Olvídate de mí

Olvídate de mí

Los primeros días desde que M. me dejó los pasé realmente mal. Como encima no acababa de entender los motivos concretos que habían precipitado la situación, la tortura todavía era mayor.

Pasaba de pensar que era fuerte y que iba a poder superar esa situación, a pensar que era el ser mas desgraciado sobre la faz de la tierra y que la vida ya no tenía ningún sentido. Mientras, la sensación de soledad que la ruptura me había dejado me acompañaba las 24 horas del día.

Durante esa primera fase, y con el móvil encima todo el tiempo, no sé ni la de veces que estuve tentado de escribirle preguntándole los motivos del desenlace, o si la ruptura iba a ser definitiva esta vez. En realidad, intentaba inventarme alguna excusa para poder reiniciar algún tipo de contacto con él, si bien, en el fondo, sabía ya que todo había acabado entre nosotros.

Las semanas siguientes las pasé concentrado sobre todo en el trabajo. Durante ese tiempo creo que hice más horas extra que en toda mi vida, para alegría de mis jefes, por supuesto. Lo único que intentaba era que así pasase el tiempo lo más rápido posible.

Y llegar agotado a casa.

Y no pensar.

Pero eso era complicado y al final, siempre en algún momento del día se me pasaba por la cabeza todo lo bueno que habia pasado con M. Porque esa es otra, la memoria es muy puta en esas ocasiones y sólo recuerda la parte buena de la situación, haciéndome olvidar todo lo malo (que también) había pasado con él.

Curioso es igualmente el intentar escuchar música para distraerte en ese estado. Yo sabía que ninguna canción hablaba de mi, ni de nosotros, pero ya hacía mi mente todo lo posible (ay, ese subconsciente), para asociarlo con lo que me había pasado.

Canciones como “Dueles” de  Jesse y Joy,  “Miel en la nevera” del gran Tino Casal o “Procuro Olvidarte” ponían música y letra a lo que era por entonces mi existencia.

Y el tiempo seguía pasando, de una forma más lenta de lo normal.

Yo nunca he sido muy de ir a psicólogos para superar mis problemas (ya comenté mi mala experiencia por aquí), pero sí se me ocurrió mirar esta vez en páginas web de autoayuda por ver si aplicando alguna técnica de superación personal, podía comenzar a salir de ese pozo del que de momento no encontraba el fondo.

De todas las que leí (no hablar con él ni de él, hacer deporte, eliminar pensamientos negativos…), el primero que apliqué fue el de borrar de mi teléfono el número de móvil de M, porque aún habiendo pasado ya bastante tiempo, lo seguía teniendo agregado como contacto.

Y es que era como si al borrarlo, fuera a eliminar también cualquier resquicio o esperanza de que lo nuestro no fuese un adiós definitivo.

Pero ese paso era necesario, y al final, lo borré. Y funcionó.

Aunque los días se me seguían haciendo largos, poco a poco (muy poco a poco de hecho), comencé a asumir lo que había pasado, que nada de aquello volvería y que tenía que mirar más hacia el futuro en lugar de hacia el pasado.

Hacer deporte también me ayudó. Retomé la natación (que había abandonado durante todo ese tiempo), y el efecto endorfina, comenzó a hacer el resto.

Lo que no hice fue aplicar el dicho de “la mancha de mora con otra roja se borra”. Mis ganas de conocer a otra persona que me hiciese olvidarle, seguían bajo mínimos. NI sexual (de momento) ni de forma afectiva tenía ganas de reiniciar nada con nadie. Uno se conoce bastante a sí mismo, y para aplicar esa técnica, todavía no estaba preparado.

Sin embargo, y cuando parecía que comenzaba a remontar el vuelo, me dio entonces por pensar que igual mi ex ya había conocido a alguien y que igual ese había sido el motivo de la ruptura. Y si me había puesto los cuernos? Y si eso pudiese explicarlo todo? Y si…?

(supongo que en el fondo, buscaba algún motivo para odiarle…)

Fue entonces cuando pedí hora en el Centro Médico al que solía acudir periódicamente para hacerme las pruebas serológicas en mi época de pendoneo. Me iba a quedar más tranquilo (yo es que pienso en cuernos y me entran mis miedos, es algo automático) y además era como poner mi marcador sexual de nuevo a 0 para la época que, tarde o temprano, pudiese venir.

Pedí cita y cuando acudí, la doctora me recordó, a pesar de haber pasado tantos años desde la última vez. Aquella fue al comienzo de mi relación con M, cuando decidimos, de mutuo acuerdo, tener relaciones apeleras entre nosotros, para lo que necesitabamos estar seguros de nosotros mismos

Fue entonces, con las preguntas de rigor (“Cuantas relaciones sexuales ha tenido en los últimos tres meses?”, “y en los últimos seis meses”?) cuando se percató de que mi relación se había ido a pique.

Y cuando me dijo “lástima, haciais buena pareja”, algo en mi interior se resquebrajó de golpe y allí mismo, delante de la doctora, me derrumbé.

Curioso que en esos meses, había intentado no llorar ante nadie. Ni ante amigos, ni por supuesto familiares. De puertas afuera yo era un tipo fuerte, siempre intentando hacer sonreir a los demás, aunque el funeral fuese por dentro. Sólo en mi casa, en privado, y por las noches, me permitía hundirme. Cuando nadie me viera.

Y sin embargo, allí, delante de la doctora, en su consulta, no pude más.

Terminé abrazado con la doctora y cuando me recompuse, como pude, le comenté que quería quedarme tranquilo y que intentaba buscar algún motivo, que me negaba a admitir que todo hubiera acabado, sin más motivos que los que ya sabía…

La doctora solo me dijo que a veces no hay más motivos, que las cosas acaban, y que torturarse por eso no me iba a solucionar nada. Y que romper cosas, cabrearse o llorar ayudaba, pero guardárselo para uno mismo, no.

Me comentó también que las pruebas me las iba a hacer porque me conocía y porque sabía que lo necesitaba para empezar de nuevo.

Por supuesto la prueba salió negativa, pero ese papel me ayudó a cerrar toda una etapa a la que ponía entonces un punto y final.

(O eso pensaba yo…)

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

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Divergente

Divergente

Este fin de semana pasado he vuelto a revivir esa sensación que he tenido desde siempre de estar a medio camino entre el mundo hetero y el mundo gay.

El sábado quedé con mis amigos heteros de toda la vida. La mayoría, casados y con hijos ya. Una amiga y yo somos los únicos solteros. Yo estoy convencido de que ella es lesbiana y lo pienso, entre otros motivos, porque siempre hemos tenido esa relación de amor-odio tan característica.

El resto de amigos estoy convencido de que saben nuestras inclinaciones sexuales pero siempre ha sido un tema del que no se ha hablado nunca. Tema tabú, por así decirlo. Bueno, sí se ha hablado, pero por su parte, y con las típicas frases estereotipadas de hace mil años relativas al mundo homosexual. Aún existe gente así, sí. Y son tanto hombres, como mujeres.

Recuerdo no hace mucho que una amiga del grupo dijo que una conocida suya hacía poco que había dicho que era lesbiana, y que aunque lo habían asumido todas muy bien, porque no se lo esperaban, cuando empezó a traer a su novia, se sentían “incómodas” y que finalmente habían perdido el contacto con ella. Sobran los comentarios.

O algunos amigos, con los típicas gracias de cuidado en los vestuarios, que si hay maricas hay que ir con el culo pegado a la pared y todas esas gracias muy típicas de… ¿principios del siglo XX? ¿del XIX?

Frases que siempre me han hecho ver que si quería mantener la amistad, mejor no sacar determinados temas con ellos.

Algunos pensaréis que con amigos así, mejor no tener enemigos, y de verdad que hay muchos días que lo pienso. Muchos. Pero por otro lado, intento quitar hierro al asunto, intentando pensar que es como tener amigos con otras ideas políticas, o religiosas, o de fútbol, que si ya sabes cómo son, pues hay cosas de las que es mejor no hablar. (O igual simplemente me intento autoconvencer porque no quiero tirar más de 20 años de amistad por la borda).

Yo hace mucho que dejé de reirles las gracias y de seguirles el rollo. Incluso digamos que me sale la vena reivindicativa (sin ser yo nada de eso) cuando se tocan temas gays. Pienso que provocan en mí, que sea más gay de lo que ya soy (no sé si me explico).

Tal vez si lo dijese, todo cambiaría. Al menos estoy seguro de que se cortarían con ciertos comentarios. Pero nunca he encontrado el momento, la oportunidad, la fuerza suficiente para hablar de estos temas con ellos. Y a estas alturas de mi vida, no creo que lo vaya a hacer nunca.

Por otro lado, el domingo quedé con mis amigos gays, y ahí me pasa tres cuartos de lo mismo.

A ver, igual ahora ya no tanto, porque con la edad lo relativizas todo y estamos todos como más asentados, pero yo recuerdo cuando salíamos más en la época del ambiente, que yo me sentía totalmente diferente a ellos.

Ni me he sentido identificado nunca con la “música gay”, ni he visto demasiadas series ni películas de “temática”, ni he hablado nunca en femenino (ni por hacer la gracia). Tampoco he tenido gusto a la hora de elegir la ropa, de hecho tengo gusto cero en temas de estética.  Y no me funciona el radar gay, nunca lo ha hecho.

Sé que suenan a estereotipos maris de toda la vida, y sé que ya no es todo el mundo así (por suerte), pero la mayoría de los que he conocido en este mundillo, sí. Y me ha repateado siempre la superficialidad por el ambiente, que siempre ha sido total. Y el acabar hablando de pollas, culos, activos y pasivos, sobre todo cuando se reunía un grupo ya bastante grande de gays. Por no decir del tema de darse dos besos cuando conocías a otros (cuando yo sólo he dado dos besos a mis amigas o a mi familia, de toda la vida), y no hablemos ya de los piquitos en la boca…

Son cosas que me hacían sentir más hetero de lo que realmente era.

Este domingo por ejemplo, se pusieron a hablar del tema del matrimonio gay, adopción de hijos y todo eso, y me parece muy bien, cada uno que haga lo que quiera, pero no va conmigo, no es una aspiración que personalmente haya tenido nunca. Y claro, cómo puedes decir algo así. Enseguida miradas de desconfianza, de rechazo, como en plan “es que él no es de los nuestros”, “nunca lo ha sido”, “es que aún está armarizado”. Porque sí, esa es otra, aún lo estoy. En determinados ámbitos de mi vida o con determinada gente (parte de mi familia, parte de mis amigos) nunca he tenido ni las ganas, ni el coraje para confesarlo.

También es porque nunca me ha gustado hablar de mi vida privada. Nunca me he sentido cómodo ni con esos temas ni con ningunos relativos a mi intimidad…hasta que empecé a escribir este blog.

(Es una contradicción en sí misma, lo sé, y tal vez por eso muchas veces me sirve como válvula de escape).

Tal vez diréis, que igual el truco habría sido unir esos dos grupos de amigos, para tal vez unir así las dos partes de mí mismo. Normalizarlo todo. Y lo hice. Bueno, al menos durante un tiempo lo intenté.

No sé si os acordáis, que a María, aunque retomé el contacto en la facultad, la conocía del colegio, igual que a Raquel. Pues bien, como de mi clase seguía teniendo contacto con más gente (y a día de hoy la mantengo), hubo una época en la que intenté varias veces juntar esos grupos y la experiencia resultó desastrosa.

A espaldas de unos, se criticaban los otros, y no había nada que les hiciese tener buena relación entre ellos. Y es que el único vínculo que los unía era yo, y porque yo he tenido siempre como varias capas en mí mismo. Soy como un batiburrillo de varias personas.

Friki, pero normal. Gay con ramalazos heteros. Muy formal en la calle, pero un vicioso en la cama. Divertido por fuera, pero con nubarrones por dentro.

Y todo eso me ha hecho sentir muchas veces como alguien solitario, aunque estuviese rodeado de amigos, como una persona diferente, raruna, extraña.

En una palabra, y como dice el tíulo, Divergente.

(Sí, hoy me he levantado con el pie izquierdo…)

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