Philadelphia

Philadelphia

Si todo me hubiese ido mas o menos normal estas últimas semanas, este post lo habría publicado el mismo uno de diciembre, pero como la vida propone y Dios dispone, lo cuelgo hoy que es cuando he podido acabarlo.

La vez que el VIH más me tocó de cerca, a parte de por mis paranoias más o menos recurrentes (y no sólo a esta enfermedad, sino a cualquier otra -es lo que tiene ser hipocondriaco-) fue hace ya muchos años y a raíz de un reportaje de televisión.

Recuerdo que estaba con mi amiga María en su casa, y en eso que empezaron con un reportaje sobre la gripe. Que si  virus para arriba que si virus para abajo cuando de pronto hablaron, sin venir mucho a cuento, de otro tipo de enfermedades. Entre ellas, trataron el SIDA, así como de pasada y metiendo el miedo en el cuerpo. Hablo de una época en la que los documentales sobre ese tipo de enfermedades eran bastante catastrofistas. Epocas en la que cuando alguien había superado determinados años siendo VIH positivo sin desarrollar la enfermedad, se hablaba como si fuera un verdadero milagro.

Aquello lo vi, recuerdo, no mucho después de haber salido del armario por todo lo alto, por lo que al acabar el reportaje le comenté a mi amiga el miedo que tenía a pillar algo así, y lo traumática que fue mi primera experiencia por ese miedo absurdo. Al acabar de desahogarme, me dijo que ella conocía a alguien que tenía VIH, para añadir después que a esa persona yo también la conocía. La primera persona que se me pasó por la cabeza al oir aquello fue su pareja, su novio (al que no tragaba).  Se lo pregunté directamente y me soltó un “pues no, de qué vas” que demostraba que  mucha gracia no le había hecho la pregunta.  Pensé a continuación en nuestra amiga común, Raquel, pues era una época suya de despendole total y pensé si podía haber sido ella la “afectada”. Tampoco era ella, tranquilo, me dijo.

Al final me rendí, pues aunque dije un par de nombre más, no era ninguno de ellos ni por aproximación. Finalmente, soltó la bomba cuando me dijo que quien tenía VIH era Guillermo.

Recuerdo que me costó reaccionar. En ningún momento pensé que pudiera ser él, porque pensé que le conocía bien. Como que “no le pegaba” y además teniendo una pareja más o menos estable en ese momento (aunque para él, “estabilidad” era estar un mes con el mismo)

Explicándolo ahora, y conforme el pensamiento actual, me doy cuenta de los prejuicios que tenía yo por entonces. Bueno, yo y la sociedad en general, aunque eso no me exime a mí de culpa. Pero era así, me chocaba que alguien con pareja como tenía Guillermo por entonces fuese VIH positivo. Veía más probable que alguien que tenía pinta de putero (el novio de María),  o que estaba despendolada (Raquel en aquella época) tuviese más papeletas que Guillermo. Prejuicios, prejuicios y más prejuicios…

Le pregunté a María entonces si la pareja de Guillermo, César, también lo era, y me dijo que no. Que por lo visto Guillermo lo había pillado de un rollo anterior que había tenido pero que su pareja lo sabía y no le preocupaba. Que Guillermo nunca lo había ocultado, y que a César le daba un poco igual pues lo quería demasiado (pena que luego acabaran como acabaran).

Por lo visto, Raquel fue la primera que se enteró de su enfermedad, cosa lógica pues ellos eran amigos desde hacía muchos años. Luego ya se lo fue contando al resto de amigos a medida que los iba conociendo. Bueno, a todos menos a mí.

Quedamos en que yo no le diría a Guilermo cómo me había enterado y que iba a seguir actuando de forma normal con él. Y eso intenté. Pero pronto empecé a emparanoiarme. Así, por ejemplo, cuando iba a cenar a su casa salía lo peor de mí. ¿Y si me cortaba con algún cuchillo? ¿Y si me volvía dar algún pico como hacía de vez en cuando? ¿y sí…?

“Y SÍ” otra vez esas dos malditas palabras…

Inconscientemente, me separé tambien un poco de él. Ahora que lo escribo siento hasta vergüenza (no es la primera vez que me pasa cuando he escrito algun post de los colgados) pero, repito, y aunque no sirva de total justificación…era otra época.

Así fue hasta que un día, en el chat, alguien que me djio que lo conocía empezó a ponerlo verde, diciendo que era un salido que tenía lo que se merecía, que si tal que si cual. Ahí no lo pude evitar y empecé a defenderle como a poca gente había defendido en mi vida. Me daba igual su pasado sexual. Antes que nada, era amigo mío y además muy buen tío. Y nadie podia decir de nadie ninguna salvajada de ese tipo.

Esa conversacion me sirvió como excusa para hablar con Raquel, y decirle que me habian dicho eso de él, y preguntarle si era verdad sin tener que delatar a María. Me lo confirmó, claro. Y me dijo también que nunca me lo había contado porque conociéndome, con lo hipocondrias que era, no sería bueno para ninguna de las dos partes. Que no había necesidad. Y tenía razón. Raquel me conocía bien y sabía lo que podía pasarme, lo que de hecho me estaba pasando.

Raquel fue la que le dijo a Guillermo que yo lo sabía, y que bueno, si quería hablar comigo. Y lo hablamos, y me explicó muchas cosas de la enfermedad que yo mismo desconocía,  Y que el principal obstáculo era ése, la desinformación y los prejuicios. Y que una cosa llevaba a la otra.

Por suerte, esos prejuicios han ido desapareciendo con el tiempo. El último, el de que el  VIH deje de ser un motivo de exclusión para conseguir un empleo público, equiparándola a otras enfermedades como la diabetes por ejemplo.

Sin embargo, pienso yo que falta todavía mucha más información. O más accesible. Y para muestra, un botón.  El año pasado cuando estaba en la playa con el chico medio delincuente del que os hablé, me comentó de pasada que tomaba PrEP.  Que no usaba condones porque tomaba PrEP. Por si no lo sabéis esas siglas significan Profilaxis preexposición y lo que supone es tomar un medicamente a diario para evitar que puedas contagiarte. Algo así como la píldora de las mujeres para evitar quedarse embarazadas. Pero eso no es la panacea, y no sirve tampoco para evitar contraer otras enfermedades de transmisión sexual.

¿Eso la gente lo sabe? Y suerte aún que este tomase algo, porque si entras en las  apps de contacto cada vez hay más gente que busca tener sexo “a pelo” como si no pasase nada. Y por desgracia, pasa. Y aunque el VIH es ya más como una enfermedad crónica que otra cosa, no está de más que la gente vuelva a tener un poco de cabeza. Vamos, digo yo.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com

El condón asesino

El condón asesino

Una de las primeras cosas que M. y yo hicimos en plan pareja fue ir a hacernos juntos las pruebas del VIH. No es nada romántico, lo sé, pero el motivo estaba claro: si yo no estaba seguro ni de mí mismo, cómo iba a fiarme de otro?

Meses antes, en una de esas etapas mías calenturientas, había contactado con un tío con el que, aunque había hablado alguna vez por Internet, no tenía el gusto de conocer en persona.

El plan era folleteo y poco más, y con esa intención tan clara me invitó una noche a su casa.

Aunque igual ha dado otra impresión por aquí, la mayoría de las veces que quedaba en plan “noche loca” no pasaba de los morreos y las pajas. Sólo los días de mucho calentón era cuando, realmente, acababa follando.

Esa noche fue una de ésas y como el tío físicamente me molaba, y yo a él, tuve claro nada más llegar que en esa cita iba a haber sexo con mayúsculas.

Encima siendo ambos versátiles, la noche prometía que iba a ser larga.

Empezamos enrollándonos en una especie de sofá relax, para después bajar al suelo (en la alfombra, de esas de pelo largo), y subir luego hasta apoyarnos sobre la mesa del comedor.

Si primero había empezado follandomelo  yo (tenía uno de esos culitos mulliditos que a mi me flipan) fue al llegar a la mesa cuando se cambiaron las tornas.

Sacó un segundo condón de la caja (el primero aún me colgaba a mí de la polla) dispuesto a, con algo de lubricante,  follarme en medio del comedor.

Ya empezó mal intentando meterla en plan brusco cuando yo, de primeras, soy bastante estrecho (ya entendéis lo que quiero decir), y siguió mal intentando forzar algo que no hacía sino tener el efecto contrario.

Fue entonces cuando yo opté por tumbarme boca arriba, en plan tía (postura que no me gusta demasiado) para ver si la cosa se hacía más fácil, y porque, con lo caliente que iba, no estaba yo dispuesto a irme sin haber recibido mi dosis de polla.

En esa postura entró por sí sola y justo cuando estábamos en medio del mete-saca,  un ruido nítido de desgarro nos dejó a ambos helados, y en completo silencio.

El sonido fue similar a cuando un globo de estos de los críos, explota cuando se hincha demasiado.

En este caso, algo elástico y también de “goma”, era lo que había reventado…

Quietos como estábamos, le dije que sacase la polla muy lentamente, esperando que el sonido no fuera lo que ya imaginábamos los dos.

Recuerdo perfectamente la sensación al ver cómo salió la polla con medio condón adherido aún al tronco, pero dejando el capullo totalmente al aire.

La cara desencajada suya, supongo que era también un reflejo de la mia, porque yo no me podía creer lo que había pasado.

Es cierto que él ni siquiera había llegado a correrse, pero el hecho de saber que había “follado a pelo” con un desconocido hacía que todos mis agobios, de los que os hablé en Obsesión, volviesen de golpe a mi cabeza.

Aunque el tío también estaba acojonado, fue al ver mi reacción, mi ansiedad en esos pocos minutos, que él pasó a tranquilizarme insistiendo en que “estaba limpio”.

A mí en ese momento me podía decir misa que yo no iba a creerle. Yo sólo quería irme de allí y encerrarme los próximos meses hasta que un certificado médico me dijese que no tenía nada.

Me vestí en un minuto dispuesto a irme y, aunque él me lo impidió en un principio, al final me dejó marchar pidiéndome eso sí que me tranquilizara por lo menos.

En mi recorrido a casa pensaba que hasta el sexo seguro puede fallar a veces, y que igual esta vez sí, podía haberlo cagado pero bien.

Los días siguientes yo era totalmente como un zombi. Aunque iba a trabajar, estaba con la familia, o los amigos, mi cabeza siempre estaba en otro sitio y, como no, pensando siempre en lo peor.

El chico, mientras, ya no sabía cómo decirme que me calmase. Me mandaba mensajes, y me llamaba (llamadas que yo rechazaba) sólo para decirme que aunque él también tenía razones para estar asustado, que confiaba en mí desde el minuto uno que me había conocido.

Yo, por supuesto, no pensaba igual de él, y así se lo decia, echándole incluso la culpa de algo de lo que ninguno de los dos era culpable.

Fui cruel, borde, desagradable y todo lo que os podáis imaginar, y es que cuando me entran estos miedos irracionales (o no) mi reacción no es demasiado adulta que digamos.

Finalmente, una semanas después, me dijo que por favor fuese a su casa, que quería enseñarme algo.

Y fui, claro, pero sin intención de pasar del recibidor (no me preguntéis porqué) y fue allí donde me entregó un papel donde constaba que se había hecho las pruebas de VIH y hepatitis con resultado negativo.

Al ver eso, volví a ser persona, le pedí disculpas, y aún me sentí peor cuando me dijo que le había hecho las pruebas un médico amigo suyo, que hasta entonces no sabía que era gay, y al que le había contado todo para que le hiciese las pruebas lo más pronto posible…

Yo me comprometí a hacerme las pruebas también, pero me dijo que no hacía falta. Que si quería, me las hiciese por mí, pero no por él. Sólo me pidió que si otra vez pasaba por algo similar, no volviese a tratar a nadie como lo había tratado a él, porque le había hecho bastante daño.

Me gustaría decir que aprendí la lección, pero me conozco bien y no se cómo podré reaccionar en un futuro ante situaciones de este estilo.

Esa vez, las pruebas me las hice ya con mi pareja, como indiqué al principio (resultaron negativas para ambos) y creo que, a pesar de todo, sólo entonces pude respirar completamente aliviado.

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Retratos de una obsesión

Retratos de una obsesión

Igual este post tendría que haberlo escrito el pasado día 1 de diciembre, día mundial del Sida, pero si quiero contaros mi vida por orden cronológico, es hoy cuando me toca hablar de esto.

Volviendo de Zaragoza comenzó a obsesionarme una idea, absurda por otra parte, pero que no me dejaba de martillear en la cabeza:

¿¿Y si al no usar condón me había pegado algo??

Como recordaréis, en el post anterior os comenté que la relación no pasó de mamadas, magreos, y corridón. Pero aún así, algo en mi interior no paraba de dar vueltas.

¿Y si  por mamarla me había transmitido cualquier enfermedad? ¿Y si cuando se corrió, al caer el semen sobre mi polla,  me pegó alguna cosa? ¿Y si….? ¿Y si…?

Esas dos palabras “Y SI” comenzaron a acribillarme de una forma que no era normal. Por cualquier cosa que me decía a mí mismo para tranquilizarme, me asaltaban otros tantos Y SIS para desequilibrarme.

Durante ese tiempo llamé varias veces al mexicano, pregúntandole si estaba sano, si aquello que hicimos…si la mamada… si su corrida…hasta que llegó un momento en que cortó cualquier comunicación conmigo. Cosa lógica, por otra parte, porque además él tenía pareja.

Yo ahora, contando esto, siento verdadera vergüenza por el grado de locura que pude alcanzar en aquel tiempo, y entiendo que él, cansado, decidiera cortar por lo sano.

Pero eso no hizo si no preocuparme más.

“Si no quiere hablar ya conmigo es porque me ocultaba algo”- y de ese pensamiento obsesivo no salía-.

Y como las desgracias no vienen solas, y sí que existe el efecto psicosomático (doy fe), pasados unos días, me empezó un escozor en la polla.

A día de hoy entiendo perfectamente el motivo, porque estuve varios días lavándome la polla como si no hubiera un mañana (no sé porqué lo hacía, pero lo hacía), y supongo que la mezcla de jabones al final provocó el efecto contrario.

Y fui al médico, claro. Pero como era algo tan localizado, empezaron que si era infección de orina, inflamación atópica (sin más), que si tal, que si cual… pero el escozor continuaba, y mi obsesión, también.

Encima miraba en internet (cosa que no recomiendo hacer nunca) y cómo no, todos los síntomas coincidían con el Sida, Sífilis, Gonorrea, etc.

Yo estaba convencido de que tenía una ETS y no había forma de que nada ni nadie me hiciese cambiar de opinión.

Por casualidad di con un teléfono que no sé si existe ya en la actualidad. Era el teléfono de la sexualidad. Llamabas gratuitamente, y preguntabas cualquier duda.  Era anónimo, claro, pero aún así, al llamar en lugar de decir la verdad, yo contaba que había ido a un bar público y al sentarme en la taza del water me había manchado la polla con lo que parecía ser semen ajeno… (no comments).

Evidentemente, la persona que me atendía me decía que si no tenía yo una herida profunda y sangrante en la polla, no me iba a contagiar de nada, y menos por unas gotas y por un roce. Esa respuesta me tranquilizaba durante un tiempo, pero a las horas volvía a llamar, preguntándole exactamente lo mismo a otra persona.

En ese tiempo debí llamar como cuatro o cinco veces hasta que, contándole lo mismo a un chico, me dijo:

“¿Puedo preguntarte algo?”

“Sí, claro” – le respondí –

“¿Has tenido una relación homosexual y no la acabas de asumir en tu cabeza?”

“Sí, es justo eso” – contesté yo, entre sorprendido y avergonzado -.

“Es que a mí me pasó lo mismo”

Creo que estuvimos casi una hora hablando. Me entendía perfectamente y sabía por lo que estaba pasando porque a él le pasó algo similar. Creo que ahí me desahogué como nunca. Me recomendó que fuese a un CIPS (Centro de Información y Prevención del Sida) porque la única forma de curarme esa obsesión era que un papel me demostrase que yo estaba sano por mucho que todo el mundo me dijese lo contrario.

Me hubiese gustado mucho conocer a este chaval que me ayudó tanto en ese momento, pero por normas de su trabajo, no podía facilitar datos de ningún tipo.

A los dos días fui al CIPS, expliqué la situación y me hicieron las pruebas, aunque me dijeron que estaban seguros de que no tenía nada (no había realizado ninguna práctica de riesgo).

La prueba te la tienen que hacer pasado el periodo ventana (tres meses desde la práctica de riesgo), pero viendo el estado de nerviosismo que tenía decidieron hacerme una prueba rápida (en unos minutos) que aunque no es fiable al cien por cien, al menos me tranquilizaría.

Por supuesto los análisis salieron perfectos. Y los que me hicieron tres meses después también.

La doctora del CIPS me dio una charla similar a la del chico del teléfono, diciéndome también que mi caso tampoco era tan extraño como yo pensaba. Que por allí había acudido gente en situación parecida a la mía, o incluso peor, que habían acabado en manos de psicólogos porque habían derivado en una fobia total a las relaciones sexuales.

Por suerte para mí, a mí no me pasó eso.

Mi angustia, obsesión, locura o como lo queráis llamar terminó en ese instante.

En la actualidad los tratamientos sobre el Sida han evolucionado muchísimo, y la gente portadora del VIH con una correcta medicación hacen prácticamente vida normal, similar a otras enfermedades crónicas como la diabetes o la hipertensión.

Aún así, y viendo que en los últimos estudios, indican que se sigue propagando la enfermedad entre gente más joven, es necesario una correcta educación sexual, y usar el preservativo, para evitarse malos tragos como los que yo pasé durante esos meses, hace años.

Y vosotros ¿habéis pasado por algo similar alguna vez? ¿conocéis más casos parecidos al mío?

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