Psicosis

Psicosis

Aunque me había dicho a mí mismo que no iba a volver a intentar ligar con un tío en bastante tiempo, supongo que en el fondo eso no me lo creía ni yo, y a la mínima oportunidad que me salía de quedar con alguien (no para sexo), la aprovechaba.

En este caso, el chico era alguien con quien hablaba de vez en cuando por Internet y aunque parecía que nos caíamos bien, ninguno de los dos había hecho nada por conocernos.

Alberto, que así se llamaba, era por aquel entonces lo que se llama ahora “parado de larga duración”, en una época en la que estar en el paro no era algo tan habitual como lo es ahora.

Por suerte, hacía unos días que había encontrado trabajo en una radio local, y siendo que la emisora estaba cerca de mi trabajo, decidimos que una tarde al salir del curro podíamos quedar para tomar algo. Para estar mejor comunicados y saber a qué hora nos venía mejor a los dos, decidimos entonces intercambiar los teléfonos, siendo este el primer error cometido por mi parte…

La tarde señalada, intercambiamos algunos mensajes, y quedamos en vernos en un bar cercano, alrededor de las siete que es cuando yo salía de trabajar.

Ya cuando le vi llegar, me pareció que a ese chaval algo le pasaba. No sé explicar muy bien qué era (mirada perdida, aspecto en general, forma de hablar..) pero algo me decía que ese chico no estaba bien del todo. La conversación no tardó en confirmarme que estaba en lo cierto.

Resulta que le habían contratado como comercial de la radio, con el típico contrato abusivo en el que únicamente iba a cobrar por objetivos. Su trabajo consistía pues en intentar que empresas de varios sectores viesen atractiva la propuesta de hacerse publicidad en la emisora, para lo cual tenía que ir “a puerta fría”, es decir, sin una base de clientes previa.

Sin embargo, ése había sido ya su último día de trabajo (y eso que le habían contratado hacía tres días…), y es que él por lo que me comentaba no estaba dispuesto a asumir lo que le pedían.

De hecho, lo más curioso es que él comentaba como que había aceptado el trabajo, pensando como en una oportunidad que le daban para poder dirigir un programa de radio, y después, más pronto que tarde, “ser presidente de la emisora” y que viendo que eso no se lo iban a permitir, había decidido que lo mejor era despedirse (o le habían despedido, porque es un dato que no me dejó claro).

Al principio me hizo gracia y todo, pensando que lo estaba diciendo de broma (el chaval tampoco había estudiado ni periodismo ni nada) pero al darme cuenta de que lo decía muy en serio, comencé a pensar que estaba quedando con alguien al que le estaba fallando la cabeza.

Pasó después a hablarme de anteriores relaciones, y me dijo que sólo había estado con uno, pero ya hacía años, y que su relación había acabado bastante mal, con denuncias y todo. De su familia me dijo que prefería no hablarme  (“ojalá estuviesen muertos” fue lo único que me soltó) y de amigos me comentó que no era una persona de demasiadas amistades.

Todo esto lo contaba alternando risas sin venir a cuento, con episodios como de bajones, demostrando una inestabilidad que no presagiaba nada bueno.

En el momento en que me habló como quien no quiere la cosa, de las voces que de vez de en cuando oía en su cabeza, pensé que igual era el momento de dar por terminada aquella cita.

Le comenté que me iba a ir ya para casa, que se me hacía tarde, y él insistió en que me acompañaba en la misma dirección porque le venía bien para coger el metro de vuelta. Como lo único que yo quería era largarme, le dije que bien, que podíamos ir en la misma dirección, siendo éste mi segundo error cometido esa misma tarde…

Durante el trayecto hacia mi casa, Alberto alternaba cosas con sentido con otras que no lo tenían (manías persecutorias, conspiraciones…), haciéndome pensar cómo no me había dado cuenta de algo de todo esto en las charlas que mantenía con él por Internet.

Al llegar a casa, me despedí de él y subí algo agobiado por la extraña cita que había tenido esa tarde.

Conecté el ordenador y busqué en el historial las conversaciones que había tenido con él, por si a toro visto, veía algo que me podía haberme hecho sospechar, pero sólo pude comprobar que habían sido conversaciones muy superficiales y de bastante poca duración, con lo que igual el error había sido ése.

Abrí el correo y le mandé un mail explicándole que tuviera suerte en la vida, pero que no era el tipo de chaval que me gustaba, siendo éste mi último error de la tarde.

A la mañana siguiente tenía escrito un correo larguísimo (como de 30 o 40 líneas) en el que me explicaba que yo era como todos con los que se había cruzado en su vida, que por eso él no tenía amigos, que llevaba con una Psiquiatra desde hace años que le atiborraba a medicación, y me venía a decir como que yo le había dado la puntilla para suicidarse….

Acojonado se me ocurrió llamarle por tranquilizarlo y creo que fue peor el remedio que la enfermedad. Fue entonces cuando pasó a amenazarme con que volviésemos “a ser amigos” o  iría a mi casa o a mi trabajo para arruinarme la vida, porque tenía poco que perder y que igual le daba una cosa que otra.

Intenté de alguna forma razonar con él, pero viendo que no había forma humana, terminé la conversación diciéndole que no siguiese por ahí o llamaría a la policía, pero todo eso no hizo sino alentarlo todavía más en mi contra.

Al final terminamos la conversación de malos modos y en los días siguientes comenzó a alternar los mensajes, con los correos y las llamadas perdidas.

Era levantarme por las mañanas y tener el buzón lleno, y ver como 15 llamadas y mensajes que alternaban el “perdóname” con el “voy a ir a por ti”.

Pensé en pedir ayuda a familia, o amigos, pero entre que por un lado me sabía mal porque el chaval evidentemente necesitaba ayuda, y por otro, me veía incapaz de contar a nadie lo ocurrido, intenté esperar a ver si de algún modo u otro su acoso terminaba.

Por suerte todo esto no duró no más de 4 o 5 días pero fueron días en los que tuve miedo incluso de salir de casa o del curro porque imaginaba que en cualquier momento podía aparecer por cualquier lado.

Desconozco qué pasó realmente con el chaval. A veces pienso si terminó realmente quitándose del medio o simplemente la medicación que decía tomar le hizo efecto en algún momento.

Sólo espero que fuese esto último y que pudiese encauzar sus problemas, por su propio bien y el de los demás.

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Toy Story

Toy Story

Si a este post tuviera que ponerle un subtítulo, sería “Madre mía cómo ha cambiado el cuento”. Y es que voy a hablar hoy de otro tipo de juguetes, digamos más para adultos.

Desde que me fui del casa del masajista que no dejaba de pensar que si yo había disfrutado, el tener que trabajar de algo así, sobando a tios unos detrás de otro, tenía que ser una pasada, así que me pillé un bote de aceite de masajes por si alguno me dejaba que se lo diese en plan amateur.

Muy pronto di con uno que por lo que me dijo en el chat, tenía los mismos morbos que yo. Empecé a contarle qué era lo que quería hacerle cuando le viese, y ya sólo hablando de eso nos pusimos cachondísimos los dos.

Quedamos a la media hora, en su casa, un adosado que estaba a las afueras de la ciudad. No tenía muy claro qué puerta era, así que cuando ya estaba en su calle, le mandé un mensajito para que me contestase. Me escribió el número de su puerta y lo más curioso fue lo que me puso a continuación:”Entras y subes”.

Me acerqué al portal y efecticamente la puerta estaba abierta. A mi derecha una escalera y subiendo tres habitaciones. Llegúe arriba y cuando me acostumbré a la oscuridad, vi que en la de mi izquierda estaba el tío tumbado boca abajo en la cama con unos slips blancos marcando culete.

Recuerdo que le comenté que si llegaba a ser un ladrón o un asesino, él mismo me lo habría puesto a huevo, pero me dijo que le había dado bastante confianza (un clásico en mi vida) y que además le molaban las sorpresas.

Me desnudé totalmente y comencé poco a poco a untarle el cuerpo con el aceite. Lo curioso es que como no lo había probado antes, no imaginaba lo escurridizo que era el líquido y poco a poco empecé a pringarle toda la cama.

Le comenté que igual era mejor poner una toalla o algo debajo, pero el tío ya había empezado a ponerse cachondo perdido y no entraba a razones, así que yo seguí a lo mío sin preocuparme ya de nada.

Llegué a la parte de su culete con los masajes y lo primero que hice fue tirarle el aceite por encima. Al ser los calzoncillos blancos, enseguida caló y empezó a trasparentarle toda la raja del culo con lo que la visión fue tremenda. Empecé a esparcírselo bien hasta que no pude más y de un tirón le quité los gayumbos colocándose él en una posición que pedía guerra claramente.

Aún quise aguantar un poco mas el tema masajes y le seguí toqueteando por las piernas hasta que llegué a los tobillos. Desde abajo, la posición del tío, brillando con el aceite, entreabierto de piernas, con los huevos y la polla asomando y el culete cada vez más en pompa era para haberle hecho varias fotos seguidas.

Al final ya dejé el aceite en el suelo y empecé a restregarme con él como si no hubiera un mañana. Mientras, le mordía la oreja que aún le ponía más cachondo de lo que ya estaba. Fui bajando hasta que le hice una comida de culo (que por cierto lo tenía totalmente rasurado) de esas antológicas.

El tío ya mas que caliente estaba hirviendo. Se le notaba por los gemidos y sobre todo por los movimientos de cadera que hacía. Incluso me apretaba la cabeza contra su culo para que no parase lo que estaba haciendo.

Así hasta que en un momento dado, se dio la vuelta boca arriba y comenzó a pajearse cara a mí. Me dijo que me levantase y me acercase a los cajones de la cómoda que tenía enfrente y sacase lo que había en el tercer cajón. Abrí sin saber muy bien qué me encontraría y fue cuando vi sus juguetitos.

Había dos consoladores, uno grande, negro, con aspecto y textura de polla real, y otro más pequeño, tipo misil, con un botón rojo en la parte trasera. Cogí ambos y me dirigí a la cama pensando en lo que iba a dar de sí la cita.

Le puse un poco de aceite al pequeño del botón rojo y rápidamente se lo metí al tío por el culo. El, automáticamente giró la ruedecita del botón rojo y aquello le empezó a vibrar.

Aunque yo esos consoladores. o similares, ya los conocía de la época en que trabajé en el SexShop (y no es algo que me llamase la atención especialmente) jamás los había visto usar a nadie tan de cerca y ver como disfrutaba de aquello el tío fue increíble.

Encima el consolador se ve que tenía como varias posiciones y en cuanto descubrí eso, empecé a aumentar la velocidad poco a poco, metiéndoselo y sacándoselo sin dejar de mirar la cara de placer del tío. Cuando llegué a la máxima velocidad llegó un momento en que el chaval comenzó a poner los ojos tan en blanco que tuve que parar, porque pensé que se me iba a quedar catatónico en cualquier momento.

En ese momento que se lo saqué, el tío no perdió comba, y fue cuando aprovechó para decirme que era momento de meterle el otro.

Yo, como soy muy bien mandao, lo unté bien de aceite y le comencé a meter el pedazo enorme de polla negra para adentro. Lo que mas me alucinó fue la facilidad con la que entraban tantos y tantos centímetros seguidos. Igual le estaba llegando ya al esófago, pero yo no podía parar de darle, hipnotizado como estaba por el espectáculo.

Él se notaba que no podía mas. Su cuerpo, entre el aceite, el sudor y los movimientos de cadera que pegaba a cada rato, estaba ya al límite y os juro que pensé que en cualquier momento se me quedaba muerto ahí mismo. Le dije que se corriese ya (estaba pajeándose pero cuando estaba apunto, el tío cabrón aun paraba y todo), y a los pocos segundos empezó a eyacular a borbotones sobre su cuerpo.

Fue ver eso y con solo tocármela un minuto yo hice lo mismo pues el morbo que me había dado toda la situación había sido bestial.

Después de acabar, pequeña charla, la ducha y para casa.

Con este chico aun quedé un par de veces más, e incluso me llegó a regalar un juguetito de los suyos (uno nuevo, no penséis mal), para que yo disfrutase también de la fiesta.

Y he de reconocer que la verdad es que “consolar” consuelan bastante, y en las épocas de soledad que todos tenemos alguna vez, cumplen su cometido muy pero que muy bien.

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Un final feliz

Un final feliz

Desde que fui al fisioterapeuta y salí medio “armado” de aquella sesión, con tantos refregones y toqueteos, que me rondaba por la cabeza dar con algún masajista que aparte de dejarme la espalda en su sitio, me acabase con un final feliz.

Dado que estaba en una etapa en mi vida en la que tenía claro que lo único que buscaba de un tío era ya placer sexual, me dio por buscar entonces en milanuncios o alguna página similar (no recuerdo exactamente a través de cuál fue).

El anuncio que me llamó la atención fue curiosamente uno que no dejaba claro el tipo de masajes que daba. En realidad se anunciaba como quiromasajista para todo tipo de dolencias tales como dolor de espalda, lumbalgias o contracturas, pero también indicaba que daba masajes relajantes. Y específicaba que masajeaba piernas y glúteos.

Igual no iba a acabar la sesión con un final como el que yo había pensado, pero el hecho de que me masajeasen bien el culo, me daba ya morbo por sí solo.

Llamé, me dijo dónde tenía la consulta, y quedamos esa misma tarde alrededor de las seis.

Nada más entrar (domicilio particular) me llamó la atención lo profesional que parecía, lo cual en ese momento, no sé si me gustaba o no (no tenía claro que tipo de “atención” me iba a prestar).

Me pasó a una habitación acondicionada al efecto, en la que aparte de la camilla, había multitud de aceites en una estantería. La habitación, olía a incienso o algo así, pues tenía una varita encendida sobre una mesilla. De fondo, música ambiente tipo chill-out.

Me dijo que depende del masaje era un precio u otro. Me comentó que el completo era desnudo, y evidentemente escogí ese.

Lo curioso es que no sólo se refería a que yo me desnudase, sino que él también se quedó como dios lo trajo al mundo.

Me tumbé sobre la camilla y comenzó a esparcir varios aceites en mi cuerpo. Algunos estaban calientes al contacto con la piel y otros más fríos, con lo que el contraste me provocaba varias reacciones.

Empezó por los pies, y luego fue subiendo. Tobillos, muslos…hasta llegar al culo.

En esa zona me abrió un poco las piernas, y noté como dejaba correr un poco de aceite entre mis nalgas. Empezó primero con un suave magreo, hasta que empecé a notar como sus dedos masajeaban suavemente la zona del ano.

Cuando llegó a esa parte dí un pequeño respingo, lo suficiente para girarme y ver que por cómo tenía él la polla en esos momentos, el masaje a él también le estaba excitando.

El siguió un rato en esa zona y luego fue subiendo a la zona de la espalda y hombros, donde también estuvo un rato largo pues me comentó que esa zona la tenía bastante contracturada (lo cual era cierto).

Una vez terminado, me dijo que me podía dar la vuelta, que también me iba a dar un masaje por delante.

Cuando me giré, podéis imaginar cómo tenía el mástil del barco, que iba viento en popa y a toda vela…

Encima el líquido preseminal salía ya a sus anchas, pues los magreos recibidos lo habían propulsado a base de bien.

El masajista al verme la polla, me preguntó, en plan irónico, si lo estaba pasando bien, a lo que yo contesté que sí, y que por lo que veía también él lo estaba disfrutando.

Me comentó entonces que no me podía ni imaginar cómo eran los tíos que iban a su consulta y que para uno que estaba bien, era normal que él también se estuviese animando de esa forma.

Tras esa breve conversación, el tío comenzó de nuevo el masaje, primero por lo pies, y luego subiendo lentamente.

De las piernas, esta vez, pasó al pecho y abdominales, que es un sitio donde no me habían dado nunca un masaje, la verdad.

También me masajeó el cráneo desde atrás.

(Os recuerdo que el masajista iba en bolas, con lo que en ese masaje craneal, tenía sus huevos y polla a escasos centímetros de mi cara).

Y finalmente pasó a hacerme un masaje en la polla.

Primero echó otro tipo de aceite (olía a coco, de eso me acordaré siempre) en la zona de mis huevos e ingles.

Pasó las manos muy suavemente…sin dejar de mirarme a la cara mientras lo hacía.

Luego el aceite lo esparció por todo el tronco de la polla y con mucha tranquilidad comenzó a hacerme una paja como no me habían hecho en la vida.

Al estar tan embadurnado de aceite, sus manos se movían con toda facilidad, desde la punta del glande hasta la base, y cada vez iba aumentando el ritmo.

De normal, para correrme, siempre he tenido que ser yo quien me lo haga, pero en esa situación, con un morbo acentuado por todo el masaje anterior, el tío en bolas a mi lado, la música, el incienso y la situación en general, yo estaba ya apunto de explotar.

Tanto que le avisé, que no iba a tardar en correrme, y él me dijo que lo hiciese, que quería que disfrutase del “masaje”.

Al instante, noté que me venían los primeros espasmos y comencé a correrme.

Ya he comentado alguna vez que yo soy bastante lechero, pero si el morbo es mayúsculo, no sólo tiro cantidad sino que encima suelto varios trallazos, y en esa ocasión fue así.

El primer perdigonazo fue directo hacia arriba, llegándole hasta el pecho al masajista.

Al ver que yo lanzaba mucho, al tío no se le ocurrió entonces otra cosa que enfocar la polla hacia a mí, para evitar que le siguiese llenando. Sin embargo, el segundo trallazo no acabó donde él esperaba, sino sobre unas cortinas que estaban a mi espalda y que tapaban la ventana de la habitación.

Al ver el peligro que tenía mi rabo, me lo volvió a girar de nuevo, con lo que el tercer lanzamiento fue a parar a la pared de mi izquierda, que encima, al ser de un color oscuro todavía hacía que resaltase más el “gotelé”.

Ya el cuarto, agotándome las reservas, cayó sobre la camilla y el suelo. Y el quinto únicamente sobre mi pierna.

Una vez recuperado (tardé unos segundos en recuperar las fuerzas) vi el estropicio de habitación que le había dejado en un momento, y me entró un ataque de vergüenza que para qué.

El dijo que no pasaba nada, que se limpiaba todo y ya estaba, pero algo molesto sí se le veía (sobre todo por la cortina, que parecía buena y se la había dejado bonita…).

Finalmente le pagué lo que habíamos señalado y me fui bastante contento, pues he de reconocer que salí mucho más feliz de como había entrado.

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Prêt-à-porter

Prêt-à-porter

Aquella tarde recuerdo que entré al chat más por inercia que por otra cosa, así que ni siquiera tenía intención de quedar con nadie si se daba el caso.

Esas veces que entraba así, lo único que hacía era leer lo que la gente ponía en el general por si alguno me llamaba la atención. Y vaya si lo hizo.

La frase que puso “fotógrafo27” me llamó la atención enseguida porque decía algo así como que si alguno quería hacerse un book de fotos erótico, esa era la ocasión.

Para una persona con un puntillo exhibicionista como yo, la posibilidad de hacerse unas cuantas fotos en bolas en plan profesional la verdad es que sonaba muy pero que muy bien, así que me puse a hablar por privado con él.

Me comentó que era fotógrafo, con un estudio bastante céntrico, y aunque hacía fotografía sobre todo de moda, de vez en cuando le gustaba hacer fotos de desnudos, y sabía que había gente no profesional a la que le molaría tener buenas fotos de ese tipo (al menos, yo no era el único).

Me dijo cuánto cobraba por hacerme las fotos aunque no consigo recordar ahora la cantidad que me dijo. Tampoco pienso que fuese mucho dinero porque sino igual me hubiese echado atrás la idea, que uno tiene sus morbos, pero tampoco me iba a dejar el sueldo por hacer algo así.

Me dijo la dirección donde tenía el estudio y quedamos en vernos una hora después.

Aprovechando que sabía su nombre y la dirección del lugar, lo busqué en google para asegurarme de que fuera cierto todo lo que me había contado, y sí, el estudio fotográfico existía, llevaba su nombre y tenía página web. E incluso tenía colgadas fotos de modelos que habían trabajado con él.

A la hora acordada llegué a lugar. Para evitar que hubiese más gente, quedamos a la hora en que cerraba el establecimiento al público, así me podría hacer las fotos más relajadamente, sin tener que atender a gente entrando y saliendo del lugar.

Lo primero que me sorprendió al ver al chaval fue lo tímido que me pareció al saludarme. Yo cuando conozco a alguien de buenas a primeras, tampoco es que sea la alegría de la huerta, pero es que a este chico ya lo ví demasiado cortado..

Me hizo pasar a una habitación contigua donde me iba a hacer las fotos y vi lo que era un estudio profesional de fotografía. La sala era totalmente blanca con los típicos paraguas esos que se ponen para evitar reflejos, detrás había una pantalla de tela también en blanco, focos de iluminación por todos lados, y algunos elementos de decoración que seguramente se usarían para las fotos, pues había una silla, un diván y un jarrón enorme con flores.

Me dijo que me me podía ir desnudando mientras él acudía a por la cámara de fotos que iba a usar para la sesión..

A mí la situación aunque en cierta forma era algo cortante (sobre todo por la actitud tan distante del fotógrafo), me empezó a dar morbo nada más empecé a desnudarme. Tanto que ya tenía la polla morcilllona y prometía que se iba a poner mucho más alegre por momentos.

Me puse en el medio de la zona de fotos y en ese momento apareció el fotógrafo con una cámara reflex de esas bastante tochas. Nada más verme, se acercó adonde estaba yo,  apuntó con el tele objetivo que llevaba y…se le cayó la cámara al suelo.

Yo por el ruido que hizo pensé que la cámara se le había hecho polvo, pero por lo visto sólo se salió el objetivo, y aunque intentó encajarlo de nuevo, no había forma. Yo en lugar de estar ahí parado intenté ayudar también, con lo que durante unos minutos la situación se volvió algo surrealista, pues ahí estaba el “modelo”, como dios lo trajo al mundo, y con una erección incipiente, intentando arreglarle la cámara al fotógrafo que en ese momento estaba como un flan de nervioso.

Cuando por fin quedó arreglado el objetivo (o eso parecía), yo volví a ponerme en el centro de la habitación esperando que el fotógrafo me hiciese alguna indicación de cómo ponerme, por la situación de las luces y cosas así.. Lo curioso es que él también parecía esperar indicaciones de algún tipo, así que durante unos segundos, ninguno de los dos supo qué hacer.

A mí a esas alturas lo que me había parecido morboso, ya estaba dejando de serlo, porque me estaba dando cuenta de que el fotógrafo parecía tener horchata en las venas.

Fui yo el que le tuvo que preguntarle entonces que cómo me ponía, si quería de espaldas o por delante, si me quedaba en el centro o en un lado más cerca de los focos.

El a esas preguntas sólo sabía decirme que me pusiese como quisiera, que como yo estuviera cómodo.

Yo cómodo estaba, pero si él era un profesional de esto, yo suponía que tendría que saber como se tenía que poner la persona a la que fotografiaba, ¿no? que se supone que se dedicaba a sacar lo mejor de sus modelos (o eso tenía entendido yo, aunque con tanto photoshop, a saber ya…)..

Cuando le dije que si era o no profesional de esto, se ve que le toqué un poco la moral y  me dijo que vale, que me pusiera de espaldas, que abriese un poco las piernas, que me iba a sacar fotos por detrás porque tenía un buen culete que daba bien en la cámara. Luego me dijo que me pusiese cara a él con los brazos detrás de mi cuello,  y que no me moviese demasiado porque el juego de sombras quedaba muy bien también. Y luego….poco más.

Era como que sólo sabía decir esas dos frases tipo “juego de sombras” y “quedaba bien en cámara” porque las repitió a partir de ese momento un montón de veces.

Aparte, que tampoco me daba ninguna indicación sobre cómo posar.

Así, si por ejemplo había que hacerse fotos tumbado, era yo el que lo proponía. Si quería hacer fotos con algo de lo que había de “atrezzo” también fui yo quien lo propuso (me hice fotos sobre el diván y sentado en la silla), y si quería fotos un poco más fuertes (me hizo una como si me estuviese masturbando), también fue  a propuesta mía.

Al final, superado ya un poco por la situación, le pregunté si me iba a hacer muchas más fotos o qué, porque tenía que ir luego a hacer un recado.

Me dijo entonces que se le había ido el santo al cielo, pero que ya me había hecho suficientes (cuando yo supuse que ni siquiera tenía claro cuántas me había sacado).

Mientras me vestía, más decepcionado que otra cosa, le dije que fuese claro, que si realmente había hecho eso alguna vez antes porque muy suelto no le había visto.

Entonces me confesó que realmente era la primera vez que hacía algo así. Pero no sólo eso sino que realmente no era ni fotógrafo ni nada, pues el estudio era de su padre (que se llamaba igual que él, por eso su nombre coincidía). Por eso también el agobio que le produjo que se le cayese la cámara, y la poca iniciativa que tenía a la hora de sacar las fotos.

Evidentemente me dijo que lo había hecho por el morbillo de fotografiar a un tío en bolas, y que no me iba a cobrar nada por la sesión.

Después de vestirme, me pasó las fotos a un USB que me dijo que llevara, y me fui de allí más decepcionado que otra cosa.

De las fotos, que aún las conservo, la verdad es que pude aprovechar sólo unas cuantas, porque la mayoría salieron más que borrosas pues era evidente que el teleobjetivo no había quedado muy bien encajado que digamos.

Pero bueno, al menos siempre podré decir que fui modelo por un día.

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Morbo

Morbo

Cerrada ya mi etapa por el ambiente y aparcada mi búsqueda de pareja (duradera), decidí que mi vida sexual iba a consistir a partir de entonces en disfrutar de mis morbos, filias o como queráis llamarlo.

En el fondo, en todas mis experiencias sexuales buscaba (algunas veces más claramente y otras de forma más inconsciente), ese “algo más” que nunca acababa de llegar.

Aunque eran muchas veces quedadas para sexo,  siempre buscaba tios con los que tuviese cierta afinidad (en estudios, edad, trabajo o similares) por si acaso se daba la posibilidad de que después del polvo pudiese iniciarse algún tipo de relación.

Pensé entonces que si tenía decidido estar soltero el resto de mi vida, no me iba a privar entonces de dar rienda suelta a mis “perversiones” por llamarlas de alguna forma, así que me puse manos a la obra.

Digamos que empecé en plan light para ir luego subiendo poco a poco.

Como ya conté en su día, cuando era adolescente, con amigos, medio en broma medio en serio, veíamos de vez en cuando pelis porno y alguno acababa sacándose la polla para acabar haciéndose un pajote delante de los demás.

Me rondaba en la cabeza repetir esa experiencia con un desconocido así que entré al chat y puse en el general tal cual lo que buscaba. Pronto me entraron varios privados hasta que me decanté por uno.

Por lo que me comentó era un tío hetero, casado, con críos pequeños, que tenía desde hace tiempo esa curiosidad de hacer algo así también. Me dejó muy claro que ni era hetero curioso, ni bi, ni quería probar a hacer nada conmigo. Incluso me dejó claro que no iba a haber ningún contacto físico entre ambos.

Acepté su lista de prohibiciones y me dirigí hacia su casa, que tampoco es que estuviese demasiado alejada de la mía (cosa que en un principio le asustó un poco).

Al llegar allí, me dio la mano (así que algo de contacto físico ya había), me ofreció un refresco, me hizo sentar en el sofá y me dijo que podía elegir el listado de películas que tenía.

Me sorprendió que para ser tan hetero, tuviera un listado de películas gays tan extenso, dividido además por temáticas. El tío se ve que dominaba el género, porque nos pusimos a hablar de actores y productoras, rompiendo así un poco el hielo inicial.

Elegimos finalmente una de brasileños que me encantan, sobre todo por el culete (soy muy de culos, ya sabéis) que suelen tener por regla general (y de lo que puedo dar fe).

Empezó la película y fue él el primero que se bajó los pantalones hasta los tobillos, enseñando una polla que aunque estaba medio morcillona, ya prometía lo suyo.

Me dijo que hiciese yo lo mismo, aunque yo me desnudé del todo para estar más cómodo (cosa que no le importó, quitándose él la camiseta a continuación).

Durante la película (que era muy buena, por cierto) yo estuve todo el rato mirando por el rabillo del ojo su pajote que era lo que más morbo me daba. Tampoco quería mirarle directamente porque siendo tan “hetero” mi intención no era cortarle el rollo, así que lo hice con disimulo, hasta que me percaté que él tampoco estaba mirando demasiado la película.

Empezamos entonces a mirarnos con descaro, tanto a los ojos como a la polla, escuchando los gemidos de los brasileños de fondo.

En un momento dado, diciéndome que le estaba dando mucho morbo ver lo excitado que estaba (soy bastante expresivo en esos momentos), me propuso que me acercara a él, así que acabé poniéndome a su lado.

Estar muslo con muslo con un tío con pinta de machote (que aparte me gustaba, era morenito, con algo de vello, y  con un físico agradable), hetero, con morbo, y con el que estás compartiendo el momento íntimo de cascártela,  para mí fue un auténtico gustazo, así que si seguía a ese ritmo iba a acabar pronto.

Yo intentaba aflojar la marcha, porque quería que la noche fuese algo más larga (o por lo menos que acabase la peli), pero notar cómo me estaba mirando el tío, me calentaba todavía más.

Por lo visto él tenía ya la misma excitación porque sin decir nada, cogió su brazo izquierdo y me lo puso alrededor del cuello (un gesto en plan colega) mientras con su mano derecha comenzó a acariciarme la pierna, ascendiendo desde la rodilla muy suavemente.

Finalmente llegó poco a poco hasta la ingle, y de ahí comenzó a acariciarme los huevos, momento en el que le dije que si seguía por ese camino me iba a hacer explotar de placer.

Sólo me dijo entonces que me incorporara, que me pusiera sobre él en el sofá y que me corriese sobre su cuerpo. Y eso hice, claro.

De normal ya he contado alguna vez por aquí que suelto bastante pero si el morbo o la situación lo hace “distinto” aquello es como un surtidor de gasolina. En este caso fue así y al acabar parecía que le habían echado un bote de nata líquida sobre el pecho.

El no tardó mucho en hacer lo mismo sobre sí, y por la cantidad que vi que soltaba, también le había calentado bastante todo aquello.

Después de limpiarnos un poco y quitar la película, que acabó unos minutos después, me dijo que entendiese que la discreción para él era súperimportante y todas esas cosas que suelen decir los hombres casados.

Le comenté que no tenía que preocuparse de nada, y que no iba a saludarle por la calle, si era eso lo que me pedía.

Antes de despedirse, me comentó que la semana siguiente tampoco estaba su mujer y que si yo quería podíamos hacer esto de vez en cuando.

Le agradecí su invitación pero no lo volví a hacer, al fin y al cabo se trataba de cumplir un morbo (o por lo menos de repetir experiencia de mi adolescencia) y se agolpaban ya otras ideas en mi cabeza para cumplir a corto plazo.

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Breakdown

Breakdown

Si cuando empecé en el mundillo del ambiente, todo me llamaba la atención por esa curiosidad inicial cuando te acercas a algo desconocido, con el paso del tiempo, esa sensación fue desapareciendo hasta quedar en su lugar una apatía más que evidente.

El quedar todos los fines de semana para hacer lo mismo, conocer gente que no tenía demasiado en común conmigo, y con la que a lo sumo llegaría a uno o dos polvos, hizo que empezase a cuestionarme si valía la pena perder mi tiempo en algo así.

(Sí , de quedar para follar, también se cansa uno)

Está claro que lo pasaba bien con mi grupete de amigos, pero el ir a la zona de ambiente siempre era por si conseguía ligar con alguien afín, y estaba claro que me sentía mucho más cómodo intentando ligar a través del chat que en persona.

Si querías, como yo, llegar a algo más con alguien (pareja, vamos), tenía ya claro que no iba a encontrarlo en una discoteca gay, por mucho que lo intentara, porque realmente tampoco a mí me iba mucho ese mundo.

Mi grupo de amigos (MaríaRaquel, Guillermo, Quique …) se había ido formando poco a poco. Me sentía agusto entre ellos siendo lo que era (gay) y por inercia,  o porque me sentía cómodo siguiendo a la manada, hice todo lo posible por adaptarme, pero llegó un día en que aquello dejo de funcionar.

El momento en el que me di cuenta en que hasta aquí habíamos llegado fue a raíz de la monumental bronca que hubo en mi casa y de la que ya os hablé en su día.

Digamos que ese fue el inicio de un camino del que no hubo vuelta atrás.

Incluso Quique, a raiz de aquel momento, y por sus movidas propias, comenzó también a separarse de mí y por tanto de todos nosotros.

Al grupo, tocado, le afectó bastante todo aquello quedando reducido a digamos el núcleo más inicial, que era el formado por Raquel, Guillermo y yo.

A partir de entonces, ya nada fue igual.

Y es que no era lo mismo irse de fiesta con un grupo amplio que únicamente con Raquel y Guillermo, que enseguida ligaba. A mí, como siempre, me costaba algo más, y muchas veces, por no dejar sola a Raquel, ya ni me lo planteaba.

Todos esos cambios, más el notar que ya te hacías, en cierta forma, “mayor” (no es igual como te tomas las cosas con veinte años que con treinta), fueron modificando mi forma de ver la vida.

En esa espiral de pensamientos, Guillermo organizó una fiesta por su 30 cumpleaños.

Guillermo, como en todo en la vida, no tenía medida. Si organizaba una cena, ponía comida para un regimiento. Si era un viaje, era un crucero por todo lo alto. Y si era una fiesta de cumpleaños, era la mega fiesta.

Así que invitó a ex-ligues, con sus rolletes nuevos, con amigos de amigos. Y cada uno llevando a su propia mariliendre (que en estas fiestas, viste mucho, claro). Total que allí se reunió todo lo que se puede ver en una discoteca gay, pero en escasos 70 metros cuadrados.

Raquel, que ya llegó un poco tocada, se sintió mal al poco de llegar (creo que no probó ni la cena) así que me quedé prácticamente sólo rodeado de un montón de gente a la que no conocía prácticamente de nada.

Guillermo, era evidente que no iba a estar demasiado pendiente de mí en toda la noche, pues estaba en plan anfitrión, saludando a todo el mundo como si fuese el embajador de las fiestas de Ferrero Rocher. Además que lo hacía de tal forma que pensarías que eran amigos de toda la vida, cuando realmente él amistades tenía pocas, aunque sí muchas ganas de aparentar.

Y es que en eso se basaba todo, en la “apariencia”.

Para intentar socializar un poco, me puse a beber (como hacía siempre), y fue cuando, mirando alrededor, empecé a decirme a mí mismo: Pablo, realmente tú encajas? has encajado alguna vez en todo este tiempo en este mundillo? y cada vez tenía más clara una respuesta…

Por allí estaba el típico de la ceja depilada, la musculoca, la mariliendre de manual, el guaperas, el grupete que van siempre en pack de tres, los superreinvidicativos del orgullo monotemáticos,  los plumeras, dos drags queen y demás fauna con la que yo tenía poco en común más allá de que a todos nos iban los nabos. Guillermo realmente tampoco es que perteneciera a ningún grupo en particular (guaperas sí, pero poco más) pero él por por “ser el más guay” era capaz de vender a su madre con tal de adaptarse a su entorno.

Yo no. Yo cada vez tenía más claro que jamás me iba a sentir agusto en ese ambiente. Más bien al contrario, porque era cuando más distinto me sentía.

En una discoteca esa sensación, aunque estaba, como que se difuminaba más (también bebía mucho más) pero el hecho de estar todos concentrados en un sitio tan pequeño, hizo que esa sensación aumentase exponencialmente.

No era la primera vez que me sentía así (de hecho lo he contado por aquí muchas veces) pero ese día, tal vez por encontrarme solo aunque rodeado de gente, algo en mi interior dijo basta. Asumí entonces que yo ni era ni iba a ser un “gay al uso” por mucho que lo intentara. Que jamás iba a encajar en mi entorno.

De hecho, es curioso pero en mi vida virtual digamos que era mucho más yo que en la “real” pues ahí sí dejaba claro que realmente “no me gustaba la gente que hiciese de ser gay el centro de su vida” y sin querer, me estaba dando cuenta de que me estaba convirtiendo en alguien que yo mismo rechazaba.

Así que decidí dar a mi vida un giro de 180 grados, y apartarme de todo ese ambiente por un tiempo indefinido.

Seguí quedando con ellos, porque su amistad no la iba a perder (en la actualidad seguimos siendo amigos), pero ya no volví por el ambiente, siendo las quedadas con ellos mucho más tranquilas.

Para follar, seguía teniendo el chat y ya está porque eso era ya a lo único que aspiraba. Incluso me dije a mí mismo que tenía que estar preparado para estar solo el resto de mi vida y que era algo a lo que tendría que empezar a acostumbrarme. Si en todos estos años sólo había podido tener dos relaciones de 9 meses cada una, era porque era demasiado raruno para encajar con alguien, por lo que eso iba a seguir siendo así en un futuro.

Tenía, por tanto, que aprender a vivir sin la necesidad acuciante de conocer a otra persona, puesto que a partir de entonces tampoco iba a hacer nada por conseguirlo.

Con el tiempo me di cuenta de que uno no puede planificar las cosas hasta ese extremo y que cuando menos te lo esperas, la vida te lleva por otro lado.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.

El desconocido del lago

El desconocido del lago

Cuando hablé el otro día de mis primeras experiencias con las playas nudistas, se me olvidó comentar que no fue hasta ir a esos lugares cuando conocí lo que realmente era el “cruising”.

Para quien no lo sepa, el cruising es el término inglés que define la actividad de buscar sexo en lugares públicos, como parques, playas o descampados, principalmente referido a los varones homosexuales (Wikipedia dixit). En castellano, también se conoce como “cancaneo” pero como es una palabra que no me gusta demasiado, evitaré usarla en este post.

A ver, sí que conocía de oídas en qué consistía esa práctica sexual. Incluso sabía de zonas en mi ciudad donde se practicaba.

Así, en Valencia (y supongo que en el resto de ciudades de toda España y del mundo en general), siempre había oído hablar de los servicios de algunos centros comerciales y de los alrededores de la Estación de Autobuses.

O ya al aire libre, la zona del Río y los Jardines del Real (más conocidos como Viveros), donde siempre ha sido habitual a determinadas horas ver a muchos abueletes tocándose la polla cuando pasabas, señal inequívoca de que iban buscando “guerra”.

Pues bien, aunque sabía que existía, no fue hasta empezar a acudir a las playas nudistas cuando pude comprobar en qué consistía realmente.

Y es que digamos que si durante el día el público habitual suele ser de tomar el sol, bañarse y relajarse, cuando el sol empieza a caer, estas mismas playas se van llenando de otro tipo de público que va buscando “otra cosa” muy distinta.

Así, al pasar por determinadas zonas de la playa (generalmente las dunas, o el parking, o caminos algo más escondidos), puedes ver claramente a gente buscando a gente, cuando no practicando sexo abiertamente.

La primera vez que me di de bruces con esa realidad paralela, fue una tarde que estando en la playa no podía aguantarme ya de mear. Aunque sé que es una guarrada, antes que nada intenté hacer dentro del agua, pero después de casi veinte minutos a remojo tuve claro que mi vejiga en alta mar no iba a conseguir soltar ni una gota.

Así que ni corto ni perezoso me desplacé a la parte trasera de la playa, donde las dunas te separan del resto de los bañistas, dispuesto a vaciarle el agua al canario.

Mi sorpresa vino cuando al ponerme en posición de mear, vi como enseguida de detrás de unos matorrales empezaron a salir, como si fueran setas, muchos tíos con ganas de polla.

Lo que más me sorprendió fue la edad de todos ellos. Por lo que yo he visto la mayoría de gente que hace cruising son de mediana edad para arriba (con independencia de la playa adonde vayas). Mucho hombre cincuentón. Muchos con pinta de casados que tienen en estos lugares un sitio digamos “discreto” donde desahogarse y si te he visto no me acuerdo.

Viendo que con “público” tampoco iba a conseguir mear, me desplacé unos metros hasta una zona algo menos concurrida pero volvió a pasar tres cuartos de lo mismo. Al minuto varios hombres se acercaban hacia a mí magreándose la polla y los huevos como si estuviesen enseñando su mercancía.

Y es que otra cosa que siempre me ha sorprendido es que un chaval joven, con ganas, se puede hartar de comer pollas ahí mismo, pues la gente que suele hacer cruising se pirra por los chavales mucho más jóvenes que ellos.

(De hecho, incluso, últimamente es bastante habitual que chaperos jóvenes -muchos, rumanos- se paseen por esas zonas y a la mínima pidan cierta cantidad antes de empezar a hacer nada. No tengo muy claro si realmente la gente está dispuesta a pagar, pero viendo que cada año aumenta la oferta, supongo que la respuesta es afirmativa).

Al final, evidentemente, no pude mear, pero me sirvió para conocer lo que se cuece en esa parte un tanto apartada de la playa.

Esa primera vez, recuerdo además que cuando cogí el camino de vuelta hacia el coche, al pasar por los caminos, sí que llegué a ver a gente masturbándose mutuamente, o haciéndose alguna mamada, y al pasar y ver “carne fresca” como incluso incitaban para que me uniese a la fiesta que tenían montada.

Posteriormente, situaciones similares las he visto en otras playas en las que he estado (que ya iré contando), y con un tipo de público bastante similar en todas ellas.

Todo esto que cuento, está muy bien reflejado en una muy buena película llamada “El desconocido del lago” (trailer aquí).

La película, francesa, del año 2013, fue dirigida por Alain Guiraudie y protagonizada por
Pierre Deladonchamps, Christophe Paou y Patrick D’Assumçao.

Ganó el premio al mejor director en Cannes (sección Un Certain Regarde), y tuvo 8 nominaciones a los César, consiguiendo el de actor revelación.

El argumento principal es el de un asesinato cometido en una zona de cruising (un lago del Sur de Francia), pero sirve al director para mostrar todo lo que se cuece alrededor de ese mundo.

Para eso, el director se basa en escenas totalmente explícitas (mucho desnudo, mucho folleteo), pero sin dejar de lado el suspense que impregna toda la atmósfera.

Una atmósfera, por cierto, muy bien conseguida porque la película no tiene BSO (no suena nada de música durante todo el metraje) sino que todo se basa en sonidos propios de la naturaleza, consiguiendo que parece que estés viviéndolo como un personaje más de la propia película.

Por cierto, que si quereis vivirlo también en primera persona, pero por medio de la lectura, recomiendo el blog “Diario de cruising” en el que un madrileño llamado Marcos cuenta todas sus aventuras y desventuras de sus veranos en las playas del sur de Alicante

Unas playas en las que por lo visto hay mejor nivel que lo que yo he visto por las zonas que conozco, todo sea dicho. Suerte que tienen algunos, jeje.

Los comentarios, aquí debajo o en mi mail: gayalguien@hotmail.com.