Novia a la fuga

Novia a la fuga

Yo creo que sé que me gustan los tíos desde que era adolescente.

Pero una cosa es que sepas en tu interior qué es lo que te gusta, y otra que lo asumas. Y lo que es más difícil, que lo asumas cara a la sociedad.

En mi caso yo creo que pasé por varias fases, entre ellas la negación, muy a los inicios. Recuerdo pajearme con la foto de un tío y luego una sensación de vergüenza, de que esto no volverá a pasar…

Luego ya empiezas, poco a poco, a asumirlo. Que por mucho que lo intentes, no vas a cambiar, que estás configurado así.  Que no pasa nada.

Y luego entras en un momento en el que dices, vale, soy gay, pero por disimular, voy a tener novia. Es lo que toca. Por la familia, y los amigos.

Y de eso mismo quería hablaros hoy. De una etapa de mi vida de la que creo que estoy menos orgulloso, pero que aún así quiero hablar de ella.

En esa época yo conocí a bastante chicas, era la época de salir de fiesta con los colegas y era lo que “tocaba”.  Yo era el típico gracioso del grupo y eso a las chiquitas, les hacía gracia, y se acercaban.

Durante aquellos años, hubo tonteos, magreos, besos y….poco más. Digamos que nunca llegué a rematar con ninguna. Pero cara a la galería, y amigos, era un  picaflor que tenía siempre muchas amigas. Que pasaba de unas a otras.Y eso, en aquella época, me interesaba.

Pero hubo dos veces en concreto que intenté, digamos, tener novia formal.

Igual hubo más, pero esas dos son las que recuerdo más claramente. Me marcaron mucho, y me hicieron asumir lo que soy ahora mismo.

La primera fue una amiga, Silvia, a la que conocía desde pequeño. Nos conocimos una mañana en la playa, en verano,gracias a unos amigos comunes de nuestros padres,  y a los pocos días ya eramos inseparables. Primero nos veíamos únicamente en verano, en la playa, con más amigos, pero después ya nos veíamos también durante el invierno, porque sus padres se trasladaron a vivir a mi misma ciudad.

Pues como decía, llega un momento en que ya pasada la edad del pavo, ves que tus colegas empiezan a tener ya novias formales y piensas: pues oye,  con ella, que la quiero un montón  y ya está (como quien se lleva una lechuga del supermercado, vamos…).

Recuerdo aquella cita como si fuera ayer, y eso que ya han pasado muchos años. Fue una noche, que estábamos los dos de fiesta, con más amigos, pero un poco más apartados del grupo, y le comenté que saliésemos fuera a tomar el aire. Salimos los dos a la calle, y fue allí, donde nos besamos. Y lo disfruté de veras. No era lo mismo tonteos con chicas que no conocías de nada, que con alguien a quien realmente respetaba y quería (a mi manera, pero la quería). Pero de repente yo no sé si le entró un ataque de conciencia o realmente sospechó de mí antes de que yo sospechara de mi mismo (nunca lo sabré), pero me soltó y, como avergonzada de lo que había hecho, me dijo: “No podemos, que somos como hermanos”.

A mí aquélla frase me marcó. Me marcó mucho. Y me marcó para mal. Supongo que me salió la vena “machito” y el que me rechazaran de esa forma, por muy amigos que fuéramos, me sentó fatal. A partir de entonces nuestra relación se fue diluyendo hasta perder prácticamente el contacto poco tiempo después, cosa de la que me arrepiento porque de verdad fuimos muy buenos amigos.

A día de hoy sé que sigue soltera, y muchas veces me pregunto si fue ella mi primera amiga “mariliendre” (palabra que detesto) sin saberlo.

Tiempo después, intenté de nuevo repetir el mismo patrón con otra amiga. Esto ya fue en los primeros años de facultad, que en el grupo de amigos que hicimos congeniamos mucho una compañera, Diana, y yo.  Empezamos con lo típico, lo de quedar para estudiar, para hacer trabajos juntos, para estudiar. En la cafetería o la biblioteca, siempre hacíamos por sentarnos cerca porque había mucho feeling entre nosotros, y el resto de compañeros lo sabían. Hasta que otra vez lo mismo, “pues esta va a ser” – me dije-. Así que organicé una cenita medio romántica para los dos (no, no fue en el McDonald’s), y  le dije así directamente que si íbamos en serio o no. Y su respuesta no fue otra que: “No, que somos demasiado amigos como para estropearlo”…

Había pasado de “somos como hermanos” a “somos muy amigos”. Eso que era,  un avance? A la siguiente que se lo pidiese ya seriamos novios?  A la tercera va la vencida?

Sin embargo, recuerdo que esa vez, en lugar de cabrearme respiré, aliviado. Mi orgullo como “machito” esa vez no se vio afectado. Ahí me di cuenta de que si Diana hubiese dicho que sí, le hubiese arruinado la vida. Completamente. Si ella hubiese accedido a que fuéramos novios, estoy seguro de que a estas alturas sería el típico hombre casado, que sabe que es gay, pero tiene mujer e hijos, a los que engañaría tarde o temprano.

En serio que fue un alivio importante.

Por cierto que con ella sí que seguí teniendo contacto, por lo menos durante los años de facultad, durante los cuales seguimos siendo muy buenos amigos.

A día de hoy sé que está casada (el marido está muy bien, por cierto) y tiene dos hijos muy guapos. Y de veras que me alegro por ella, porque si una persona te importa, lo último que quieres es estropearle la vida.

Y ese fue el empujón que necesitaba. Me dí cuenta de que tenía que ser al menos consecuente conmigo mismo, y si ya tenía claro lo que me gustaba, no podía arrastrar conmigo a nadie más.

Me gusta pensar que ese fue el punto de no retorno. Supongo que a todos hay un momento en que nos hace un “clic” en la cabeza a partir del cual no hay marcha atrás.

A los pocos meses ya tuve mi primera relación homosexual.

Pero eso ya, en el próximo post.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

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