Bajo la piel

Bajo la piel

Poco después de quedar con el obrero del que os hablé en el post anterior, ya empecé a notar como una sensación de quemazón en el rabo que no era normal. Sin embargo, cuando llegué a casa, y después de cenar y ducharme, me despreocupé del todo hasta la mañana siguiente.

Fue al abrir los ojos cuando noté un dolor fortísimo en la polla. En cuanto me la ví, me asusté bastante porque la imagen era dantesca: enrojecida a más no poder y con el prepucio hinchadísimo apretado alrededor del glande.

Enseguida pensé que el albañil me había pegado algo, claro. Como yo no soy asustadizo ni nada, lo primero que pensé era que iba a perder la polla a trozos  o que me habían pegado de algún modo una ETS (yo siempre soy de los que se pone en lo peor).

Era un día entre semana, así que lo primero que hice fue llamar al trabajo para decir que no me encontraba bien, y que no iba a ir a currar. Después me dirigí a puertas de Urgencias para que alguien me dijese que es lo que le pasaba a mi polla y qué tenía que hacer para que volviese a su estado normal.

Tardé varias horas en que me atendiesen, con lo que mi estado de ansiedad era ya considerable cuando por fin me atendió el Urólogo.

En este punto he de comentar, que yo no sé si es mala suerte o qué, pero las veces que he tenido que ir a un especialista, siempre me ha tocado ir los días en los que están tres o cuatro médicos de prácticas aprendiendo,  y ese día no iba a ser una excepción.

Así que me tuve que despelotar delante del médico y de cinco estudiantes de medicina (chicos y chicas), con la vergüenza que da en esos casos que te vean así (por muy exhibicionista que sea uno).

Nada más verlo, el médico lo tuvo claro. Me preguntó si había mantenido relaciones sexuales recientes, le dije que sí, y me comentó que lo que tenía era simplemente fimosis. Yo en ese momento se lo negué, porque a mí la piel del prepucio sí se me retiraba. Pero él insistió, diciendo que en tal caso sería fimosis parcial, pero que era evidente lo que me ocurría (si bien con la hinchazón le era complicado asegurarlo al cien por cien).

Me dio una crema para que me la pusiese durante unos días, me dijo que nada de sexo (evidentemente) y me mandó al de cabecera para que valorase.

La valoración de la doctora de cabecera también coincidió con la del Urólogo. Me comentó que era fimosis parcial, y que para evitar que me volviese a pasar lo mismo o algo peor (desgarro en la piel o parafimosis -que se quede la piel retraída y no vuelva al sitio, estrangulando el glande-), lo mejor era la operación. Cortar por lo sano, vaya.

Meses después, pasaba por el quirófano, sin estar seguro a día de hoy si fue la mejor opción (ya que no había tenido pegas hasta ese día).

En el trabajo, como tendría que cogerme la baja unos días, tuve que explicar qué me pasaba, claro. Pensé que se descojonarían todos, pero la verdad es que hubo menos guasa de la esperada, salvo algún chiste que hizo mi jefe sobre qué hacer con los restos de piel que me quitasen.

El día de la operación pensé que iban a ser todo niños menos yo, pero me sorprendió bastante que fuese al contrario, siendo que yo fui de lo más jóvenes que se operaron ese día.

Me gustaría decir que la operación no fue nada y estuvo todo genial, pero sinceramente no fue así.

Creo que no he sentido más dolor en mi vida, y no me refiero a la operación en sí (que ahí ni te enteras), sino cuando los efectos de la anestesia pasan y aquello se te despierta.

Pero ese dolor no es comparable a cuando a mitad de noche tienes las típicas erecciones involuntarias que todos los tíos tenemos. La sensación era como si me estuviesen apretando la punta de la polla con unos alicates, con lo que a la segunda noche ya dormía con una botella helada de agua para aplicar en caso de que fuese necesario.

Días después, cuando la polla volvió a su estado original, fue el momento en el que me di cuenta de que tendría que acostumbrarme a ir siempre con el glande al descubierto, y creedme que no fue tarea fácil. Encima pasó a estar hipersensible, con lo que cosas tan simples como secarse con una toalla tras la ducha pasaron a ser lo más parecido a una tortura.

Y el momento paja, ya fue de traca. Porque si llevas toda tu vida acostumbrado a tu polla,  que ya te tienes cogido el puntillo a ti mismo, tener que aprender a pajearte de otra forma, cuesta un huevo.

Tanto, que recuerdo llegar a bajarme un tutorial que encontré en Internet para “masturbarse después de la operación de fimosis” (en serio, hubo un momento que hacían tutoriales para todo).

Por suerte a todo se acostumbra uno, y con el tiempo, todo el tema de la operación pasó a ser un simple recuerdo, amargo, pero recuerdo al fin y al cabo.

(Por cierto que desde entonces a mi polla la llamo Frankenpene -muy original, ¿eh?, jaja-).

Advertencia: No quiero asustar a nadie que tenga previsto operarse, yo sólo hablo de mi experiencia. Conozco otros casos que ni se enteraron, ni tuvieron dolor postoperatorio, ni nada. Así que supongo que esto va con la persona. Sólo añadir que si vas a operarte próximamente, suerte y mucho ánimo.

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