mi vida por orden cronológico, es hoy cuando me toca hablar de esto.

Volviendo de Zaragoza comenzó a obsesionarme una idea, absurda por otra parte, pero que no me dejaba de martillear en la cabeza:

¿¿Y si al no usar condón me había pegado algo??

Como recordaréis, en el post anterior os comenté que la relación no pasó de mamadas, magreos, y corridón. Pero aún así, algo en mi interior no paraba de dar vueltas.

¿Y si  por mamarla me había transmitido cualquier enfermedad? ¿Y si cuando se corrió, al caer el semen sobre mi polla,  me pegó alguna cosa? ¿Y si….? ¿Y si…?

Esas dos palabras “Y SI” comenzaron a acribillarme de una forma que no era normal. Por cualquier cosa que me decía a mí mismo para tranquilizarme, me asaltaban otros tantos Y SIS para desequilibrarme.

Durante ese tiempo llamé varias veces al mexicano, pregúntandole si estaba sano, si aquello que hicimos…si la mamada… si su corrida…hasta que llegó un momento en que cortó cualquier comunicación conmigo. Cosa lógica, por otra parte, porque además él tenía pareja.

Yo ahora, contando esto, siento verdadera vergüenza por el grado de locura que pude alcanzar en aquel tiempo, y entiendo que él, cansado, decidiera cortar por lo sano.

Pero eso no hizo si no preocuparme más.

“Si no quiere hablar ya conmigo es porque me ocultaba algo”- y de ese pensamiento obsesivo no salía-.

Y como las desgracias no vienen solas, y sí que existe el efecto psicosomático (doy fe), pasados unos días, me empezó un escozor en la polla.

A día de hoy entiendo perfectamente el motivo, porque estuve varios días lavándome la polla como si no hubiera un mañana (no sé porqué lo hacía, pero lo hacía), y supongo que la mezcla de jabones al final provocó el efecto contrario.

Y fui al médico, claro. Pero como era algo tan localizado, empezaron que si era infección de orina, inflamación atópica (sin más), que si tal, que si cual… pero el escozor continuaba, y mi obsesión, también.

Encima miraba en internet (cosa que no recomiendo hacer nunca) y cómo no, todos los síntomas coincidían con el Sida, Sífilis, Gonorrea, etc.

Yo estaba convencido de que tenía una ETS y no había forma de que nada ni nadie me hiciese cambiar de opinión.

Por casualidad di con un teléfono que no sé si existe ya en la actualidad. Era el teléfono de la sexualidad. Llamabas gratuitamente, y preguntabas cualquier duda.  Era anónimo, claro, pero aún así, al llamar en lugar de decir la verdad, yo contaba que había ido a un bar público y al sentarme en la taza del water me había manchado la polla con lo que parecía ser semen ajeno… (no comments).

Evidentemente, la persona que me atendía me decía que si no tenía yo una herida profunda y sangrante en la polla, no me iba a contagiar de nada, y menos por unas gotas y por un roce. Esa respuesta me tranquilizaba durante un tiempo, pero a las horas volvía a llamar, preguntándole exactamente lo mismo a otra persona.

En ese tiempo debí llamar como cuatro o cinco veces hasta que, contándole lo mismo a un chico, me dijo:

“¿Puedo preguntarte algo?”

“Sí, claro” – le respondí –

“¿Has tenido una relación homosexual y no la acabas de asumir en tu cabeza?”

“Sí, es justo eso” – contesté yo, entre sorprendido y avergonzado -.

“Es que a mí me pasó lo mismo”

Creo que estuvimos casi una hora hablando. Me entendía perfectamente y sabía por lo que estaba pasando porque a él le pasó algo similar. Creo que ahí me desahogué como nunca. Me recomendó que fuese a un CIPS (Centro de Información y Prevención del Sida) porque la única forma de curarme esa obsesión era que un papel me demostrase que yo estaba sano por mucho que todo el mundo me dijese lo contrario.

Me hubiese gustado mucho conocer a este chaval que me ayudó tanto en ese momento, pero por normas de su trabajo, no podía facilitar datos de ningún tipo.

A los dos días fui al CIPS, expliqué la situación y me hicieron las pruebas, aunque me dijeron que estaban seguros de que no tenía nada (no había realizado ninguna práctica de riesgo).

La prueba te la tienen que hacer pasado el periodo ventana (tres meses desde la práctica de riesgo), pero viendo el estado de nerviosismo que tenía decidieron hacerme una prueba rápida (en unos minutos) que aunque no es fiable al cien por cien, al menos me tranquilizaría.

Por supuesto los análisis salieron perfectos. Y los que me hicieron tres meses después también.

La doctora del CIPS me dio una charla similar a la del chico del teléfono, diciéndome también que mi caso tampoco era tan extraño como yo pensaba. Que por allí había acudido gente en situación parecida a la mía, o incluso peor, que habían acabado en manos de psicólogos porque habían derivado en una fobia total a las relaciones sexuales.

Por suerte para mí, a mí no me pasó eso.

Mi angustia, obsesión, locura o como lo queráis llamar terminó en ese instante.

En la actualidad los tratamientos sobre el Sida han evolucionado muchísimo, y la gente portadora del VIH con una correcta medicación hacen prácticamente vida normal, similar a otras enfermedades crónicas como la diabetes o la hipertensión.

Aún así, y viendo que en los últimos estudios, indican que se sigue propagando la enfermedad entre gente más joven, es necesario una correcta educación sexual, y usar el preservativo, para evitarse malos tragos como los que yo pasé durante esos meses, hace años.

Y vosotros ¿habéis pasado por algo similar alguna vez? ¿conocéis más casos parecidos al mío?

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