Están vivos

Están vivos

Y llegó la “nueva normalidad”, que básicamente es como la anterior, pero con mascarilla.

¿Qué fue de los inventos futuristas que salían en los telediarios? ¿Qué fue de esa película de terror que parecía que iba a ser nuestro futuro? Porque poco se parece lo que se ve por las calles con lo que nos dijeron…

Recuerdo por ejemplo cómo decían que iba a ser tomar algo en una terraza. Esas imágenes de una especie de cúpulas de cristal donde nos íbamos a meter. Esos paneles de metacrilato con los que iban a parcelarnos a los comensales en una misma mesa. O esa especie de reservados múltiples en los que se iban a convertir los restaurantes.

Es más, recuerdo que nos dijeron que las tapas iban a estar prohibidas, por aquello de no compartir, y que las barras de bar estarían precintadas, para evitar al máximo los contactos.

Pues bien, nada de eso se parece a la realidad.

La gente sigue saliendo de tapeo, y comparten mesa como si tal cosa, porque parece que una vez te sientes en una mesa tienes la inmunidad completa y como decía el anuncio “y no pasa nada”.

Y ojo, que esto no es un crítica, ni mucho menos, porque yo soy de los usuarios habituales de los bares, porque me encanta salir al aire libre a tomar algo con los amigos, y porque soy de los que ha llevado bastante mal el encierro.

¿Que me parece absurdo el hecho de ir por la calle con mascarilla con amigos para luego sentarse en el bar con esos mismos amigos y quitarte la mascarilla?, pues claro que me lo parece, pero es lo que hay.

Porque esa es otra, ahora parece que los que salimos los fines de semana a tomar algo y ver a los amigos parece que seamos asesinos en serie o kamikazes que no valoramos nuestra vida y la de los demás. Que me parece genial la gente que quiera seguir recluida toda la vida “hasta que llegue una vacuna”, pero eso puede tardar años, o no llegar nunca, y habrá que empezar a convivir con el virus en algún momento, digo yo. 

Y celebrar que seguimos vivos.

Entiendo a la gente que antes no tuviese vida social (matrimonios con niños, básicamente) para los que pasar un fin de semana entretenido consiste en ver una película de Netflix y pedir una pizza, pero de momento, no es mi caso.

Y es que ahora mismo es como si tener momentos de ocio estuviese mal visto para según qué personas. Personas que pueden pasar horas y horas en el trabajo, por supuesto, pensando que igual ese entorno es más seguro que otro.

Porque esa es otra, también dependerá del sector laboral, pero en el mío la única diferencia con la antigua normalidad es el uso de la mascarilla cuando viene gente de fuera. Ni nos han puesto por turnos, ni el teletrabajo se ha mantenido, ni se controla el aforo como se dijo que se haría. Unos cambios que poco se parecen a los que pronosticaban las televisiones.

Pero eso sí, si a esos compañeros luego les dices (con la mascarilla puesta) que has ido a la playa y a comer una paellita con colegas,  te miran mal. Con un par.

(Que la gente no ve nunca la viga en su ojo, pero sí la paja en ojo ajeno).

Y hablando de playas, recuerdo en las televisiones cómo se dijo que iba a ser la temporada estival, con esas marcas en la arena, con gente midiendo las separaciones, con parcelaciones de plástico, tipo burbujas aislantes… y poco se parece todo aquello a la realidad. Al menos por aquí, que como son playas tan extensas, la gente mantiene la distancia de seguridad sin problemas (y casi lo prefiero para no soportar a tus vecinos de toalla con la música a toda leche).

Otras situaciones que no se parecen a las que nos dijeron es el hecho de salir de compras. Que dijeron que no se podría tocar nada, que iba a ser todo superaséptico, y que no iban a poder usarse los probadores… y poco que ver tampoco. Ni rebajas iban a haber, aunque sí las hay, para evitar aglomeraciones (aglomeraciones que en hora punta en transporte público parece que sí están permitidas).

Pero bueno, como dije más arriba, es lo que hay y me parezca bien o no según qué cosas, es con lo que habrá que convivir durante bastante bastante tiempo.

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Sing (Canta)

Sing (Canta)

Una de las (muchas) cosas que se ha llevado el Coronavirus por delante ha sido la gala de Eurovisión de todos los años.

Y digo la gala porque oficialmente sí que ha existido Eurovisión 2020 desde Rotterdam.

El sábado pasado, TVE emitió  “Europe: Shine a Light” con lo que la UER intentó hacer una especie de homenaje a lo que significa para muchos este Festival.

Previamente, tanto el martes como el jueves, y a través de Internet, se celebraron las semifinales habituales, con la emisión de los videoclips de los países participantes y en el mismo orden en el que hubiesen actuado. Realmente fue una sucesión de vídeos y poco más, sin votaciones ni nada (como es lógico), por  lo que resultó un poco pesado de seguir.

(Y más si como yo, ya los habías visto en su día, gracias a la propia web de eurovison-spain que hizo un concurso online en el que resultó ganadora…España).

Lo que sí que vi fue el programa del sábado en televisión, intentando no pensar mucho en que, en otras circunstancias, lo hubiese estado viendo con amigos, tal y como suelo hacer todos los años.

Dado que emitir de nuevo los vídeos de todos los países hubiese hecho inviable su emisión, se optó simplemente por emitir unos pocos segundos de la canción acompañado de un saludo de sus cantantes.  El resultado fue que quedó todo tan atropellado que era imposible hacerse una idea de las actuaciones.

Lo único que estuvo bien del programa fueron dos momentos en concreto, de homenaje a tantos años de canciones eurovisivas.

La primera fue la de “Hallelujah”, cantada por Gali Atari y los chavales de Eurojunior,  en un escenario impresionante como es la Jerusalén nocturna. Por cierto que esta canción se hizo muy famosa en España pues la hicimos ganadora en su día (año 1979) a costa de nuestra propia Betty Missiego que quedó segunda.

La otra actuación que me gustó fue la que sirvió de cierre a la gala, una versión de la canción ganadora del año 1997 “Love shine a light” (de Katrina and the waves) y que cantaron, en plan mix, los representantes eurovisivos de este 2020.

Y así acabó el programa, que me supo bastante a poco y me hizo pensar en qué hubiese pasado si se hubiese hecho el Festival, pero sin público presente.

No tardé mucho en darme cuenta de que eso hubiese sido una muy mala idea, y es que el miércoles pasado volvió a nuestras pantallas OT 2020, programa que también fue fulminado de la parrilla televisiva por el COVID-19.

Y volvió con una gala en directo (de las cuatro programadas)…pero sin público en plató.

En su lugar pusieron plantas (no es coña), gente en sus casas a través de minipantallas y aplausos de lata. El resultado, bastante desangelado. Que supongo que en la cabeza del que se le ocurrió quedaba bien, pero en pantalla, pues no tanto.

Como remate, los bailarines, hicieron las coreografías con las mascarillas puestas (a juego con el vestuario, eso sí) con el consiguiente peligro de asfixia y/o desmayo, aunque hay que reconocer que lo solventaron bastante bien (lo cual para mí, que me ahogo a la media hora,  tiene mucho mérito).

Y así fue todo, bastante extraño, hasta que actuó Nia.

Y es que estoy viendo OT este año única y exclusivamente por Nia (bueno y un poco por Flavio ,el chaval cuya voz de Crooner no se corresponde con su cuerpo), porque más que una concursante del programa parece la artista invitada de cada gala.

De hecho fue en la única actuación en la que me dio igual las mascarillas, la ausencia de público y los aplausos enlatados, pues ella sola, y su voz, llenaron el escenario.

Y sino, juzgad vosotros mismos (y atentos al cameo de Roberto Leal):

¿Ganará?

Pues nunca se sabe en estos concursos, pero al menos unas semanas más sí podremos disfrutarla.

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La llamada

La llamada

Hoy toca echar la vista atrás.

Como continuación al post anterior, y un poco también como explicación del último post escrito a.C. (antes del Coronavirus), quería dar una explicación a mi ausencia durante estos últimos meses.

Todo empezó con una llamada.

Sólo recuerdo que había sido una semana agotadora, sobre todo a nivel laboral, y que era martes por la noche.

Estaba dispuesto a darme una ducha calentita y así destensar músculos (sobre todo los del cuello, que se me agarrotan cuando entro en tensión) cuando oí el móvil sonar.

Como hacía poco que había whatsappeado con el vigilante con el que estaba empezando (o no) una relación, automáticamente pensé que era él, con lo que casi sin mirar contesté de inmediato.

Al otro lado del teléfono, una voz masculina me preguntó si mi nombre era Pablo.

Una vez contestado afirmativamente, noté como se me erizó la piel de todo el cuerpo al oír que se identificaban como personal del Hospital, y tras pedirme tranquilidad, me dijeron que mi padre había sufrido un desmayo en plena calle y que debía acudir lo más pronto posible.

Salí disparado de casa, dispuesto a recoger en coche a mi madre y acudir allí de inmediato. De camino, avisé también a mi hermana comentándole la situación. Ella, por supuesto, no sabía nada pues a mí había sido el primero al que habían avisado, gracias al aviso AA PABLO que había puesto ya hace años en los contactos de su teléfono móvil.

Y es que ya hacía tiempo que era yo quien más se ocupaba de ellos. Tanto para visitas a médicos, como asuntos burocráticos, era yo quien tenía básicamente una agenda paralela para no perder de vista sus asuntos.

Y no  me importaba.

Una vez llegamos al Hospital, y preguntamos por él nos dieron la mala noticia: mi padre había sufrido un ictus cerebral y habían comenzado a hacerle diversas pruebas.

Las horas en Urgencias fueron angustiosas. Entre la tensión, los nervios e intentar dar ánimos a mi madre, aún ahora mismo no sé cuánto tiempo estuvimos allí sin saber nada.

Un tiempo que nos lo comimos mi madre y yo como pudimos pues a mi hermana “le había pillado en el supermercado y tenía que solucionar cosas” antes de acudir. Cosas como acabar la compra y llevar a sus hijos a las extraescolares, que se ve que en cuestión de urgencias eso era prioritario, claro, aunque mi sobrino el pequeño tenga ya 14 años…

Al final la espera (eterna) acabó y llegó mi hermana justo a tiempo para que saliera el médico a explicar la situación.

Lo que nos vino a decir fue que en el TAC que le habían hecho vieron daños importantes, pero que hasta que no se le pasase un poco la sedación no se podría saber el alcance de los daños cerebrales detectados.

Que había que esperar de nuevo

Finalmente nos pasamos en Urgencias prácticamente la noche, hasta que al final vimos salir a mi padre en silla de ruedas y con la mirada perdida.

El mazazo psicológico fue en ese momento, tremendo. Sobre todo por verlo ahí, postrado, y como ausente de todo lo que le rodeaba.

Por lo visto los daños habían sido a varios niveles pues, aparte de los daños en el aparato locomotor, también le había afectado al habla, como pudimos comprobar en cuanto mi padre intentó saludarnos.

El médico nos comentó entonces la situación:  Que los daños, aunque graves, no tenían porqué dejar secuelas a largo plazo. Que muchos pacientes con ictus se recuperan totalmente. Que lo importante era ahora una adecuada rehabilitación y sobre todo, mucha paciencia con el enfermo.

Como pudimos, nos llevamos a mi padre a su casa, dispuestos a asumir lo más pronto posible esa nueva situación.

Sin embargo no todos lo asumimos por igual.

Los siguientes días y meses fueron bastante duros.

Entre las idas y venidas al rehabilitador y posteriormente al neurólogo, los momentos de bajón (tanto de mi padre como de mi madre por verlo así) fueron minándome la moral. Sobre todo por ver que a pesar de las buenas palabras e intenciones de mi hermana, quien se encargaba de todo era yo.

Y es que fui yo quien cambió totalmente de horarios y hábitos para intentar que mi padre saliese adelante.

Para demostrarle que si de pequeño era él quien me llevaba de la mano era yo ahora quien le correspondía con lo mismo.

Y es que los hechos se demuestran con acciones, y no con palabras.

Porque está visto que, para según quién, si eres soltero y sin hijos, tienes menos vida que otra persona “normal”.

Porque el egoísmo muchas veces, saca lo peor de las personas.

Porque la vida a todos nos pone en su sitio.

Por suerte, mi padre fue mejorando poco a poco.

Que no volverá a ser el de antes, lo tengo claro, pero que al menos está mucho mejor de lo que estaba, no hay más que verlo.

Y que yo tengo la conciencia muy tranquila, también.

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Cuerpo de élite

Cuerpo de élite

Viendo cómo se plantea esa “nueva normalidad” que tanto asco me está dando ya sólo de imaginármela, he caído en la cuenta de que voy a tener que acostumbrarme a estar solo conmigo mismo ya para los restos.

Porque a mí esa nueva perspectiva de vivir pegados a una mascarilla y sin apenas contacto físico me está hundiendo antes de empezar.

De hecho hoy se me ha ocurrido volver a instalarme la app de ligoteo para ver cómo se lo estaba tomando la gente por esos lares y todos piensan más o menos como yo, que vamos a estar sin follar  conocer gente nueva durante mucho, mucho tiempo.

Por eso me ha venido a la mente la última persona con la que estuve, justo un poco antes de mi último parón en el blog.

Lo conocí por esa misma app y al poco de hablar nos dimos cuenta de que muchos años atrás ya nos habíamos conocido en un chat, y que incluso llegamos a enviarnos fotos y tener cierto grado de amistad.

Recuerdo que aquellas primeras veces me comentó que se acababa de divorciar, que había descubierto que era gay (más bien lo había asumido) y que su mujer lo había echado de casa. Y que se había tenido que ir a un piso compartido mientras comenzaban los trámites del divorcio.

Pero eso era el pasado. Ahora él ya vivía en otra zona, solo, e incluso había cambiado de trabajo. Si entonces curraba con su ex en un negocio familiar, ahora se había reinventado y era vigilante de seguridad.

Por si no lo sabéis, a mí el tema de los uniformes es algo que me pone mucho, Pero no mucho en plan “uy, que morbillo más gracioso” sino más bien tipo  “cualquier día cometo un delito sólo para que me cacheen y hagan conmigo lo que quieran en los calabozos”…

Porque ésa es otra, en el tema de hombres de uniforme, sólo me los puedo imaginar como activos y yo como pasivo total (y eso que me considero más bien versátil).

Cosas de la imaginación, que va a su bola.

Pues bien, volviendo al vigilante de seguridad, imaginad cómo me puse cuando me dijo a qué se dedicaba: Me faltó tiempo para quedar con él.

Y mucho menos tiempo para acabar yendo a su casa.

De lo que pasó allí no voy a contar mucho, que para eso soy un caballero (jeje) pero vamos, que podemos decir que cumplí la fantasía que tanto tiempo había soñado.

Me lo pasé genial, y eso que sólo era un vigilante (si llega a ser policía local, nacional o militar ni os cuento – que en esto del morbo, también hay grados -)

Y no, no penséis cosas raras en plan película porno, con las esposas y la porra haciendo de las suyas que no fue por ahí el tema (más que nada porque no lo tenía a mano). Pero sí me enseño fotos suyas vestido con el traje de faena que me pusieron tan palote… que lo que es hablar, hablamos poco.

Después de aquella quedada,  y como aparte hubo muy buen rollete, decidimos quedar de nuevo pero esta vez ya para cenar, en un restaurante cerca de mi casa, para así poder tener algo de conversación.

Antes de ir de cena le dije que pasase por casa, pero llegó demasiado pronto. Tan pronto que no me había dado tiempo a ducharme así que le dije que si no le importaba, me esperase un poco en el comedor. Pero no me hizo caso y vino a ver cómo me duchaba. Y claro…pasó otra vez lo que tenía que pasar.

Dos de dos.

Después nos fuimos de cena y me di cuenta de que el tío encima tenía temas de los que hablar. Era guapete, simpático, me daba morbo,  y por lo visto yo le causaba la misma sensación.

Algo que hacía tiempo que no me pasaba.

Después de aquella cena, dijimos de quedar de nuevo a la semana siguiente.

Sin embargo ya esa cita no pudo ser porque mis circunstancias personales cambiaron de la noche a la mañana.

Intenté darle las explicaciones oportunas y las entendió, pero una relación (o lo que fuese) incipiente como aquella no había echado aún suficientes raíces para soportar lo que me vendría después.

Nunca sabré en qué pudo acabar todo aquello con el vigilante, pero tal vez quede en mi memoria como el último tío con el que estuve antes de que el mundo cambiara.

A peor.

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Veneno

Veneno

Pues los Javis lo han vuelto a hacer.

Yo no sé qué tiene esta pareja de directores pero en cada nuevo proyecto en que se embarcan, mejoran el anterior.

La primera vez que oí hablar de los Javis fue a través de una breve reseña en el periódico, donde ponían por las nubes un pequeño musical recién estrenado en Madrid:  “La llamada”.

Tanto me llamó la atención, que en una escapada con mi ex, intenté reservar entradas para verla sin conseguirlo pues ya para entonces el boca a boca había comenzado a hacer de las suyas.

Por eso, cuando se estrenó la adaptación al cine, fui de los primeros en sentarme en el patio de butacas y no me decepcionó (y eso que cuando las expectativas son altas, la decepción puede resultar tremenda).

Después de ese buen sabor de boca, mi siguiente paso fue buscar una serie online que por lo visto habían usado a modo de ensayo (capítulos cortos) antes de estrenar su largometraje, pues no se veían aún con la experiencia necesaria. Esa serie era nada más y nada menos que “Paquita Salas”.

Cierto es que el 50% del éxito de esa serie (de sus tres temporadas) está en su actor protagonista (un Brays Efe que borda el papel), pero el sello personal de los Javis ya se nota desde un principio. Sobre todo esas dotes para la tragicomedia, pues no creo yo que sea un género fácil de abordar.

Y con esos mimbres era lógico que mis ganas de ver la serie “Veneno” fueran en aumento desde el mismo día en que oí hablar de ella.

La serie tenía que haberse colgado completa online el pasado mes de marzo, sin embargo debido a la crisis del coronavirus que estamos sufriendo, sólo pudieron colgar el primer capítulo,  cuyos 50 minutos fueron suficientes para engancharme.

Y es que me pareció muy lograda toda esa recreación de un programa icónico de los 90 como fue el Mississipi. (atentos al cameo de Sonia Monroy y Juan Ignacio Blanco) .Y genial también toda la parte en la que Lola Dueñas (qué buena es esta actriz siempre), buscando una historia de impacto, descubre a La Veneno en los arrabales de la ciudad.

Pero si la parte del descubrimiento de la protagonista ya me gustó (esa aparición a contraluz), la parte en la que cuentan las horas bajas de la Veneno también me encantó pero por otros motivos bien distintos. Y es que esa parte de la historia, ambientada en mi ciudad, Valencia, me hizo recordar algo que había olvidado prácticamente y es que yo pude conocer a la Veneno.

Resulta que en aquélla época yo trabajaba como dependiente en un sexshop que casualmente estaba cerca de la zona donde las prostitutas transexuales hacían la calle, cerca del Hospital La Fe. Y por allí había rumores. Que si habían visto a La Veneno por la zona. Que si vivía en una finca de por allí cerca. Que si estaba muy cambiada. Que si no la reconoceríamos.

Allí estuve trabajando casi un año y a pesar de todas las historias que contaban, ni yo ni ningún compañero la llegamos a ver por la zona, con lo que  siempre pensé que aquello había sido una leyenda urbana, un bulo que fue creciendo con el tiempo y poco más.

Hasta ahora.

Y es que como bien cuentan en la serie, La Veneno sí que pasó una época en Valencia. Una época que sirvió, además, para que la conociese Valeria, la persona que años después escribiría una novela (¡Digo!, ni puta ni santa) y en la que se basarían los Javis para escribir el guión de la serie.

Y todo eso lo cuentan además con una muy buena factura. Con una ambientación de los noventa muy bien resuelta y con unas imágenes nocturnas llenas de claroscuros.

Unos claroscuros como reflejo de las propias vivencias que debió pasar La Veneno desde su Adra natal hasta su fallecimiento (en extrañas circunstancias) en noviembre de 2016.

Ojalá podamos saber más de su vida en próximos capítulos.

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A dos metros de ti

A dos metros de ti

Supongo que, como todos, hay días de este encierro que se llevan peor que otros.

Los días que estoy más positivo (que coincide con los días en los que no veo los telediarios) es cuando me da por pensar que cuando todo esto acabe -que acabará- disfrutaremos mucho más de las pequeñas cosas que dejamos por el camino.

Cosas como tomar un café en un bar, o irte de cervezas con amigos. Un cine en compañía. Tomar el sol  en la playa. Hacer deporte. Una escapada de fin de semana. Ir de compras o un simple paseo en solitario.

Sin embargo, cuando me dejo llevar por la melancolía, el agobio y el bajón, me da por pensar que por mucho que queramos nada volverá a ser igual.

Imaginando un futuro post Covid-19, supongo que la higiene personal extrema se convertirá en algo habitual y es algo que, como dicen en el anuncio, pues oye, “ni tan mal”. Y supongo que el uso de guantes y mascarillas, como medida de protección, también  (por lo menos durante un tiempo).

¿Pero y el distanciamiento social?

Viendo el otro día un telediario, comentaron que si para el verano todo esto se había calmado, en las playas no permitirían los paseos  por la orilla, ni ir en grupos, incluso estuvieron comentando la posibilidad de colocar cubículos delimitando los espacios para así mantener la distancia de seguridad de dos metros entre personas.

Es más, comentando esto con un amigo (por videollamada, que es algo de lo que empiezo  a estar un poco hasta los h….) me comentó que lo veía necesario, por el miedo atroz que siente ahora cuando se le acerca alguien en el supermercado.

¿Será esa entonces la tónica habitual?

¿Nadie se ha planteado lo que eso supondría?

Y es que una sociedad sin contacto entre las personas es lo más parecido a un futuro distópico ya visto en las películas. O en libros, tipo “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley.

Nos tendríamos que relacionar entonces con nuestros amigos y familiares, ahora sí, únicamente a través de una pantalla.  Ya no por comodidad, como era hasta ahora, sino como la única forma de contacto permitido.

¿Y el sexo? Pues supongo que, como en “Demolition Man” y tantas otras,, también por medio de Videollamadas o gafas 3D de realidad virtual. Que vale, que sí, que se hacía ya, pero pensar que eso pueda ser lo habitual y normal el día de mañana…me aterra.

Toda esta reflexión la hago también porque me he dado cuenta estos días de que los amigos asociales que tengo, frikis de ordenador, son los que menos están notando los efectos del encierro, ya que con lo poco que salían habitualmente, echan de menos pocas cosas.

Sin embargo, los que no parábamos demasiado en casa, sólo para dormir y poco más, pues somos los que estamos llevando bastante peor la situación.

Por el aislamiento y por la falta de contacto físico con otros, algo que, por lo menos a mí, me ha parecido siempre necesario.

Tanto que incluso es ahora cuando entiendo la labor terapéutica que hacían hace años aquellos pirados de los “abrazos gratis” (y mira que los puse verdes en su momento).

Y es que, visto lo visto, nunca se sabe lo que nos puede deparar el futuro…

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Días extraños

Días extraños

Me hubiese gustado volver al blog en otras circunstancias, pero esto es lo que hay y como dice el dicho: “no hay mal que por bien no venga”.

Estamos viviendo unos días que lo mínimo que se puede decir de ellos es que son bastante raros.

Debido a esta crisis del coronavirus, la mitad de la población ya está confinada en sus casas y la otra mitad o está saliendo o le falta poco para entrar en reclusión monacal.

Yo he de confesar que fue de los que se tomó a chufla al principio toda esta historia y aunque ahora se ha visto que estaba equivocado, la verdad es que me siguen abordando a día de hoy muchas dudas porque sigo viendo cosas extrañas.

Me explico.

Lo primero que llegó a nosotros fue el miedo, antes que la enfermedad, y este miedo se podía relativizar de muchas formas, y más si nos acogíamos a la hemeroteca. Lo más parecido al principio de una pandemia por la que había pasado la población fue la de la Gripe A, o mejor llamada Gripe A-H1N1.

Corría el año 2009 y la OMS, igual que ahora, advirtió de la llegada de un nuevo virus. Una mutación de la Gripe para la que no había vacuna ni estábamos inmunizados.

Por aquel entonces yo trabajaba cara al público y recuerdo que, como hoy en día, nos advirtieron de que la higiene continuada era el único remedio eficaz para evitar contagios. De hecho la primera vez que vi el gel alcohólico tan demandado ahora fue en aquella época, pues nos pusieron un dispensador para los trabajadores así como para el público en general que viniese a la ventanilla.

La prensa comenzó entonces a advertir de las consecuencias y de una posible alta mortalidad del nuevo virus. Recuerdo incluso, cuando comenzó a extenderse por distintos países, cómo en las portadas, en letras gigantes ya se advertía “Pandemia Mundial”, sin que la población general percibiéramos miedo alguno.

Poco tiempo después, llegó la vacuna (el famoso Tamiflu) que fue vendido a diversos países (el nuestro incluido) por unas cantidades ingentes de dinero, sin que se llegase a usar masivamente, pues ni la letalidad fue tan alta ni las predicciones fatalistas de la OMS se hicieron realidad.

Así que con estos mimbres, mi sensación cuando se empezó a hablar del nuevo virus fue de que se estaba exagerando todo. Y que la culpa en parte era por las redes sociales que hacía que todo se magnificara (como dicen en Gran Hermano).

Por eso me pilló a contramano lo del estado de alarma. Fue todo tan rápido que un día estaba enviando memes riéndome del asunto a pasar a estar confinado y con la sensación de que todo se iba a la mierda.

Sin embargo, sigo teniendo una sensación de que algo no me cuadra.  Igual es eso, sólo una sensación, pero es algo que me sigue dando que pensar.

Y es que tenemos otra pandemia, esta habitual de cada año, que sigue dejando muchos muertos, y hablo de la gripe normal, que así  a lo tonto dejó el año pasado 6.300 muertos en nuestro país (15.000 el año anterior) y unas 500.000 muertes en todo el mundo.

¿Serán esas muertes menos importantes que las que está dejando el coronavirus? No lo creo, sin embargo parece que esas muertes son males menores comparando con lo que nos ha caído encima. Y son muertes que como ahora, también se podrían evitar si todos cumpliésemos las medidas, tanto de seguridad como higiénicas recomendadas. ¿Entonces?.

Vale que la gripe estacional tiene esa letalidad en más meses, y por lo visto tiene menos tasa de contagios que esta otra situación,  y puede que por eso se colapsen los hospitales, pero sigue habiendo algo que se me escapa en todo esto.

Igual es porque ya me extrañó en un principio que China que siempre suele evitar contar al mundo no otra cosa que sus maravillas, hubiese comentado abiertamente todo lo que había pasado en Wuhan (aún omitiendo información).

Por cierto que en un principio se dijo que gracias a esas imágenes, ahora la gente sale a la calle con mascarilla en todo el mundo pues allí es algo habitual, y no por los contagios sino por la contaminación habitual de la zona. Y digo en un principio porque ahora se supone que las mascarillas sí que protegen a la población cuando hasta hace dos días se decía que no eran necesarias.

Y es que esa es otra, que no hay día que no salgan informaciones contradictorias de todo esto. Que un día se dice que una persona infectada (¿y por qué no contagiada?) puede llegar a contagiar hasta a 7 personas y otra que no llega a 3 (que hoy he leído que por lo visto también va por zonas). O que los objetos en los que cae el virus, que según qué televisión veas va de unas horas a 15 días por lo menos. O la tasa de mortalidad, que varía de unas comunidades a otras, incluso de unos países a otros sin que a día de hoy nadie haya dado ninguna explicación racional a todo esto.

Todo eso lo único que crea es miedo, pánico entre la población que hace que todos nos aborreguemos, y que las televisiones, a cambio, intentan compensar comentando gilipolleces varias de lo bien que lo estamos pasando todos en este confinamiento de mierda (o eso parece).

Por eso mismo, la situación en sí hace que me alberguen aún muchas dudas al respecto y me hace pensar que en este futuro distópico que nos espera, alguien se va a beneficiar a manos llenas. Si es que no lo está haciendo ya.

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Cuenta conmigo

Cuenta conmigo

Por causas ajenas a la voluntad del autor, durante un tiempo no habrá contenido nuevo en el blog.

“La vida, a veces, te lleva por unos derroteros de los que es imposible poder sustraerse”.

Disculpen las molestias y manténganse a la espera.

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Los Amantes Pasajeros

Los Amantes Pasajeros

Últimamente veo mucho en las películas porno a un actor llamado Austin Wolf.

Película que me pongo a ver, película en la que sale él.

Supongo que en esta industria, cuando les da por alguien, hasta que no lo exprimen en tropecientas películas no se cansan. Y como la gente se satura pronto de ver a los mismos parteanires y la fecha de caducidad de los mismos es tan corta, pues todavía más.

También es verdad que igual es un poco como cuando te escayolan una pierna, que entonces parece que ves a todo el mundo escayolado, cuando en realidad es que simplemente te fijas más en ellos. Igual es que como este actor me gusta, me estoy fijando más en él ahora y parece que en todas las últimas películas que he visto salga él.

Por una cosa o por otra, creo que ya me he visto toda la filmografía completa de este actor.

Y como uno es curioso por naturaleza, me he puesto a buscar un poco sobre él, y voy a compartirlo con vosotros.

Resulta que Austin, nacido en Texas hará unos treintaytantos años (no he conseguido encontrar su edad real), fue un chaval con el que se metían todos sus compañeros en su etapa juvenil por ser extremadamente delgado y con voz aflautada.

¿Así que qué se le ocurrió hacer? Pues machacarse horas y horas en el gimnasio, para ver si así superaba sus complejos. Y parece que lo consiguió, aunque se pasó de frenada.

Conseguido así un cuerpo recauchutado, se ve que se encontró que entonces era superatractivo para los demás, Y aunque empezó primero con chicas, pronto pasó a los chicos, siendo el primero con el que se acostó – a los 16 años -, el novio (ahora marido) de una de sus hermanastras.

Después, se ve que se echó novio y se mudó a Nueva York, y allí la cosa se desmadró del todo, pues se convirtió en adicto al sexo, llevándose por delante, entre otras cosas, su relación de pareja.

Y empezó a ir a terapia para superar su adicción. Pero o la terapia no funcionó muy bien o él pensó que si no podía luchar contra ella qué mejor que sacarle algún partido, así que decidió hacerse primero chapero (escort) y luego actor porno.

Como chapero se ve que se lo rifaban tanto hombres como mujeres y parejas. Y algunos actores / actrices de Hollywood (sin citar nombres), también.

Y de ahí al porno, en el que piensa estar unos años hasta que el cuerpo aguante.

Es justo en esa industria donde ha conocido a su pareja actual, Tyler Wolf, con el que por cierto le he visto actuando y he de decir que tienen muy buena com-penetración.

Pues hasta aquí su vida, extraída básicamente de varias entrevistas, y en concreto de una  de la web the sword, y que os dejo completa por aquí para los más interesados.

¿Y cómo es como actor porno? Pues un zamarro de los buenos, versátil y con una hipersensibilidad en los pezones que es digna de admirar. Y que sobre todo sorprende en el momento de la corrida, pues no he visto nunca a nadie con unos orgasmos tan prolongados. Y ya no es que sean largos, es que encima se le corta la respiración y  le dan tantos espasmos y contracciones que es todo un espectáculo.

Lo curioso es que me guste tanto cuando a mí ni me molan los tíos rubios, ni que estén tatuados.  Bueno, igual él es más castaño que rubio, pero tatuajes tiene y no son discretos precisamente.

Por cierto que fue gracias a estos tatuajes cuando el año pasado, Austin fue conocido más de la cuenta. O mas bien reconocido.

Y es que se ve que en un vuelo con la compañía Delta Airlines, se lió con el azafato, un chaval de unos 20 años, en el wáter de la aeronave, con tan mala suerte de que grabaron el momento.  Unas grabaciones que las carga el diablo, como todos sabemos. Así que los videos acabaron en Twitter y aunque lo retiraron enseguida ya fue tarde. Por lo visto, se veía claramente al chavalín con el uniforme de la compañía, enrollándose con un maromo al que reconocieron rápidamente en las redes por los tatuajes de su cuerpo…

El resultado fue que al joven lo expedientaron sin empleo ni sueldo (la famosa “mala imagen para la compañía”) y a Austin le hicieron más conocido fuera de la industria del porno.

Lo gracioso es que no hace mucho, al actor le dieron un premio a mejor actor y en su discurso acabó con un “keep climbing”, algo así como “sigamos subiendo” que no es otro que es el slogan de Delta Airlines.

Supongo que al azafato expedientado, igual no le hizo tanta gracia…

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Mientras duermes

Mientras duermes

Toda mi vida, y debido a mis inseguridades, baja autoestima y cierto grado de inmadurez crónica he necesitado siempre la aceptación de los demás.

Si a nivel afectivo siempre fue así, era lógico que a nivel sexual también me sucediese tres cuartos de lo mismo.

Por ese motivo, cuando he quedado para un polvo siempre he preferido gustar yo más al otro que en sentido contrario. Tampoco es que haya estado con tíos espantosos, pero sí que, puestos a elegir,  he preferido siempre poner cachondo al otro, antes que calentarme yo mismo.

Por eso muchas veces he podido parecer un calientapollas.

Muchas veces inconscientemente, he de aclarar, sin embargo, otras muchas, de una forma totalmente consciente y buscada.

Hace poco me sucedió una situación de las últimas.

Me contactó un hombre por la app para ver si pasábamos la noche juntos. Que buscaba sexo, vamos. El tío me mandó fotos y no me gustó nada. Bastante más mayor que yo, tenía un cuerpo como de lombriz que no me atrajo en absoluto. Sin embargo, tenía bastante labia y me pareció un tio educado al menos (ya uno se conforma con poco). Así que le mandé fotos guarrindongas mías y por el tono de la conversación noté que le gustaron mucho.

Yo en plan cachondeo le seguía el rollo pero poco más, hasta que, hablando un poco de todo, me empezó a decir que estaba haciendo un cursillo de quiropráctica y que quería en un futuro ver si podía dedicarse a eso, pues era algo que le gustaba mucho.

A mí, lo he contado alguna vez, me da cierto morbo recibir masajes, con lo que, a pesar de que sabía claramente lo que este hombre buscaba, me ofrecí a ir a su casa para que practicase conmigo esos masajes que estaba aprendiendo a dar.

No tardó ni un minuto en mandarme la dirección y teléfono de contacto, así que ni corto ni perezoso me planté en su casa en diez minutos.

En persona la verdad es que aún era casi más poca cosa que en las fotos. Vestido con una camiseta y un pantalón corto, se le veía además bastante nervioso, con lo que pensé que muchas visitas de este tipo no solía recibir.

Yo soy mas bien del montón, pero desde que entré por la puerta no paró de decirme lo alto  y bien plantado que le parecía, además de guapo y mil piropos más.

Para romper un poco el hielo, me invitó a tomar una cervecita, mientras él hablaba sin parar debido, pienso yo, a su nerviosismo.

Me contó a qué se dedicaba (era enfermero) y que se había metido en el tema de quiropráctica,  meditación, uso de aceites esenciales y demás  por medio de una amiga a la que le gustaban todos esos rollos. También me habló de su familia, de sus aficiones, amigos y demás, pasando de unos temas a otros sin solución de continuidad.

Tanto hablaba que a mí me empezó a entrar sueño ahí sentando en el sofá. Intentaba mantener los ojos abiertos pero se me cerraban. Tanta era la modorra que al final se dio cuenta y me dijo que antes de que cayera frito que pasase a su habitación y me daba el masaje ya que había venido para eso.

Y eso hicimos.

Me dijo que me quitase la camiseta y me bajase un poco el pantalón para no manchar, pues usaba un tipo de aceite de coco que, aunque se absorbía enseguida por el cuerpo, sí podía dejar rastro en la ropa.

Nada más oir eso, y aprovechando la situación, le dije que para evitar que me manchase, casi mejor que me desnudaba del todo si a él no le importaba.

“Hombre, por mí mejor jeje”. – es lo único que acertó a decir-

Y así me puse, como Dios me trajo al mundo, ahí tirado sobre la cama.

El hombre no tardó nada en untarme el cuerpo con el aceite por el cuello y espalda y empezar a masajear. La verdad es que no lo hacía nada mal, y entre la cerveza y que ya era tarde, a mí me empezó a entrar de nuevo más sueño de lo normal.

Me dijo entonces que si me dormía que no pasaba nada, que eso era señal de que estaba relajado y que simplemente me dejara llevar.

Yo noté que cuando llegaba con el masaje a la parte baja de la espalda, paraba en seco y volvía a subir, con lo que me propuse averiguar qué podría pasar si yo me hacía el dormido.

Me puse entonces a hacer como si roncase. Con los ojos cerrados completamente, me puse a respirar con algo más de fuerza y dejando totalmente inerte el cuerpo.  El masajista me preguntó entonces si  dormía a lo que yo ya ni contesté.

Y bajó entonces sus manos hacia el culete. Noté como volvía a echar aceite en la zona, y empezó a masajearme el culo como si no hubiera un mañana. De vez en cuando yo me movía, o hacía el amago de “despertarme”, con lo que él paraba en seco y no volvía  a tocarme hasta que yo volvía a hacerme el dormido.

Así estuve un buen rato, mientras notaba como por la parte posterior, algo empezaba a hacerme tope contra el colchón de la cama…

Hice entonces como que me despertaba, disculpándome por haberme quedado dormido y diciendo que igual era oportuno que me fuese antes de quedarme sopas del todo. Él, que se negó en redondo, me dijo además que todavía faltaba que me diera el masaje por delante, con lo que me dio indicaciones para que me pusiese boca arriba, pues había llegado ese momento.

Cuando me giré hacia él casí pude sacarle un ojo de lo tieso que iba ya.

Me hice entonces como el avergonzado por la situación, a lo que (sin dejar de mirarme el mástil) me comentó que no me preocupara, que eso era muestra de que mi cuerpo estaba recibiendo energía positiva o algo así, y que me podía relajar que no pasaba nada.

Lo hice y otra vez jugué a hacerme el dormido de nuevo.  Hasta ese momento el me masajeaba la zona del pectoral y estómago, y algo de las piernas. En el momento en el que volví a hacer como si roncase, me tóco los huevos y el rabo con unos movimientos que eran lo más parecido a una paja.

Sin embargo, llegó un momento en que supongo que por vergüenza o por no querer aprovecharse de alguien dormido, paró en seco. Oí como se iba y volvía, echándome una sábana por encima y saliendo después  de la habitación.

Así estuve unos cinco minutos.

Cinco minutos en los que me sentí bastante mal conmigo mismo, pues había estado calentando sin venir a cuento a una persona con la que yo realmente no quería nada.

Estuve un rato hasta que mi calentón se bajó, me vestí y salí de la habitación para buscarlo a él

Al oírme salió del baño.

(Puedo imaginar lo que estaba haciendo en el baño, pues salió a toda prisa con un bultaco en el pantalón de campeonato, aunque yo no le dije nada).

Me ofreció tomar otra cerveza , e incluso que si quería podía quedarme a dormir, pues tenía otra habitación disponible, a lo que dije que no, le agradecí el masaje y me fui, volviendo ya de madrugada hacia mi casa.

¿Y -aparte de dolor de huevos- qué gané yo con todo eso?

Pues evidentemente nada. ¿Que me dio morbo la situación? Pues sí, no os puedo engañar. Pero jugar con las expectativas de los demás, he de reconocer que no es algo para estar demasiado orgulloso.

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