Taekwondo

Taekwondo

Hace un tiempo, asistí en Twitter a una conversación entre varios usuarios que comentaban si la película “Taekwondo” valía la pena. Unos decían que sí, y otros que no, pero todos valoraban lo buenorros que estaban los actores protagonistas.

Como uno es curioso de por sí, se me ocurrió entonces buscar en Internet hasta que di con la película. Comencé entonces a verla hasta que un escalofrío recorrió mi espalda en el momento en que aparecieron en pantalla el nombre de sus autores:

Marco Berger  y Martín Farina.

¿No os suenan estos nombres? a mí sí, y si alguno de vosotros es seguidor de mi blog, también os sonarán, pues fueron los mismos autores que engendraron una ¿película? llamada Fulboy.

En su día,  aquello me pareció una “auténtica mierda”, así que podéis pensar qué es lo que decidí hacer con esta nueva película: No verla. Y así la dejé, guardada en mi ordenador, como una de tantas.

Pues lo que son las cosas, hace unos días me dio por revisitarla, darle una nueva oportunidad y …. me sorprendió, puesto que la película es bastante mejor que su predecesora.

A ver, tanto Fulboy como Taekwondo comparten el hecho de sacar maromos ligeros de ropa, imágenes homoeróticas y algunos desnudos que otros, pero lo que de verdad las diferencia es que esta última, al menos tiene un argumento.

Y es que la película se centra en un fin de semana en la que el protagonista, Fernando (Lucas Papa), invita a un amigo suyo, Germán (Gabriel Epstein), que conoce de clases de Taekwondo para que pase unos días con él y sus amigos en la casa familiar.

El tema es que Germán es gay, y no sabe exactamente si su amigo, el que le invitó, lo es también y quiere algo con él, o son simples pajas mentales que él se monta en su cabeza, por lo que durante toda la película existe una tensión sexual que no se resolverá hasta el final. Gracias a eso, la verdad es que la película engancha, por lo menos conmigo lo hizo, y eso que la película tiene un exceso de metraje que llega hasta los 112 minutos.

Además, los tíos (sobre todo Germán) están bastante bien en su conjunto.

Unos tíos que porque dicen todo el rato que son heteros, que si llega a ser por cómo actúan entre ellos (en bolas varias veces, desnudándose muy juntos, miradas en las duchas…) cualquiera diría que son todos gays, pero bueno.

De hecho el momento en el que llega el amigo-camello y comenta cómo están de buenos todos los tíos de la casa,  es mas o menos la sensación que uno tiene cuando está viendo la película.

Como parte mala, sí que diría que hay unas escenas (igual que pasaba en Fulboy) de bastante vergüenza ajena. Por ejemplo, cuando se ponen a hablar de SuperMario Bros, o cuando juegan entre ellos a la Gallinita Ciega que creo yo que es un juego para críos no mayores de 10 años y no para unos hombres hechos y derechos como los protagonistas de la película. Por no hablar de la escena de “machos cabríos” en la que saludan en plan babosos a la vecina que llama para pedir unos periódicos viejos, que más bien parece que sean expresidiarios que hayan estado unos 20 años sin mojar el churro…

Como parte buena, de hecho, son los generosos desnudos. Para el primero no hay que esperar mucho, por cierto. A los dos minutos escasos el “ruso” sale como Dios lo trajo al mundo (de cintura para abajo) enseñando el rabo con toda la naturalidad. A partir de ahí pues hay desnudos en la piscina, desnudos en las duchas, desnudos cuando se acuestan, etc. Mención aparte la escena de la ducha colectiva (en la que el bueno de Germán está sentado en el suelo y todos comienzan a desnudarse dejando sus pollas y culos a la altura de los ojos del chaval, que yo estoy en esa escena y de verdad que no respondo…) y las escenas en las que tanto Fernando como Germán se desnudan para intentar calentar al otro como quien no quiere la cosa (con esa toalla a medio tapar el pubis…).

La verdad es que también pienso que esta película me gustó mucho más que la anterior porque me sentí identificado en varios momentos. La historia, en general,  me recordó bastante (a su modo) con lo que comenté justamente en mi último post, en el  que hablé de las dudas que tengo respecto de la homosexualidad de un amigo. La escena en que se acuestan y Fernando decide dormir en bolas, también me recordó a una situación similar que viví, hace muchos años y que comenté en Mientras dormías. Por último, también las escenas en las que los protagonistas se desnudan uno frente al otro,  me hizo rememorar lo que viví un verano y de lo que os hablé en The kings of summer.

En definitiva, y por todo lo dicho, esta vez sí la recomiendo. Además,  si como a mí, os gusta ver films ambientados en la época en la que estamos, no hay mejor opción que una película veraniega, con tíos dándose chapuzones en la piscina, pulsión erótico-festiva, desnudos y cierta “intriga” que al menos, a mí, me hicieron no perder el interés en ningún momento.

Os dejo el tráiler.

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The Company Men

The Company Men

Una de las cosas que más echas en falta cuando cambias de ciudad es a los amigos. El hecho de poder salir por ahí con colegas, pasa  a cero durante las primeras semanas, con lo que la sensación de desapego todavía se hace mayor.

Por suerte se puede decir que siempre he sido bastante sociable, con lo que en esas circunstancias, las ganas de conocer gente nueva se amplió considerablemente.

Igual por eso desde el principio hice tan buenas migas con mi nuevo compañero de trabajo.

Por eso y porque siendo la mayoría de compañeros unos señores de cierta edad (algunos ya al borde de la jubilación) el que me pusieran con alguien de mi quinta facilitó mucho las cosas.

Cuando me lo presentaron me pareció un chico guapete, sin más, y me preocupé más de si era o no buen tío que de otra cosa. Con el tiempo, la relación profesional fue pasando a un segundo plano, comenzando una relación ya de compañeros y finalmente de amistad.

Nos acostumbramos entonces a salir a tomar unas cervezas fuera del trabajo, ir a ver alguna película,  tumbarnos en la playa, o a cualquier cosa que se nos ocurriese.
También conocí a amigos suyos, y al final esa sensación de desarraigo se fue mitigando.
Era un buen tío y los dos congeniamos bastante.

Sí me llamaba la atención que a pesar de ser un chaval de cierta edad (treinta y tantos entonces), no tuviese novia ni hablase de chicas. Yo tampoco hablaba demasiado de tías, más que nada porque por aquel entonces lo que tenía era novio,  y era algo que en ningún momento se me ocurrió comentar.  Ni tampoco preguntárselo a él.

Las veces que cambiaba de trabajo sí me proponía que a las primeras de cambio diría que soy gay, y ya está. Pero luego ni encontraba el momento, ni la ocasión, ni nada que justificase que yo me abriese así a las primeras de cambio. Sin embargo, tampoco después encontraba el momento ni el lugar.

En este caso sí estuve un par de veces apunto de comentárselo a él. Más que nada porque sospechaba que él también lo era. Pero como así estaban bien las cosas, y por aquel entonces yo no buscaba nada más, lo dejé pasar.

Tanto lo dejé pasar que llegó un momento en que yo finalmente pude volverme a mi ciudad, pues mi etapa en el “extranjero” había llegado a su fin.

El ultimo día, recuerdo que nos hicimos unas cervezas de despedida y me confesó que me iba a echar mucho de menos en el trabajo, tanto a nivel profesional como personal. Su despedida me tocó bastante la fibra e incluso me hizo pensar que, tal vez, mis sospechas no estuviesen mal encaminadas.

Durante los siguientes meses la verdad es que mantuvimos el contacto gracias sobre todo a las nueves tecnologías, tipo whatssap, que hacen que por lo menos cualquier despedida no sea del todo definitiva.

Pues bien, hace unos meses, ese compañero de trabajo se incorporó a un nuevo puesto de trabajo, y esta vez, lo que son las cosas, ese puesto está en mi ciudad.

En este tiempo nos hemos vuelto a ver, cada vez de forma más asidua. Hemos retomado nuestros momentos de cervezas,  nuestras frikadas,  y nos hemos dado cuenta de que aquella amistad continúa intacta. Como si el tiempo no hubiese pasado.

Él sigue soltero, igual que cuando nos conocimos, solo que esta vez yo también estoy soltero y sin compromiso.

Sin embargo, como entonces ni yo le he comentado nada a él de mi sexualidad, ni por supuesto él a mí.

Que él esté soltero no tiene porqué significar matemáticamente que sea gay, eso está claro, pero hay ciertas cosas que me hacen pensar que sí lo es (¿sexto sentido?), pero la verdad es que sigo sin tenerlo del todo claro.

Hay un dicho que es bastante esclarecedor (y bestia como él solo) que dice más o menos que “más de 30 años y soltero, maricón o putero” y bueno, mucha pinta de puteros no tenemos ninguno de los dos…

Podría arriesgarme (y que sea lo que Dios quiera), pero hay dos posibles situaciones que me tiran para atrás: que sea hetero y al meter la pata, nuestra amistad quede afectada, o que sea gay y yo no le atraiga lo más mínimo (cosa de lo más lógica por otra parte).

De momento, casi que prefiero quedarme como estoy, como amigos y con esa tensión sexual no resuelta (por mi parte) que al menos da cierta vidilla a mi (por momentos) aburrida vida.

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Detrás de las paredes

Detrás de las paredes

Durante una etapa de mi vida tuve que emigrar por motivos laborales. Tampoco me fui a Suiza que digamos, fue en mi propio país, pero aún así, tuve la sensación de ser un emigrante en toda regla.

De hecho todavía por entonces tenía pareja, y entre la sensación anterior y lo que le echaba de menos a él y a toda mi familia y amigos, las primeras semanas fueron bastante duras.

Una de las cosas que más agobio me produjo fue el hecho de tener que buscar alojamiento deprisa y corriendo para tener un lugar donde instalarme, aunque fuera provisionalmente.

Al final di con un lugar de apartamentos turísticos (bastante pequeños) en los que por una buena relación calidad – precio encontré lo que buscaba. Por cierto que por entonces el concepto de apartamento turístico no tenía las connotaciones negativas que tiene ahora y además, recuerdo, que la mayoría de inquilinos también lo eran, como yo, por motivos laborales.

Lo bueno de un sitio así fue el ambiente tan familiar que se creaba pues justo a la entrada estaba la administración – conserjería, con una mujer muy agradable que lo mismo te ayudaba si te quedabas sin agua, que te arreglaba una ventana, o te configuraba el wifi si tenías algún problema.

De vez en cuando su marido, que también era socio de la empresa que gestionaba el edificio, iba por allí pero la verdad es que quien manejaba la situación era ella.

Lo único malo que tenía el lugar era que las paredes eran de papel de fumar. Se oía tanto la música del vecino de abajo como la tele del piso de arriba, pero como tampoco pensaba estar demasiado en el apartamento (por las noches y poco más) me dio un poco igual.

El tema es que una noche a mitad de sueño comencé a oír gemidos que provenían del apartamento de al lado. Gemidos de una pareja follando, claro. Primero muy suaves, pero después ya bastante fuertes.  Tanto que en plan cotilla total me quedé con la oreja pegada a la pared por el morbo que me estaba dando la situación. Lo más morboso fue oír como al final un “me corro” del tío puso punto y final a la escena. Yo acabé tan empalmado que tuve que acabar también, aunque manualmente, y en el baño.

Esa situación se repitió una vez más, otro día, y después el chaval que ocupaba ese apartamento se largó. Un chaval, por cierto, bastante guapete con el que me crucé alguna vez por el edificio y al que me imaginaba cada vez que lo veía desnudo y dándolo todo.

Tiempo después de irse ese chico, volví a oír gemidos en ese apartamento, por la tarde. Me extrañó, porque sabía que había quedado vació y pensé que no se había vuelto a alquilar.

Por curiosidad volví a poner la oreja en la pared y lo que escuché me sorprendió bastante.

Era otro hombre, por la voz bastante mas mayor que el anterior,  follando con una, por el acento, mujer sudamericana.  Ella gemía poco pero el que más hablaba era él, soltando perlitas como: “Te gusta ¿eh?” “Dime que te gusta”, “Muy buena chica, lo haces muy bien” “has nacido para esto” y cosas así que no me hacían sino sospechar que igual la chica sería prostituta.

Una vez terminaron la faena, con un orgasmo del hombre que parecía que se había quedado muerto, oí como la chica se fue al baño “a asearse un poco”. Fue entonces cuando la conversación me dejó boquiabierto al oír como el tío decía “esto de aquí es tu curriculum, ¿no?” y ya cuando salió la chica del baño comenzó a hacerle lo que parecía ser una entrevista de trabajo…

Le preguntó de todo, edad, si tenía experiencia como limpiadora, si tenía dotes de mando, si estaba casada, disponibilidad horaria,  y preguntas de ese tipo.

El final fue un “ya te llamaré, pero tienes muchas posibilidades”.

Yo alucinaba tanto con la conversación que no me lo podía ni creer. Fue entonces cuando caí en que la voz, que me resultaba familiar, era la del marido y socio de la mujer tan agradable que llevaba la administración del edificio…

De hecho, al poco tuve que salir y me lo encontré en el pasillo, saludándome, como si tal cosa.

A los pocos días,  comencé a ver una chica jovencita sudamericana, muy guapa, trabajando por allí, limpiando y con una sonrisa de oreja a oreja.

Me dio mucha lástima tanto la chica, que se tuvo que prestar a eso (supongo que por necesidad) como la propia mujer del viejo verde que supongo que no sabría de la misa la mitad. Y además, que estoy seguro de que esas entrevistas de trabajo no serían la primera vez que las haría.

A saber si el resto de personal del complejo también tuvo que pasar por el aro para trabajar en el lugar.

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Delitos y faltas

Delitos y faltas

Ahora que empieza a hacer calor (o caloret) por estas latitudes y la temporada de playa ya ha comenzado, me gustaría contaros algo que me pasó a finales del verano pasado.

Como sabéis, de unos años a esta parte me aficioné a ir a las playas nudistas. No ya por la supuesta libertad que se respira en esos sitios, sino más bien por el hecho de ver cuerpos al sol, y poner también el tuyo a la vista de los demás. El hecho de bañarse en bolas, he de reconocer que me encanta, así que eso también es un punto a su favor.

Sin embargo, no tenía yo el cuerpo para farolillos, así que el verano pasado fui a playas textiles, más que nada porque hacer cosas que hacía con mi ex, y lo de la playa era una de ellas, me seguía recordando demasiado a él. No fue hasta final del verano cuando me dije a mí mismo que eso no podía seguir así y que debía retomar ya esas viejas y sanas costumbres.

Así que me cogí los bártulos y me fui a una playa de una población cercana que me gustaba bastante por lo tranquila que era. Y porque tenía chiringuito y para una cerveza fresquita, siempre venía bien.

Como por aquel entonces tenía puesta la app esta de ligoteo, me puse a mirar (más por cotilleo que por otra cosa) a ver qué chulazos tenía a mi alrededor. En esos sitios de concentración gay, la verdad es que la app suele echar humo, y ese caso no iba a ser menos. Miré algunos, hablé con otros, saludé a unos cuantos…y al final nada de nada porque además estaban todos en el pueblo (no en la playa).

Sólo con uno que me llamó la atención porque el cuerpo parecía esculpido por lo mucho que se le marcaban los abdominales pude mantener cierta conversación hasta que de repente se quedó mudo (no es la primera vez que me pasa).

No le di demasiada importancia y seguí a la mía en plan relax total hasta que se me empezó a echar el tiempo encima. Esa noche había quedado para cenar y tenía aún que volver a mi ciudad, ducharme y arreglarme un poco.

Fue en el momento de recoger las cosas de la playa cuando el de los abdominales decidió retomar la conversación, diciéndome que iba hacia la playa ahora mismo, y que por dónde estaba.

Me sorprendió puesto que tampoco habíamos quedado en nada, y yo, como soy bastante cuadriculado y había decidido que me volvía, pasé un poco del tema…hasta que me crucé con alguien que iba con el móvil en la mano mirando a todos lados.

Me hizo gracia la situación  y entonces sí, me presenté y ambos nos dimos cuenta de que eramos los de la app.

El chico era algo más joven que yo y bastante guapo. Delgadito, en las fotos parecía mucho más cuadrado de lo que estaba. En realidad estaba fibrado, mucho, y por eso se le marcaban tanto los abdominales.

En el momento en que nos conocimos, ambos íbamos vestidos (él sin camiseta) y convencido de quedarme un rato más para ver hasta donde llegaba la situación, nos tumbamos en la arena sobre las toallas.

El chico la verdad es que tenía conversación. Era una mezcla entre timidez y morbo que me atrajo enseguida. La conversación pronto entró en otros derroteros y ambos nos desnudamos para estar más “cómodos”.

A mí, como la convesación, sin querer, había subido de tono, se me estaba ya poniendo la polla morcillona y al ver al chaval a mi lado como dios lo trajo al mundo y ver que la naturaleza con él había sido generosa, todavía me puse más.

A los pocos minutos, ya estábamos comiéndonos la boca. Y un poco después el encima de mí para notar como mi polla le rebotaba en las nalgas.

He de decir que estábamos a la vista de todos y aunque cortados, como que no podíamos parar de ponernos burros los dos, calientes como estábamos.

Había buen rollo y eso la verdad es que se notaba. Tan buen rollo había que, no sé muy bien porqué (bueno, sí, por algo que pasa siempre, que doy confianza enseguida) el chaval vio necesario contarme que acababa de salir de la cárcel…

A mí esa revelación, la verdad es que me cortó totalmente el rollo. Que alguien que no conoces de nada, te suelte algo así, en serio que acojona.

El chaval, al notar mi reacción (se me bajó la polla enseguida) se disculpó, diciéndome que si me lo estaba contando no era para asustarme, sino porque le había dado tan buena impresión que necesitaba contármelo.

Me dijo que le habían detenido la policía, porque por lo visto, pesaba sobre él una orden de busca y captura. Que le habían metido en un lío de estafa y fraude, con una banda organizada. Que se ve que habían cogido sus datos sin saber y que le habían encalomado algo que no había hecho. Un testaferro de toda la vida, aunque él se declaraba inocente, claro.

Yo la verdad es que ni creí que fuese inocente del todo, ni pensé que el chaval que tenía a mi lado me fuese a dar miedo. Así que me volví a relajar, aunque he de decir que no tanto como al prinicpio.

Fuimos entonces a bañarnos, ya que entre el sol, y el sofocón que me había dado con su revelación, tenía demasiado calor.

En el agua, retomada la confianza, pasó tres cuartos de lo mismo. Nos comimos las bocas cono si no hubiese un mañana y haciendo el caballito, nuestros rabos volvieron a ponerse como lanzas.

En ese momento, ni corto ni perezoso, el tio se salió del agua, y yo con él, con lo que si nos llegamos a cruzar con alguien, hubiésemos dado un buen espectáculo, empalmados como íbamos por la arena.

En la playa aquello fue a más de nuevo. Encima el tio me contaba historias de la cárcel, de las duchas, de maromos que había visto, y a mí, encima todavía me empezó a dar más morbo la situación.

A él también, claro, y en un momento dado me propuso que nos fuéramos a la parte de atrás, donde las dunas,  a comérnoslas un rato.  Y eso hicimos. Fue unos minutos nada más, en los que él se agachó y empezó a tragar, hasta que no sé de dónde, comenzó a venir gente hacia nosotros. Eso ya nos dio un poco más de corte (sobre todo a él) y decidimos que era mejor dejarlo.

Para colmo nos dimos cuenta de que a los dos se nos había hecho demasiado tarde. Yo tenía que irme que aún me quedaba un buen tramo hasta llegar a casa y él también tenía que irse puesto que había quedado con su abogado para resolver algunos asuntos pendientes.

Nos intercambiamos los teléfonos y aún estuvimos hablando un poco más hasta que llegamos al lugar de nuestra despedida, ya en el pueblo.

Antes de irse, me dijo que le había gustado lo buen tío que parecía, y que le había dado mucha confianza. Que no era el tipo de gente con la que se solía relacionar, y que igual la cárcel le ayudaba a reformarse un poco.  Dicho esto, se aupó y me dio un pico en la boca, en un gesto bastante tierno y a la vista de todo el mundo.

Cuando llegué a casa, aparte de la paja porque me iban a reventar los huevos por la tarde que había pasado, se me ocurrió hacer una búsqueda rápida en Internet, y sí, todo lo que me había contado era verdad. Había varias páginas de periódicos contando lo sucedido y las iniciales coincidían con el chaval.

Cómo acabaría, no lo sé. He estado tentado de llamarle o escribirle en todo este tiempo, pero a día de hoy ni una cosa ni la otra. Espero, eso sí, que no  se haya metido de nuevo en líos y que como dijo, su paso por la cárcel le haya servido al menos para algo.

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Hellbent

Hellbent

Uno de los problemas de las películas de temática es que la mayoría de veces tratan temas de amor, en el que las parejas sufren. Que si no han salido del armario y lo pasan mal, que si son amores entre hombres casados y han de permanecer ocultos, que si hay diferencia de edad y por eso, también, sufren…Total, que la mayoría son unos dramas.

Quizás por eso, no me suelen gustar demasiado las películas de temática. Más que nada porque así en general, y en el cine en particular, ni me gustan los dramones ni las pelis de amor.

Por eso me sorprendió gratamente dar hace poco con una página de Internet con películas gays de terror. Y no hablo de una o dos películas sino que hay bastantes para elegir. De momento 129 para ser exactos.

La primera que me dio por ver fue una de un prolífico director llamado David deCoteau. Viendo que tenía muchas y de todo tipo, me dio por elegir una llamada “Beastly Boz” (por la carátula más que nada) y fue un verdadero error.

Esta película es un esperpento de principio a fin. Enfocada tipo película de arte y ensayo lo único que tiene es a chicos cachas enseñando torso y poco más. Con unos diálogos casi testimoniales, el argumento en sí es lo de menos, porque hacía mucho que no me aburría tanto con una película.

Por suerte, y descartando el resto de películas de este autor, del que no pienso ver más, se me ocurrió intentarlo con otra llamada “Hellbent” (gracias a que en los comentarios de la página la recomendaban), y menuda sorpresa me llevé.

Si os gusta las películas tipo Slasher (asesino en serie) ésta es una muy buena elección. También es verdad que yo tengo debilidad por las películas rodadas en tiempo real,  supongo que porque de pequeño me marcó la película “¡Jo, qué noche!” (1985) de Martin Scorsese.

En esta película por tanto todo sucede en el tiempo que dura la película (84 minutos) y durante la noche de Halloween en el West Holllywood, donde un asesino en serie parece que va cargándose a los tíos del lugar sin un motivo aparente.

El  protagonista, Eddie, he de deciros que está bastante bien, con una sonrisa que desarma a cualquiera. El actor, en realidad, se llama Dylan Fergus, y más allá de esta película no lo he visto en ningún sitio más (lástima).

Encima, el prota, aparte de estar bueno es que se pasa toda la película vestido de policía y eso, como ya sabéis quienes seguís mi blog, es algo que me pone mucho (bueno, mucho no, muchísimo). También me pone, por cierto, el amigo cachas bisexual que sale con él de fiesta, Chaz, un tío llamado Andrew Levitas que, como en el caso del protagonista, no he tenido el gusto de ver actuar en ningún otro papel. Y también está el chaval de la moto, y objeto de deseo de Eddie, un tal Jake (Bryan Kirkwood) que encima va de chulito cachitas y madre mía el morbo que da. Yo creo que incluso al amigo gracioso de todos ellos, Joey (Hank Harris), le encuentro también su puntito…

Pero más allá de estos simples detalles  (ejem, ejem) he de deciros que es que la peli está muy pero que muy bien.  Para ser de hace unos años (concretamente de 2004)  no ha perdido demasiado, y tiene todos los ingredientes del género que hacen que a mí personalmente, me gusten mucho este tipo de películas.

Así, por ejemplo, el malo va con un disfraz como de demonio, con sus cuernecillos, que en sí mismo está muy logrado (algo así como el disfraz con la máscara de  “Scream” o el pescador de “Sé lo que hicisteis el último verano”).

También los asesinatos están muy bien planificados, por encuadres de cámara y demás, con lo que hace que te involucres totalmente en la película.

El grabarlo todo de noche en un mismo escenario y pasar de espacios amplios a ir poco a poco reduciendo las localizaciones (del bosque a una discoteca y de ahí a la casa del protagonista) también es algo típico del género y que en este caso funciona además, de manera espectacular, y a pesar de haberse gastado cuatro duros.

Por último, y como buena película del género que se precie, tiene además alguna que otra escena de esas que marcan la diferencia y que la hacen sobresalir por encima de la media. Así, en este caso, y gracias al ojo vago del protagonista, hay un par de momentos  memorables que podía haber filmado el mismísimo Wes Craven en sus mejores tiempos.

Vamos que me encantó la peli y creo que gracias a ella seguiré viendo más películas de este tipo.

Al menos me he dado cuenta de que en la definición de temática hay mucho más cine del que me imaginaba.

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Intocable

Intocable

Para intentar contrarrestar un poco lo deprimente que resultó mi post anterior, quería hablaros hoy un poco desde la esperanza.

Y es que no todo en la búsqueda de nuevas relaciones ha resultado tan triste.

Hace unos meses, en Skype, me apareció un contacto al que no recordaba de nada.

Si lo tenía agregado es porque en algún momento del pasado, él y yo habíamos hablado, claro, pero ninguno de los dos recordábamos ni el dónde ni el cuándo. Eso no pareció un impedimento para empezar una conversación, y de hecho al poco, ambos nos dimos cuenta de que nuestras charlas comenzaron a ser bastante fluidas. Y eso a pesar de que los dos éramos bastante diferentes

Él, heterosexual y viviendo con su novia. Yo, gay, y soltero, viviendo solo. Fue, de hecho por esa sensación de soledad cuando casi sin darme cuenta fui abriéndome a él poco a poco. También él, aunque reacio en un principio, fue cogiendo confianza conmigo, iniciando ambos, casi sin darnos cuenta, una curiosa amistad.

Tanto nos fuimos abriendo que al poco ya nos empezamos a confesar nuestros morbos sexuales. Así, resultó que él, a pesar de su heterosexualidad, tenía un morbo desde hacía años y era ver a dos tíos montándoselo entre ellos. Pero no en una película (de hecho, no le gustan las porno), sino en directo, ejerciendo él más bien de director de la escena erótico-festiva. Yo sobre eso le comenté que estando yo sin pareja lo veía difícil, cuando además tampoco estaba pasando por una etapa demasiado activa sexualmente.

Entonces ya me dijo que bueno… que si no era con dos tíos entre sí, con uno sólo le valía, y que ya cumpliría la otra fantasía cuando pudiese

Fue a partir de esa conversación cuando empezamos a poner la cam por Skype, aunque no enfocando la cara precisamente…

Así nuestras charlas, aunque seguíamos hablando de todo, comenzaron a acabar con un desahogo monumental entre nosotros. Hablando en plata, que acababan en paja.

El siguiente paso, claro, ya fue intentar quedar en persona.

Comenzamos poco a poco a tratar ese tema, y aunque no poníamos aún fecha y hora, sí empezamos a pensar en cómo podría ser nuestra primera cita. De todo lo que comentamos, una cosa sí me dejó clara y es que, muy a mi pesar, no habría entre nosotros ningún contacto físico.

A mí al principio eso me dejó algo frío, pero claro, quedar con alguien heterosexual, (morboso, pero heterosexual) tenía sus limitaciones, y como antes que nada lo que yo quería era conocerle en persona, acepté.

A mí traer a gente desconocida a mi casa no es algo que me haya gustado nunca (si seguís mi blog, es algo de lo que he hablado alguna vez que otra). Ir a la suya, estaba descartado desde el primer momento, así que había que pensar en quedar en un territorio neutral: un sitio público. Un bar (eso sí, cercano a mi casa, por lo que pudiese pasar).

Cuando le vi acercarse, la verdad es que me sorprendió. Era una persona a la que no había visto ni en foto pero me pareció bastante majo. Guapete incluso. Y el saber que era heterosexual, me daba un morbo tremendo, para qué engañarnos.

La charla resultó incluso mejor de lo que me esperaba. El tío además es que me caía superbién, y yo a él también, eso se notaba. Tanto que como no me cansaba de repetirle, aunque nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, hubiésemos acabando siendo igualmente colegas.

Fue al acabar la cita en el bar cuando le dije si quería subir a mi casa. A él se le notaba nervioso por el tema, y yo tampoco quería presionarle demasiado, pero finalmente aceptó mi invitación (tampoco se resistió mucho).

Llegamos a casa y casi sin hablar, nos bajamos los pantalones. Él me dijo varias veces cómo ponerme y aunque yo hice un amago de acercarme a él, su cara de agobio me hizo desistir del intento.  A pesar de la situación tan extraña, la verdad es que morbo sí me dio, y ambos acabamos pajeándonos con una distancia prudencial entre nosotros.

Fue tras ese instante, cuando la sangre acumulada volvió a subir a su cerebro, cuando le entró un bajón tremendo y casi sin decir palabra, salió como un rayo de mi casa.

Sin embargo, esa noche volvió a conectarse, y aunque avergonzado por haberse largado sín más, me pidió que entendiese su situación. Y es que no tiene que ser fácil tener un morbo que no puedes saciar, evidentemente, con la persona con la que compartes tu vida.

Pensé que tras esa quedada, igual nuestra relación se enfriaría, y que la amistad que teníamos ya, se podría ir a la porra, pero nada más lejos de la realidad.

Poco tiempo después, volvimos a quedar.

Esta vez habíamos propuestos cosas, juegos que podríamos practicar, eso sí manteniendo el pacto de cero contacto físico entre nosotros.

Hablamos de disfrutar con consoladores, usar una regla como fusta sexual, sumisión…

Pero una cosa es la fantasía y otra la realidad, así que llegado el momento, y aunque dimos un paso más que en nuestra quedada anterior, todo fue mucho más light que lo esperado salvo por un momento crucial: me dejó tocarle por encima de los calzoncillos para disfrutar del empalme que ya se adivinaba.

El final fue el mismo: corrida, agobio y adiós.

Esa misma noche, por Skype, incluso me comentó que no podía volver a pasar algo así, pues comenzaba a tener miedo de sí mismo y de no poder poner el freno en una tercera ocasión.

Yo le dije que no se preocupara, que le entendía, y que para mí tampoco era fácil esa situación, pues estaba en una época en mi vida en la que echaba más de menos un buen abrazo, o desayunar acompañado, a otra cosa, y que eso, él, evidentemente, no me lo podía proporcionar.

Por eso me sorprendió que al día siguiente, por la mañana, llamasen a mi puerta.

Y más me sorprendió abrir y encontrarme con él, que entró, me dio un abrazo como hacía tiempo que no me lo daba nadie, y me dijo que venía a desayunar conmigo.

Que si eso podía ayudarme, saltarse sus reglas estaba justificado. Y lo más importante, que para eso estaban los amigos.

Se que es hetero, se que está emparejado y no va a pasar nada más que una amistad entre nosotros (espero que duradera). Pero estoy en un momento en la vida en que esos pequeños momentos, esos pequeños detalles, son con los que más disfruto. Y como le dije a él el otro día, conocerle es una de las cosas más bonitas que me han pasado últimamente.

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El hombre invisible

El hombre invisible

Hará unos cinco años recuerdo estar un día, en la playa tomando el sol tranquilamente, cuando ví a un señor pasear por la orilla. Me fijé en él por el slip fardahuevos que llevaba y porque a pesar de ser un hombre madurete, aún tenía un aspecto bastante agradable.

El hombre paseaba de arriba abajo y cuando se cruzaba con algún chaval en su camino le miraba directamente a los ojos. Se notaba que intentaba dar señales como que estaba en el mercado, y que además quería rollo. No lo hacía en plan descarado, ni molesto, pero dejaba bien claro del pie del que cojeaba.

Estuvo un buen rato paseando hasta que se cansó, y se volvió hacia su toalla dispuesto a largarse del lugar. Pasó entonces por mi lado y pude ver en su rostro la imagen de alguien abatido,  desanimado, derrotado. Esoy seguro de que no era la primera vez que intentaba ligar y volvía  a su casa en la soledad más absoluta, y literalmente con el rabo entre las piernas. Como si no existiera, como si fuera el hombre invisible.

A día de hoy, me siento como ese hombre.

Y es que rebasar determinada edad, complica muchas cosas.  Es algo parecido a lo que pasa en el mundo del cine, cuando las actrices dicen que no hay papeles para mujeres mayores de 40 años, que es como si no existiesen, como si desapareciesen. Que sólo hay papeles para jovencitas o para madres y abuelas de los protagonistas.

Todo esto lo vengo a decir porque intentar, en el mundo gay, con 40 años (y sin tener un cuerpazo) ligar es tarea complicada por no decir imposible.

El chat, que tantos buenos momentos me dio en el pasado es ahora mismo algo totalmente distinto a lo que fue. O por lo menos yo no lo recuerdo así. Hubo una época en la que en el chat general tú hablabas con la gente, tenías una conversación sobre cualquier cosa y si veías que congeniabas, entonces ya pasabas al privado (el lugar donde terminase la charla ya era otra cosa)

A día de hoy, las conversaciones se reducen a “¿Alguno quiere polla?” “busco gente que me empotre en grupo”, “¿Alguno folla a pelo?” y variantes de estas tres frases.  Y eso sí, cuidado con la edad que pones, que entonces te arriesgas a que no te entre ni el tato. Es justo ahora cuando entiendo a la gente que mentía con la edad y siempre se quedaba en los 39 por muchos años que pasasen. Pones que tienes tu edad real y ya no hay nada que hacer. Comprobado.

Por otro lado,, las aplicaciones, tipo Grindr y Wapo, siempre han servido para lo que han servido: follar. Pero ahí tenemos el mismo problema. En un mercado de la carne como ése, si quieres mojar el churro has de tener un buen físico y o te has machacado en el gimnasio durante los años anteriores o con 40 años cumplidos, el paso del tiempo ya se empieza a reflejar. Y o estás dispuesto a usar filtros, o Photoshop directamente, o esperas lo imposible. Pero al menos hay una pequeña esperanza, y es que en ese submundo a los jovencitos parece que les gusta la gente “madura”… (yo no me veo encuadrado en el grupo de los “maduretes” pero por lo que parece me han metido ya aunque no quiera). ¿El problema? que nunca me ha gustado la gente jovencita en el sexo (no sé en el futuro lo que diré sobre eso), ni como posible pareja.

Por ultimo quedaría la opción fuera de internet. Intentar ligar por el ambiente que es algo que hoy por hoy ni me lo planteo. Sobre eso ya he hablado alguna vez por aquí, y si no  me gustaba antes,  no creo que me vaya a gustar ahora, con unos cuantos años más sobre la espalda…

¿Entonces que queda?

Pues evidentemente NADA.

Igual lo mejor es centrarse en uno mismo un tiempo y dejar de buscar. Muchas veces cuando menos te lo esperas, encuentras algo (aunque si os soy sincero nunca he creído en esa frase…)

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